Fotograma del documental 'El viaje de Monalisa', de la chilena Nicole Costa. En él, la directora se reencuentra con él y rastrea los motivos que lo llevaron a autoexiliarse y a vivir en los márgenes de la sociedad en busca de su identidad. Fotograma del documental 'El viaje de Monalisa', de la chilena Nicole Costa. En él, la directora se reencuentra con él y rastrea los motivos que lo llevaron a autoexiliarse y a vivir en los márgenes de la sociedad en busca de su identidad.

Iván Monalisa Ojeda: escritor, loca y 'two spirit transgender'

Antes de dedicarse a escribir, Iván Monalisa Ojeda fue actriz, 'performer' y prostituta. Hoy es escritor, loca y 'two spirit transgender'. De todo eso beben sus cuentos.

2019/10/01

Por Felipe Sánchez Villarreal*

El cristal de la Monalisa

Ay, espérate, cachái. No es que sea mala onda, pero hay una orquesta de jazz y me voy a tener que alejar o no te voy a escuchar ni una weá. Estoy en Washington Heights. Yo siempre en mis cuentos hablo de Washington Heights, el barrio latino de Nueva York. Aunque es más bien el barrio dominicano: las tiendas son dominicanas, los restaurantes son dominicanos, los nenes bellísimos son dominicanos. Me encanta, es como una pequeña Dominican Republic.

—¿Por qué te gusta tanto?

—Por los tipos, que son guapísimos, y por la comida. Los placeres, ¿cachái? En Washington Heights están los mejores placeres: macho y comida. Y por la droga también, que aquí es rebarata. Aquí encuentras de todo. Bueno, no de todo: hay cosas que no se encuentran en la calle, como el crystal meth, que es superexclusivo. Estaba hablando de drogas el otro día con un amigo escritor y él me decía que lo único que pedía no a Dios, porque es medio atea la loca, era lo que en México llaman la rocky balboa.

—¿Qué es eso?

—Precisamente el crystal meth. Le dicen la rocky balboa. Cachái que en México, me contaba él, eso es lo más bajo, lo que será en Colombia el bazuco, supongo yo. Pero acá en Nueva York es lo más exclusivo. De hecho el crystal meth no lo venden ni en la calle ni por menos de sesenta dólares. Tienes que ir a la casa de la persona o que la persona te haga un delivery. Las demás drogas las puedes conseguir por diez dólares, la coca la puedes conseguir por veinte, la yerba pa qué decirte. ¿Oye, me escuchái bien?

Del otro lado, dos horas antes de entrar a su turno nocturno como vendedora de ropa en H&M, habla Iván Monalisa Ojeda. O Mona, como le dicen sus amigas. Escritor, actora, chileno, two spirit transgender, loca y performer, en septiembre cumple un año allí, después de que lo despidieran de Victoria’s Secret por no ir a trabajar. Eso fue luego de que decidiera no salir más a “buscar pargos” a la calle. Porque lo suyo, por más de quince años, desde que migró de Chile a Nueva York en 1995, fue el trabajo sexual. Eso, las artes escénicas y el crystal meth.

—¿Y entre las locas sí es popular el crystal meth o por lo cara no?

—Oye, ¡pero qué te pasa! Si algo saben las travestis es conseguir dinero y después droga. Un amigo se quejaba de lo cara que estaba la droga. Y yo le decía: “Vístete de mujer y te va a llegar la droga de gratis”. Tú escribes así: “Hay parTy”, con T mayúscula, y eso quiere decir Tina, que es el slang para decir crystal meth. Si pones varias T, es que estás desesperada. Yo una vez lo hice, puse: “I want to parTTTTTTy”, como con siete T. Los tipos que leían eso decían: “Esta loca está desesperada”. Y yo les decía: “Mira, tengo dinero, pero no tengo Tina. ¡Come over!”. Al tipo le pagué hasta el taxi, loca. Imagínate la puta pagándole el taxi al cliente. Eso sí es lo último. En el Gay & Lesbian Center al que voy hay NA Meetings (encuentros de adictos anónimos), porque obviamente las locas somos todas drogadictas. Es tanta la epidemia que hay que tuvieron que hacer un NA Meeting para crystal meth anónimos, ¿cachái? Y se llena: no hay espacio. No sé por qué me dio por hablarte de eso.

Sé que sí sabe. Condensadas en el crystal meth laten muchas de las fuerzas que su trabajo creativo cristaliza. No porque escriba en estados alterados de conciencia (solo lo ha hecho una vez, me dice, en el cuento “El fan club de la Turner”), sino por la trama sociopolítica que se esconde detrás de esos trozos de roca cristalina, desde la que se pueden leer los temas de su producción artística: el sujeto desdoblado, las anécdotas de las prostitutas migrantes travestis y transgénero, las drogas como espacio de socialización marginal (o de profundo aislamiento) y Nueva York como telón de fondo.

