Cortesía Silencio Jazz Club. Cortesía Silencio Jazz Club.

Gregory Porter: la voz más dulce del jazz

Gregory Porter se presentará en Bogotá el próximo 4 de octubre y en Medellín, el 5. ¿Quien es este 'crooner' sorprendente?

2017/09/19

Por Jaime Andrés Monsalve* Bogotá

Pocos habitantes tan dignos del reino de la indefinición como los cantantes de jazz. Para ser precisos, hablo de “los” cantantes de jazz. Cien años después de celebrada la aparición de Livery Stable Blues, primera grabación de un género que antes de 1917 ya frisaba más de 40 años de génesis en los territorios del sur de Norteamérica, el jazz en su más pura expresión vocal sigue siendo un territorio casi que estrictamente femenino. Salvo las excepciones de una inefable Nina Simone o de una outsider como Amy Winehouse, sería temerario afirmar que la tetralogía de divas históricas del jazz, compuesta por Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan y Dinah Washington, alguna vez se salió de los límites de lo que podríamos llamar “el” jazz, ni siquiera en función de géneros tan cercanos a esa delgada línea como el blues o el soul.

Es un hecho que los hombres que llegaron a ser figuras canónicas del jazz vocal pudieron cobrar un lugar, al lado de esos tótems que fueron sus compañeras femeninas, pero no sin antes verse obligados a trasegar otros territorios. Todos los grandes nombres masculinos del jazz llegaron a ser grandes precisamente después de atravesar otros terrenos, tal vez porque el género mismo los obligó a reinventarse. En eso, el jazz ha sido un padre de hijas, no de hijos predilectos.

Louis Armstrong, absolutamente fundamental como iniciador de una manera de cantar, ríspida e inigualable, en vida cayó en momentos de olvido de los que solo pudo volver gracias al éxito de sus versiones de Hello, Dolly! (1964) y What a Wonderful World (1967), temas ambos nacidos en la entraña del traditional pop. Limitar fenómenos como los de Bing Crosby, Frank Sinatra y Tony Bennett al redil de la música sincopada sería olvidar la enorme estructura que Hollywood, Las Vegas e incluso la mafia labraron en torno a la figura del crooner, que es como se conoce en la industria norteamericana a los cantantes que hacen equilibrio entre el jazz y la ejecución del cancionero popular norteamericano. Y esas fueron las aguas de las que bebieron figuras actuales como Michael Bublé o Jamie Cullum, que son más populares que sus coetáneas Diana Krall, Cassandra Wilson o Dee Dee Bridgewater justamente porque encontraron aguas familiares en la bisagra jazz/pop.

Otros cantantes como Al Jarreau, Kurt Elling y Bobby McFerrin lograron sobresalir por sus coqueteos con las maneras radicales de cantar, con los recursos de lo contemporáneo al servicio del género, pero no directamente como herederos de una tradición.

Gregory Porter es un ejemplo de todo lo inefable que parece predestinar al jazz en su versión masculina.

Con un registro de barítono profundo, consecuente con sus casi dos metros de estatura, uno podría haberle augurado una carrera en los terrenos sensualistas del soul al estilo de un, digamos, Marvin Gaye. Y sin embargo su presencia lo pone menos del lado de Barry White que del Pequeño Juan, aquel escudero enorme, tan violento como generoso, de Robin Hood. Si algo ha caracterizado su obra es la recurrencia en las letras a temáticas amables y esperanzadoras, sumado eso a una voz extrañamente aterciopelada para su registro y a una imagen casi pueril rematada por su sello característico, una gorra pasamontañas que le cubre por completo cuello y mejillas. Sobre la razón por la que siempre lleva esa gorra puesta, nunca ha sido muy explícito, más allá de hablar de una cicatriz. Súmele a eso unos arreglos musicales en clave acústica, cuidadosos de no sobresaltar o de resultar altisonantes, y obtendrá como resultado un fenómeno atípico, una estrella de masas en los límites que permite el jazz, con una presencia novedosa y definitivamente extraña.

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El gigante sin afecto

Una carrera deportiva en el fútbol americano, truncada por una lesión, llevó a Gregory Porter a cantar. Era su segunda afición. La primera de ellas le había dado la posibilidad de estudiar becado en la Universidad Estatal de San Diego; la segunda determinaría su destino en la vida.

La madre de Porter fue quien lo alentó a cantar, tras exponerlo al poder sonoro y espiritual del góspel, que era la banda sonora diaria en su oficio como pastora. También fue quien le pidió algo que resultó ser una epifanía. “Su última palabra de aliento para mí fue que no abandonara la música –le contó el cantante a Arcadia–. Ella y yo sostuvimos una profunda conversación dos días antes de que muriera, sabía que tenía poco tiempo y hablamos acerca de todo: los niños, el pan diario, el futuro, el futuro posterior al futuro y entonces me dijo: ‘No olvides la música, hijo… Es lo mejor que puedes hacer’”.

