Thelonious Monk posa frente al piano en Minton’s Playhouse, en Harlem. Foto: William Gottlieb / Redferns. Thelonious Monk posa frente al piano en Minton’s Playhouse, en Harlem. Foto: William Gottlieb / Redferns.

Thelonious Monk: el monje del jazz

El 10 de octubre se cumplieron 100 años del natalicio de un músico que solo se parecía a sí mismo, que nunca negoció su libertad y no la rebajó a los caprichos del público, aunque el mundo se tardara en comprender y aceptar sus invenciones.

2017/10/20

Por Hugo Chaparro Valderrama* Bogotá

Más allá de la ciudad y el año en los que Malcolm X lanzó su bomba verbal –Nueva York, 1964–, el tiempo transcurrido desde principios del siglo XX comprueba de qué manera el jazz ha sido una expresión de libertad y belleza en contra del racismo y sus miserias. Un arte para reunirse y vencer la adversidad. “El jazz es el único lugar de Estados Unidos donde el hombre negro puede crear libremente”.

Su historia permite festejar el aniversario de la primera grabación de jazz con la que el sello Victor inició en 1917 una larga cronología musical, inundando el mercado con un disco de la Original Dixieland Jazz Band que garantizaba el placer por solo 75 centavos de dólar. Mientras tanto, se escuchaba en el gramófono, por un lado, el Livery Stable Blues, y el Dixie Jass Band One-Step por el otro –antes de que el “jass” se transformara en “jazz”–.

En ese año, el 10 de octubre, en un pueblo de Carolina del Norte llamado Rocky Mount, nació un niño a quien sus padres bautizaron Thelonious Monk –añadiendo como nombre intermedio la palabra “Sphere” por las “esferas celestiales” en las que siempre vivió y por las que nunca pudo ser acusado de ser alguien cuadriculado–.

En ese mismo año la violencia racial explotó en San Juan Hill –el barrio de Nueva York donde viviría Monk años después–, cuando a finales de mayo un hombre negro protestó por el precio exagerado de la limonada que se tomó en un bar y los blancos que estaban en el sitio lo sacaron a empujones, lo golpearon y lo obligaron a buscar refugio en una taberna a la que llegó la policía y varios hombres armados con pistolas, cuchillos, ladrillos y botellas. Se reunieron 2000 personas en una batalla callejera que dejó como resultado un hombre negro muerto y una niña negra de 13 años de edad herida por un balazo en una pierna.

En su biografía enciclopédica y definitiva de Monk, Thelonious Monk: The Life and Times of An American Original (Free Press, 2009), el profesor Robin D. G. Kelley –quien investigó durante 14 años, hizo 300 entrevistas y escribió 600 páginas, nutridas con 3027 notas– recuerda esta y otras historias que moldearon la personalidad creativa de un chico que se formó estudiando a Chopin, Beethoven, Bach, Rachmaninoff, Liszt y Mozart.

Aunque el primer instrumento de su educación formal fue la trompeta, Monk no pudo resistir la fascinación que le causaban las pianolas y el misterio que se encontraba en las teclas de lo que llamaban, con justicia poética y festiva en la jerga del jazz de los años cuarenta, la joybox, una caja de alegría como fue el piano en la vida de Thelonious Sphere Monk.

El primer maestro que tuvo, a la edad de 11 años, fue un judío austriaco, Simon Wolf, que lo encaminó por la tradición de la música europea, agregándose al paisaje sonoro del niño la fiesta de los músicos de jazz que vivían en su vecindario: saxofonistas, trompetistas, bateristas, pianistas… Una big band dispersa en los apartamentos de San Juan Hill donde la música tenía la respiración natural de la vitalidad y su plenitud.

Kelley también recuerda la cátedra de una pianista menuda llamada Alberta Simmons, invisible en las enciclopedias y diccionarios del jazz, que se ganaba la vida tocando en Nueva York y dando clases de música a estudiantes que honrarían sus enseñanzas en el tiempo y su memoria por el talento de Monk que ayudó a forjar Simmons. Una infancia de la que no se olvidó cuando tocaba el piano y lo acompañaban las sombras de sus maestros. Un aprendizaje que lo salvaría para conjurar el equilibrio precario del mundo que le tocó en suerte.

En una de las tantas veces en las que Monk fue ingresado a instituciones psiquiátricas, un doctor organizó un espectáculo de talentos que enloqueció a los pacientes de pura felicidad, pues Monk decidió sentarse frente al piano, sin decir una palabra durante una breve eternidad, y los sorprendió a todos con el lirismo profundo del Preludio en Do sostenido menor, de Rachmaninoff.

¿Asombroso? No del todo cuando el piano y su mundo estaban en las manos de Monk y cuando la inversión de los términos nos recuerda otra historia, aquella que hizo del pianista ruso Vladimir Horowitz el protagonista de un momento musical. Horowitz le tocó a otro tótem del jazz, el pianista Art Tatum, una versión de Tea for Two, a la que Tatum le correspondió con su versión del mismo tema, desconcertando de tal manera a Horowitz que nunca se atrevió a tocarla otra vez en público.

Uno de los primeros trabajos que tuvo Thelonious Monk lo llevó por los caminos de dios que cruzaban Estados Unidos al servicio de un evangelista conocido como “el Caballo de Guerra de Texas” o, de manera menos épica y literaria, como “Reverend Graham”. Era amigo de Bárbara, la madre de Monk, que siempre animó a su hijo para continuar por el sendero del jazz. El Caballo le pidió al joven, poco antes de cumplir 17 años, que organizara un grupo musical para acompañar sus plegarias. Además del piano, la fiesta sagrada debería tener una batería, una trompeta y un saxo. Fueron dos años en los que Monk se adiestró en la sabiduría mundana, pues creía mucho más en la vida terrenal que en la dimensión angelical o divina de la creación.

