Camila Sosa Villada. Foto: Catalina Bartolomé Camila Sosa Villada. Foto: Catalina Bartolomé

“Escribir y travestirse es tener una voz”: una entrevista con la escritora trans Camila Sosa Villada

Hablamos con la autora argentina sobre 'Las malas' (Tusquets, 2019), celebrada como una de las mejores nuevas voces de la literatura latinoamericana.

2020/02/25

Por Sara Malagón Llano y Felipe Sánchez Villarreal

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Empecemos con una frase suya: “Mi primer acto oficial de travestismo fue escribir, antes de salir a la calle vestida de mujer”. ¿En qué sentido lo fue?

Es el arte, me parece, que siempre es pura rebeldía, a contramano de todo. Esa frase en particular, por otro lado, habla de que primero me escribí como mujer; es decir, escribía en primera persona, en femenino. Me llamaba Soledad y tenía apenas trece años. Escribía casi en secreto, y secretos fueron también los trabajos para construir mi identidad: en secreto buscar ropa de mujer en los saldos de las tiendas, robar la que yo sabía que mi mamá ya no usaba, robar medias y corpiños a mis compañeras de escuela, perfumes y cremas a las tías que iban de visita. Pintarme la boca cuando la casa se quedaba sola. Curiosamente, eso es también el uso de la voz. Tener una voz. No importa quién escuche, quién lea. Escribir y travestirse es tener una voz, usar una voz insoportablemente nuestra, tan nuestra que necesita irse de nosotras.

Antes de escribir Las malas, usted escribía en un blog. ¿Por qué borró esos textos? ¿Cómo fue reencontrarse con esa escritura cuando un seguidor del blog los rescató y se los mandó?

Antes de Las malas publiqué otros dos libros: La novia de Sandro, poemario que Planeta reeditará con algunas correcciones y algunas amputaciones y prótesis, para que siga andando, y El viaje inútil (Ediciones Documenta), en que reflexiono sobre cómo terminé escribiendo libros. Antes de Las malas también escribía en el Facebook, o en las aplicaciones de citas, y también en ese blog que no es tan significativo para mí como a la gente le gustaría que fuese. Era como un diario, hasta subía fotos pornográficas que tomaba en algunos encuentros con clientes o garrones, que son los que no pagan. Eran los escritos de una veinteañera que hacía muy poco había dejado atrás la adolescencia y su pueblo. Lo borré porque comencé a hacerme conocida por el teatro y me daba vergüenza que hubiera fotos de ese tipo o confesiones como las que hacía entonces, dando vueltas por ahí. Cuando después de unos años me enviaron todos esos textos, guardados con prolijidad por un tipo que además de ser cliente me leía en el blog, pensé que tal vez el señor estaba un poco obsesionado (¿no creen?). Pienso que no lo hizo por bueno ni por generoso, creo que le gustaba la idea de haber pagado por sexo con una chica que estaba siendo reconocida por su trabajo como actriz. Algunos textos me parecieron fatales y los borré. Otros están en alguna carpeta de archivos esperando una visita, para ver si de toda esa chorrada de palabrotas algún hueso de fruta puede rescatarse.

Las malas representa y viene de su experiencia como mujer trans –más allá del nivel de realidad que haya en el libro, cosa que es irrelevante–. Tal vez representa incluso la experiencia trans de muchas. ¿Cómo fue hacer de ello una obra literaria?

Es un poco peligroso, pienso, decir “experiencia trans” para hablar de un libro que cuenta historias de travestis muy particulares, irremplazables, insustituibles. Eso lo puede hacer el colectivo cis, lo pueden hacer los hombres y las mujeres que no han sido tocados por el viento de purpurina de una travesti. Yo, como travesti, me niego a que sea una experiencia generalizada. Hablo de la maternidad de una travesti llamada Encarna con una historia épica, como lo es la de María la Pájaro o Angie o Pato o cada una de las travestis inventadas en la historia. Es importante atender a esto: somos un pueblo, una comunidad, formada por infinitas individualidades, personas con historias particulares que modifican la historia del mundo. Intento hablar de eso: de cómo la historia de una travesti produce remezones, ondas sonoras, haces de luz que iluminan un mundo muy feo. Escribí un libro que tenía como médula espinal la historia de la Tía Encarna y las demás personas que se cuelan en su vida. Al comienzo quise quitar algunos pasajes que podían tomarse como autobiográficos, pero Juan Forn, el editor, sugirió que los dejara. Como soy una escritora absolutamente novata, y gracias a la Tierra que lo soy, entendí que para escribir ese libro tenía que ceder frente a algunas cosas de las que no sabía y seguiré sin saber. Él me orientó, me sugirió algunos temas que tomé y otros que no, tuvimos felices coincidencias sobre, por ejemplo, el final. Estuvo muy bien.

