_Crédito: Win McNamee / Getty Images.

Juego de tronos: la comedia

Pocos días después de su aparición, en enero de este año, 'Fuego y furia' ya había vendido casi dos millones de ejemplares. La reacción furiosa de Donald Trump y el hecho de que sus abogados intentaron impedir la publicación solo intensificaron la curiosidad global. Ahora el Grupo Planeta publica el libro en español.

2018/02/20

Por Hernán D. Caro* Berlín

El 21 de enero de 2017, un día después de su posesión como presidente de Estados Unidos, Donald Trump dio un discurso en la sede principal de la CIA a fin de enmendar un poco los insultos que, durante su vociferante campaña, había dirigido contra la agencia de inteligencia. Como cuenta el reportero Michael Wolff en su ya famoso y controversial libro Fire and Fury –que en estos días se publicará en castellano con el título Fuego y furia. En las entrañas de la Casa Blanca de Trump–, a última hora Trump decidió ignorar el guion preparado por sus asesores e improvisar: “Sé mucho sobre West Point [la escuela militar más antigua del país], soy una persona que cree firmemente en la academia. Cada vez que digo que tuve un tío que fue un excelente profesor en el MIT por 35 años, que hizo un trabajo fantástico en muchos aspectos académicos –era un genio académico–, dicen: ¿Es Donald Trump un intelectual? Créanme, soy una persona inteligente”. Después añadió: “Saben, cuando yo era joven… Por supuesto que me siento joven, como si tuviera 30, 35, 39 años, alguien me dijo: ¿Eres joven? Le dije: creo que soy joven. En los últimos meses de la campaña hacía cuatro paradas, cinco, siete discursos; discursos frente a veinticinco, treinta mil personas… quince, diecinueve mil. Me siento joven. Creo que todos somos muy jóvenes. Cuando era joven siempre estábamos ganando cosas en este país. Ganábamos en comercio, en guerras. A cierta edad, recuerdo haber escuchado a uno de mis instructores decir: Estados Unidos nunca ha perdido una guerra. Luego, después de eso, es como si no hubiéramos ganado nada…”. Y para terminar, una arremetida contra los medios, que en su opinión habían mentido sobre el número de asistentes a su inauguración en Washington: “Solo quiero decir que amo la honestidad, me gusta informar honestamente. Les digo por última vez, aunque lo diré cuando dejen entrar a miles de personas que quieren entrar aquí, pues volveré, puede que tengamos que conseguir una sala más grande y tal vez será construida por alguien que sepa cómo construir y no tengamos columnas. ¿Entienden? Nos deshacemos de las columnas. Pero saben, solo quería decirles que los quiero, los respeto… Hacen un trabajo fantástico y vamos a comenzar a ganar de nuevo, y ustedes van a estar a la cabeza, así que muchas gracias a todos”.

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Según Wolff, estas han sido las “afirmaciones más peculiares nunca antes hechas por un presidente estadounidense”. Varios minutos tras el discurso, el silencio en la sala era absoluto. Algunos reaccionaron luego en una especie de “desahogo emocional al estilo de los Beatles”; otros, de forma “confundida y horrorizada”, como si hubieran presenciado –impresión fácil de tener al leer este y otros discursos– los delirios de un loco. Sea como fuere: así comenzaba, hace ya más de un año, la insospechada presidencia de Trump.

Es probable que el libro de Michael Wolff sea ya el más exitoso de 2018. Pocos días después de su aparición el pasado enero, Fuego y furia ya había vendido casi dos millones de ejemplares, y el número sigue aumentando. Ha sido o será traducido a cualquier cantidad de idiomas y quizá será adaptado a la televisión. Las reacciones iracundas de Trump y el hecho de que sus abogados intentaron evitar la publicación –algo sin precedentes en Estados Unidos– solo han intensificado la curiosidad global por las revelaciones de Wolff.

