Marvel Moreno retratada por Fina Torres en París. Marvel Moreno retratada por Fina Torres en París.

Las primeras páginas de ‘El tiempo de las amazonas’, la novela hasta ahora no publicada de Marvel Moreno

ARCADIA presenta las primeras páginas de la segunda novela de Marvel Moreno, escrita en 1994, cuya primera edición publicará Alfaguara a finales de febrero.

2020/01/20

Por Marvel Luz Moreno*

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Gaby decidió quedarse a vivir en París tres horas después de haber llegado a aquella ciudad y sin saber hablar una palabra de francés. Sentada en una banca de la plaza Paul Painlevé había mirado a su alrededor y vio a un anciano echándoles migas de pan a gorriones y palomas que no parecían temer la presencia humana. Vio, también, a un muchacho enfrascado en la lectura de un libro y, frente a él, a una pareja de enamorados que se besaban en la boca. Todo eso era inconcebible en Barranquilla: los chicos de cada barrio formaban bandas para matar a los pájaros a punta de honda; leer en una plaza habría provocado la hilaridad de los transeúntes y, besarse en público, la pérdida de la reputación. Gaby pensó que estaba en el lugar donde en principio habría debido nacer y resolvió instalarse allí para siempre. Tenía algunos ahorros en un banco norteamericano que la ayudarían a vivir mientras aprendía el francés y entablaba relaciones para poder ejercer su oficio de fotógrafa. En cuanto a su marido, Luis, terminaría por comprenderla. Tanto le había dicho que solo en Francia el éxito se debía al talento y no a las intrigas locales, que sin lugar a dudas aceptaría su decisión. Quedaba por delante el problema de anunciársela y ella observaba de reojo su expresión arisca, la misma que tenía cuando fue a recogerla al aeropuerto de Orly. Estaba feliz de reunirse con él, pero al llegar al hotel donde se alojaba y verle sacar del bolsillo del saco un manoseado librito sobre las treinta y dos posiciones eróticas de alguna religión oriental comprendió que nada había cambiado. Para entonces sabía que la sexualidad exigía un estado de ánimo en el cual la conciencia se perdía entre los laberintos de un placer ciego y sin nombre y cuya esencia profunda ningún libro podía revelar. Pensaba en eso mientras Luis la desvestía apresuradamente y la acostaba en la cama para hacerle el amor como siempre, con el deseo limitado a su miembro y en sus ojos la angustiada mirada de un niño frente a la hoja de un examen escrito. Ahora que el mal rato había pasado podían conversar cariñosamente en la plaza Paul Painlevé, aunque Luis conservara en las pupilas la inquietud del niño que devolvió la hoja del examen en blanco. Decirle que quería vivir en París le parecía el mejor medio de no herirlo en su amor propio, pese a que sin él no concebía la existencia y que había sufrido desesperadamente los meses en que estuvieron separados. A ella le parecía que su amor por Luis era un tejido de hilos contradictorios. Lo había conocido cuando era un hombre acosado a causa de sus opiniones políticas, pobre, mal vestido y sin otro encanto que el de su formidable colección de anécdotas. Si hubiera sido uno más de los muchachos de la alta burguesía que ella frecuentaba, ni lo habría notado. Pero lo perseguían: ocupaba la tercera posición en una lista negra fijada por la derecha extremista para eliminar a las personas consideradas como peligrosas en caso de un movimiento popular revolucionario. A esa aura de conspirador romántico se unía el hecho de que Luis había pasado una infancia desdichada, pues quedó huérfano de madre a los ocho años de edad y su padre, un hombre simpático pero egoísta, se había desembarazado de él confiándolo al cuidado de sus dos tías que lo odiaban. Gaby le había oído contar apenada cómo aquellas solteronas le amargaron la niñez pegándole con frecuencia e inventando un sinfín de faltas para acusarlo de desobediencia delante de su padre, los pocos domingos que este pasaba a visitarlo. En una ocasión su abuela materna, enferma de cáncer, ofreció ocuparse de él y durante dos meses Luis vivió feliz, pero las tías lo recuperaron con el pretexto de que el cáncer era contagioso, en realidad para recuperar los pesos que obtenían por su crianza. Desde entonces Luis vio a su abuela a escondidas en el bus que lo llevaba al colegio. Aunque no parecía una persona inclinada a apiadarse de sí misma, ella, Gaby, intuyó que aquel recuerdo le laceraba el alma: un niño con su maletín sobre las rodillas esperando ansiosamente en el bus la parada donde su abuela subiría para reunirse con él. Y el día que no vino, cuando dejó de verla, se dijo que también ella lo había abandonado y entró en el oscuro desamparo de la soledad. Desde la primera vez que hablaron juntos, ella, Gaby, tuvo la impresión de hallarse frente a un hombre valiente, pero desvalido. Sentados en una mesa del Country Club, viendo caer en torrentes la lluvia de agosto sobre las matas del patio interior, descubrieron que compartían los mismos gustos literarios y opiniones políticas. Ella creía soñar: una persona que leía a Marx y sabía manejar los cubiertos, un partidario del Che Guevara aficionado a Proust, un izquierdista que se expresaba con moderación. Y ese era el hombre que la burguesía pretendía amordazar impidiéndole trabajar y amenazándolo de muerte. Al separarse de él creyó haber encontrado al hombre ideal.

