En la mañana del 19 de septiembre de 1985 un violento terremoto sacudió Ciudad de México. Foto: John Downing/GETTY IMAGES. En la mañana del 19 de septiembre de 1985 un violento terremoto sacudió Ciudad de México. Foto: John Downing/GETTY IMAGES.

El caos no se improvisa: la Ciudad de México de Juan Villoro

Este libro pendular oscila entre la geografía imaginaria de una ciudad y la geografía real, la del recuerdo y los libros. Es Ciudad de México, según Juan Villoro, en 400 páginas.

2019/02/25

Por Hugo Chaparro Valderrama*

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Carlos Monsiváis tenía la virtud de la lucidez y sus certezas. Tituló el prólogo a su antología de la crónica en México, A ustedes les consta (1980), como una predicción escrita en tiempos prehispánicos: “Y llegaron los aztecas que venían de Aztlán al lago de Tenochtitlán, y aguardaron los signos de la profecía, y allí, junto al nopal y el águila y la serpiente, ya los esperaba una muchedumbre de reporteros y cronistas”.

Desde el siglo XVI, cuando Bernal Díaz del Castillo escribió sus impresiones de México en Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, hasta el último que aparece en la antología –Ramón Márquez con su crónica “Yoko: historia de un impune crimen policial”, publicada en agosto de 1979 en el periódico Unomásuno–, la muchedumbre de reporteros y cronistas multiplicó el testimonio de las formas de vida que explican lo que se esconde en la palabra “México”, tan maravillosa como desconcertante;“Yoko murió baleado. Murió ante más de treinta personas, a bordo de un autobús, agobiado por la agresión de varios policías”.

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Se trata de México, pero también del vecindario más allá del mapa doméstico: Juan Villoro aparece en el libro con una crónica sobre Peter Gabriel –“El regreso del explorador”–, una semblanza sobre “el cantante que se disfrazaba de planta, zorro o libélula en el grupo Génesis”. Villoro lo describe, años después de la fama torrencial en los escenarios, como “un Buda de peso ligero”; una estrella que contradice la vanidad superlativa del rock cuando acepta que lo entrevisten, pero no permite que lo fotografíen.

Villoro y sus compañeros de generación, Jaime Avilés, Magali Tercero, Héctor de Mauleón y Fabrizio Mejía Madrid, cumplieron con la predicción azteca soñada por Monsiváis. Estaban predestinados al oficio de escribir. En el caso de Villoro, lo estuvo desde que estudiaba en el Colegio Alemán de México y tuvo que resolver en su infancia los problemas de matemáticas a los que se enfrentaba un niño llamado Udo, que quiere hacer Apfelstrudel con los cinco frascos de manzanas que cultivó en su huerta. “Si para cada pastel se requiere una manzana y media, y en cada frasco hay quince, ¿cuántos puede hacer la abuela de Udo?”, planteaba el problema. “Además de las imposibles matemáticas, me desvelaban otros enigmas: en México, las casas no tienen sótano y las abuelas no cultivan manzanas ni preparan Apfelstrudel”, recuerda Villoro en Efectos personales (2000). “La escuela logró que el conocimiento me pareciera una insuperable forma de la dificultad. Como mi primer idioma leído y escrito fue el alemán, saber algo significaba saberlo en extranjero. Esta educación extravagante tuvo dos resultados: nada me gusta tanto como el español y detesto cualquier idea reductora de la identidad nacional”.

Su formación más allá del colegio y los nacionalismos tuvo escenarios diversos: la radio, cuando en los años setenta hacía un programa de rock llamado “El lado oscuro de la luna”; la embajada de México en Berlín Oriental, en la que trabajó como agregado cultural a principios de los años ochenta; el periódico La Jornada, en que dirigió el suplemento cultural a mediados de los años noventa; las canchas de fútbol registradas en sus crónicas; también la geografía que antes fuera rotulada como Distrito Federal –el DF, al que podían llamarle el Defectuoso o el Distrito Fabuloso–, ahora rebautizada como muchos la han llamado siempre: Ciudad de México.

Con la ciudad, Villoro tiene una relación semejante a la de Borges con Buenos Aires: “No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto”. Esa tortuosa declaración de cariño aparece como epígrafe en El vértigo horizontal (Almadía, 2018), un libro en el que la Ciudad de México, o el Distrito Fantástico, es el personaje principal de lo que podría considerarse una crónica narrada a través de 45 textos, que hacen del lector un viajero inmóvil mientras atraviesa en cada página, de manera trepidante, el laberinto urbano construido sobre el agua. “Guadalajara en un llano, México en una laguna”, cantaba Jorge Negrete.

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Este libro es una biografía de la ciudad escrita como la autobiografía de Villoro en su crecimiento paralelo: al mismo tiempo que el antiguo DF multiplicaba sus calles, el joven Juan las aprendía a querer y a sentir un asombro sin pausa por lo que descubría en su laberinto. No en vano la bienvenida al lector se titula “Entrada al laberinto: el caos no se improvisa”; una descripción de los tiempos paralelos que hacen de la ciudad un caleidoscopio de cronologías.

“Durante cerca de veinte años he escrito sobre la Ciudad de México, mezclando la crónica con el ensayo y el recuerdo personal. El sincretismo del paisaje –la vulcanizadora frente a la iglesia colonial, el rascacielos corporativo junto a la caseta metálica de un puesto de tacos– me llevó a adoptar un género híbrido, respuesta natural ante un entorno donde el presente se deja afectar por estímulos que vienen del mundo prehispánico, el Virreinato, la cultura moderna y la posmoderna. ¿Cuántos tiempos contiene la Ciudad de México?”.