El poder del poder

La ira de Trump es comprensible. Wolff, quien durante meses tuvo acceso a una Casa Blanca tan desordenada que “no había nadie que dijera ‘lárguese’”, escribe que quiso “ver la vida en la Casa Blanca de Trump a través de los ojos de las personas cercanas”. Así, observó el día a día de “un grupo de personas que han luchado, cada una a su manera, para aceptar qué significa trabajar para Donald Trump”. Es una formulación generosa. La imagen que surge de Fuego y furia es, más bien, la de un parque de diversiones siniestro y anárquico administrado por operarios mal informados, ineptos o deshonestos, y dirigido por un payaso vanidoso, tramposo, inseguro, abusivo, voluble, impredecible, distraído, colérico y pervertido. En uno de los pocos momentos del libro en que expresa un juicio sobre Trump, Wolff escribe: “De alguna manera había ganado la presidencia, pero su cerebro parecía incapaz de realizar lo que serían tareas esenciales de su nuevo trabajo. No tenía la capacidad de planificar y organizar y prestar atención; nunca había sido capaz de adaptar su comportamiento a lo requerido. En el nivel más básico, simplemente no podía vincular causa y efecto”.

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Fuego y furia se lee como muchas cosas. En primera instancia, como una colección de chismes extraños sobre el mundo Trump. Nos enteramos de detalles sobre el singular matrimonio de Trump con Melania, quien supuestamente lloró desconsolada cuando la victoria de su esposo fue oficial; del temor de Trump a ser envenenado, por lo cual en su dieta las hamburguesas de McDonald’s tienen un papel central; de su sufrimiento cada vez que los medios lo critican o ridiculizan. El libro es, además, un intenso reportaje sobre la presidencia de Trump, desde días antes de la elecciones estadounidenses en noviembre de 2016, pasando por la surreal noche de los resultados, hasta finales de 2017. Es una fenomenología de un personaje contradictorio: para unos atrayente, para otros repugnante; un carismático y embustero vendedor de brebajes o de métodos milagrosos para adelgazar, sin más intereses que los suyos propios, sin moral ni ideales, que da alaridos en una plaza pública o en televisión, rodeado por una multitud de curiosos que quieren creer en cualquier cosa. Es también un perfil deprimente de los protagonistas y las maquinaciones del poder político, económico y mediático en los Estados Unidos de hoy en día, y por ello mismo una crónica de un desastre nacional y en cierta medida internacional. También es un retrato psicológico de un tiempo en que la política forma parte del mundo del espectáculo, en que los conferencistas motivacionales, los predicadores evangélicos, la información explosiva y mentirosa y un gran desprecio por el pensamiento diferenciado, eligen presidentes. Lo cual, claro está, no solo vale para el caso de Estados Unidos; un lector colombiano podrá aprender un par de cosas.

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El libro de Wolff no es un estudio profundo. No explica cómo fue posible que Trump llegara al poder ni cuál es, a fin de cuentas, el ideal político, si no de Trump, del “trumpismo”. Pero Wolff –que se ha hecho un buen nombre como reportero fisgón excavando en los secretos de hombres y empresas poderosas– ha dicho, al fin y al cabo, que no se trata de un libro sobre sus propias impresiones, sino sobre aquellas de la gente alrededor de Trump. Así, a pesar de sus limitaciones, Fuego y furia es ilustrativo, al tiempo terrorífico y muy divertido de leer.

Esto tiene que ver con las confidencias de Wolff sobre Trump. Pero también con las personas que lo han rodeado en el último año, que, como Fuego y furia muestra, son en gran proporción oportunistas y cínicos, involucrados en actos ilegales. Como tantas personas en el planeta, Trump y su equipo tampoco creían en la posibilidad de la victoria. “El leitmotiv de Trump sobre su propia campaña”, escribe Wolff, “era cómo todos los involucrados eran unos perdedores… Ni Conway ni Trump ni su yerno Jared Kushner vacilaban en su certeza: esta aventura inesperada pronto terminaría... El acuerdo tácito entre ellos: no solo Donald Trump no sería presidente, probablemente no debería serlo”.

Wolff sostiene que el interés principal de Trump era ganar aún más publicidad para la marca internacional que es su apellido, y reunir apoyo y un público futuro para un canal de televisión que pensaba crear. Para muchos en su equipo, la cercanía a Trump llevaría a trabajos en el millonario mundo conservador y protofascista estadounidense tras la campaña. La distopía de un Trump presidente los puso en el centro del poder: una responsabilidad inmensa para la cual prácticamente nadie –comenzando por el jefe mismo– estaba preparado.

