La escritora dominicana Rita Indiana. Foto: Lisbeth Salas. La escritora dominicana Rita Indiana. Foto: Lisbeth Salas.

“El mar es la madre que nos parió”: Rita Indiana

La literatura de esta escritora dominicana no discrimina entre los conceptos de alta y baja cultura. Su estilo admite lo vulgar, la jerga popular, las tradiciones religiosas afroantillanas y los personajes marginados. Hablamos con ella a propósito de la publicación de su más reciente novela, una historia sobre un artista atormentado y las promesas no cumplidas de la izquierda latinoamericana.

2018/07/24

Por Sorayda Peguero Isaac*

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Según el Diccionario fraseológico del español dominicano, un “montro” –del vocablo monstruo– es alguien experto en algo, o muy bueno en todo lo que hace. Desde hace algún tiempo, poco más de diez años, a Rita Indiana le dicen La Montra. “Eso lo decide la gente –dice–, en lo que yo quisiera ser una montra de verdad es educando a mis hijos”.

Esta mañana lleva el pelo recogido con una pinza, jeans y una camiseta de mangas largas que cubren sus brazos tatuados con nombres y frases en lengua yoruba. Con la cara despejada, y sin rastro de maquillaje, Rita Indiana parece una adolescente delgada y muy alta. La escritora dominicana, madre de tres chicos, pareja de la cineasta boricua Noelia Quintero y residente en Puerto Rico desde hace nueve años, está en Madrid para presentar su más reciente novela Hecho en Saturno (Periférica, 2018).

En el centro de esta historia hay un joven pintor adicto a la heroína. Su nombre es Argenis Luna, un personaje que la autora recupera de su novela anterior (Periférica, 2015): “En La mucama de Omicunlé le di una paliza tremenda. Lo pasó tan mal, el pobre... Me quedé con ganas de redimirlo”. Rita Indiana se preguntaba qué había sido de ese muchacho, ese personaje secundario que no encontraba su lugar en el mundo y que se enfrenta al azote de un padre omnipresente. El padre, un exmilitante de izquierda convertido en un político sin escrúpulos, era otro foco de inquietud. “Yo quería saber cómo se llega ahí. Cómo se da ese proceso de transformación dentro de un ser humano que empieza buscando la justicia a través de unos ideales socialistas y acaba convertido en algo totalmente opuesto. Argenis vive a la sombra de la transformación de su padre, por eso muestro esa transformación a través de sus recuerdos, que son los recuerdos de mi generación, una generación que se quedó en el limbo, con muchas promesas y expectativas no cumplidas”.

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Es la tercera Rita Indiana de su familia. La primera fue la abuela de su bisabuela, Rita Pérez, a la que su amante, el prócer dominicano Manuel Rodríguez Objío, solía llamar Rita Indiana por el color moreno de su piel. La segunda fue su bisabuela. La tercera, la escritora, compositora y cantante, Rita Indiana Hernández Sánchez, nació en Santo Domingo en 1977. Cuando tenía doce años, mataron a su papá en un barrio de El Bronx “por hacer algo que no debía”. Unos años después, en las páginas de Papi (Periférica, 2011), novela autobiográfica que le dio fama internacional y que su pareja llevará al cine próximamente, Rita Indiana escribió: “(…) En lo que más se parece papi a Jason no es en que se aparece cuando una menos lo espera, sino en que vuelve siempre. Aunque lo maten. Cuando papi se fue por primera vez para los Estados Unidos con una cubana que no quería que papi le mandara dinero a nadie, mi abuelita Cilí dijo: está muerto para mí. Y cuando papi le dijo a mami que se iba a casar de nuevo, pero no con ella, mami le dijo: te me moriste. Y yo creo que una vez que papi me dejó esperando yo lo llamé por teléfono y le dije: ojalá te mueras”.

