El escritor israelí Amos Oz en su casa en Tel Aviv, en marzo de 2013. Crédito: Omer Messinger / Getty Images.

Judas no mató a Jesús, dice Amos Oz

El escritor israelí es un representante del mundo intelectual judío: provocador, autocrítico. Lo confirma su última novela, que le da un vuelco radical a la historia sagrada y canónica del personaje de Judas. Según Oz, ese relato erróneo ha causado por siglos odios, persecuciones, pogromos y antisemitismo.

2018/02/20

Por Adriana Cooper* Medellín

RenacimientoEn mayo de 2008, durante la recepción del Premio Dan David en la Universidad de Tel Aviv, muchos de los invitados estaban afuera del auditorio conversando o probando la abundante comida que suele haber en las celebraciones judías: un tipo de conjuro, de revancha contra el hambre de épocas pasadas. Al lugar llegó un taxi blanco, y de él se bajó uno de los galardonados de la noche, el escritor Amos Oz. De la mano de su esposa Nily, y con esa elegancia austera que lo caracteriza, comenzó a caminar hacia el auditorio. No miraba a su alrededor, ni se percataba de que algunas personas ya lo habían visto y empezaban a hablar en voz baja a su paso. A Oz no le preocupa figurar. Lo único que hizo cambiar esa tarde la expresión neutral de su rostro, fue el saludo de uno de sus nietos, quien salió a su encuentro a abrazarlo y a caminar junto a él.

Ha pasado más de una década desde ese día y Oz aún conserva intacta esa sencillez, que no exige reverencias o demanda tratos célebres, cosa que, tal vez en parte, viene de la falta de formalismos en Israel: un país donde no hay diferencias tan marcadas de estratos sociales, y en el que hasta el intelectual o empresario más reconocido ha tenido que enfrentarse en algún momento a los quehaceres domésticos, los oficios manuales, agrícolas o al servicio militar.

Oz nació en Jerusalén en 1939 y pasó sus primeros años en un apartamento cercano al centro de la ciudad, lleno de libros y recortes de revistas que recordaban los paisajes de esa Europa en la que vivieron sus ancestros. Sus padres, Yehuda Arieh Klausner y Fania Mussman, llegaron a Israel huyendo de la muerte y cargando un sentimiento de traición en el cuerpo. Entre los dos hablaban más de diez idiomas y conocían la obra literaria y musical de los autores clásicos. Se sentían tan europeos como sus vecinos no judíos, y ante la victoria del antisemitismo, no tuvieron más remedio que tragarse su decepción y huir hasta un destino más seguro que les abrió las puertas: la Jerusalén de ese entonces, pobre y lánguida, en tiempos previos a la creación del Estado de Israel.

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De niño, Oz soñaba con ser un libro porque de esa forma pensaba que podría sobrevivir. Los vecinos morían por la enfermedad, los golpes, los disparos, el exterminio, la tristeza. Así ocurrió con su madre, Fania: sus miedos y traumas se convirtieron en una depresión que la llevó al suicidio a sus 38 años de edad. Amos, su hijo, no volvió a hablar de ella, ni siquiera mencionó su nombre por varios años. Lo hizo por fin cuando fue mayor que ella, en 2002, con su novela autobiográfica Una historia de amor y oscuridad, su libro más conocido.

Cuando tenía 14 años, Amos Oz se mudó al kibbutz Hulda, entre Jerusalén y Tel Aviv. Quería ser un conductor de tractor, pero el gusto por la escritura se impuso. Allí se casó con Nily Zuckerman, con quien tuvo un hijo y dos hijas; la más conocida es Fania, historiadora, también escritora y profesora en la Universidad de Haifa en Israel.

Además de cambiar de residencia, hizo algo que es normal en Israel, un país donde las palabras tienen un peso distinto: cambió su apellido Klausner por Oz, palabra que en hebreo significa “fortaleza”, y que se convirtió en una consigna inconsciente.

