Glantz empezó a publicar literatura a los cuarenta y ocho años. Dice que lleva cincuenta escribiendo un libro de viajes y dedica su tiempo libre, entre otras cosas, a alimentar su cuenta de Twitter. Foto: Omar Torres / AFP Glantz empezó a publicar literatura a los cuarenta y ocho años. Dice que lleva cincuenta escribiendo un libro de viajes y dedica su tiempo libre, entre otras cosas, a alimentar su cuenta de Twitter. Foto: Omar Torres / AFP

“La obsolescencia nos está invadiendo”: una entrevista fragmentaria con Margo Glantz

Hablamos con la escritora mexicana que incursionó en un tipo de escritura –que hoy es una tendencia– cuando a los editores no les interesaba publicarla. Tiene 89 años y, dice ella, todavía mucha urgencia de decir, de escribir.

2019/08/26

Por Juan de Frono*

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"Me acuerdo que hasta los treinta años creí que era fea y tonta”. Ese es el primer recuerdo del libro Yo también me acuerdo, de la escritora mexicana Margo Glantz, que en 2014 publicó la editorial Sexto Piso. Está inspirado en el emblemático I Remember (1970), del artista plástico estadounidense Joe Brainard, quien consignó en las páginas de un pequeño tomo muchos recuerdos de su adolescencia y su juventud, siempre comenzando con “Me acuerdo…”. Su idea fragmentaria inspiró, ocho años más tarde, en 1978, al francés George Perec para escribir Je me souviens (Me acuerdo).

Cuatro décadas después de la idea originaria de Brainard, Glanz concluyó su inventario así: “Me acuerdo que a lo mejor este libro puede hacer oficio de obituario”. Es un perfil “póstumo” muy exacto, no solo porque la autora consigna prácticamente toda su vida allí, sino porque además lo hace privilegiando su mirada del mundo, que se vale del fragmento, las listas, los apuntes, los collages, los inventarios, las enumeraciones, los catálogos.

“La lista es el origen de la cultura”, dijo Umberto Eco, autor de El vértigo de las listas, un tratado fascinante sobre cómo la cultura está sustentada en la idea de que es necesario ordenar el universo para comprenderlo. Cada libro de Glantz, desde Las mil y una calorías, novela dietética –con que se inauguró en la literatura en 1978, a sus cuarenta y ocho años–, se ha servido de la enumeración infinita de cosas, entre cotidianas y eruditas, para narrar y crear su mundo.

En ese mundo, la constelación Glantz, los principales elementos son precisamente los fragmentos, que brillan como estrellas y que desde donde se observen se leen distinto. Ella misma lo dice: “Me acuerdo que he escrito varios de estos recuerdos en otros libros, pero los he formulado de manera diferente: el orden de los factores en literatura altera definitivamente el producto”. La constelación Glantz, lo glantziano, como lo llaman algunos críticos, es alterar el producto mediante la forma, la disposición de lo narrado.

Cuando ella empezó su proyecto literario, algunos editores criticaban ese gusto por la fragmentación. Esos hombres o mujeres no entendieron la voz de la autora; no adivinaron la ardiente libertad de Glantz, que estaba dispuesta a trazar un mapa de obras por fuera de los géneros, o mejor, con todos ellos digeridos y metabolizados con libertad y riesgo, para jugar con la arquitectura de lo literario.

Hoy esto parece natural, porque ha sido el proyecto de muchos escritores contemporáneos. Y hoy la obra de Margo Glantz es importante en Hispanoamérica. Ese prestigio se lo ha ganado construyendo una creación distinta, híbrida, lúdica, arriesgada. Por eso en los últimos años ha recibido premios como el Alfonso Reyes o el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, que entrega la Feria del Libro de Guadalajara.

