Juan Fonnegra (Gambeta), Carlos Fonnegra (Kaztro) y Gustavo Pérez (Fazeta) integran Alcolirykoz. El grupo, uno de los más importantes de hoy, ha brillado por su ausencia en el Festival Hip Hop al Parque, que este año tiene lugar entre el 6 y el 7 de octubre en Bogotá. Foto: Julián Gaviria @eldelasfotos. Juan Fonnegra (Gambeta), Carlos Fonnegra (Kaztro) y Gustavo Pérez (Fazeta) integran Alcolirykoz. El grupo, uno de los más importantes de hoy, ha brillado por su ausencia en el Festival Hip Hop al Parque, que este año tiene lugar entre el 6 y el 7 de octubre en Bogotá. Foto: Julián Gaviria @eldelasfotos.

Alcolirykoz: La disciplina de los vagos

Después de una década de trabajo, Alcolirykoz se erige como uno de los grupos de hip hop colombianos más influyentes del momento. Un retrato desde Aranjuez, el barrio de Medellín que inspiró sus letras descarnadas.

2018/09/24

Por Gilmer Mesa*

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"Largo y culebrero como el camino”, así empieza la canción “Equipo de carretera”, del último trabajo de Alcolirykoz, Servicios ambulatorioZ (2017). La letra parece hablarnos del viaje que empezó una noche, hace más de quince años, en una esquina de un barrio popular de Medellín, cuando un par de primos encontraron en el rap la manera de resistir una realidad apremiante y violenta, que obligaba casi por axioma a escoger entre tomar el camino de la esquina, el hampa y la muerte temprana o el de un trabajo de tiempo completo y sueldo mínimo, y que hoy los tiene llenando teatros, con seis trabajos poderosos encima, el reconocimiento de miles de fanáticos y de la gente más destacada de la escena rapera en Colombia. “Me parece que están haciendo un trabajo honesto, sin clichés ni etiquetas”, opina Kaiser, vocalista del icónico grupo La Etnnia, en el documental que realizó Canal Trece el pasado junio.

Aranjuez es un barrio de clase media baja compuesto por familias de obreros y amas de casa en su mayoría, célebre en las décadas de los ochenta y noventa por ser una fornida cantera de pillos al servicio del cartel de Medellín. El hampa definía la forma de vida de muchachos que escuchaban salsa y boleros y fantaseaban con desahogar a la familia de afugias. Nadie pensaba en otras opciones ni en futuros holgados, sin embargo, en medio de este panorama, un par de adolescentes “raros” para su entorno se decantaron por otra manera de ver el mundo. En un lugar donde todos queríamos un par de tenis a la moda, ellos anhelaban botas obreras; el resto peluqueados con el siete y las colas, ellos cabecipelaos; nosotros admirando a Ricardo Prisco, ellos a 2pac.

La música no pasaba de ser la banda sonora del barrio. Nadie se había planteado la música como alternativa, solo ellos, que entre las pistolas y los casetes eligieron estos últimos, como reza “Otra canción larga”: “Contando con los dedos cuántos días nos quedaban en esta carrera de relevos, donde había que elegir si eras pillo o el rapero vago y yo, ¿adivina cuál de las dos escogí? Mi lápiz disparaba, las pistolas escribían. Yo vivía en mi cuaderno, afuera se morían”. Hoy han logrado ser teloneros de Method Man y grabar con La Etnnia, Lianna, Sadat X, entre otras grandes luminarias. En 2017 participaron en el Festival SXSW en Austin, Texas, y han cantado en México y girado sin parar por todo el país. Después de este bagaje no queda más que reconocer con total orgullo que lo lograron a su manera, con disciplina y decisión. El brazo derecho de Gambeta, vocalista y compositor del grupo, da cuenta de eso: “Lo hicimos”, dice su tatuaje.

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Si no rima, no sirve

Entrando a la adolescencia, Gambeta escuchó casi con desgaire “Gotta get mine”, de Born Jamericans, y algo adentro se le trastocó. Había descubierto el rap y sintió que ahí palpitaba la vida, su vida, sin entender qué decía la canción. Entonces juntó en un solo parche a compañeros del salón de clase, como El Cirilo, Nacho y La Bruja, con vecinos de la calle y parceros del barrio, como El Poppes, El Loco y El Kumis, en quienes inoculó la toxina del rap. Se hicieron fanáticos de la música negra estadounidense que pasaban por MTV y MCM.“Todo lo que fuera negro en esos canales lo grabábamos”, dice Gambeta.

Gambeta consumió tanto este género que se sintió capaz de hacerlo. Venía ensayando en su casa frente al espejo, escribiendo letras “que dijeran mucho con poco”. Un día después de escuchar rimar a El Cirilo en un descanso, lo convocó para conformar el primer dueto. Lo denominaron ArneZ: querían un nombre sugestivo y simbólico que empezara con la ‘A’ y terminara en la ‘Z’, como el del barrio. Duró poco porque El Ciri se fue al servicio militar. Kaztro hacía parte del parche sin contarle a nadie que venía escribiendo textos hondos. Con Gambeta en pleno furor rapero y sin compañía, Kaztro se animó a mostrarle sus escritos; el primo sentenció: “Esto está una chimba, pero si no rima, no sirve”. Juntos le dieron la vuelta a esas prosas hasta hacerlas versos duros como el concreto de la calle y compusieron un par de temas, “La eterna” y “Acrobacias”, que saldrían junto a otras cuatro canciones en el EP En letras mayúsculas (2007). Allí exhiben lo que sería una constante en su trabajo: líricas poderosas con aforismos contundentes, el barrio visto como nunca antes, y la amistad.

