| 7/24/2019 11:50:00 AM

Nombrar la catástrofe: un libro sobre el ascenso del nivel del mar y sus efectos

La escritora Elizabeth Rush, finalista del premio Pulitzer de No ficción en 2019, propone en ‘Rising’ un acercamiento inesperado a la crisis climática.

Rush tomó esta fotografía en la isla de Jean Charles, en Luisiana, cuyas costas pierden cada año una masa de tierra del tamaño de Manhattan. A esta isla dedica uno de los capítulos de 'Rising'. Foto: Elizabeth Rush. Rush tomó esta fotografía en la isla de Jean Charles, en Luisiana, cuyas costas pierden cada año una masa de tierra del tamaño de Manhattan. A esta isla dedica uno de los capítulos de 'Rising'. Foto: Elizabeth Rush. Foto: Elizabeth Rush

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“La vista llega antes que las palabras”
John Berger

"¿Por qué centrarse específicamente en el ascenso del nivel del mar? –le pregunto a la escritora Elizabeth Rush, autora de Rising: Dispatches from the New American Shore (Milkweed Editions, 2018)–. ¿Por qué poner el ojo justo allí? ¿Podría explicar la gravedad de ese fenómeno?”.

Elizabeth responde así:

“Los seres humanos se han visto atraídos a las costas por un montón de razones prácticas y emocionales. El contacto entre el mar y la tierra nos provee de nutrientes, transporte y panoramas que llevan a la mente a pensar en temas que trascienden la mera existencia individual. Sin embargo, solo desde hace poco, en el último siglo de la Tierra, hemos construido grandes asentamientos permanentes en los litorales. Por mucho tiempo comunidades indígenas han vivido en humedales, pero estas han sido flexibles de maneras que les son completamente imposibles a ciudades de millones de habitantes, con una infraestructura de servicios enorme. Desde hace más o menos cien años, entonces, las presiones impuestas por el crecimiento poblacional y tecnológico han llevado el desarrollo a tierras antes consideradas demasiado húmedas para soportar su uso continuado. Ahora, un 40 % de la población global vive en zonas costeras, y frente a ella hay un océano cuyo nivel está subiendo.

“Cuando hablamos, entonces, de la subida de las aguas –cuán rápido puede desatarse este fenómeno y cuán alto pueden alzarse las mareas–, las predicciones son variadas y dependen, en gran medida, de la velocidad con que las capas de hielo de la Antártida occidental se derritan. Debido a lo remoto de estos sistemas glaciares y a la escasez de información que tenemos sobre ellos, es difícil llegar a un modelo para determinar la subida de las aguas –al menos uno que se aproxime–. Pero si tuviera que aventurar una tesis, diría que las aguas subirán entre uno y tres metros para fin de siglo. Eso no inundará todo Cartagena o Barú, pero pondrá por debajo del agua a las comunidades que habitan sus tierras más bajas y afectará sensiblemente su tejido social y económico.

“Recientemente, Naciones Unidas emitió un informe según el cual por lo menos doscientos millones de personas serán refugiados climáticos en 2050, y muchas de ellas lo serán por huir de mareas más altas y tormentas más fuertes. Como muchos colombianos lamentablemente lo saben, el desplazamiento –sea por la violencia o por el impacto del cambio climático– repercute de maneras profundas e inesperadas en la sociedad”.

*

En 2012, Le Monde diplomatique envió a Rush a la India y a Bangladesh para que escribiera un reportaje sobre la construcción del muro fronterizo más largo del mundo. El muro, sin embargo, terminó no siendo lo fundamental. La subida del nivel del agua salada y sus efectos sobre las cosechas se le revelaron como un problema más importante. No fue el tema de ese reportaje, pero siguió persiguiéndola.

En su país la línea de las costas está cambiando, y ese fenómeno pasa desapercibido para quienes no dependen de las tierras costeras. Rush decidió entonces ir a buscar los lugares en Estados Unidos donde el ascenso del nivel del mar ya es una tragedia.