La literatura de Rita Indiana no discrimina entre los conceptos de alta y baja cultura. Su estilo admite lo vulgar, el lado más oscuro de la condición humana y la jerga de los barrios de Santo Domingo. En los asuntos sobre los que escribe suele incluir tradiciones religiosas afroantillanas y personajes marginados: empleadas domésticas, inmigrantes, homosexuales y enfermos mentales. Su interés estético, relacionado con la carrera de Historia del Arte que no llegó a concluir, queda reflejado en las referencias pictóricas que hace en sus novelas. Una de sus pinturas favoritas es Saturno devorando a su hijo, del español Francisco de Goya. La obra muestra a Saturno –dios de la mitología romana, viejo, con ojos de diablo y una barba ceniza y fluvial– engullendo a uno de sus hijos para intentar deshacerse de su mayor miedo: que su descendencia lo destronara como él mismo había hecho con su padre.

Algo le pasa con Goya.

Goya es el ideal supremo de Argenis Luna desde La mucama de Omicunlé. Lo que me pasa con él es una cosa autobiográfica que no sale en la novela. Tiene que ver conmigo y con un amigo muy querido. Goya es un artista que admiro muchísimo, un poeta de la Modernidad. La primera vez que vine a Madrid fui al Museo del Prado para ver su obra, ahora pienso volver. Es como una peregrinación.

¿Podría decirse que Argenis Luna es un artista frustrado?

A principios del año 2000, cuando Argenis tenía entre 24 y 27 años, la pintura era como el patito feo del arte. Mientras que todo el mundo estaba en videos y performances espectaculares, él creía en Goya. Por eso se siente incomprendido, fuera de tiempo. Pero acabará encontrando su lugar. Ya estoy trabajando en una novela que cerrará esta trilogía.

República Dominicana ha sido siempre el escenario de sus historias. Pero esta vez, el protagonista de su novela aborda un avión en Santo Domingo y aterriza en una ciudad que aparece ante sus ojos como “una vieja de piernas abiertas”.

La Habana fue y sigue siendo el norte de la izquierda latinoamericana, ese experimento supuestamente exitoso, de donde salieron un montón de mitos y leyendas que todavía se siguen contando. Yo quería que Argenis visitara ese espacio de la leyenda para deconstruirla desde su experiencia personal. Él llega a una Habana que quizás nunca fue la que imaginaban los izquierdistas en los años sesenta y setenta. Argenis nos sirve de puente para ver cómo es realmente la situación de Cuba, cómo la gente se envilece y recurre a cosas que están más allá de la moral, porque ahí es donde nos colocamos cuando tenemos que sobrevivir a toda costa.

A través de Vantroi, un personaje esencial para la supervivencia de Argenis Luna en La Habana, queda reflejada la sensación de encierro que experimentan algunos cubanos. Una sensación que a veces se extiende a otros territorios del Caribe.

La sensación de encierro es la bandera de la identidad caribeña. Los dominicanos compartimos esa sensación con los cubanos, porque, aunque un gobierno no nos prohíba salir, conseguir una visa nos cuesta muchísimo. Mucha gente intenta vencer ese encierro poniendo en riesgo su propia vida, subiéndose a una yola.

Cuando hablamos de esa sensación, hablamos también de un elemento influyente y significativo: el mar.

Sí, porque es también un encierro idílico, un encierro de contrastes, no el encierro de una ciudad amurallada. Los caribeños no podemos decir: “Vamo’a darle pa’ lante”, porque en el horizonte no hay todo un continente esperando, solo hay mar. Estamos rodeados de algo hermoso, algo lleno de vida, que ha inspirado miles de canciones, poesías, novelas. Los aborígenes llegaron por el mar, los españoles, los africanos. Aunque de diferentes maneras, todos llegaron por ahí. El mar es la madre que los parió.

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Con este acercamiento a Cuba, su literatura pone un pie en otro territorio, pero sigue dentro del Caribe. ¿Se ha planteado salir de la región?

Para mí, la contemporaneidad de República Dominicana no se ha retratado lo suficiente, es un tema que no está agotado. Sobre todo los asuntos que yo trato, que son más íntimos. Es lo que hice en esta última novela. Ahora se abre una ventana a Cuba, una isla que también siento muy mía, y en algún momento sé que voy a salir del Caribe, pero por ahora tengo materia prima para trabajar durante un tiempo.