La vida de Gregory Porter ha sido un trasegar entre su natal Sacramento, en California, al lugar de sus primeros años, Bakersfield. Luego emprendería sus estudios superiores en San Diego y, en busca de oportunidades, fue a dar a Nueva York, al sector de Bedford–Stuyvesant, zona predominantemente habitada por afroamericanos en Brooklyn. Allí se empleó como cocinero en un restaurante, en donde sus compañeros lo instaban a acompañar sus labores con el canto de standards de jazz. En ese sentido, la historia de vida de Gregory Porter es muy similar a la de la estrella actual del género soul, Charles Bradley, quien también empezó cantándole a una cuchara de palo en alguna cocina en Harlem y que hoy es considerado el imbatible sucesor de James Brown. Una candileja y una casualidad, si no fuera porque ambos casos son ejemplos elocuentes de aquellos mecanismos a los que ha apelado históricamente la industria del entretenimiento para encontrar y encumbrar extrañas gemas provenientes de la marginalidad.

Lo que vendría sería su transformación en cantante de musical, número central de algunos establecimientos neoyorquinos y, finalmente, a partir de su debut discográfico en 2010, en estrella del jazz.

En su condición de depositario de ciertas tradiciones y maneras del jazz, si tuviéramos que establecer un símil de Gregory Porter con una figura clave del género, indudablemente ese personaje sería Joseph Vernon “Big Joe” Turner (1911-1985), cantante y entertainer cuya voz y dimensiones físicas se asemejan. Aun así, Porter encuentra en los instrumentistas del género un espejo más certero. “La crudeza y honestidad de Miles Davis, esa posibilidad de lograr un sonido más profundo que el sonido mismo, y cómo en su música cada nota significa más que eso, y es esotérica y simple al mismo tiempo, siempre me ha intrigado”, dice.

La propuesta de Gregory Porter es de un estilo reposado, de una carga emotiva consecuente con la imagen de generoso y triste gigante en busca de afecto. Su primer trabajo, Be Good, de 2010, apareció como una bocanada de aire fresco en una escena que, además de extraña –o quizás por eso extraña– venía siendo dominada por hombres blancos, no necesariamente norteamericanos. Kevin Le Gendre, crítico de BBC, destacó la sorpresa que le produjo en su momento la manera en la que el cantante “extiende discretamente las notas en la coda, dejándolas parpadear sobre un piano que cae lentamente, enfatizando en la naturaleza esencialmente melancólica de las piezas sin sobrecargar la emoción”.

Porter ve en la voz humana el primero y más primordial de los instrumentos musicales, “al punto –dice– de que un trompetista, un violinista o un chelista solo logra la maestría cuando hacen cantar a sus instrumentos. Cuando compongo, en mis canciones la melodía suena primero como cantada por una voz”.

Seguramente eso es parte de las lecciones que le dejó el negro spiritual y el góspel que bebió de niño como testigo de excepción. “La parte positiva de mi música, a veces su enérgica explosión, los fundamentos de mi comprensión acerca de ella: todo inició en la iglesia. Todo empezó allá con mi madre, en esos pequeños grupos de canto; un importante período de mi vida, y lo sigue siendo”, cuenta Porter.

Entre 2010 y 2013, la crítica y las cifras ya hacían intuir en Porter el fenómeno de ventas y de receptividad que lo ha convertido en el más exitoso cantante de jazz de la década; una rara avis que vendió más de 100.000 unidades con su trabajo Liquid Spirit, ganador en 2014 del Grammy a mejor trabajo de jazz. Hoy, el californiano es un infaltable en festivales, programas de televisión y en un sinfín de escenarios en los que el pop, lo adulto contemporáneo y el mainstream no parecen preocuparse por la supuesta falta de públicos y de ventas para el jazz.

Mientras tanto, Gregory Porter anda lanzando una nueva producción dedicada a otra de sus grandes influencias, Mr. Nat “King” Cole y preparándose para los escenarios, como aquellos que lo recibirán en Bogotá y Medellín el 4 y 5 de octubre, en la primera edición del llamado Silencio Jazz Club. Quienes se han encargado de darle al público colombiano la primera oportunidad de ver a Gregory Porter han prometido una experiencia para los sentidos. Algo que, aun despojado de toda la parafernalia adicional, no le quedaría difícil a este gigante.

Gregory Porter se presentará en el Silencio Jazz Club. Para adquirir boletas consulte www.silenciojazzclub.com

*Crítico musical. Jefe musical de Radio Nacional de Colombia.

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