De su ilusión vino a sacarla el matrimonio con Luis, cinco meses más tarde. Aunque no tenía ninguna experiencia y su timidez le impedía decir lo que quería, ella no podía tolerar que la vida sexual se redujera a un acto realizado a las carreras y del cual su propio placer estaba excluido. En la intimidad Luis se comportaba como un pirata, no violento, ni siquiera lascivo, sino simplemente ocupado en obtener su satisfacción lo más pronto posible sin tener en cuenta los débiles mensajes que ella le lanzaba y que un día, cansada, vencida, dejó de enviarle. Entonces se replegó sobre sí misma y la sexualidad se le convirtió en obsesión. Todos los hombres que conocía podían volverse sus amantes, cada cita de negocios era susceptible de transformarse en un encuentro de amor. Pasaba el día soñando despierta. Trabajaba mucho, pero como un autómata, sin darle importancia a lo que hacía, aletargada por los espejismos del deseo. En su fuero interno le reprochaba a Luis el haber utilizado el matrimonio para acaparar su cuerpo poniendo sobre él una especie de marca personal que excluía a los otros hombres y, al mismo tiempo, se sentía avergonzada de pensar de ese modo. Si hubiera sido más calculadora se habría permitido tener aventuras extraconyugales manteniendo a salvo las apariencias. No podía, se lo impedía algo que ella llamaba su honestidad. Así, cuando conoció al hombre que sería su primer amante, no quiso acostarse con él antes de pedirle a Luis el permiso de hacerlo, tal y como habían convenido de novios, en la época que Luis le afirmaba que vivirían a la manera de Sartre y Simone de Beauvoir. Luis aceptó y al día siguiente se volvió loco: llamó por teléfono a su padre para ponerlo al corriente de la situación y le contó toda la historia al periodista más chismoso de la ciudad. Fue el escándalo. Ella intentó hacerles frente a las cosas sin romper sus relaciones con su amante, pues le parecía el colmo que después de tanto hablar de libertad Luis armara aquel alboroto por una simple aventura, destinada a terminarse en poco tiempo, sí, pero que quería vivir hasta el fondo. Cediendo a las súplicas de Luis fue a ver a un médico con quien él había conversado. Era un hombre viejo que coleccionaba mariposas y tenía en su consultorio frascos con fetos conservados en formol. Informado por Luis de lo que pasaba, quiso conocer su punto de vista y ella, cándidamente, le habló de su deseo de tener una vida sexual satisfactoria. El médico la escuchó hablar con una falsa indulgencia, como si reconociera los síntomas de una enfermedad sin importancia. Para eso, le dijo, había una solución, irse a Panamá, donde un ginecólogo amigo suyo podía operarla arrancándole los órganos internos y externos que intervenían en el deseo sexual. Ella se aterró, pero más grande fue su horror cuando Luis le rogó que siguiera aquellas recomendaciones. Entonces aceptó irse a Bogotá.

La víspera del viaje Luis la llevó a una notaría para que firmara unos documentos pasándole a él los bienes que tenían en común y que en su mayor parte le pertenecían a ella gracias a su trabajo y a una pequeña herencia recibida de su abuela paterna. Quedó sorprendida por la habilidad con la cual Luis lo había previsto todo y por primera vez se preguntó si sería tan desvalido como ella lo creía. Pero esos pensamientos desaparecieron cuando se encontró separada de él, en Bogotá. Entonces los aspectos positivos de la personalidad de Luis cobraron una dimensión inusitada. A pesar de su mal carácter era un hombre inteligente y bondadoso que se movía en un nivel intelectual muy superior al de los amantes que ella tuvo en ese periodo. Perderlo significaba descender al mundo de los sentimientos mediocres, vivir entre frases banales y lugares comunes. La formidable cultura de Luis le hacía falta para ayudarla a analizar películas y libros. Se sentía sola y triste. Se enfermó. Sufría de vértigos que la tumbaban al suelo y aun en el suelo tenía la impresión de caer rebotando en un precipicio. Lloraba con frecuencia, la regla dejó de venirle. El día en que Neil Armstrong pisó la luna llamó a Luis por teléfono para decirle entre lágrimas cuánto lo quería y resolvieron encontrarse en París.

Caminando ahora por Saint-Germain se preguntaba cómo iría a anunciarle a Luis su resolución de no volver a Barranquilla. Porque entre más veía las librerías y las terrazas de los cafés, esa hermosa luz de otoño que ponía resplandores dorados sobre los edificios, más se afirmaba su impresión de haberse ido definitivamente de Colombia, como si una nueva vida empezara para ella. Se sentía libre y tenía muchas cosas que descubrir, sobre todo los museos donde se exponían esos cuadros y esculturas que solo había visto fotografiados en libros de arte. Una secreta dicha la embargaba ante la idea de visitar el Louvre y en el quiosco de periódicos de la estación de metro Odéon compró una guía de los monumentos de París.

Estaban invitados a almorzar en un apartamento de la rue de l’Ancienne-Comédie, donde se habían reunido algunos amigos de Luis y Virginia, una prima de ella. Todos la acogieron con simpatía, como si ignoraran sus contratiempos conyugales. Sobre la mesa había vasos de blanco pastís y desde la ventana podían verse los oscuros tejados de pizarra de la ciudad. Oyéndolos conversar, se sentía ignorante. Hablaban de las últimas exposiciones y de una comedia musical norteamericana que era el espectáculo del momento. Ella intentaba memorizar los nombres de museos, teatros y galerías prometiéndose que iría a visitarlos.

Lea aquí la historia detrás de la publicación de ‘El tiempo de las amazonas‘

*Moreno (Barranquilla, 23 de septiembre de 1939-París, 5 de junio de 1995) escribió las novelas En diciembre llegaban las brisas (1987) y El tiempo de las amazonas (2020). Sus cuentos han sido publicados en las compilaciones Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980), El encuentro y otros relatos (1992) y Cuentos completos (2001).
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