En 2016, los chinos vieron entrar en operación al Telescopio Esférico de Apertura de 500 metros (FAST) para, entre otras cosas, buscar vida terrestre. Crédito: VCG / Getty Images

Alienígenas ‘underground’: un perfil de Liu Cixin, el genio de la ciencia ficción en China

Como tal vez ningún otro gobierno, China busca vida extraterrestre con un megatelescopio. Uno de los referentes de ese proyecto es el más grande escritor chino de ciencia ficción en la actualidad, Liu Cixin, un autor apocalíptico que escapa a la censura en un país en que los escritores radicales e irreverentes son todo menos bienvenidos.

2018/04/17

Por Santiago Villa* Beijing

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Desde marzo, las salas de cine de China están obligadas a proyectar un documental llamado ¡Bravo, mi país!. La superproducción de 90 minutos es propaganda gubernamental a cargo del canal estatal CCTV, y en ella se pasea al espectador por las maravillas modernas del gobierno del actual “líder supremo”, Xi Jinping. Con épicas tomas aéreas, el Partido Comunista de China exhibe una patriótica sucesión de megapuertos, trenes de alta velocidad y autopistas, relucientes naves marinas y espaciales, y un enorme platón blanco empotrado entre montañas de contornos imposiblemente ovalados y puntudos, como las que dibujan los niños pequeños en sus paisajes. Se trata del Telescopio Esférico con Apertura de Quinientos Metros (Five hundred meter Aperture Spherical Telescope o FAST, por sus siglas en inglés).

Los efectos de FAST fueron, por hacerle justicia al juego de palabras, casi inmediatos. En 2016, el primer año de ejecución, halló dos pulsares a miles de años luz de distancia, y hasta ahora ha detectado siete adicionales. Pero no son los pulsares y la investigación sobre los orígenes del universo lo que suele llamar la atención de la prensa internacional con respecto al FAST, sino el más romántico de sus objetivos: la búsqueda de inteligencia extraterrestre. El telescopio es particularmente sensible a señales de vida en otros rincones del universo.

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Irónicamente, uno de los primeros invitados a su inauguración –y una de las supuestas fuentes de inspiración del proyecto– preferiría nunca encontrar civilizaciones alienígenas. Liu Cixin (se pronuncia liou tsi shin), el más célebre escritor de ciencia ficción de China en la actualidad, es escéptico en cuanto a la búsqueda de seres extraterrestres, y pesimista sobre la conveniencia de encontrarlos.

“Al mirar a las estrellas, los humanos se tornan sentimentales y creen que, de existir inteligencia extraterrestre, esta seguramente responde a nobles limitaciones morales. Creo que debería ser al contrario: deberíamos mostrarles a los seres humanos la gentileza que proyectamos hacia las estrellas, y ser vigilantes y cautelosos con respecto a las intenciones de aquellos Otros que podrían existir en el espacio. Para una civilización frágil como la nuestra, este debería ser el camino más responsable”.

Liu Cixin escribe este crudo mensaje en la nota final de El problema de los tres cuerpos, su obra ganadora en 2015 del Premio Hugo de Novela, el equivalente al Premio Pulitzer para la ciencia ficción. Cixin fue el primer autor asiático en recibir los laureles de un concurso que hasta entonces era territorio exclusivo de estadounidenses y europeos. Y es a Carl Sagan lo que George R. R. Martin es a J. R. R. Tolkien: construyen mundos imaginarios sobre los hombros de sus optimistas antecesores; acto seguido, los descarnan de todo idealismo, exponiendo el esqueleto del poder que sustenta a todo imperio: quien no coma primero, será engullido por “el otro”.

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Poco en la novela que inicia la trilogía de ciencia ficción más influyente de China auguraba un best seller. Numerosas referencias al maoísmo y a la historia de las dinastías imperiales, científicos con nombres difíciles de recordar y pronunciar para el lector occidental, escenas en Beijing y las provincias vecinas, capítulos enteros dedicados a la Revolución Cultural: demasiado en ella era excesivamente exótico o local, en resumen, chino, palabra que para muchos todavía es sinónimo de “extraterrestre”.

Hubo, sin embargo, un “primer contacto”. Al premio le siguieron elogios de Barack Obama, quien dijo sentirse “aliviado” al leer El problema de los tres cuerpos, pues pudo constatar que en el universo hay conflictos más serios que los suyos con el Congreso de Estados Unidos. Mark Zuckerberg lo recomendó como uno de sus libros de 2015. La revista The New Yorker incluso habló de Liu Cixin como el Arthur C. Clarke de China.