Entre los libros que ha escrito Glantz están Las genealogías, sobres sus padres, ucranianos de origen judío; El rastro, finalista del Premio Herralde de Novela y una maravillosa historia alrededor del amor, el corazón como órgano y la música, publicado este año en Colombia por Laguna Libros; Por breve herida, un tratado muy personal sobre los dientes; finalmente, Y por mirarlo todo, nada veía, una obra que juega con el aforismo para crear una cascada de información en que un chorro cae sin parar sobre el siguiente. Además, no hay que olvidar los libros que Glantz ha dedicado a Sor Juana Inés de la Cruz, la autora que más le apasiona, y a analizar la literatura mexicana del siglo XX, fruto de su trabajo como profesora de Filosofía y Literatura en la Universidad Autónoma de México y como docente visitante en Harvard, Princeton, y otras instituciones prestigiosas.

Un paréntesis fundamental (a Glantz también le apasionan los paréntesis en sus libros): hay que mencionar dos cosas sin las que no se puede hablar de Glantz y su obra: el viaje y Twitter. El viaje como destino, como manera de vivir, por lo que ha declarado en muchas ocasiones que si no viaja siente que no tiene futuro. Y aquella red social en que desde hace algunos años juega, anuncia, tuitea y retuitea a diario (el más reciente tuit cuando escribí este texto: “Mi próximo libro se va a llamar Hemoglobina glucolizada”).

Esta imagen fue tomada en 1961 en el estudio de un fotógrafo alemán, cuyo nombre Margo Glantz no recuerda.

Por su forma fragmentaria, Margo Glantz ha definido varias de sus obras literarias como una “autobiografía pulverizada”. Yo también me acuerdo lo es. Es ella en miles de frases y párrafos: unos eruditos, unos históricos, unos poéticos, unos cotidianos, unos muy personales, muchísimos repletos de humor. El humor y el juego son algunas de las claves de su literatura. Y como una especie de juego, le propongo que conversemos a partir de varios “Me acuerdo…” de su libro, que tocan temas y recurrencias fundamentales de su obra, así como algunas de sus inquietudes académicas e intelectuales.

“Me acuerdo de los escritores que no escriben mucho, me apasionan”. Hábleme sobre la pasión por la escritura.

Creo que soy un poco exagerada. Es una especia de boutade. Admiro muchísimo a Rulfo, a Gorostiza... No sé, a algunos que han escrito poco. Yo escribo mucho, tengo mucha urgencia de decir, pero trato de que cada libro sea distinto; tenga una estructura diferente. Hay autores que siguen escribiendo y escriben en última instancia lo mismo, con las mismas estructuras que uno ya se espera. Es la misma forma de contar, casi estereotipada.

“Me acuerdo que me está fallando la inspiración”. ¿Dónde encuentra o adivina hoy la inspiración para una nueva estructura?

Nunca defino muy claramente las estructuras. A mí me interesa muchísimo Perec, que organizaba sus textos a partir de una casi prohibición y eso le daba muchísima libertad. Es decir, el hecho de que decidiera escribir un libro sin las “es” le daba una libertad muy curiosa, porque era muy difícil hacerlo, pero para él era importante constreñirse. A mí no me interesa eso, o no tengo esa posibilidad, no me sale. Cuando comienzo a escribir un texto no sé cómo va a funcionar.

Escribí Por breve herida, y tardé como quince años en encontrar la estructura (tengo como cincuenta versiones y ninguna me funcionaba muy bien). Hasta que por fin, después de muchos años y de trabajar textos en medio, como Yo también me acuerdo, logré encontrar una estructura, siempre fragmentaria. Es una cosa repetitiva lo fragmentario, pero me sale de maneras diferentes. El último libro que escribí, Y por mirarlo todo, nada veía, lo tomé mucho de las noticias. Comencé a usar información de Twitter y Facebook, y me di cuenta de que ahí había un filón importante, y que era una especie de crítica de las redes sociales. Por otro lado, también era una forma de enfrentar las noticias que están pululando, que no podemos entender porque son fugaces, rápidas y constantes, y uno pierde el sentido de realidad. Entonces me pareció que era importante hacerlo en un libro, para fijar un poco el pensamiento sobre ciertas cosas que están sucediendo. Y la estructura me la dio la propia actividad en las redes sociales.