Oz es autor de novelas tan reconocidas como Mi querido Mijael, Tocar el agua, tocar el viento, La caja negra, Una pantera en el sótano, Un descanso verdadero. A estas se suman ensayos como “Contra el fanatismo” y “Los judíos y las palabras”, que escribió junto a su hija Fania Oz. También ha escrito libros de cuentos como La colina del mal consejo y textos de prosa y poesía como El mismo mar. Ha sido traducido a más de 42 lenguas y ha ganado premios como el Israelí de Literatura, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Goethe, el Frank Kafka o la Medalla Internacional de la Tolerancia.

Su más reciente novela, Judas, cuenta la historia de Shmuel Ash, un estudiante que tiene que abandonar sus estudios en la Universidad Hebrea de Jerusalén y consigue un trabajo de acompañante ocasional de Gershom Wald, un hombre mayor al que le encanta debatir, que lo incita a profundizar en sus estudios sobre Judas, el apóstol de Jesús al que erróneamente se le atribuye su muerte. Este hombre es el suegro de Atalia Abravanel, una viuda de la que se enamora Shmuel y cuyo padre, Shealtiel, fue acusado de traidor por ser la única persona cercana a David Ben Gurion, quien se opuso a las ideas sobre la creación del Estado de Israel y defendió la búsqueda de la paz con los árabes. En palabras de su autor, “Judas no es un manifiesto: no pretendo convencer al lector o llevarlo a que tome partido. Es una historia de amor de tres personas que, al terminar el invierno, cambian y no vuelven a ser las mismas”.

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El tema de la traición, presente en la novela, también ha sido vivido por Oz en carne propia, pues ha sido acusado en varias oportunidades de traidor por sus visiones sobre el conflicto de su país. Él defiende la idea de crear dos Estados (israelí y palestino), que coexistan uno junto al otro. Por ello, periodistas, estudiosos y seguidores de su obra consideran que sus ideas van más allá de su tiempo. Y es que, después de la Guerra de los Seis Días de 1967, prestar el servicio militar y ver la guerra de cerca lo han llevado a oponerse a los fanatismos y a defender los sacrificios que demandan la paz y la solución de las diferencias.

Aunque se ha definido como “un judío secular laico, cuya identidad no está impulsada por la fe”, no rechaza la tradición, y ante sus ojos han pasado textos religiosos de todo tipo. “Para los judíos laicos como nosotros [habla de él y de su hija Fania], la Biblia hebrea es una magnífica creación humana. Exclusivamente humana. La amamos y la cuestionamos”.

¿Por qué escribir sobre Judas?

La idea de lo ocurrido con Judas la tengo desde que era un adolescente. Cuando tenía 16 años, decidí que iba a leer los Evangelios. Si no lo hacía, nunca iba a entender a Bach, a Dostoievski, al arte en general. Así que no tuve elección: fui a la biblioteca y me sentí cómodo con Jesús. Después sentí rabia cuando empecé a leer la historia de Judas, y no precisamente porque fuese judío. A los 16 años me di cuenta de que esa historia no funcionaba. ¿Por qué Judas, un judío próspero, iba a vender a su maestro por aproximadamente 30 monedas de plata (alrededor de 600 euros) si tenía viñas y tierras? ¿Por qué alguien iba a pagarle para que le diera un beso a Jesús si a este último todo el mundo lo conocía en Jerusalén? Esta es una historia terrible que no se explicó bien y fue responsable de odio, persecución y pogromos [linchamientos y ataques que hubo en Europa desde la Edad Media] contra los judíos.

¿Por qué cree que solo algunos escribieron sobre los errores e inconsistencias en el relato bíblico de Judas, que ahora usted presenta en su novela?

