Las Tupamaras son un colectivo de baile y poder gay que funciona como familia contra el miedo y los prejuicios que pululan en Colombia. Fotos: Diana Rey

Orgulloso mariconeo: el 'vogue' bogotano de las Tupamaras

Este colectivo de baile está introduciendo la cultura del 'vogue' a la noche bogotana haciendo una oda a las plumas y al amaneramiento. Sus miembros se enfrentan a la homofobia y la misoginia que existen dentro de la misma comunidad gay.

2018/02/20

Por Gloria Susana Esquivel* Bogotá

“Grillas bandoleras, reinas de la noche”. La voz enérgica de Honey Vergony parecería rebotar por las paredes oscuras del bar y amplificarse a medida que las luces se hacen más intensas. Lleva el torso desnudo, sombrero vaquero y unos leggings de cebra que marcan sus nalgas bien paradas. Improvisa y calienta al público con sus comentarios audaces y juguetones. Sobre la pista de baile aparece Laika. Shorts, tacones, medias de malla, piercing en el septum y una barba desprolija lo hacen ver rudo, en contraste con el encaje del corsé que viste y que marca cada uno de los músculos de su espalda de bailarín. Detrás de él, Pussy Diva, quien con un mechón de pelo fucsia y un acostumbrador azul celeste –que bien podría ser la versión ombliguera chic de una camiseta musculosa– coquetea y sonríe al público. Las luces se multiplican y escarchan el cuerpo de Las Tupamaras a medida que se entregan al baile. Vergony las anima, mientras ellas ejecutan complicados movimientos de manos. “No pumpeo / no pumpeo a los machos que me miran feo / no pumpeo / no pumpeo / me entregué al mariconeo”.

Es jueves de voguing en Retro bar, un pequeño establecimiento gay en el centro de Bogotá. Desde hace algunos meses el colectivo de baile Las Tupamaras decidió hacer prácticas abiertas de este estilo de baile, que logró popularidad mundial en los años noventa gracias a Madonna. Pero mucho antes de que Madonna y su canción “Vogue” pidieran “Strike a pose” (o sea, bailar con movimientos de manos que se asemejan a las poses de las supermodelos de revistas de alta costura), el voguing ya pertenecía a una cultura que se había tomado los salones de baile de Harlem, en Nueva York. Como bien lo mostró Jennie Livingston en el documental Paris is Burning, desde finales de los sesenta los balls eran lugares donde los jóvenes homosexuales, negros, latinos y migrantes de Harlem se disfrazaban y vivían la fantasía de ser, por una noche, estrellas de cine, súper modelos o ejecutivos yuppies. Como lo explica Edward Salazar, sociólogo y crítico de moda: “Al lado de mucha represión hay mucha libertad, y este fue el caso de los jóvenes neoyorquinos que entre el cruce de ser homosexuales, pobres, migrantes y excluidos, encontraron en estos balls un escenario para brillar y expresar lo que no les permitía su contexto socioeconómico y sociosexual”.

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Precisamente, fue ese documental el que llamó la atención del bailarín bogotano Alejandro Penagos Díaz, conocido como Cobra dentro de Las Tupamaras. Él se había acercado a la cultura del vogue gracias a la música house y electrónica, pero al estudiarla más a fondo se encontró con que los movimientos de este estilo de baile –la agilidad a la hora de mover las manos, las poses regias y femeninas, el quiebre de las muñecas, el mariconeo– mostraban también, de una manera muy elocuente, la forma en la que el cuerpo masculino está disciplinado; rígido, cerrado a todo un espectro de movimientos que constituyen la esencia de este estilo de baile.

Junto con su novio Camilo Acosta, Lady Hunter –dentro del colectivo de baile–, y el productor mexicano DJ Cvm Gwrl, surgió la idea de crear una casa de vogue colombiana. Con esta iniciativa llegó la pregunta sobre cómo sonaría ese vogue hecho en Bogotá –un contexto muy diferente, tanto sonoro como estético, frente a las legendarias casas de baile de Harlem– y la respuesta surgió después de ver un video de la cantante puertorriqueña Fransheska, diva del merengue house que se hizo muy famosa en los años noventa con el hit “Menéalo”. Como lo explica Alejandro, “en un video de Fransheska en vivo ella aparece bailando su canción junto con dos vogueros impresionantes. Ahí entendimos que eran los noventa, que el auge de las divas del merengue y de Madonna estaban pasando al tiempo, en contextos muy diferentes, pero que la sintonía era muy clara y que establecer una relación entre vogue y merengue no era disparatado”. A ellos se sumaron otros ocho bailarines que, desde hace un año, se hacen llamar Las Tupamaras: colectivo de baile que, a partir del voguing, celebra el mariconeo y la pluma. Ademanes y formas de expresar la orientación sexual que, paradójicamente, dentro de la comunidad gay son rechazadas por ser demasiado femeninas, demasiado estridentes, demasiado expresivas, demasiado “maricas”.