Faltaba el nombre. Siguiendo las primicias originales e inspirados por las noches de borracheras esquineras surge Alcolirykoz. Fazeta fue el último en sumarse. Empezó siendo amigo del parche, compartiendo canciones y tragos mientras buscaba por todos los medios hacerse DJ y comprarse un par de tornas. Se juntó la amistad con la vocación y fue probado con éxito. El trío estaba conformado. Cuando exprimieron poesía del asfalto, se encontraron con El Askhap, dueño del estudio Boombawa.

En 2009 grabaron La revancha de los tímidos. Henry Arteaga, de los Crew Peligrosos, les mencionó a un fotógrafo, Julián Gaviria, que había trabajado con muchos artistas locales para hacer la portada. Entablaron una relación laboral, lo que devino en una profunda amistad. Él es la inteligencia detrás del universo visual del grupo, y quien los convenció de darle un viraje a la imagen convencional de un grupo de rap, de salirse de la onda noventera gringa y lograr que la imagen coincidiera con el calado de lo narrado. Mientras que para muchos prensar un disco y ver sus nombres en la portada es el fin de un experimento artístico, la concreción del sueño, para ellos fue apenas el principio. Con este álbum empezaron a salir conciertos y a figurar en la escena nacional con temas como “Comediantes de velorio”, en el que fusionan elementos como la picardía y el humor negro para contar la realidad hostil.

Para cubrir el diario consiguieron trabajos que no revistieran interés, en los que ganaran el mínimo y que pudieran dejar tirados en cualquier momento. No querían que nada distinto al rap los sedujera. Entendieron que el tiempo no alcanzaba y que los sueños superaban con ventaja las horas que dormían. Se volvieron obreros de día y artistas de noche. En 2011 grabaron el EP El despilfarro. Llegó un momento en que los permisos eran tan frecuentes que despidieron a Fazeta, y Gambeta y Kaztro no aguantaron vivir una vida doble y precaria.“Estábamos trabajando en empresas que no nos gustaban, sin tener un peso, y yo ya tenía un hijo. Era muy jodido. Pero no seguimos el libreto”. En 2012 abdicaron mientras grababan Viejas recetas, remixes y otras rarezas, álbum que define su entrega integral y de tiempo completo a la música. “Cuando llegamos a un punto en que podíamos salir de trabajar y estábamos tocando y haciendo más plata que en la empresa nos dimos cuenta de que se le volteó la torta a todo el mundo. Nadie daba un peso por nosotros: nos podríamos haber ido de culo y estrellado”, concluye Gambeta.

Luego aparecen los festivales Altavoz, Estéreo Picnic y Radiónica, en los que consiguen una aceptación total de un público en crecimiento. Mientras muchos de sus colegas coqueteaban con géneros más comerciales, ellos se la jugaban por mantenerse fieles y dignificar el género. “Mi responsabilidad es no dejarme corromper”, dijo Gambeta. En 2014, salió Efectos secundarios, álbum honesto y nostálgico que recrea una ciudad violenta y visceral con recursos cercanos a la literatura nadaísta de Gonzalo Arango en “Medellín, a solas contigo”.

Cantos de juglar

Sin énfasis innecesarios, Alcolirykoz supo contar la ciudad cáustica de una forma factual, como si fueran juglares antiguos, de los que llevaban en sus cantos las historias del pueblo, acaso como aquellos griots venerables que expandían el verbo buscando la comunión narrativa con sus escuchas.Las vigorosas “Anestesia local 1” y “Anestesia local 2” son ejemplos certeros de cómo volver una situación negativa en algo positivo. Están inspiradas en un ataque sufrido en Aranjuez después de un concierto. Con estas canciones le dieron un giro al rap nacional por la manera en que abordan el tema de la violencia: como un puñetazo en la cara con un guante de porcelana. Tratan la temática callejera, pero lo hacen con una altura inédita en el género; léase esto como la clave del potencial de sus líricas, como dijo Dante: “Es la manera lo que me estremece”.

En diciembre pasado salió su último trabajo, Servicios ambulatorioZ, después de casi tres años de espera. Catorce canciones redondas en las que demuestran una vez más la maestría en el uso superior de las letras como forma de resistencia, y ponen la música al servicio de la memoria, recuperando y homenajeando voces importantes en su recorrido personal y en el género. Voces soslayadas por el cuadro actual de la música integrado por Rulaz Plazco, La Etnnia, Rocca y Sadat X. Para muchos, es su punto más alto, como lo afirma Catalina Ceballos, directora de Canal Trece. “Es su mejor trabajo. Un disco robusto, completo, canción a canción, ritmo tras ritmo, palabra tras palabra”.

No es fácil cargar con la época que nos tocó a cuestas, con sus años, sus daños, sus sueños y sus alegrías; pero hacerlo demuestra la reciedumbre del cargador, los ninjazz de Aranjuez, los hijos de la luz, los culebreros de barrio, los ilustrados de esquina, quienes supieron echarse a la espalda ese enorme peso. Su obra y su presencia en vivo demuestran por qué gente conocedora del ámbito musical como Alejandro Marín, director de La X, lo considera “el mejor grupo que ha dado Colombia en veinte años”. Entretanto, el editor de Rolling Stone Colombia, Ricardo Durán, afirma en un artículo que escribió en su revista: “Sin facilismos ni cursilerías, sin vulgaridad ni chistes baratos, sin actitudes forzadas ni poses intelectualoides, este trío viene ganándose un respeto más que merecido”. Ese respeto y la consolidación que esos personajes y miles de seguidores avalan con sus gritos en cada uno de sus conciertos son el premio a la historia de estos muchachos; mis amigos, a quienes admiro y respeto por mantener incólume la disciplina de los vagos.

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*Escritor. Autor de La cuadra (2016)

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