Mientras tanto, su vida personal se desmoronaba. Había roto un compromiso matrimonial, se había mudado, tenía sus cosas en una bodega y vivía en un cuarto pequeño en el barrio de Crown Heights en Brooklyn, Nueva York. “A veces pienso que eso me ayudó a ver desde una perspectiva muy personal las trasformaciones en la vida de las personas que viven en esas costas –dice–. Mi situación me llevó a preguntarme cómo puede una persona quedarse en un lugar que está cambiando irrevocablemente y cómo, cuando llega el momento, debemos aprender a dejar ir esos lugares que amamos”.

Rush vio en esas costas y humedales cómo la erosión y la inundación con aguas marinas, y la pérdida de tierra que ambos fenómenos generan, están transformando los lugares y la vida de personas y familias que han vivido allí, muchas veces por siglos enteros. También se dio cuenta de que los más afectados son siempre los más indefensos. Y eso ya era tierra fértil para escribir un libro.

Rush tomó esta fotografía en la isla de Jean Charles, en Luisiana, cuyas costas pierden cada año una masa de tierra del tamaño de Manhattan. A esta isla dedica uno de los capítulos de Rising.

Rising, que el pasado mayo fue anunciado como finalista del Premio Pulitzer en la categoría de no ficción –y que espera a que una editorial hispanoamericana se anime a publicarlo traducido–, es una pieza de literatura y una exploración en terreno de ocho comunidades costeras que hoy sienten el impacto del cambio climático. Pero en vez de predecir o advertir sobre los efectos negativos de la emergencia, Rising se centra en la experiencia vívida de quienes lidian con las consecuencias de un planeta que se calienta, y en sus respuestas adaptativas a ese fenómeno. “Decidí enfocarme en comunidades que no estuvieran recibiendo fondos de corporaciones de alta tecnología (Google, etcétera) o de innovación en su infraestructura –me cuenta–; lugares, en suma, que estuvieran siendo afectados por inundaciones y no fueran candidatos para ser protegidos por dunas artificiales [living dunes] o compuertas marítimas. Quería saber cómo estas personas conviven con la subida de las aguas cuando no están protegidas de las pérdidas. Hablamos mucho de resiliencia hoy, pero esa palabra significa muchas cosas. En Miami Beach, ‘resiliencia’ significa ‘bombas para impedir inundaciones o autopistas elevadas’. Ocho kilómetros más arriba, en Shorecrest –una comunidad mayoritariamente latina–, ‘resiliencia’ quiere decir quitarse los zapatos para caminar dentro del agua. Yo quise escribir un libro que hablara de esa distinción; que pusiera a las comunidades ignoradas, que no reciben fondos que patrocinen infraestructuras ‘resilientes’, en el centro de la historia”.

*

Varias líneas atraviesan el libro y le dan forma a una propuesta ética y estética sobre cómo pensar la emergencia climática, y también sobre cómo escribir sobre ella.

Una de esas líneas es el lenguaje. El libro abre con una reflexión sobre las palabras que desaparecen cuando las cosas mismas han desaparecido por la crisis. Nombrar es preservar, mantener con vida algo, cuidar. “Naming is the beginning of justice” (nombrar es el comienzo de la justicia), dice.

Elizabeth estudió poesía antes de escribir este libro. La relación, entonces, entre nombrar y la aparición –es decir, la existencia, la supervivencia– es estrecha.

También por la centralidad de la imagen este libro es poético. Rising no solo es, literalmente, una colección de imágenes; también es un intento por hacer ver lo que no se ve, pues el cambio en el tiempo no es en sí mismo evidente. El libro se esfuerza en evocar y en describir imágenes bajo otra luz.

Las cosas en Rising son signos legibles, y signos que además se pueden leer mal. Cada capítulo empieza con una fotografía de Rush, tomada durante el trabajo de campo, que muestra la podredumbre de un paisaje que está muriendo por la sal, pero que un espectador desprevenido puede leer como una imagen bella y romántica de un árbol cambiando de hojas. “Desde que publiqué Rising he recibido muchas cartas de lectores. En ellas me dicen que ven árboles muertos en los humedales y en los manglares como símbolos del cambio climático. Y para mí ese es un gran logro del libro”.

