El escritor Kazuo Ishiguro fotografiado el 4 de diciembre de 2011 en Londres, Inglaterra. Neale Haynes/ Contour de Getty Images.

Memoria y autoengaño en Kazuo Ishiguro

Que el escritor británico ganara el Premio Nobel de Literatura fue una sorpresa para muchos: su nombre no aparecía en las listas de las casas de apuestas ni había sido considerado por los especuladores de la prensa especializada. Un honor inesperado, pero merecido.

2017/10/20

Por Juan Pablo González* Bogotá

Más fundamentalmente, estoy interesado en la memoria porque es un filtro a través del cual vemos nuestras vidas, y porque es nebuloso y oscuro, las oportunidades para el autoengaño están ahí. Al final, como escritor, estoy más interesado en lo que la gente se dice que sucedió en lugar de lo que realmente sucedió.

Kazuo Ishiguro en una entrevista para CNN.

Horas antes del anuncio del nuevo Premio Nobel de Literatura, los especuladores estaban listos para ungir al novelista keniano Ngugiiwa Thiong‘o o al poeta surcoreano Ko Un. Que se lo ganara Kazuo Ishiguro fue algo inesperado, en especial para el público latinoamericano, que ha tenido poco contacto con la obra de este escritor. Sin embargo, fue un honor a todas luces merecido.

A lo largo de 35 años de carrera, Ishiguro ha publicado siete novelas y varios cuentos, incluyendo una colección titulada Nocturnos: cinco historias de música y noche (2009). Además, se ha desempeñado ocasionalmente como guionista para cine y televisión, letrista y compositor. Pálida luz en las colinas (1982) y Un artista del mundo flotante (1986), sus dos primeras novelas, recibieron premios regionales y la atención favorable de la crítica en el Reino Unido, pero no fue sino hasta que Los restos del día (1989) ganó el prestigioso Premio Booker que Ishiguro alcanzó la escena internacional. Desde entonces, sus obras han sido traducidas a más de 40 lenguas, adaptadas al cine en Occidente y a la televisión en Japón.

Nació en Nagasaki en 1954 y se trasladó con su familia a Inglaterra cuando tenía 5 años. Aunque se suponía que el viaje sería por un tiempo corto, no regresaría a Japón sino hasta muchos años después y solamente lo haría en calidad de turista. Se graduó de la Universidad de Kent, donde estudió Inglés y Filosofía, y en 1980 cursó una maestría en Escrituras Creativas en la Universidad de East Anglia.

En repetidas ocasiones, Ishiguro se ha descrito a sí mismo como un escritor que produce novelas internacionales, cuya intención al escribir es profundizar en temas de importancia universal y no tanto el ejercicio de la referencialidad social o histórica. En consecuencia, evita deliberadamente juegos lingüísticos difíciles de traducir y se resiste a utilizar expresiones vernáculas para nutrir sus diálogos o caracterizar a sus personajes. A través de su producción da a entender que el quehacer autoral es, ante todo, un proceso comunicativo y detrás de sus escritos hay una intención latente de ser recibido por una audiencia robusta, de hacer su obra lo más accesible posible (al menos en un nivel puramente textual).

A pesar de estas limitaciones, Ishiguro logra crear voces verosímiles para todos sus personajes, se trate de un miembro de la diáspora japonesa de la posguerra, una pareja de ancianos en la Bretaña artúrica o el perfecto mayordomo inglés. Su prosa es concisa, rehúye la exuberancia; su ritmo controlado, concienzudo de nunca decir de más. Tanto así que sus narradores se sienten casi tacaños a la hora de hacer descripciones y casi nunca son dados a la digresión. Ishiguro explota esta escritura reticente para crear un juego sutil de decir y callar a través del cual a menudo se cuela una sensación incómoda para el lector: la idea de que algo siniestro transcurre en el subtexto. Ya sea en la conversación de una expatriada japonesa con su hija o en las preguntas inocentes de unos niños en el internado, un significado oculto amenaza al lector, una verdad perturbadora que sus protagonistas son incapaces de reconocer.

Estas particularidades de su escritura se prestan fácilmente para la exploración de dos temas recurrentes: la memoria y el autoengaño. En Pálida luz en las colinas, por ejemplo, el ejercicio de recordar desempeña un papel central. Es el instrumento que le permite a una madre confrontar los fracasos en su relación con su hija y el eventual suicidio de su primogénita. El giro que Ishiguro le da a esta premisa es que gran parte de lo narrado resulta ser una mentira y en medio de esta tensión entre una narración poco fiable y un entrañable testimonio en primera persona, el deseo del lector por esclarecer lo que en realidad aconteció se ve truncado.

En Los restos del día, en cambio, hay una visión del recuerdo como vehículo para el entendimiento y el desengaño. La novela gira entorno a James Stevens, un mayordomo que decide tomar vacaciones e irse a pasear por el campo. Durante su viaje se dedica a reflexionar sobre el periodo de entreguerras, su servicio bajo Lord Darlington, al parecer un simpatizante del nazismo, y las implicaciones que tuvo en su vida y en la de otros haberle dedicado tantos años a su amo. Al final de la novela, Stevens concluye que esa vida de fiel servicio que lo hacía sentir enaltecido acabó siendo poco más que una serie de oportunidades desperdiciadas que frustraron su posibilidad de ser feliz junto a la mujer que amaba.