El acto de fe que ayuda a reconciliar la escritura con la realidad está filtrado por la memoria que evoca el caleidoscopio personal de Villoro en esta guía para sentir el vértigo del pasado y el presente reunidos en el Distrito Febril que es México. En el itinerario se alternan los recuerdos de la autobiografía con la vasta construcción de la ciudad, física e imaginaria, y los oficios de los que viven y sobreviven como personajes típicos que pintan de color local su geografía: el merenguero; la tragedia burocrática representada por “el encargado”; el vulcanizador; los luchadores –“¿Cómo vivían esos héroes cuando no estaban bajo los quemantes reflectores de la arena? ¿Llevaban una doble existencia, al modo de los espías, o también en la intimidad seguían los dictados de su personaje?”–; el limpiador de alcantarillas; Paquita la del Barrio y sus canciones que enjuician con sentencias lapidarias la arrogancia del machismo en contra de las mujeres, justificadas por la ira del rencor. “Porque un bicho rastrero, / aún siendo el más maldito / comparado contigo / se queda muy chiquito”, canta sin admitir tregua alguna en “Rata de dos patas”.

Como antes, que siempre es ahora cuando un escritor adquiere la categoría de “clásico” en el ranking literario, otros cronistas de México cumplieron con “los signos de la profecía”: en el siglo XIX, Ignacio Manuel Altamirano y Manuel Gutiérrez Nájera antecedieron las crónicas hechas literatura sobre la Revolución según Martín Luis Guzmán, que antecedió lo que sería después México en el periodismo de Salvador Novo, maestro de Monsiváis, siguiéndolos luego Elena Poniatowska, hasta que el tiempo llegó a la época de Villoro y sus contemporáneos.

El vértigo horizontal es otra versión de México, narrada como un aforismo de cuatrocientas páginas que define a la ciudad y sus matices con brevedad efectiva: “El territorio es tan extenso que produce la ilusión de tener distintos husos horarios”; “La urbe se ha transformado en tal forma que ofrece dos ciudades: una está hecha de los evanescentes relatos de la memoria colectiva; otra, de la devastadora expansión cotidiana”; “En México, el primer círculo del infierno es el aislamiento”.

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Sin reducciones nacionalistas, El vértigo horizontal es también el vértigo de la biblioteca que le sirve a Villoro para comprender, desde el territorio sin fronteras de la escritura, el territorio inabarcable de la ciudad. Al fin y al cabo, los libros son la autobiografía de un lector y lo forman con la misma intensidad que la calle y sus experiencias.

No se trata de elegir entre Peter Handke y el Hippie Vikingo, un luchador “cuyo amenazante aspecto revelaba que ciertas mezclas culturales no deben cometerse”. Se trata de entender cómo pueden convivir gracias al canibalismo de la curiosidad que construye la cultura y prueba todos los platos según de dónde vengamos.

El libro también es un péndulo que oscila entre la geografía imaginaria y la geografía pragmática de la realidad. Villoro escribe sobre la epidemia de influenza porcina que atacó a México en abril de 2009, recordando en su crónica a J. G. Ballard: “El visionario inglés dejó un mundo muy cercano a sus historias. El 23 de abril por la noche, mientras yo escribía mi obituario del novelista, el presidente declaraba la emergencia. Lo que viviríamos después se parecería a la poética del desastre del autor de Crash”.

Para darles imagen a los textos de Villoro, los editores insertaron tres cuadernillos de fotografías. Vemos fragmentariamente la ciudad a través de los ojos que la han retratado. De Maya Goded publicaron “Niños de la calle” (1997), acompañada por una frase, tomada de la crónica “Sobresaltos: los niños de la calle”: “Hubo un tiempo en que un niño podía llamar a las puertas de la justicia y ser atendido”. De Paolo Gasparini, “Iztapalapa” (1984), una zona de Ciudad de México con una densidad de población que rebasa las expectativas de lo gregario. La curiosidad y el miedo brillan en los ojos de sus personajes. La frase de Villoro dice: “Nuestra mejor forma de combatir el drama consiste en considerar que ya ocurrió: ‘Estuvo duro, pero la libramos’”.

Salimos del laberinto del libro con la letanía que escribió el cronista tras el sismo del 19 de septiembre de 2017, que estremeció a la ciudad y recordó que la tierra no deja de advertirle a México el peso que sostiene su laguna y por el que se acomoda, a veces, con brusquedad.

Titulada "El puño en alto", por el gesto de los brigadistas que alzaban un puño para que se guardara silencio y así pudiera escucharse a los sobrevivientes, la letanía fue recitada en las escuelas de la ciudad. Villoro pasó así de ser el cronista del Distrito Formidable a convertirse en otro de sus personajes.

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“Me costaba trabajo terminar este libro. La Ciudad de México es una enciclopedia inagotable. Aunque me propuse renunciar a la voluntad totalizadora, una y otra vez cedí a la tentación de pensar que debía agregarle más detalles a mi retrato del monstruo. Pero vivir en este valle rodeado de volcanes significa constatar que hay límites externos. No sabía cómo ponerle punto final a mi trabajo, pero la tierra sí lo supo”.

Se despide entonces con la letanía. El vértigo horizontal, que fue en busca del tiempo perdido, lo recuperó.

*Escritor. Director de los Laboratorios Frankenstein. Su más reciente libro se titula Los elogios de la tribu (Seix Barral, 2018)

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