En su libro se repiten las imágenes de lo animal en relación con lo travesti: una mujer que se transforma en pájaro, mujeres que roncan como minotauros. Y hay algo en esa animalidad relacionado con lo más temido y rechazado, que es lo masculino. Con la figura del padre, lo violento. Háblenos de esas imágenes. De la relación entre lo animal y lo trans, y lo animal y lo masculino que se delata. Es decir, que al mismo tiempo rompe con lo trans y lleva a una experiencia que el personaje no quiere tener del mundo.

Entiendo que la forma más honesta de habitar el mundo es volviendo a ser animales, a tener una ética animal respecto a cómo estamos aquí, matándonos unos a otros, comiendo lo que no necesitamos, comiendo sin hambre, contaminando, constantemente en pugna, con las crías perdidas en un mar de adultos que no atienden a una sola de sus preguntas. Creo que son muy dignos tanto la animalidad como el travestismo. No debe haber algo más duro en este mundo que no ser humano, y por humano digo blanco, heterosexual, pudiente y cis, sobre todo cis. Imagínate lo que es ser una planta en una plaza de la ciudad, o una ardilla o un pájaro o un perro. Algo así es ser travesti. Me resuenan las palabras de Susy Shock, escritora y cantante trans, activista argentina, que grita desde hace años: “No queremos ser más esta humanidad”. Las travestis comenzamos tiempo atrás a alejarnos de ese modelo humano prefabricado a base de amenazas y promesas, y nos acercamos a la puerta de la pelambre y las garras, las alas, los colmillos, las existencias solitarias o en manada. Esto que respondo ahora son puras divagaciones en torno a su pregunta. Lo cierto es que cuando lo escribí iba inventando en el momento. Lo que salía era escrito y ya. No soy una escritora de premeditaciones o planes, porque además, como buena travesti que soy, estoy acostumbrada al nunca bien ponderado fracaso.

Sosa Villada ha publicado dos libros más: el poemario La novia de Sandro y el ensayo El viaje inútil. Para escribir Las malas trabajó de la mano del editor argentino Juan Forn.

Juan Forn nombra en el prólogo a Carson McCullers como una de las escritoras que permea su escritura. En sus libros y en los de McCullers hay individuos rotos, torcidos, raros, enfermos, deformes, marginales. En su caso, hombres sin cabeza, prostitutas embarazadas, clientes inválidos. ¿Podría decirnos si esa autora fue definitiva? ¿Y qué otros lo han sido para usted?

Ahorita que leo su pregunta, pienso si es que existirá el autor definitivo, como Sándor Márai cuando habla de la mujer o el hombre justo, o la romántica moderna de ese hilo rojo que te une a otras personas. Carson fue definitiva en tanto que me dio escenas imborrables que traigo siempre en las charlas, como la escena de Reflejos en un ojo dorado, cuando una de las protagonistas se rebana los pezones con una tijera de podar; o el whisky de Miss Amelia, o las reflexiones en torno al amor y las personas. Es inolvidable. Luego es cierto que de todas las escritoras que leo estoy extrayendo un modo de comprender la literatura y los temas, y cómo se abordan algunos temas. Esto que Forn dice en el prólogo tiene que ver con una animala escritora hecha de muchas escritoras que admiro. Lo digo en El viaje inútil, este libro que es como un ensayo hacia adentro de qué es ser escritora. Entonces me imagino una monstrua de Frankenstein con los talentos de la Duras, de la Szymborska, de la Aleksiévich, o Sharon Olds, o Capote o Lorca. Una lee y los límites se derriban, ¿verdad? Estas escritoras son como exploradoras, como mandadas a terrenos del lenguaje que son desconocidos. Y lo hacen un poco más fácil para las que venimos detrás.

“Tu nacimiento no es menos que este. Y yo no soy menos tu madre por no tener entre las piernas una herida abierta”, le dice en su novela la Tía Encarna a el Brillo de los Ojos, el hijo que recoge y adopta. La imagen de una travesti como madre es vigilada y rechazada por las miradas normativas. ¿Por qué es tan incómoda esa idea? ¿Qué es lo que tanto incomoda del cuerpo trans?