El problema de los tres cuerpos, la primera parte de una trilogía llamada El recuerdo del pasado de la Tierra –cuyos siguientes dos títulos son El bosque oscuro y El fin de la muerte–, entreteje el presente en Beijing, los años de la Revolución Cultural y un juego de realidad virtual, para introducir el primer contacto entre astrónomos chinos y una civilización extraterrestre. La premisa la hemos visto antes: nos invaden los alienígenas y los humanos resistimos. Los métodos para hacerse del planeta Tierra, sin embargo, son sutiles. Hay investigación policíaca y teoría de la conspiración a la manera de X-Files, pero inmersa en el contexto de la China contemporánea. Por momentos el vertiginoso uso de referencias me generaba resonancias con El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, pues la novela va del emperador Zhou y Mao Zedong hasta Copérnico y John von Neumann.

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“Creo que la popularidad de Liu por fuera de China se debe a que ha refrescado el género”, dice Olga Alimova, una estudiante de doctorado del Instituto de Tecnología de Beijing. Olga fundó un riguroso grupo de lectura de ciencia ficción, que se reúne cada jueves en una librería pequinesa. “La mentalidad de los autores estaba muy centrada en Estados Unidos y Europa, y esto generaba cierta repetición en las historias, los trasfondos y las referencias culturales. La de Liu es una mirada diferente y novedosa”.

Evadir la censura

Liu Cixin nació el 23 de junio de 1963 y viene de la China profunda. Su pueblo natal, Yuanquan, es un centro de explotación carbonífera y uno de los lugares más contaminados del país, con un sol apocalíptico que casi a diario busca brillar a través de una gruesa capa de smog.

Desde pequeño debió asumir que el mundo podría acabarse en cualquier momento. Antes de ser obligado a trabajar por un tiempo indefinido en una mina de carbón, como les ocurrió a muchos otros chinos de su generación, sus padres lo enviaron casi 600 kilómetros al sur, a la aldea donde vivían sus abuelos, para protegerlo de los excesos de la Revolución Cultural. Liu regresó diez años después de ese caos, en el que Mao Zedong ordenó a los jóvenes interrumpir los estudios para destruir todo vestigio del pasado de China, así como cualquier manifestación intelectual que no estuviera acorde a su pensamiento.

La Revolución Cultural permaneció en Liu como una de esas pesadillas recurrentes que son la materia prima de la literatura. Además de su obvia presencia como trasfondo histórico en El problema de los tres cuerpos, las impredecibles dinámicas de caos y estabilidad de la China de Mao son metáfora y argumento de la invasión extraterrestre que se desata en la novela.

La juventud de Liu Cixin fue tan gris como los adustos cielos de Yuanquan, a donde regresó para estudiar ingeniería y luego trabajar como operario de una planta industrial. Hizo un sacrificio artístico: encontró el trabajo más monótono y estable posible, y no quiso ascender ni trasladarse durante 20 años seguidos para tener tiempo de escribir cuentos que enviaba por correo a la lejana ciudad donde quedaban las oficinas de la revista en la que publicaba. “La capital china de la ciencia ficción es Chengdú, porque allí comenzó en 1979 Kehuan Shijie, o Science Fiction World, la principal revista del género. Toda nuestra comunidad era underground. Al principio nada estaba muy estructurado ni éramos escritores profesionales, solo fans enviando historias a revistas”, dice Feng Zhigang, un escritor y guionista del género.

Chengdú es una ciudad sobre las faldas de la meseta del Tíbet, conocida por su gastronomía picante y su ambiente relajado. Allí el control estatal es un poco menos asfixiante que en Beijing. Un proverbio chino dice: si quieres ser alguien en la vida, no te mudes a Chengdú. Sin embargo, la ciudad ha aprovechado el reciente boom de la ciencia ficción para presentarse como un lugar de avanzada; la punta de lanza del siglo XXI. Está construyendo un elaborado parque temático en torno a la ciencia ficción y ambiciosos proyectos futuristas en sus alrededores, como una ecoaldea que va a funcionar solo con energías renovables y carros eléctricos.

“Liu Cixin enviaba sus relatos a Kehuan Shijie, y durante una época ganó casi todos los premios literarios”, dice Feng. Fueron años de intensa producción. Entre 2002 y 2004 publicó tres novelas: Los ladrillos del diablo, La era de la supernova y Rayo globular –esta última fue traducida al inglés el año pasado–. Su estilo ha sido descrito por sus colegas como “neoclásico”, ya que es ciencia ficción dura que vuelve sobre las preocupaciones de los autores americanos de los años sesenta y setenta: la relación de la especie humana con otras civilizaciones y el protagonismo social de la comunidad científica.

“En 2006 comenzó a salir El problema de los tres cuerpos por entregas, en cada fascículo de la revista Kehuan Shijie. Los fanáticos de la ciencia ficción quedamos enganchados de inmediato. Estaba muy bien escrita”, dice Feng. “Es curioso. En la revista solían tratarse temas muy políticos, como sociedades distópicas, pero nunca la censuraron. Creo que las autoridades chinas pensaban que era literatura de adolescentes y no se la tomaban en serio”.

