Detalle de ilustración de Elizabeth Builes. Detalle de ilustración de Elizabeth Builes.

Un fragmento inédito de la novela que ganó el premio Elisa Mujica

ARCADIA publica un fragmento del primer capítulo de 'Los cristales de la sal' (Laguna Libros, 2019), la novela con que la escritora sanandresana Cristina Bendek ganó en septiembre pasado el Premio Elisa Mujica, dedicado a narradoras colombianas. Presentará el libro en la próxima Feria del Libro de Bogotá.

2019/03/27

Por Cristina Bendek*

Este artículo forma parte de la edición 161 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

La maldita circunstancia

Yo soy de esta isla del Caribe. Nací hace veintinueve años en una formación curiosa de coral, la casa de un montón de gente que ha coincidido aquí, no toda de buena gana. Apenas estoy reconociendo este núcleo surrealista del que me autoexilié hace quince años, del que salí volada cuando todos los que podemos huimos, después del bachillerato. Todavía los mosquitos no me reconocen, ni el sol, y soy menos nativa que extranjera. Los modismos, los acentos, las formas de moverse y de hacer las cosas, se me hacen exóticos ahora, en vez de ordinarios, como antes. Cada palabra mal pronunciada activa dentro de mí una alarma, cada señal de excesiva confianza y cada arreglo improvisado, la falta de afán y la sensación de que todo está a mediohacer. Supongo que en las islas el horizonte refuerza la absurda ilusión de que nada cambia, todo esto parece estar tocando puertas cerradas, llamando a despertar a una horda de habitantes desconocidos, dormidos, dentro de mí.

Las alergias de las picaduras en mis piernas, grandes círculos rosados que el primer día me dieron un susto, van cediendo luego de dos semanas de ataques. El aire se siente húmedo y fresco a esta hora, el balcón trasero en el segundo piso es mi refugio, el escape al calor de la casa. No tengo aire acondicionado, pero tengo whisky. Whisky barato, Black & White. Es lo que había en la tienda. Soy una residente más en un largo verano, otra de las que salen a secarse el sudor en las terrazas a la hora en que las cigarras empiezan a cantar y el viento levanta el polvo de calles repletas.

Un trago frío baja por mi garganta. El ruido del hielo derritiéndose en el vaso. Ah, de este ruido nace ahora un placer discreto, una calma en la que mi espalda, adolorida, se relaja, mis brazos se sueltan. Mi mesa auxiliar es un bafle viejo recubierto de madera, ahí está el círculo líquido del culo del vaso, mojando un par de hojas sueltas que he decidido llenar de garabatos.

Hace unos días iba hacia el sur, tomé la ruta equivocada y, contra toda expectativa, me perdí en un óvalo que tras una hora de recorrido lo arroja a uno al mismo punto de inicio. El bus me dejó en un lugar de la Avenida Circunvalar, entre la Cueva de Morgan y el Cove. Tuve tiempo para pensar en el ardiente paseo de unos tres kilómetros hasta que apareció otro bus. Bajo el sol de la tarde me pareció haber andado el triple, siempre, con el mar al lado y detrás.

Mi suelo natal es una isla diminuta en un archipiélago gigante que no alcanza a salir completo en los mapas de Colombia. La vida aquí es como un diálogo abierto entre el deseo y el letargo. Se siente el paso del tiempo en los metales oxidados, en las palmas que ya no dan coco y en las caras de piel curtida. Oigo relinches y resoplidos, el gallo del vecino canta a esta hora, como a cualquiera, canta cuando le da la gana. Los animales anuncian la oscuridad, yo la recibo fumando para perderme entre los ruidos y los puntitos arriba, en las constelaciones que nos miran como siempre, visibles aquí, lejos de la ciudad. Ciudad, mi versión de infierno.

Hace un mes miraba por mi ventanal de doble altura hacia la cafetería gringa en la contraesquina de la calle Río Balsas en México, cuando sonó el intercomunicador. Cinco pisos abajo, el hombre de la recepción me avisaba que traían un paquete para mí, pedí que siguiera quien fuera y esperé en la puerta. Del elevador salió el chofer de mi ex. Venía a dejarme una caja con correspondencia enviada antes de que cambiara la dirección, y una cartica colegial con una letra desgarbada que me pedía un momento para hablar. Le dije al chofer que esperara y escribí en el mismo papel: “No”. Entré, tiré la caja en el piso, me puse unos jeans desteñidos, tenis y camiseta blanca, y salí a caminar de nuevo la ciudad, sin bañarme todavía. Fui a recorrerla con paciencia, como hacía cuando recién había llegado, cuando aún me deslumbraban las fachadas neocoloniales, el Art Déco y los monumentos a la Historia.