Incomoda en tanto deseo, en tanto se fisura la estructura enclenque del deseo heterosexual, que es el que lleva la voz cantante. De repente, los hombres nos desean y las mujeres ven a los hombres desearnos, y entonces nos castigan y nos condenan a vivir su deseo a través de la prostitución, pero nunca con sus mismos privilegios. Mientras ese deseo circule por fuera de los mapas afectivos de las personas normalizadas, domesticadas, entonces las mentes se tranquilizan. ¿Qué sucede cuando las travestis se animan a ser madres, cuando se animan a casarse o a buscar el mismo trabajo que una chica normalizada? Ahí germina un tipo de transfobia que por supuesto no es fobia, es odio puritito. Luego está que estas personas que llevan la voz cantante se incomodan con todo: con la educación sexual, con la identidad de las personas, con su color de piel, con su procedencia, con su pasado, con su peso, con su fe o espiritualidad. Son verdaderamente insoportables.

Sin las prostitutas “se derrumbaría la economía”, dice la narradora. ¿Cómo entiende usted la relación entre el “deseo prohibido” y el mantenimiento del statu quo?

Bueno, un poco lo decía antes, es un deseo que debe mantenerse así para que las débiles estructuras familiares permanezcan intactas.

Otra imagen se repite en la novela: la zanja. La zanja es un destino trágico y horrible que augura el padre. Pero también es el lugar de la vida –allí aparece el Brillo de los Ojos– y de la salvación –el “ataúd”/refugio de las trans en el parque cuando eran perseguidas–.

La zanja era una amenaza que mi papá ponía sobre mí. Decir eso era decir lo peor de la muerte. Terminar muerta en una zanja solo les pasaba a las personas que andaban en cosas malas. Como toda amenaza que se olvida, de repente comienza a tener brotes a otros imaginarios, entonces deja de ser solo el lugar de la muerte, y es el punto de partida de una novela. O el lugar de una escena tan dramática como la de la Tía Encarna descargando su furia con el cuerpo muerto de su amiga que no supo defenderse. En toda amenaza que depositan dentro de una también existe la posibilidad de algo vital, terrible, completamente desagregado de la vida en sociedad.

Ha contado que escribió este libro para agradecerle a una comunidad que la acogió. ¿En qué sentido la escritura es un acto de hermandad? ¿Cómo refleja este libro ese sentido de lo común?

Ay, no recuerdo haber dicho eso. Tal vez fue en un arrebato de cursilería completamente inconsciente, si no es imperdonable pensar que los libros se escriben por gratitud. Creo que es un paseo por mi casa, Las malas. Es eso, algo que aprendí a hacer cuando actúo, o cuando canto también. Un paseíto por mi mundo y ya estuvo, todos despedidos afuera, porque este mundo es mío y no quiero compartirlo por mucho tiempo con nadie. Las personas entran en él, incautas, sorprendidas, de repente se ven dentro del imaginario de una travesti y lo agradecen, porque es un lenguaje muy honesto, muy como si estuviéramos en una terraza con unos mates y unos pancitos con manteca de por medio. Nada inalcanzable o inentendible. Tan común, ¿verdad? Esto es un acto de amor que soy capaz de hacer. Hay otros que no, pero la literatura es afecto y de ese afecto sí soy capaz. Dice Wislawa: “No hay una vida que no sea, por un momento, inmortal”. Constantemente estamos derrotando a la muerte, que nos gana cuando morimos. Pero yo no recuperé a las travestis del parque; yo inventé otras travestis del parque para hacer un homenaje, no tanto a cada una de ellas, sino a un tipo de amor, que es lo que más recuerdo, luego de tantos años en medio, por lo menos dieciocho años entre mi llegada a Córdoba y el proceso de escritura de Las malas. Lo que sí puedo decir es que me inventé unas travestis magníficas que me acompañaran en un proceso de separación, un duelo, con alguien que quise mucho alguna vez y por el que sentí mucha tristeza al no verlo más.

De la idea de hermandad entre las travestis podría pensarse en una hermandad literaria con escritores y escritoras que han hablado desde lugares de diferencia similares, como Pedro Lemebel o Iván Monalisa.