Al querer pasar de la revista al libro, El problema de los tres cuerpos entró a un terreno político más resbaladizo. En China la tarea de censurar recae sobre las editoriales estatales. Es, de hecho, autocensura. Si una editorial publica un libro que molesta a las autoridades, se retiran los ejemplares y, en el mejor de los casos, la editorial pierde dinero. En el peor, la cierran, despiden a sus editores o los meten presos. Antes de publicar, el editor no sabe a ciencia cierta si va a molestar o no a las autoridades. Esta ruleta rusa causa una incertidumbre que es mucho más efectiva que la censura directa. Los editores prefieren pasarse de precavidos que de avezados.

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“La publicación de El problema de los tres cuerpos tuvo que pasar por muchas etapas y padecer muchos altibajos. Las editoriales no querían publicarla porque hacía demasiadas referencias a la época de la Revolución Cultural”, dice Hou Jue, un joven fanático de la ciencia ficción que ha integrado algunas comitivas de amigos y admiradores que acompañan a Liu Cixin durante las ceremonias de premiación en China. “Pero en 2008 una editorial de Chongqing, la ciudad más grande de la región central de China, asumió el riesgo porque la novela le gustó mucho al director del Departamento de Cultura de la ciudad, que era un fanático de la ciencia ficción. Así funciona el control del gobierno en nuestro país. Algunas localidades lo aplican más estrictamente que otras. Además se da por oleadas, digamos. Hay periodos más relajados y luego otros más tensos”.

Camino al cine

La fama de Liu Cixin en China llegó con efecto retardado por fuera de los círculos de fanáticos de la ciencia ficción. Fue best seller en su propio país tan solo después de que ya había sido laureado en los Estados Unidos y su más prestigioso admirador, Barack Obama, solicitó conocer a Liu en Beijing durante una visita oficial. Liu Cixin sacó a la ciencia ficción china de su nicho y abrió las puertas para lo que hoy algunos llaman su “edad dorada”. “El mapa y el territorio: el mundo de la ciencia ficción”, por ejemplo, fue el título de la temática principal en la pasada Feria del Libro de Shanghái. En 2016, un año después de que Liu lo ganará, la joven escritora Hao Jingfang recibió el Premio Hugo de Novela Corta con Doblando a Beijing (Folding Beijing), una historia que trata de frente el tema de la desigualdad en China y que está disponible en inglés en la página web de la revista Uncanny. El mundo de la televisión y el cine, por supuesto, también se ha montado al tren bala. Dentro de poco saldrá una adaptación china de El problema de los tres cuerpos, y Amazon ya compró los derechos para producir una serie. En el mainstream, sin embargo, la cultura se prostituye.

Cierro con una anécdota que muestra cuán fácil es para una industria cultural desviarse hacia gestos políticos. Mi entrevista con Feng Zhigang, el guionista que envía sus relatos a revistas de ciencia ficción, fue en una oficina que se le asignó para un proyecto cinematográfico llamado Dream Ark. Durante nuestra conversación, me mostró entusiasmado algunos bocetos de naves espaciales que había diseñado. La cosa iba bien, hasta que la entrevista se convirtió repentinamente en un choque con la cultura empresarial china, obsesionada con las apariencias y excesivamente dependiente de las conexiones. Entró el productor de la película, a quien llamaban “el jefe”: un hombre impaciente, de unos 40 años, a quien vi en algunas fotografías, a la entrada de la oficina, sonriendo junto a altos cuadros del Partido Comunista y a oficiales del Ejército Popular de Liberación, que no se molestaron en sonreír con él. Nos sentamos en una mesa de reuniones y “el jefe” me ofreció un cigarro Cohiba. Lo rechacé con gratitud, pero pareció decepcionado. Entonces la secretaria acomodó unas luces de estudio, iluminó la escena y un chico nos grabó con una enorme cámara de video, mientras yo seguía entrevistando a Feng. Ahora, sin embargo, cuando le hacía una pregunta, “el jefe” interrumpía y respondía por él algo que no tenía nada que ver, usando jerga sacada de los comunicados y la propaganda del Partido Comunista. “¿Cuál es la diferencia entre la ciencia ficción china de los años ochenta y la actual?”, pregunté. Respondió: “Nuestra película quiere conectar al público con las necesidades emocionales del chino moderno. Es una película políticamente correcta, que quiere mostrar cómo nuestra nación es la número uno, pero sin querer imponerse sobre ninguna otra”. Al final, “el jefe” me pidió que mirara a la cámara y les mandara un mensaje a Sofía Vergara y a Shakira, pidiéndoles que actuaran en la película. El riesgo de la fiebre es, como siempre, el delirio.

*Periodista. Corresponsal de El Tiempo en China y columnista de El Espectador. Colabora también con Gatopardo, Letras Libres, FronteraD y La Nación

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