Mi divorcio, como le digo, coincidió con una llamada de la encargada de cuidar esta casa en el islote. Desde los seis mil kilómetros a los que me hablaba con ese acento que por crianza asocio siempre con el cariño, me contó que estaba vendiendo sus cosas para dejar San Andrés definitivamente. Su mamá estaba enferma y sola en un pueblo de Sucre, y además la vida aquí le resultaba cada vez más angustiante. Me pedía indicaciones sobre con quién dejar las llaves de la casa a partir de mediados de julio. Le dije que la llamaría el lunes siguiente y colgué. Pensé en un millón de cosas, pero no me costó mucho unir los puntos.

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Ese sábado, luego de colgar, empecé contando mis pasos, que sentía retumbar en las sienes, aturdida todavía por una reciente recaída. Caminé y caminé, fijándome en los locales de las cafeterías y los restaurantes vacíos. A esa hora todavía la colonia estaba sola, a diferencia del centro de la ciudad. No saludé a nadie en el camino, a pesar de que las caras se me hicieron todas conocidas. Después de un tiempo, de un cierto número de contactos y de rutinas diarias, cualquier lugar comienza a sentirse como un pueblo, por más grande que sea.

Caminé hasta que perdí la cuenta, hubiera llegado hasta la Basílica de Guadalupe, hasta el cerro de la virgen, pero me devolví en la glorieta de Cuitláhuac hacia la Avenida Juárez. Pasé el Palacio de Bellas Artes y el fastuoso edificio de correos, tomé la peatonal de Madero hasta el Zócalo, anduve viendo individuos repetidos, una y otra vez, como si mi entorno se estuviera desenrollando, desdoblando como se desdobla un fajo de papel picado, a mi derecha, a mi izquierda, con figuritas iguales, sobre un fondo estéril de concreto. La melodía desde las cajas de música en las esquinas, accionadas con un torno por el brazo cansado del limosnero, me hizo ver a la ciudad como la parodia de un circo malo. Luego de ver la bandera ondeante en la Plaza de la Constitución y las carpas blancas de un largo plantón por los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, regresé a la colonia Cuauhtémoc. Tomé Paseo de la Reforma hacia la zona coreana, mirando de nuevo hacia la columna de Niké, puesta en medio de una rotonda en el cruce con la avenida Florencia. Recordé el poder que sentía cuando veía el ángel bañado en oro. Me pareció que era otra la persona que había sentido calma, esas noches, cuando encontraba algún asiento y me quedaba absorta en la diosa alumbrada de neón violeta, viendo la sombra imponente del león de bronce proyectada sobre las fachadas de los rascacielos. La diosa, su voz que antes sonaba en mi cabeza, se quedó callada, no interrumpió mi malestar ni mis dudas, como si esa parte de mi consciencia me hubiera dado permiso de doblar las rodillas. La miré de reojo, con tristeza sumisa, sin fuerza para tener rabia.

Tomé el celular y me puse los audífonos. Llamé a una compañera de la sucursal en la que trabajaba, y que vivía cerca, nos pusimos cita en un café de cadena. Yo necesitaba ayuda con una reclamación de seguros y con un par de renovaciones, le conté que me iría unas semanas, tal vez unos meses. Le ofrecí parte de mis comisiones por manejar la cartera el tiempo que estuviera lejos, “¿cuánto tiempo te vas, luego? ¿Y Roberto?”, preguntó con su marcadísimo acento chilango. Me miró con ojos oscuros grandes, agachados. Quién sabe cuánto tiempo, dije. Estuve unas dos horas con ella y la llamada en el camino de regreso fue para alguien a quien sabía que le interesaría la cesión de mi contrato de arrendamiento recién renovado. El apartamento, de dos habitaciones y una inmensa sala de estar, estaba en un edificio premio de arquitectura, de estilo funcionalista. Me había tomado mucho tiempo conseguirlo a mi gusto, amueblado parcialmente con estilo ecléctico y con una ubicación céntrica pero silenciosa. Yo arrendaría solo el depósito para guardar algunos muebles y algo de ropa que no me serviría de nada en el Caribe.

Me largué con angustia, como quien escapa de un campo de concentración, aunque la ciudad en verdad no me opuso resistencia. Claro que me llamaron, amigos, colegas, potenciales nuevos amantes. Claro que hubiera soportado más, ¿pero para qué? Poder, solo por demostrar que puedo, romperme para cumplirle al pasado con sus decisiones, para cumplirme a mí unas promesas como si fueran una camisa de fuerza, ocuparme, distraerme para salvarme del miedo que sentí luego del accidente de mis padres y con mi diagnóstico. Hace años hubiera preferido desgarrarme en vida, solo para no volver nunca a San Andrés, para no recorrer los pasos, que es lo que uno hace cuando no tiene ni puta idea de lo que quiere.

*Escritora. Los cristales de la sal es su primera novela.

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