Seguramente mi libro dialoga con ellos, aunque me siento más bien parte de una hermandad con escritoras travestis como Marlene Wayar, Claudia Rodríguez y Naty Menstrual, Susy Shock, solo por citar a algunas –y perdón por las que no menciono de pura ignoranta–. Ellas son escritoras que, como yo, están explorando el paisaje desconocido del lenguaje, para que las que nos continúen sepan que estuvimos nosotras; que arribamos a la escritura en un Mayflower, en una Santa María hecha de puras perlas, pelucas y maquillajes pesados para tapar la barba, para ver qué clases de tierras son fértiles en el mundo de la palabra. Somos las antiguas, más viejas, menos viejas, pero cualquier vida travesti es una vida muy antigua. Ya no leerán en un futuro a gente que hablaba sobre las travestis sin apenas conocerlas. Dirán, muy por el contrario, “esta es información de primera mano, son buenas fuentes, son como nosotras”. Por eso no me incluyo entre esos nombres que dicen. Ya que estamos hablando de hermandad, digo que la hermandad existe en tanto travestis. Y luego, pienso, con humor, que la hermandad de la escritura sucede entre la escritora y quienes la leen; entre quienes comentan el libro y lo cuchichean. Prefiero que esta época en particular se recuerde como la época en que las travestis accedimos al mundo editorial y comenzamos a vender libros, incluso muchos libros. Las escribientes travestis, de esa familia sí me siento parte, puesto que nuestros ojos sobre el mundo son únicos, porque son ojos travestis.

Una cita de su novela: “El lenguaje es mío. Es mi derecho, me corresponde una parte de él. Vino a mi´, yo no lo busque´, por lo tanto, es mío. Me lo heredo´ mi madre, lo despilfarro´ mi padre. Voy a destruirlo, a enfermarlo, a confundirlo, a incomodarlo”. Esta cita nos recordó un debate que ha estado rondando, y que pretende hacerle frente a la violencia del lenguaje: el uso del lenguaje inclusivo. ¿Cómo ve usted ese tema?

El lenguaje no es de nadie y nos es impuesto bajo la complicidad de quienes nos enseñan a hablar, que a la vez fueron sometidos a un lenguaje que, como a mí, nunca los contempló. ¿Cómo podríamos respetar un lenguaje que no tiene palabras para nosotras? ¿Cómo podríamos respetar a otros que hacen un uso del lenguaje que es excluyente? Me vale madre si es con la letra e, si se llama inclusivo o si molesta a quienes custodian prácticas lingüísticas como esclavos. Lo que me importa es poder traicionarlo, poder inventar las palabras que nos faltan, los pronombres que no están, verbos que todavía no contemplan la existencia compleja de una vida. Por otra parte, soy muy acuariana y, así como traiciono el lenguaje, traiciono los signos que se estabilizan, como bien dice Amador Fernández Savater. A veces sospecho que el lenguaje está vivo mientras incomoda, pero al estabilizarse pierde su goyete o, como quien dice, su razón de ser. Yo trato de estar constantemente incómoda en la palabra, en los actos que se cometen a través de la palabra como responder una pregunta, por ejemplo. Esto, sin embargo, que se estabiliza para determinados grupos que ya hicieron de esta práctica una costumbre, nunca termina de resultar cómodo para los esclavos voluntarios de la Real Academia. Y por eso lo celebro.

América Latina es la región del mundo en la que el odio hacia las personas trans se manifiesta de forma más brutal. Pero en Las malas la mirada no es totalmente fatal. Abre posibilidades de hacer florecer allí la vida. ¿Cómo escribir poéticamente sobre estas cosas, y cómo seguir viendo el amor que brota de cara a las violencias constantes que viven los cuerpos y la dignidad de las trans?

Es mi responsabilidad creer que esto es pasajero, que algún día se cambiará la hoja y el relato histórico comenzará a teñirse también de nuestro bienestar. No creo que las escritoras tengamos obligación de dar una esperanza o destruirla, pero sí creo que podemos inventar mejores mundos, mejores destinos para nosotras, a través de la palabra, que es de las pocas cosas hechas por el hombre que todo lo puede. No quiero quedarme aquí, llorando la mar amarga por los cuchillazos recibidos y las miradas malas puestas sobre mi cuerpecito de un metro sesenta y tres. Quiero que las travestis imaginemos nuestra ambición, que tengamos un suelo que nos recuerde que más abajo que eso no podemos ir. Fueron años espantosos, los recuerdo a veces como fulgores de una guerra. Siempre en posición de defensa, eventualmente de ataque. Era como una invasión de la que participaban todos, madres, hermanos, vecinos, niños, ancianos, padres, amores, amigos; todos iban a invadir un sitio tan sagrado como lo era nuestro nombre, la patria de todas las travestis. Yo, como sobreviviente de esa guerra –que tristemente sigue para muchas como yo–, quiero que las niñas travestis por nacer solo la estudien en los libros de historia. Los libros de ficción serán siempre mejores mundos.

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