Pero para entenderlo hay que mirar a través del cristal, cuando no existía la Monalisa.

Un calendario de la escritora Iván Monalisa, colgado justo al lado de una imagen de la obra de arte que usó para nombrarse cuando asumió su nueva identidad. Imagen cortesía de Nicole Costa.

Iván

Antes de Monalisa fue Iván: Iván Ojeda, nacido en Llanquihue, una ciudad ribereña del sur de Chile a orillas del segundo lago más grande del país, en 1966, siete años antes de que Pinochet subiera al poder. Signo solar Libra en el zodiaco occidental y Caballo en el chino, como le gusta presentarse. Su primera parada fue la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, de donde desistió rápidamente antes de mudarse a Santiago a estudiar Artes Dramáticas en la Universidad de Chile.

Lo primero fue el teatro. En 1992, a los veinticinco años, cuando aún se identificaba como un hombre homosexual, montó su primera obra, BufoNADA, una puesta en escena cuyo protagonista era un travesti llamado Él/Ella. Su amiga, la realizadora Nicole Costa, que estrenará un documental sobre esa etapa de su vida (El viaje de Monalisa), recuerda que entonces “ya existía en él una intuición de ir más allá de lo binario: Él/Ella era un personaje que contenía lo femenino y lo masculino en un solo cuerpo y que probablemente respondía a la proyección de su propio sentimiento”.

La segunda fue Alexina, un deseo interferido, una obra inspirada en los textos del poeta vanguardista chileno Juan Luis Martínez y en los estudios sobre la historia de la sexualidad de Michel Foucault. Allí, un contratenor interpretaba apartes de los registros de Herculine Barbin, una persona nacida intersexual y asignada como mujer en 1838, a quien una corte obligó a redefinirse como hombre tras un examen médico. La vida de Barbin –el disciplinamiento de su ambigüedad de género– fue la materia fundamental de estudio en numerosas corrientes de teoría queer enraizadas en el pensamiento de Foucault. Pero para Iván fue, en un comienzo, un espejo barroco que apuntaba hacia sí mismo.

La historia de Barbin acaba con un suicidio. Esa presencia ineludible de la muerte en un contexto como el Chile de los noventa, donde los vestigios de la dictadura de Pinochet aún no habían acabado y la represión seguía domesticando los cuerpos “desviados de la norma”, mantuvo su producción en los márgenes y su identidad de género solapada dentro de su cuerpo. La contradictoria relación entre el adentro y el afuera, entre el clóset y la calle, lo impulsó a ejecutar acciones como un performance en que sus compañeros de Diseño Teatral le confeccionaron una trenza de casi cinco metros de largo –un guiño irónico a la expresión “se te suelta la trenza” que en Chile es, recuerda Monalisa, “cuando te asumes bien loca y muestras la pluma”– con la que hizo un paseo solemne por la plaza de Armas de Santiago.

Con la exploración de técnicas de la danza butoh, ejecutó luego otra acción que mostraba su desobediencia desde el deseo exacerbado: “Yo con mi cuerpo robusto, sudamericano, imitaba la misma pose de una estatua de Apolo en el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago, en la sombra, casi desnudo, solamente con un taparrabo, una equis a través del culo y una equis en las tetillas. Esas son las partes erógenas del homosexual, porque en esa época yo no me definía como transgénero”. A pesar de aún no definirse como tal, ya estaba instalada en él la zozobra de una exploración identitaria irresuelta. Como en su cuento “Overdosis”, en que la narradora, que lleva tres días sin dormir por el crystal meth, ve una presencia femenina que lo vigila entaconada y vestida con un kimono, así apareció luego, ya en Nueva York, ese doble que siempre lo había mirado del otro lado del prisma: la Monalisa.

Fotograma del documental El viaje de Monalisa, de Nicole Costa.

Monalisa

—El Chile de 1995 tenía todavía muchos retazos de la dictadura, mucha mala onda. Yo incomodaba mucho a la institución porque hacía cosas bien contraculturales y, además, era abiertamente loca, cachái. En otros espacios tampoco me ajustaba mucho, porque la Universidad de Chile era bien elitista. Aquí en Nueva York, en cambio, me siento cómodo. Tú aquí puedes ser quien quieras y a nadie le importa. Es famosa la frase “It’s nobody’s business” (A nadie le importa).

—¿Y así despertó la Monalisa?