En una escena de Rising, un delfín salta del agua frente a la casa de uno de los entrevistados. Un animal que muchos añoran encontrarse casualmente se convirtió para él en el símbolo o el anuncio de un desastre cada vez peor. Un delfín nunca había llegado tierra adentro: el agua se está comiendo la tierra.

La naturaleza habla. Pensé en su legibilidad mientras leía este libro, pero también en la responsabilidad de saber leer. Este es el peor momento para no saber leer.

*

Algo más sobre las imágenes. En Rising encarnan o reflejan algo así como una discordancia temporal. Rush nos muestra cosas que los lectores hemos concebido como un futuro indeseable y apocalíptico, no como el presente. Pero ese es el presente. Es lo que está pasando. Hay una especie de disonancia cognitiva; un no querer ver, pero estar viendo. La imagen –el árbol podrido, el pájaro que ya no migra, el delfín que salta, la casa deshecha–, lo que aparece allí como signo y como síntoma, atraviesa ese conflicto. Surge la pregunta sobre si nos hacen falta las palabras, o si las hemos perdido, para comprender el presente.

Rush ha publicado en medios como Harper’s, Granta, Al Jazeera y The Huffington Post y dicta clases de literatura de no ficción en Brown University. Hace casi diez años escribe sobre cambio climático. Foto: Stephanie Álvarez Ewens

Un sueño de Elizabeth describe nuestro estado actual: “I sense the world beyond my windowless wall is changing, but it is hard to tell how much when I am having such difficulty seeing”. (Siento que el mundo más allá de mi pared sin ventanas está cambiando, pero saber cuánto es difícil, cuando me cuesta tanto ver.)

Aun así, Rush logra poner en perspectiva el problema. Se refiere a la edad de la Tierra para hacernos entender la velocidad. Habla de espacios y lugares precisos para hacernos entender la gravedad y la dimensión. Pone ejemplos, referentes mundanos, para hacernos entender. Este libro plantea la pregunta sobre cómo hablar de emergencia climática. Sobre cómo nombrarla, cómo mostrarla y, además, cómo explicarla.

Por eso, por ser una exploración de cómo hablar de cambio climático, Rising es un híbrido. En él conviven fotografía, narración, referencias a otros escritores, discurso científico, introspección, testimonios. Esa estructura refleja una postura moral y una mirada muy particular que, antes que nada, parte de un yo que describe lo que ve, lo que escucha y lo que aprende, pero también habla de lo que siente y de su propia vulnerabilidad. En el libro Rush mira afuera y mira adentro. Habla de la ruptura amorosa que atraviesa mientras lo escribe para acercarse a sus entrevistados desde cierto lugar emocional; también habla de ser víctima de acoso de un académico que le ofrece un ascenso en su carrera; y en un pasaje preciso, de la vulnerabilidad de unos y otros: de quienes lo han perdido todo por la crisis climática, y de quienes han sido víctimas de otros por cuenta del mismo sistema que lo agrava, y que permite ambas injusticias. No compara vulnerabilidades, pero sugiere una relación entre ellas. El sistema es la semilla de muchas crisis.

“Estoy de acuerdo con que el cambio climático es un síntoma de cuán desbalanceado está nuestro mundo –me dice–. Ese desbalance se manifiesta y resuena en todos los niveles de la estructura de nuestra sociedad: a nivel de clase, raza, género y, naturalmente, ambiental. Soy una convencida de que no hay un solo sistema político que sea permanente. Así que, aunque pienso que el cambio es un síntoma de las inequidades a nivel planetario, creo también que puede provenir de él la fuerza que nos exige poner fin al extractivismo que está en el corazón del capitalismo, sobre todo en países en desarrollo como Colombia. Lo opuesto a este sistema no son, por cierto, Venezuela ni Cuba, regímenes autoritarios usados como chivos expiatorios para atemorizarnos ante la necesidad de cambiar de sistema económico. Lo que estoy diciendo es que es posible apartarnos del uso de hidrocarburos y hacer una transición hacia energías renovables (una transición que puede crear los empleos que se acabarán como resultado de este cambio). Si no hacemos esto terminaremos en un mundo más desigual e inseguro. La opción es nuestra en este momento. Tenemos el poder de intentar sanar nuestra relación con el mundo al que pertenecemos; ese mundo más que humano. Si podemos hacer de eso una prioridad, veremos cómo otros aspectos de nuestra sociedad –y de su sistema de valores– empezarán a cambiar”.