Algunos escritores, como Jorge Luis Borges, han hablado de las inconsistencias en el relato original de Judas. Se dice incluso que es el héroe verdadero de la historia porque sin él no habría cristianismo. Pero es claro que, durante generaciones, la historia fue impresa en las almas de muchos niños. Es un relato que se ha dado por hecho. Millones de personas crecieron con la idea de que los judíos son acaparadores de dinero, peligrosos o personas en quienes no se puede confiar. Si nos fijamos en la forma en que aparece Judas en los cuadros del Renacimiento, podemos ver que se muestra con una nariz grande, orejas de gran tamaño y con otros rasgos físicos con los que se han identificado a los judíos históricamente, y que incluso aparecieron en las caricaturas del Holocausto o se vieron en los orígenes de la Inquisición. La palabra “Judas”, además, es muy cercana en varios idiomas al término “judío”. ¿Cómo puede un niño notar la diferencia entre ambas? La historia de Judas ha sido, durante siglos, el Chernóbil del antisemitismo. En mi novela, Shmuel Ash intenta encontrar los errores del relato.

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¿Hoy, quiénes son para usted los verdaderos traidores?

Hay muchos: quienes venden secretos, engañan a su mujer o dicen mentiras a la gente que tiene cerca. También están aquellos a quienes han denominado así porque con sus ideas están más allá del tiempo que les tocó vivir: Émil Zola, Thomas Mann, Abraham Lincoln, De Gaulle. Hay algunos considerados traidores que han pagado con sus vidas por querer cambiar el orden y las circunstancias de un momento, incluso si con ello buscaban encontrar una forma diferente de aportar a una misma causa. Algunas veces, la palabra “traidor” es un honor, un título alto que le atribuyen a alguien por pensar distinto y cambiar ciertas dinámicas. En ese caso, tomo ese título y me lo pongo con honor en la camiseta.

Muchos lectores de Judas dicen que es imposible no querer o identificarse de alguna forma con Shmuel Ash, el personaje principal. ¿Lo sorprendió durante el proceso de escritura, o antes de escribir usted tenía planeados los detalles y rasgos?

En el proceso de trabajo, los personajes debaten conmigo, quieren hacer cosas diferentes o se enfrentan; es una pelea. Hace un tiempo tenía un vecino que cada vez que pasaba frente a la ventana junto a la que yo estaba escribiendo, se peinaba el pelo para que yo lo describiera bien en mis escritos. No hay tal cosa. Todos mis personajes vienen de la imaginación y la fantasía; no hay nada totalmente establecido o planeado.

Judas es una novela que tiene unas líneas que lo llevan a uno a detenerse en la historia o a pensar en poesía. ¿Le gusta leer poesía?

Tengo un apetito feroz y como diferentes platos. Algunas veces me gusta leer en el invierno a autores que hablan de tristeza. Otras veces, me despierto por la mañana y quiero leer literatura barroca. Digamos que, para leer, todo depende de dónde estoy o quién soy en un momento determinado.

Si Jerusalén fuese una mujer, seguramente sería distante, esquiva, y al mismo tiempo tendría esa fría belleza de la protagonista de Judas.

Cuando estaba escribiendo sobre Atalia, vino a mi mente el sonido de un chelo solitario en una noche de invierno en Jerusalén.

¿Hay algún personaje de sus libros por el que sienta preferencia o más afecto?

No puedo pensar en alguien específico. Si uno analiza una pieza de música de cámara, no puede separar a un instrumento de otro. Algo así ocurre con los personajes de mis obras.

Hace poco se estrenó la película Una historia de amor y oscuridad que dirigió Natalie Portman, y que está basada en su novela autobiográfica. ¿Cuál es su opinión sobre la película?

Siento mucho respeto y admiración por su trabajo. Creo que es una obra hecha con amor y reflexión. Pero no pretendo que refleje la novela como la escribí.

¿Ya está escribiendo un nuevo libro?

Sí, estoy trabajando en un libro nuevo. Es muy temprano para contar de qué se trata. Todavía hay muchos pensamientos y sentimientos involucrados. Digamos que estoy de alguna forma “embarazado” y no es bueno exponer el bebé a los rayos X.

Cada año, periodistas de diversas partes del mundo le preguntan sobre el Premio Nobel antes del anuncio oficial y lo incluyen sin falta en la lista de posibles opcionados. ¿Qué opina usted de eso?

No es un tema que me interese. Nunca me siento a esperar el anuncio de un premio ni pienso en ello. Soy solo un hombre agradecido.

* Periodista y profesora.

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