—Sí. Eso fue en la época en que me hice muy amigo de las transexuales de acá: esa fue la tribu urbana, por llamarla de alguna manera, que me acogió. Cuando se me venció la visa, me sumergí en ese mundo y ese mundo me despertó. Todo lo que había escrito en mis obras de teatro estaba aquí, cachái: el trabajo sexual, la identidad de género. Encontré que eso era real, no una ficción mía. Ahí despertó el niño trans que yo había sido cuando era niño –porque era un niño trans, pero reprimido por mi familia conservadora, los vestigios de la dictadura y por el colegio alemán católico en que estudié en el sur de Chile–. Eso quedó guardado, pero en Nueva York volvió a salir. Ahí nació la Monalisa.

Iván llegó a Nueva York en 1995 tras ganar una beca de escritura de teatro del New York Dramatist School. Pero la noche, los estimulantes y la red de afectos que fue construyendo en las calles lo anclaron allí. Se amistó con las migrantes suburbanas y se inició en el trabajo sexual en una época en que ser prostituta callejera era rentable. Como explica Costa, las políticas de “tolerancia cero” frente a las trabajadoras sexuales que promovió el alcalde republicano Rudolph Giuliani en los años noventa no habían cuajado del todo –después vendrían los arrestos y las redadas–, y todavía las zonas de Times Square, Hell’s Kitchen y el Meatpacking District, que Iván frecuentaba, seguían cargadas de tiendas eróticas, prostitutas, chulos y peep shows. Allí conoció la calle, las drogas y su inclemencia, a las que sobrevivió “por instinto”.

La época dorada de la prostitución en Nueva York, que luego se vino abajo con la caída de las Torres Gemelas en 2001 y el recrudecimiento de las políticas de seguridad en Estados Unidos, desplazaron aún más el trabajo sexual, particularmente el de las migrantes ilegales, hacia la clandestinidad: bares de pick up, sitios en internet desde los que ya no debían exponerse a la calle, clasificados digitales. La competencia aumentó y la crisis alejó a los clientes. Entonces Iván, ya solapado en la Monalisa, dejó el trabajo sexual y encontró la escritura.

A esa etapa pertenece La misma nota, forever, su primer libro de relatos, que publicó Sangría Legibilities en 2014. En breves crónicas de la vida de sus amigas y de sí misma traza un inventario autobiográfico de esos cuerpos y sus disputas con la ley y la adicción. En esa frescura y gracia conviven la tensión híbrida de la lengua del migrante latino (el “espanglish”), la teatralidad como exploración dramática que se traslada a la escritura y la dignificación de las locas que trabajan con su cuerpo.

Este año Alfaguara publicó su segundo libro, Las biuty queens. Sus anécdotas callejeras dibujan un desenvuelto mosaico de los volúmenes emocionales que viven las travestis migrantes en Nueva York. Escritos con soltura, concisión y un desparpajo insolente –debajo del cual hay una conciencia profunda de la pérdida y la muerte–, en la superficie de cada cuento trasluce la violencia histórica que se ha empecinado sobre los cuerpos trans: el abuso policial, el trabajo sexual en condiciones precarias, la adicción como consecuencia ineludible de un proceso de aislamiento estructural.

—¿Por qué el humor negro?

—Todas las locas tenemos adentro el humor negro. Eso de reírnos cuando las cosas están malas nos ha servido mucho para lidiar con el desamor, la violencia, la soledad. Aunque las cosas han avanzado legalmente y hay más aceptación, hay una weá intrínseca: que somos outsiders, aunque nos queramos o nos quieran integrar a la sociedad, que es absolutamente fálica. Seguimos siendo outsiders, por más que hagamos marchas. Y ese ser outsiders implica quedarnos solas.

Frente a ello, y más allá del resplandor a veces funesto de la cocaína y el crystal meth, su obra abraza la solidaridad y el encuentro entre cuerpos vulnerables que se robustecen entre sí (“un aquelarre de brujas multicolores”). La Manuel, la Carlos, Sabrina, la Rayito y todos sus personajes, que son sus amigas travestidas en la escritura, se ofrecen mutuamente un escudo de seguridad ante el peligro. Así, sus cuentos retejen una red de afectividades marginales entre las locas: se encuentran cuando están solas, pelean y se perdonan, se acompañan en la cárcel y bailan juntas cuando las dejan plantadas en el altar. Se defienden, en últimas, ante un sistema empecinado en que sus vidas, teñidas por la explosión de los cristales y el uso propio del cuerpo como sustento, no sean lloradas: “Apenas piso el puente, un frío me invade todo el cuerpo hasta que aparece, de pronto, una especie de calor. Como un rayo de luz que irá conmigo en este cruce (…) Me acompaña la fortaleza de mi amiga mexicana. También la fuerza de tantas otras que saben lo que es cruzar de un lado al otro, lo que es llegar enteras, llenas de recuerdos y sin un dejo de rencor”.

*Sánchez es literato y es el editor digital de ARCADIA.

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