Una excepción a esa regla es, en cierto modo, Steve Bannon, estratega de la campaña y uno de los pocos miembros del círculo íntimo de Trump con convicción y visión política, a saber: nacionalista, proteccionista, antimigración, antifeminista y militarista. Antes de convertirse en director del portal de noticias ultraconservador Breitbart News y luego consejero de Trump, Bannon había tenido una oscura y mediocre carrera en el mundo de las finanzas y el cine. Wolff lo describe como un conspirador talentoso. Bannon es para muchos quien logró que Trump fuera elegido presidente. Fuego y furia, que finaliza con la expulsión del estratega de la Casa Blanca, es, pues, un libro sobre Trump y sobre Bannon.

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Ahora bien, según Wolff, tampoco Bannon sobrestimaba a su jefe: “Bannon fue, curiosamente, capaz de abrazar a Trump”, leemos, “al mismo tiempo que sugería que no lo tomaba en serio”. Esta actitud se une a una larga lista de burlas descritas por Wolff: la consejera presidencial Kellyane Conway “ofrecía una pantomima de ojos en blanco cada vez que se mencionaba a Trump”; para John Kelly, jefe de Gabinete, Trump es “como un recalcitrante niño de dos años”; el secretario de Estado Rex Tillerson supuestamente llamó al presidente “un maldito imbécil”. Como dijo Wolff en una entrevista con el diario The Guardian: “Todos los que están alrededor de Trump creen que es un charlatán, un tonto, un idiota y alguien que finalmente no es capaz de funcionar en este trabajo”. Esto dice mucho sobre Trump. Pero quizá más sobre los miembros de su gobierno y el establecimiento político.

Wolff ofrece la imagen de una Casa Blanca donde todos temen, una y otra vez, que Trump vaya demasiado lejos: una guerra con Corea del Norte, los ultrajes contra varios países del mundo, el apoyo a grupos neonazis, la denigración de las mujeres, etc. No obstante, ninguna de sus acciones ha tenido consecuencias reales sobre su persona.

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Algo similar parece ocurrir con los efectos de Fuego y furia. Se ha dicho que es “un libro para sacudir a Estados Unidos desde sus fundamentos”. Wolff mismo pronosticó que “Washington enterrará a Trump”. Y en efecto el libro ha llevado a la aparente neutralización de Bannon (quien es citado diciendo que un encuentro del hijo de Trump con agentes rusos fue “una traición”), a una discusión sobre la salud mental y corporal de Trump (que se solucionó con un informe médico) y a la certeza de la comedia y el drama de la presidencia de Trump.

Sin embargo, al menos en lo que a Trump mismo corresponde, tras la aparición de este libro explosivo –y de otros como Colusión: cómo Rusia ayudó a Trump a ganar la Casa Blanca de Luke Harding o Trumpocracia: la corrupción de la republica americana de David Frum– nada ha explotado en realidad. Lo cual quizá tenga mucho que ver con el valor que la verdad, es decir, la mentira, parece tener en el escenario político actual. Ya durante su campaña, Trump llamaba a las informaciones en contra suya fake news”, “noticias falsas”. La práctica se ha vuelto casi un método oficial: Kellyanne Conway habló del derecho del presidente a sostener “hechos alternativos”, y Trump confirió hace unas semanas sus Premios Fake News a varios medios y periodistas establecidos. Paralelamente, parecería que en la llamada “base de Trump”, sus votantes, ninguna información fundamentada, ningún hecho, ninguna prueba de la falsedad desvergonzada de muchísimas declaraciones de Trump tienen la capacidad de motivar un cambio de convicciones. El libro de Wolff, modesto en reflexiones, logra sin embargo suscitar una muy necesaria sobre el poder de la verdad y el poder del poder, y sobre cómo el segundo, en estos tiempos, parecería tener más músculos.

Al final de Fuego y furia, Michael Wolff ofrece una escena que ilustra los líos y los desafíos de la democracia en los llamados tiempos de la posverdad. Escribe sobre un encuentro con Steve Bannon, tras su salida de la Casa Blanca: “En una sofocante mañana de octubre de 2017, el hombre que más o menos había provocado la retirada de Estados Unidos del Acuerdo Climático de París, se paró en los escalones de la central de Breitbart y dijo, con una carcajada: ¡Creo que el calentamiento global es real!”.

* Doctor en Filosofía y periodista cultural.

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