La memoria también es uno de los temas destacados de su novela más reciente. En El gigante enterrado (2015), una pareja de ancianos abandona su aldea para ir a visitar a su hijo, a quien no han visto desde hace años. Sin embargo, debido a una niebla sobrenatural que causa amnesia, son incapaces de recordar mayor cosa sobre él. A lo largo de su viaje descubren la causa de la niebla y la combaten, pero al hacerlo se ven obligados a enfrentar horrores que creían olvidados y a asumir la posibilidad de que devolverles sus recuerdos a todos en la región reavive el sangriento conflicto entre sajones y bretones.

Carátula de El gigante enterrado.

En su obra, Ishiguro aborda una y otra vez las experiencias traumáticas y su terrible habilidad para moldear nuestras vidas, las acciones del pasado que a veces somos incapaces de aceptar y las mentiras que nos vemos forzados a decirnos para poder seguir adelante. A menudo, en el mundo literario que ha creado, confrontar estas verdades escondidas, lejos de ayudarnos a superar nuestras limitaciones o a sanar heridas psíquicas, simplemente nos sumerge en la culpa y la desesperanza.

Incluso si sus novelas orbitan una y otra vez estos temas, Ishiguro rara vez se repite. Una de las características más sobresalientes de su catálogo es la facilidad con la que se mueve entre géneros literarios y la destreza con la que subvierte las expectativas y prejuicios de sus lectores. Ha escrito realismo histórico, fantasía e incluso una pesada novela que hace eco del modernismo europeo (se trata de Los inconsolables, de 1995). Pero Ishiguro es, además, un experto en romper sus propias reglas y habitualmente transgrede las convenciones de estos cánones que decide adoptar. Se apropia de diversos géneros literarios, pero lejos de asumirlos como un conjunto de fórmulas narrativas imperturbables, transforma estos géneros en una herramienta para transmitir sus propias ideas.

Nunca me abandones (2005) sin duda habita el reino de la ciencia ficción: la novela transcurre en una línea histórica alternativa, enmarcada en una sociedad que se ha valido de la clonación para crear un suministro constante de personas cuyo único propósito es proveer órganos para los ciudadanos británicos. En la narración, Kathy, una cuidadora que les brinda acompañamiento a los donantes, y su amante Tommy, un donante a punto de completar su ciclo útil, van en busca de la mujer que puede ayudarlos a suspender la siguiente donación y, por tanto, evitar la muerte prematura de Tommy.

En contraste con las incontables novelas distópicas que aparecieron a comienzos de este siglo, la historia de amor de los protagonistas y la aventura en que se embarcan nada hacen para desestabilizar el sistema político que habitan; transformar el mundo, tratar de crear uno más justo, es una posibilidad que jamás se plantean. Más bien, su travesía es interior, un viaje cuya última parada es la aceptación de un futuro desolador y el entendimiento de que aún en esa vida tan corta existen momentos que pueden ser recordados con cariño.

Cuando fuimos huérfanos (2000), por su parte, aparenta pertenecer a la tradición de la novela negra. Su protagonista es Christopher Banks, un detective famoso que ha solucionado innumerables casos y que un día decide resolver la desaparición de sus padres, ocurrida en Shanghái cuando era apenas un niño. Sin embargo, hacia el final de la novela, el lector descubre que no se encuentra inmerso en una ficción detectivesca sino en un recuento contemporáneo de Grandes esperanzas, de Dickens. Las técnicas del detective resultan insuficientes para darle las respuestas que busca, llevándolo no a la resolución del crimen, sino al reconocimiento de las mentiras que han estructurado su identidad por años y, en último término, a una crisis que le tomará largo tiempo superar.

El gigante enterrado es una penetración total en las formas más convencionales de la literatura fantástica, completa con pixies, dragones y caballeros de la mesa redonda. Leída desde la óptica de un aficionado al género, sus protagonistas pueden parecer inusuales y la batalla final decididamente anticlimática, pero El gigante es mucho más que una narración fantástica. Es también el relato íntimo de una pareja que se acerca al final de sus días, una alegoría sobre la falta de consciencia histórica, sobre los horrores que hemos enterrado en la memoria (y que nos negamos a enfrentar) y, ante todo, es una obra que versa sobre el poder y la importancia del olvido.

En esta maraña de narradores poco fiables, significados disfrazados y géneros fluctuantes es difícil tener muchas certezas, pero al menos podemos estar seguros de que este año el Nobel ha llegado a manos de un escritor meticuloso y experimentado con un corpus a la vez variado y coherente. Su maestría en el uso del lenguaje le ha servido para crear voces impactantes, cuyas preocupaciones resuenan con las de sus lectores, y tejer relatos emotivos y perturbadores que sin duda pasarán la prueba del tiempo.

*Literato. Editor independiente.

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