“Me acuerdo que aún no me acostumbro al tuit. ¿Se dialoga o es una forma de masturbación?” Hablando de redes sociales...

Creo que son las dos cosas. A mí me asombra muchísimo la necesidad que la gente tiene de contar sus cosas más íntimas, sus problemas, la soledad… una serie de asuntos que antes uno nunca decía públicamente y que ahora se vierten a lo virtual, y a veces tienen respuesta y la gente se consuela con eso. También me asombra la literariedad con que las cosas se ven en las redes sociales. Escribo cosas con ironía y la gente me responde si de veras me está pasando algo gravísimo. Escribí, por ejemplo, “Me crepita mi hombro”, y me contestaron: “Margo, debes consultar un fisioterapeuta o tomar otras medicinas, o por qué no vas con un fisiatra”. Me estoy burlando de ciertas costumbres de Facebook o Twitter y la gente lo toma como si fuera una confesión pública. Antes la intimidad era muy importante. Ahora esto se vuelve como una forma de masturbación pública; como una masturbación gigantesca.

“Me acuerdo que Pascal Quignard alaba el uso del fragmento en la escritura, pero al mismo tiempo lo denigra”. ¿El fragmento es el arma que le ha servido para librarse del corsé de los géneros literarios?

Sí. Ahora es muy común y corriente que la gente escriba así, porque ya existe esa posibilidad de hacer que el ensayo, lo poético, la ficción, la noticia, etcétera, todo se conjunte, y sean vasos comunicantes. Tenemos a Sebald, y en México, a Sergio Pitol.

Al principio me costó mucho escribir en fragmentos, puesto que había entregado manuscritos a editoriales y la gente me decía que no funcionaban porque eran como cuentas sueltas que había que enhebrar. Eso me impidió escribir durante mucho tiempo, y estuve pensando que no valía la pena. Hasta que un día decidí que la única forma que tenía de escribir era esa, y mis dos primeros libros tuve que publicarlos a cuenta de autor porque nadie los quería publicar.

“Me acuerdo de haber escrito alguna vez con lápiz”. Ha declarado varias veces que el computador cambió su vida. ¿Cómo modificó su manera de crear?

Escribo directamente sobre el computador. Ya no puedo escribir a mano. Primero, porque no entiendo mi letra y no puedo descifrar mis caracteres; y segundo, porque el computador me permite enmendar de una manera más rápida. No podría escribir lo que escribo ahora sin el computador. Ha cambiado mi vida totalmente. Pero también me interesa mucho replantear en mis textos, por ejemplo en Yo también me acuerdo y Por mirarlo todo, nada veía, la obsolescencia de muchas cosas, porque rápidamente estamos perdiendo cosas que eran fundamentales dos o tres años antes. Lo que hacía Duchamp en el ready made se ha convertido en algo común y corriente; el ready made es diario. Me interesa plantear cómo la obsolescencia nos está invadiendo. Yo, por ejemplo, ya no puedo escribir a máquina ni a mano, y tengo que ponerme al día de una cantidad enorme de formas de comunicarme. No puedo con todo porque ya estoy muy vieja, pero trato de estar más cerca de eso y planteármelo como una cosa que tengo que analizar, ver qué es lo que está pasando en esta vertiginosidad de nuestro tiempo, cómo puedo detenerme un poco en ese vértigo, entenderlo y analizarlo.

“Me acuerdo que viajar es importante”. Le preguntan mucho por este tema. Pero ¿qué encuentra en viajar sin pausa?

Estoy de un lado a otro, siempre en una especie de vaivén, donde la temporalidad y la territorialidad se confunden. El viaje me permite alterar la rutina y renovarme. Y me permite renovar la amistad, porque tengo amigos en muchos lugares. Todo eso me gusta mucho.