Su novela habla de jóvenes marcados por la pasión ideológica de sus padres: tienen nombres de revolucionarios latinoamericanos, aprendieron las consignas de la Revolución Cubana y pegaron afiches del Che Guevara en las paredes de sus habitaciones. También habla del gran desencanto, de la utopía rota y de los ideales socialistas como mercancía. ¿Alguna vez se sintió seducida por esos ideales?

Yo soy una socialista en el clóset. Nuestra generación ha vivido el desencanto, pero mantener el sueño de una sociedad más justa es inevitable. Para ser escritor tienes que ser empático, y esa empatía hace que quieras que la gente se relacione de una manera más justa. Eso está dentro de uno, y uno trata de poner su granito de arena. Quizás no de forma naíf y autoritaria, como se ha hecho hasta ahora, sino desde el día a día, desde lo que nos toca como personas.

También habla del gobierno de Joaquín Balaguer, presidente de su país durante tres periodos y uno de los hombres clave de Trujillo, pero quizás menos conocido fuera de República Dominicana.

Trujillo es el gran protagonista de la literatura dominicana. Se ha escrito muchísimo sobre él. Sin embargo, no hay mucha literatura sobre Balaguer. A mí me tocó su mandato de los años noventa; no viví la persecución política del periodo conocido como “los doce años”. En los años noventa todavía maltrataban a la gente, pero en los setenta te agarraban y te daban pa’ abajo, te desaparecían del mapa.

¿Qué la llevó a indagar sobre la represión de esos años?

Siempre he tratado de imaginar cómo sería vivir en una dictadura. Creo que eso debe ser como cuando uno está enfermo y no puede recordar cómo se siente estar sano. Me cuesta imaginarme viviendo en el año 1974 o 1975 en Santo Domingo, tener miedo a ir a un lugar, a salir a la calle porque te pueden secuestrar y matar solo por ser de izquierda, intelectual, estudiante o periodista, por tener una visión distinta de la del gobierno.

Un personaje de Hecho en Saturno dice que desde la Edad Media solo ha cambiado la tecnología, que “la carne del mundo sigue presa de las mismas supersticiones”. ¿Cuál es la mayor superstición de nuestro tiempo?

La humanidad sigue actuando con base en el miedo. Ese es el sentimiento más fuerte que tiene un ser humano. Creo que es una emoción que hay que explorar. Todos deberíamos saber cuáles son nuestros miedos y, a partir de eso, echar pa’ lante.

¿Alguna cosa a la que le conceda el beneficio de la fe?

Yo creo en los micromovimientos. Creo que las cosas que ocurren a menor escala son mucho más productivas a largo plazo. Hay cambios que se están dando en pequeñas comunidades, revoluciones que tienen que ver con la agricultura, con la manera en que vivimos el género y la sexualidad, con la forma en que nos relacionamos y producimos cultura y arte. Los cambios trascendentales ocurren en la comunidad, en una familia que instala placas solares, que siembra en el patio de su casa o que recoge agua de la lluvia. El cambio está en esa intención de independencia de unos Estados disfuncionales que no nos aportan nada y que además nos roban.

El más reciente libro de la escritora dominicana, Hecho en saturno (Periférica, 2018).

*

Rita Indiana cree que para construir una identidad propia se necesitan referentes. Recuerda que estuvo enamorada de su mejor amiga y que nunca se lo dijo, porque en aquella época “ninguna persona de la escena pública había salido del clóset”. Era una adolescente que jugaba con sus amigos a encontrar personajes gay en las series de Disney. Luego, cuando uno de sus camaradas le hizo saber que Walt Whitman, Federico García Lorca y Marguerite Yourcenar eran homosexuales, se sintió muy bien acompañada. Para entonces publicaba sus primeros cuentos en una revista literaria y recorría las calles de Santo Domingo a bordo de un skateboard, escuchaba heavy metal en su walkman y articulaba las piezas de La estrategia de Chocueca, la primera novela que publicaría, a los 19 años. Era el despegue de una vida circundada por la literatura y la música, y por las etiquetas: “Marimacho, rara, larga”.

* Periodista y columnista dominicana

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