Los sentimientos son el corazón del libro. En especial dos, la vulnerabilidad y la empatía, que se funden como la experiencia primordial en Rising: la vida de los otros es el centro, y la empatía es un dispositivo posible para entender desde la extrañeza, y para hacer entender, el cambio climático y sus consecuencias desgarradas en ciertas vidas. De ahí la decisión consciente de hablar desde un yo situado que se expone; también la de incluir los testimonios sin mediaciones, la particularidad de la experiencia. Sin duda este es un acierto. Un discurso cuyo objeto, creemos, es de carácter científico es abordado desde su dimensión humana porque nos compete a todos.

“El cambio climático está entrando en nuestra cultura bajo la forma de una serie de estadísticas que hacen un listado de tormentas, de oleadas de calor, de lluvias torrenciales que rompen todos los récords –continúa Rush–. Cuando relatamos el cambio climático desde esos lugares comunes, adormecemos a los lectores y les impedimos entender el verdadero dinamismo de estas transformaciones. Así que, en lugar de concentrarme en la ciencia o en las políticas públicas en torno al cambio climático, me focalicé en las maneras en que este afecta hoy a los seres humanos. Cada capítulo abre con un testimonio escrito en la voz de un local que habla de las experiencias que despertaron en él o en ella la conciencia de su propia vulnerabilidad. Y a medida que este libro se abre paso por el mundo, muchos lectores han resaltado el poder de estos testimonios. Para ser honesta, hace diez años no sabía que era posible insertar testimonios en primera persona en una obra de no ficción. Mi esposo es profesor de literatura y, mientras estaba escribiendo los primeros borradores de Rising, él me introdujo a algunos clásicos de la literatura testimonial latinoamericana: Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983), de la propia Menchú; Biografía de un cimarrón (1966), del cubano Miguel Barnet; los fabulosos textos recientes de Alfredo Molano; la obra visual de Juan Manuel Echavarría en Colombia. Así he aprendido que no hay nada más poderoso que una persona relatando cándidamente un momento que transformó su vida. Con los testimonios de Rising espero llevar a los lectores a las experiencias que me transformaron mientras escribía: esa sensación de estar sentada en la sala de un desconocido, oyéndolo describir las formas en que repetidas inundaciones desmantelaron su hogar como un lugar emocional y físico”.

Los otros son importantes en este libro no solo porque sus protagonistas son otros, los que realmente han sufrido hasta ahora. También porque la crisis climática tiene que ver con otros que migran, con hacerse cargo de los otros, con otros que se retiran, con todos nosotros, los otros humanos que sobrepoblamos la Tierra y recibimos de manera desigual las consecuencias de eso.

“Algo que descubrí en las comunidades que están sufriendo los impactos del cambio climático es su compartida vulnerabilidad, y cómo esta une. He visto comunidades de bajos recursos, políticamente de derecha, arruinadas por las tormentas, hacer campañas públicas para pelear por una manera justa para enfrentarse a los riesgos que injustamente padecen. Y, en muchos casos, estas comunidades han ganado. Esta es una historia que no se cuenta y que debería compartirse más. Pensar en el cambio climático no solo como un catalizador del cataclismo, sino como una oportunidad para construir coaliciones, especialmente entre las comunidades más vulnerables, nos puede ayudar a encontrar un futuro más justo”.

Un agradecimiento muy especial a Elizabeth Rush y Felipe Martínez por trabajar conmigo, por escrito, en este texto.

*Malagón es literata y filósofa, y editora general de ARCADIA.
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