Crédito: Martín Benavidez. Instagram; @martin_bvz

Con precisión erótica: una entrevista con Ercole Lissardi

Los libros de este autor uruguayo, a quien no quieren en su propio país y no hemos leído en el nuestro, se ocupan de un tema: el deseo sexual. Hablamos con él sobre su última novela, su manera de entender lo literario, lo erótico, y los tabúes en torno al sexo y la belleza.

2018/05/21

Por Pablo Díaz Marenghi* Buenos Aires

“En Uruguay me acusaron de escribir literatura pornográfica y eso, en un país tan pacato, es casi como llamar a la policía. Podrán decir que mis libros tienen un erotismo profundo, pero no es del orden de lo porno, que es algo que respeto pero que no es lo mío”, dice el escritor Ercole Lissardi (1951), autor de más de 20 novelas que causaron revuelo en su país. Sus obras contienen escenas sexuales de una potencia inusitada. No le teme al lenguaje explícito ni a los prejuicios del lector biempensante. Pero la verdadera potencia de su literatura radica en las diferentes encarnaciones que construye del deseo humano más profundo: ha escrito sobre la infidelidad, lo prohibido, el engaño, la muerte, la masturbación, lo fálico y la incertidumbre, recurriendo a géneros como la distopía, la comedia negra o la novela policiaca. En su última novela, La sagrada familia (editada este año en Argentina por Añosluz Editora), un escritor ha perdido la capacidad de escribir por un desengaño amoroso y se recluye en una casa de pueblo donde recibe el auxilio doméstico y sexual de una familia que será su amuleto.

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El nombre real de Ercole Lissardi es un misterio. Comenzó a publicar a los 43 años con ese seudónimo, para el que inventó incluso una fecha de muerte. En principio quiso hacerse pasar por un escritor fallecido.

Reconoce una influencia en el estilo de George Bataille y enaltece a Isaac Bashevis Singer porque “expone los escombros de una religión a cuestas”. Rescata también a Arno Schmidt, a quien –dice– “se lee poco”, y a Julio Cortázar, otro de sus autores de cabecera: “Libros como El libro de Manuel me abrieron muchos caminos en la mente. Cortázar fue uno de los primeros en hablar sobre las cosas de una manera desafiante y clara. También José Lezama Lima: el capítulo nueve de Paradiso es para mí la biblia de la erótica”.

Lissardi se sintió tan atacado por la prensa uruguaya que hace un tiempo decidió no publicar más en su país. “Espero que en algún momento me declaren escritor argentino”, afirma, y confiesa su amor por la capital porteña mientras toma un café en medio del barullo incesante de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, en la que este año es invitado de lujo junto a otros escritores uruguayos, pues Montevideo es la ciudad invitada de esta edición.

En La sagrada familia, el protagonista es un escritor. ¿Cuánto hay de usted en ese personaje o en sus personajes en general? ¿Cómo los construye?

Cuando escribo la primera página, no sé qué va en la segunda. Cuando escribo la penúltima, no sé si la próxima es la última. Escribo absolutamente a ciegas, improvisando sistemáticamente. No planifico ningún personaje. Vienen como vienen, de una manera aparentemente errática. Cuando termino un libro, me doy cuenta de que no es tan errático como parecía, que tiene su lógica. Por mucho que uno improvise al trabajar, hay cierto orden profundo que viene del inconsciente y que no se da el lujo de hacer cualquier cosa. Cuando vuelvo a mirar el libro entero, me pregunto qué tenemos en común. Este, por ejemplo, refleja la sensación de vivir en el propio país en una especie de exilio interior: un “inxilio”. Yo siento eso en mi país. Tengo una muy mala relación con la literatura y la prensa en Uruguay. Tengo muy poca actividad allí. En ese sentido, soy también una especie de inxiliado. Vivo hacia adentro, en mi casa, me ocupo de mi hijo de 12 años, que adoro.

Portada de la más reciente novela de Lissardi, que se publicó en Argentina este año.

