Ilustración: Simón Zarama Ilustración: Simón Zarama

Perros sin bozal

Con 90 años cumplidos, el gran escritor brasileño Rubem Fonseca reivindica el oficio de escribir en contra de quienes creen que a esa edad se debería estar recluido en un geriátrico. Vivaz, irónico, Fonseca se hunde en el asesinato, la pasión o la infelicidad para demostrar que sigue vivo y mordiendo.

2016/08/23

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

La excepción a las normas biológicas y narrativas es el lugar común de Rubem Fonseca. Cumplidos sus 90 años de edad, honra su biografía alrededor del cuerpo en términos atléticos y literarios. Sorprende a los periodistas porque continúa escribiendo todos los días, visita el gimnasio en la madrugada y permanece alejado del estorbo que representa el circo editorial con efectos publicitarios –aunque no alcance los niveles neuróticos de Salinger: el secreto que Fonseca ha descifrado parte de su misterio en eventos públicos como apadrinar con su nombre, en 2013, una sala de lectura para los obreros que construían una estación en la Plaza Antero de Quental para la línea 4 del Metro de Río de Janeiro, cerca de su apartamento en Leblón–.

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