El escritor barranquillero Giuseppe Caputo ha reflexionado, en varias ocasiones, sobre esa profunda homofobia y misoginia que se ha arraigado dentro de la comunidad gay. Caputo cita con frecuencia el ensayo del teórico norteamericano Leo Bersani “Is the rectum a grave?” (“¿Es el ano una tumba?”) en el que se analiza la idea de que en la conformación de identidades de grupos oprimidos, como la comunidad afroamericana, los judíos durante la II Guerra Mundial y los gais, los únicos que han internalizado la mentalidad del opresor y que reproducen sus discursos de odio son estos últimos. Para Caputo, “el macho es un objeto de deseo, entonces ocurre algo similar a un Síndrome de Estocolmo. Nos enamoramos y reproducimos los discursos que nos han mantenido en el ‘closet’, y eso es algo frente a lo que tenemos que tomar conciencia porque no puede seguir pasando”. Es ahí donde el baile de Las Tupamaras se convierte también en revolución. Cuando un cuerpo oprimido, disciplinado, al que se le han impuesto códigos de movimiento para que jamás revele la posibilidad de ser femenino, para que sea bien macho, descubre por medio del baile que ciertos movimientos de cadera o de muñecas que le han sido prohibidos son también exploración de otro tipo de masculinidad, ese cuerpo se empodera. En palabras de Alejandro: “Bailar habla también de nosotros mismos y el muñequeo se volvió nuestro manifiesto. Nos empoderamos con botar pluma. Cada una de nosotras tiene su historia porque cada quien entiende y explora su masculinidad de manera diferente, pero llegamos a un lugar común que es que nos gusta ser maricones, vernos como chicos y ser sensuales. Es una masculinidad diversa, una sensualidad nueva y así nos enfrentamos políticamente al mundo”.

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Algo similar le ocurrió a Jonatan Sandoval, Jona Tamara, encargado de montar las coreografías del grupo. Cuenta que desde niño siempre sintió curiosidad por ponerse vestidos, jugar con muñecas, bailar de maneras más femeninas pero, al venir de un hogar cristiano, esos intentos exploratorios fueron reprimidos. Lo mismo le sucedió cuando empezó a estudiar danza urbana, pues en ese entorno bailar “con plumas” es fuertemente señalado: “Llegar a Las Tupamaras fue también romper esos tabúes y miedos, y pensar en mi cuerpo, mi vida y mi talento. Nosotras comenzamos a explorar nuestras identidades y vimos que a través del vogue podíamos expresarnos libremente, ser muy mujeres, ser muy maricas, ser muy perras, y poner mucho de lo que queríamos ser y que las etiquetas y los prejuicios no nos dejaban. Esto me ha empoderado frente a la misma comunidad, pues en escena le estamos diciendo al público que si quiere ser muy flor puede hacerlo, que eso no lo va a hacer menos hombre”.

Llama la atención que la cultura del voguing neoyorquino acuñó la idea de que cada colectivo de baile se agrupara por casas. Un guiño a las casas de alta costura, al juego con la fantasía de lujo y espectacularidad, pero también una manera muy poderosa de entender que aquellos compañeros de baile son también una familia, en donde se protegen y cuidan del miedo, la violencia y la discriminación. Para Alejandro, House of Tupamaras es, definitivamente, un lugar seguro en donde han podido expresarse libremente: “Nosotros empezamos a crear dinámicas y ahora es mucho más que solo un grupo. Somos cómplices, nos llamamos ‘familia’ y estar bajo esta casa hace que haya una filiación más bonita”. Sin embargo, esto no significa que Las Tupamaras sean un gueto, complementa: “Sí hay un blindaje al miedo, pero este tiene que ser poroso. Nosotros todo el tiempo estamos pensando cómo podemos dinamitar los prejuicios, dónde están las fisuras, porque es muy fácil que entre nosotros nos sintamos libres pero que a la hora de salir a la calle sintamos miedo. Por eso hacemos nuestras prácticas y fiestas en lugares periféricos, para también alimentar el afuera; porque solo así el afuera cambia”.

El escenario de Las Tupamaras es la fiesta. Hasta la fecha, han organizado tres, en las que el voz a voz y los flyers, que circulan por las redes sociales con estética cutre y afinado sentido del humor, han llevado a un incremento del público. La primera la hicieron en una bodega en el centro de Bogotá y tuvo una asistencia de 100 personas, mientras que la última, realizada en septiembre de 2017, fue el primer intento de ball que se ha hecho en Colombia y tuvo la asistencia de más de 600 personas disfrazadas, drageadas, que compitieron en las diferentes categorías de voguing. Una especie de carnaval en donde se subvierten las estructuras de género, en donde el macho se atreve a ser bien maricón, a mover las caderas al ritmo del merengue y la pasa bien botando pluma. Porque si hay algo que caracteriza las presentaciones de Las Tupamaras es que son espacios divertidos en donde el insulto se neutraliza y se convierte en risa. Como lo explica Edward Salazar, “el lenguaje es una herramienta de poder, posiciona sujetos válidos e inválidos y no se puede eliminar. Por esto cuando en la cultura del vogue se habla de la marica, la perra, la loca o la diva lo que se está haciendo es un acto de resignificación y de orgullo. Maricón deja de ser un insulto cuando yo me llamo así a mí mismo y me río de ello”.

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En estos tiempos, en que parecería que el único esfuerzo de las políticas de género de la ciudad es procurar que haya un lenguaje inclusivo en todos los membretes de los formularios de la Alcaldía, resulta interesante examinar la manera en que la misma comunidad gay está jugando con el lenguaje y se está empoderando con lo que muchos considerarían “lo políticamente incorrecto”. Como lo sugiere Salazar, “al llamarse perra o maricona el lenguaje no se usa con un fin pedagógico sino que busca abrirse un espacio dentro de esas estructuras de poder, por medio del humor, y esto es de gran fuerza”. Y Las Tupamaras, al abrir estos espacios, también están hablando de lo poderoso y político que es reírse de uno mismo, disfrutar del cuerpo y pasarla bien.  Acá están ellas, como lo invoca la voz de Vergoni en sus fiestas: “La mujer vaquera se empodera donde quiera. / Una fiera, las gomelas, retrecheras y las ñeras / reinas de la noche imparable”.

* Escritora. Autora de Animales del fin del mundo (Alfaguara, 2017).

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