En un artículo publicado en su página web, dice haber encontrado en esta novela una unidad con base en tres obsesiones: el deseo del protagonista de cazar un jabalí gigante, un misterio que rodea la casa donde se instala y la atracción hacia la Ñata, la empleada de servicio, con quien el escritor entabla una relación sexual salvaje.

Ese es el chiste de escribir sin dominar del todo lo que estás haciendo. Después, cuando uno mira el producto con cierta objetividad, se da cuenta de que hay una lógica interna, como ya dije. Y en esta novela la lógica interna es peculiar: el tipo perdió la capacidad de escribir porque su “mina” se fue. Es un viejo esquema: él queda en blanco y se exilia en un lugar remoto. Pero de alguna manera se pierde en busca de una resurrección, y esa es una actitud suicida: despojarse de todo lo que es e ir a enterrarse a un lugar absurdo. En esa caída libre aparecen pruebas tremebundas que él tiene que superar para aferrarse a la vida, y lo hace protegido por lo que llama la “sagrada familia”. Sin embargo, su relación con esa familia es absolutamente blasfema porque es un hombre de este tiempo, es decir, que se relaciona con sus creencias como si fuesen ruinas, derrumbamientos interiores. Yo recibí una educación católica, pero lo que queda en mí son ruinas. De alguna manera esta “sagrada familia” está compuesta por las ruinas de la otra, la de las estampitas, la de la huida de Egipto. Es una novela ambigua porque recupera mis sentimientos religiosos y a la vez se burla de ellos de una manera blasfema. Es casi como una película de Luis Buñuel. Es una especie de novela “criptocristiana”.

En su obra construye diferentes manifestaciones del deseo, casi como una pulsión inconsciente.

Eso que estás diciendo es una cosa que no pensé. A no ser que tenga que hablar de libros, nunca pienso en los libros. ¿Qué me importa a mí lo que significan? Yo escribo libros, que los piensen otros. Sin embargo, sí puedo decir que el deseo en La sagrada familia –el deseo de vida del escritor y, por consiguiente, de estar unido a esa “sagrada familia” que lo protege– se expresa a través del deseo por una mujer, Ñata, que es imposible de desear. En mis libros siempre surge la pregunta sobre el lugar del deseo. En este caso, el deseo está en medio de un juego de identificaciones entre los personajes.

¿Hay para usted una diferenciación entre lo erótico y lo pornográfico, el sexo y el deseo?

La “persecuta” que sufrí en Montevideo fue tan aguda que en determinado momento tuve que parar y ponerme a pensar en un discurso, en maneras de responder a esta acusación estúpida y perenne de que escribo pornografía. Si vos sos el boxeador y te están matando a piñas, alguien tiene que venir y tirar la toalla. Por eso inventé un discurso (para hacer a la vez de boxeador y manager) que se basa en esto: la pornografía nunca quiere ser más que la exhibición de los cuerpos. A lo pornográfico no le interesa tener una dimensión política, sentimental, cultural. Sí quiere adornar un poquito y pintar un poquito por afuera, pero al final el único objetivo es ir al grano, porque eso es lo que vende. Yo trabajo en otro sentido. Me interesa la fuerza que impulsa a una persona hacia la otra, que hace que de pronto esa persona se convierta en algo que vos necesitas de alguna manera tener, sin que entiendas muy bien qué quiere decir tener. ¿Se puede poseer al otro? Esa fuerza, esa cosa misteriosa, es lo que me parece realmente interesante. El deseo es algo inexpresable, impalpable, intocable. La pornografía es muy palpable. Todo está totalmente a la vista. Esa es mi manera de responder a tu pregunta, y no precisamente porque tenga una vocación de teórico. A duras penas soy un “ficcionador”.

Sin embargo escribió un ensayo con estas ideas, La pasión erótica (Paidós, 2013).

Es un libro que intenta mostrar la cultura de lo erótico, del deseo, que viene desde lo más antiguo de la civilización occidental, y cómo ese deseo ha adoptado distintas formas a lo largo del tiempo; cómo va mutando y encontrando nuevas maneras de expresarse a lo largo de la historia. Esa obra fue una consecuencia de la necesidad de ponerme a pensar, y contiene ciertos hallazgos, perlitas; porque si uno trabaja intensamente un tema, y no es un tarado, descubre algunas perlas.