“Me acuerdo que soy consumista, me gusta comprar vestidos, zapatos, collares, aretes, pulseras, ropa interior (no muy lujosa, dato freudiano), libros, cuadros, chucherías, fruta, sombreros que nunca me pondré y que, de repente, me recuerdan a Greta Garbo, a quien me hubiera gustado parecerme. Este sí un lujo mayor”. Este fragmento muestra muchos intereses, de la misma manera que están hechos sus libros, donde hay cabida para lo más académico y lo más cotidiano. Hábleme de eso.

Soy muy desorientada y no recuerdo cosas. He ido mucho a París y me pierdo. Cuando voy con mi hija no sé cómo llegar al Louvre o a Luxemburgo, pero sí me acuerdo dónde compré unos zapatos o unos aretes, lo que me parece de una frivolidad extrema, pero así soy. Me gusta ir a museos, oír música, me gusta mucho leer, y al mismo tiempo eso lo combino con la frivolidad, comprarme cosas. Me parece una aberración, pero así es.

En su obra está todo eso mezclado, como en la vida: lo cotidiano, la erudición, incluso lo frívolo.

Sí, hay ese contraste entre erudición y frivolidad. Y esto de alguna manera salva lo que puede ser desértico en la erudición.

“Me acuerdo que quizá no llegue a cumplir cien años”. Tiene ochenta y nueve años y ha dicho que tiene mucha urgencia de decir, de escribir. ¿Qué proyectos tiene próximos?

Pues no, no creo que llegue a cumplir cien años. El año que entra cumplo noventa. Todo el tiempo tengo la presencia de la muerte, porque sé que es muy difícil vivir mucho después de nueve décadas de vida. Y además, cada día muere una persona cercana a mí, entonces estoy en una muerte perpetua; una muerte anunciada. Estoy todo el tiempo bajo la espada de Damocles. Pero, al mismo tiempo, por eso mis deseos de viajar, el descubrimiento de cosas, nuevos lugares, visitar amigos y volver a muchas ciudades como si fuera la primera vez.

Ahorita estoy escribiendo un libro de viajes, que ya llevo cincuenta años escribiendo, sobre todo los últimos veinte. Y me encontré textos que escribí en los años ochenta y noventa, que no recordaba, y se me hicieron padrísimos; quiero revisarlos para hacer otro libro. Escribí también uno sobre Calderón de la Barca, pero quiero rehacerlo, para bajar el ensayo, romper el cauce de lo ensayístico y hacer algo entre ficción y ensayo, porque es demasiado erudito y lo quiero agilizar. Y bueno, acabo de hacer un libro de ensayos para una editorial argentina. Todo eso me motiva mucho, me anima a seguir viviendo.

“Me acuerdo que algunos versos de Vallejo me dejan perpleja”. Perpleja es una palabra que usted usa mucho. Para terminar, ¿qué la ha dejado perpleja últimamente?

No sé si a usted le pasa lo mismo con Vallejo, uno no acaba de familiarizarse con su poesía, es siempre nuevo. Ahorita estoy leyendo las cartas que Perec escribió cuando tenía veinte o veintidós años, con un amigo suyo que se llama Jacques Lederer. Eso me deja perpleja: cómo un jovencito de veinte años ya tiene claro lo que va a producir. La forma como escribe es el preludio de lo que viene después. Me deja perpleja que ya tenía los juegos de palabras y estaban en germen las cosas de sus libros.

“Me acuerdo que todo es autobiográfico en Perec”. En usted también, incluso en lo más académico, “la autobiografía pulverizada”, que tanto menciona. ¿Se lo propuso así?

No. Y sí, en mi obra siempre hay algo autobiográfico, autorreferencial, que me da náuseas, pero no lo puedo evitar.

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*De Frono es poeta y periodista.
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