"Era el momento para esta novela furiosa, sucia, política, retórica, caudalosa, a ratos divertida, verborrágica, exhibicionista". "Era el momento para esta novela furiosa, sucia, política, retórica, caudalosa, a ratos divertida, verborrágica, exhibicionista".

Todas las formas del discurso

Según Camilo Jiménez Estrada, en esta novela “las historias resultan débiles, incluso insignificantes, frente a tanta carga ideológica”.

2019/03/27

Por Camilo Jiménez Estrada

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Esta es la historia de cuatro mujeres discapacitadas que comparten una vivienda tutelada en Barcelona. Cada una a su manera busca vivir de una manera más autónoma e independiente, y las cuatro encuentran dificultades personales, institucionales y sociales para alcanzar ese objetivo. Solo una, hacia el final, logrará escapar por una temporada de lo que una de ellas llama la “industria asistencial”, y las consecuencias serán terribles. La industria asistencial es todo ese aparataje de trabajadoras sociales, psicólogas, enfermeras y demás profesionales de los servicios sociales que buscan ayudarles a las protagonistas –y en general a la llamada “población vulnerable”– a vivir de una forma más integrada con la comunidad “no discapacitada”.

La gracia aquí, como en todas las novelas, está en el cómo: la manera en que se cuenta esa historia. Conocemos el pasado de cada discapacitada y el de todas juntas mediante diversas formas de discurso: el monólogo directo y la narración de Natividad

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–Nati, una especie de voz cantante en este coro–, una novela que escribe Àngels por WhatsApp siguiendo el método de “lectura fácil”, las declaraciones que Patri da ante una jueza, las actas de un “ateneo anarquista” al que asisten algunos personajes. Estos discursos se cruzan e intersectan para que el lector tenga el panorama completo de cada personaje y de la historia. Los hay graciosos, pura caricatura, como las actas del ateneo; y los hay furiosos y chocantes, como los monólogos de Nati contra todos y contra todo –que terminan siendo, también, caricatura–. La novela de Àngels tiene por momentos una gracia naíf, y las declaraciones directas de Patri son incisivas y divertidas. Ese personaje, Patri, es la única que tiene un diagnóstico oficial de logorrea, pero cualquier persona que lea esta novela o algún fragmento estará de acuerdo en que parecería que todas sufren de esta condición.

Porque las cuatro ponen todo en entredicho, o lo comentan o lo juzgan. Cualquier imagen gesto palabra pregunta aviso frase situación es una oportunidad para desplegar su punto de vista, su opinión. Nati es brillante, cómo no, y Marga, sensible y Patri, divertida y Àngels, cándida. Pero le dan tantas vueltas a todo que todas terminan por cansar.

Así describe Nati su método: “Todo, hasta lo aparentemente irresoluble o irrespondible o estúpido, debe ser respondido, respondido en el sentido de dar respuesta o bien en el sentido de ser confrontado” (p. 159). Cada una, a su manera, responde en su discurso a esta misma dinámica. Y entonces las historias resultan débiles, incluso insignificantes, frente a tanta carga ideológica y tanto comentario político o estético. Hay asociaciones inteligentes, puntos de vista divertidos e interesantes, polvos muy bien contados. Pero estas perlas se pierden entre páginas y páginas de comentarios, de opiniones.

Me estuve preguntando durante muchas páginas si el Premio Herralde que recibió el año pasado esta obra estuvo merecido, y terminé concluyendo que sí. Era el momento para esta novela furiosa, sucia, política, retórica, caudalosa, a ratos divertida, verborrágica, exhibicionista. Y, sobre todo, tan poderosa y tan afirmativamente femenina como es Lectura fácil. En sus treinta y seis versiones, el premio ha ido solo cinco veces a escritoras, tres de ellas en los últimos cinco años. Aunque sea por decoro, había que comenzar a equilibrar la balanza. Y si la industria lleva décadas premiando novelas olvidables escritas por varones, es el momento para que empiece a premiar novelas olvidables escritas por mujeres. Así quizá nos vayamos acercando a una verdadera paridad.

Lectura fácil
Cristina García Morales
Anagrama | 424 páginas

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