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¿Cómo entiende usted la idea de belleza?

No sé qué es la belleza. Es un invento. Es una cuestión de influencias culturales, modas, mercado. Para mí existen las mujeres que deseo y las que no deseo. Esa es la verdadera relación. Todos pertenecemos a esta sociedad, la sociedad de consumo –en formas más o menos desarrolladas, más o menos pobres–, y en ella estamos siendo bombardeados todo el tiempo. Al final no sabemos qué sentimos realmente. La gente ya no sabe qué es desear. No hay una idea clara de qué es esa fuerza misteriosa. Si uno tuviera la antenita un poquito más sensible, se daría cuenta de que hay personas con las que se cruza y pasan muchísimas cosas, pero somos demasiado civilizados y no vamos diciendo: “¿Sabés qué? No sé qué me pasa, pero algo pasó (risas)”. No lo hacemos. Estamos bombardeados de ideologías, de modas, de arquetipos culturales y no somos capaces de zafarnos de ellos, y mucho menos de expresarnos con más libertad. Para mí las mujeres no son cosas para poner en una vitrina. Son seres. Algunos seres te tocan y otros no te tocan. Nuestro problema está en que no estamos muy afinados con nuestras propias sensaciones.

¿Cree que en la literatura hay tabúes y pudores en cuanto al sexo?

Existen ideas muy simplificadas del sexo. Por ejemplo, jodieron todo este tiempo con Cincuenta sombras de Grey… La gente que realmente tiene una pulsión erótica por el lado del sadismo o del masoquismo –que es muchísima– ni siquiera lo sabe, o lo practica sin saberlo. Toda esa mojigatería de la minita y el tipo me pareció un embole recontra soft. Era una excusa para que el tipo pudiera llevar a la novia y a la mamá al cine. Las cosas en la realidad son de otro orden, no son tan fáciles de mirar. Son más complejas y más fuertes.

¿Qué le parece fundamental a la hora de narrar el sexo?

Al comenzar a escribir, me encomiendo a todos los rayos para poder ver y poner en palabras los sentimientos profundos del personaje que empieza a vivir en el libro. Las diferencias eróticas entre las personas aparecen cuando cerrás la lupa. Cuanto más cerca estás de tus personajes, más se ve su peculiaridad erótica, y eso es lo que le da valor a la obra: la precisión de la vida erótica de los personajes. Si no tenés el drive que te lleva hacia adentro con la lupa y te quedás un poco más afuera, todos los personajes se parecen. Y si te quedás un poco más afuera, ya estás en Cincuenta sombras de Grey. Es un problema de lupa. Intento ser capaz de mostrar en detalle esa peculiaridad de ser. Un libro no es valioso porque se te ocurrió una idea maravillosa, porque lo ambientaste en un lugar insólito o por la peripecia. Más bien por la capacidad que uno tenga de entrar, entrar, entrar y ver cada gesto, oler cada olor. El lector luego siente la realidad de los personajes. Si te quedas estás afuera, estás haciendo lugares comunes.

¿Qué lo inspira para escribir?

Cualquier cosa me sugiere algo para trabajar. Ando con la antena prendida. A veces es una imagen, una frase o una persona. Para mí la escritura nunca fue un padecimiento, sino un estado de goce. Como escribo improvisando, me sorprendo a diario. Escribo muy rápido. En un mes termino una novela porque quiero saber qué va a pasar (risas). Mi manera de escribir me empuja hacia el final y no permite que el libro sea muy largo. Es una especie de aceleración que tiene algo de orgásmico. Hace unos años seguí a un viejo por la calle. Me tenía fascinado el tipo. Tenía un porte de príncipe y de mendigo a la vez, impresionante. Escribí una novela con eso, Los días felices (2015). La dimensión erótica de lo que tengo adelante se me hace evidente. Lo que me interesa es describir el eros, esa fuerza de atracción. El deseo.

* Periodista y docente. Trabaja en la revista digital ArteZeta. Es autor de Codex, música contemporánea (Maten al Mensajero Ediciones, 2016).

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