La certeza del jazz fue absoluta tras su regreso a Nueva York. Empezaría lentamente a forjarse la leyenda y, luego, el mito de la vanguardia y sus controversias. En medio de ello, Monk se convirtió en uno de los pioneros del bop, el movimiento que hizo de la herencia de Nueva Orleans y de la intensidad rítmica del jazz, conocida como swing, las bases sobre las que se apoyó el futuro tanto de Monk como de Dizzy Gillespie, Charlie Parker, Kenny Clarke, Max Roach, y de un amigo entrañable y frágil al que Monk cuidó toda su vida, el pianista Bud Powell.

Eran los años cuarenta. Los músicos se reunían en un local emblemático de Nueva York llamado Minton’s Playhouse. El resplandor que tendrían Monk, su música y el rumbo que condujo al jazz por un terreno crispado en el que se discutían las virtudes de lo clásico y lo moderno, avanzaron por un largo y sinuoso camino. Algunas veces tortuoso: a Monk lo agredieron la policía y el racismo, el dinero parecía un espejismo, su apartamento se incendió un par de veces y la pesadilla de sus delirios bipolares era impredecible.

En contra de todo esto, celebró su existencia con la música, amparado por la lealtad infatigable de Nellie, su amor de toda la vida, y por su amiga más querida, otra leyenda del jazz que siempre lo protegió, la baronesa Pannonica de Koenigswarter, generosa de manera sideral para resolver con devoción absoluta sus dificultades económicas, legales o mentales.

El anillo que Thelonious exhibía orgullosamente en una de sus manos, en el que podía leerse MONK al derecho y KNOW al revés, era una metáfora de su conocimiento, que siempre compartió con los músicos interesados en aprender el material del que estaba hecho su talento y el legado de los héroes a los que Monk siempre les demostró su respeto: Duke Ellington, Art Tatum, Bud Powell, la cantante Billie Holiday, que lo miraba como una diosa tutelar desde una fotografía que decidió pegar en el techo de su apartamento.

El pianista de jazz Thelonious Monk en 1960. Foto de John Bulmer / Getty Images.

Thelonious Monk fue un pianista que nunca se rindió ante la incomprensión que acompaña a los artistas auténticos, adelantados a su tiempo. La percusión de sus pies mientras cantaba con un rugido apagado la música que interpretaba; las danzas rituales por las que giraba en el escenario aleteando los brazos como una gaviota al ritmo de las improvisaciones que hacían los músicos que lo acompañaban; su colección de sombreros y su elegancia obsesiva; sus silencios impenetrables y sus trastornos maniacodepresivos, que eran confundidos con gestos de excentricidad –una palabra tan fácil como dudosa para aquellos que viven en la norma y rotulan lo que no comprenden tildándolo de “excéntrico”–, fueron su forma de vivir y de crear, su estilo, lo que hizo de Monk un músico que solo se parecía a Monk, un ser humano que nunca negoció su libertad y no la rebajó a los caprichos del público, aunque el mundo se tardara en comprender y aceptar sus invenciones.

El jazz fue una aventura para Monk. Un reto en el que siempre buscó, según sus propias palabras, “nuevas síncopas, nuevas figuras, nuevos rumbos. Cómo usar las notas de forma distinta. Eso es. Solo usar las notas de forma distinta”.

Impuso una sonoridad que no era habitual en los años cuarenta y cincuenta, tanto así que los críticos escépticos lo consideraban un músico que disimulaba sus carencias con arreglos extraños.

A través del piano, de sus armonías y de sus líneas melódicas, con las que descubría “cómo usar las notas de forma distinta”, alcanzó una estatura única tanto por su sensibilidad como por la dignidad con la que sobrevivió a su época y alcanzó la ilusión de la posteridad.

“Extraño significa algo que no se ha escuchado antes”, decía. “Es extraño hasta que la gente empieza a acostumbrarse. Entonces deja de ser extraño”.

Los músicos del bop hicieron de “lo extraño” su norma. Preferían las excepciones antes que las convenciones. El riesgo antes que la rutina. En un club de jazz donde el contrabajista Charles Mingus estrenó una obra a finales de los años cincuenta, sin que a la gente le importara su música tanto como hablar, beber y reírse estruendosamente, Mingus interrumpió su concierto y les dijo: “Si piensan que lo que hacemos es raro, ¿por qué no se observan a sí mismos?”.

A Monk no lo vulneró la apatía del público que lo escuchó por primera vez en París en 1954. Vendrían tiempos mejores. Una actitud más abierta alrededor de la música. La esperanza íntima del artista solitario que va encontrando su audiencia. Y el tiempo respaldaría su credo: “Toquen a su manera. No toquen lo que el público quiere sino lo que a ustedes les salga de su interior y dejen que el público entienda lo que hacen, aunque para eso necesite 15 o 20 años”.

Han pasado varias décadas y el triángulo formado por la industria discográfica en la que debutó la ODJB, el racismo y la tradición reinventada hacia la vanguardia, según Monk, marcaron su biografía, la aventura de un pianista que encontró su lugar en el mundo gracias al don del talento. La vida de un monje del jazz que asumió su arte con la pasión de los místicos.

*Escritor, crítico y guionista. Es director de los Laboratorios Frankenstein y autor de El álbum del sagrado corazón del cine colombiano, entre numerosas novelas, cuentos, ensayos y poemarios.

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