Nicolás Morales.

¿Por qué la de Bogotá es la mejor feria del libro?

El politólogo Nicolás Morales nos cuenta seis razones para estar orgullosos de la más reciente edición de la feria cultural más grande de la ciudad.

2018/05/21

Por Nicolás Morales

Terminó la FILBo y nos rendimos a sus pies. La feria donde un científico, Rodolfo Llinás, fue una súper estrella y las cantadoras de Bojayá conmovieron nuestras almas. Cierto, no todo fue perfecto: al pobre Juan Álvarez le toco entrevistar a Dominique Wolton, el francés más bobo y obsoleto que he oído en mi vida. La feria había arrancado picante con el affaire Caputo-Jursich, de ARCADIA, que finalmente no pasó a mayores porque había muy poco que escarbar –perdona que te lo diga, Mario, pero a veces algunas columnas fallan y punto–.

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“Los alimentos gourmet de la cabeza”. En la inauguración, con tono picarón, nuestro alcalde invocó con esta frase la culinaria selecta para referirse a la Feria del Libro, una figura desafortunada si se tiene en cuenta el cipote esfuerzo que hace su oficina del libro para democratizar la lectura en Bogotá. En todo caso, Peñalosa se vio acompañado por otros flojillos discursos, incluida la improvisación del ministro de Cultura gaucho. Y el presidente Santos ¿cambió su buen escribidor?, ¿ya se fueron sus escribientes a las embajadas?

Pelea entre gauchos. Fue de alquilar balcón. Un país discute sobre las fronteras de la cultura, a propósito de la curaduría del pabellón argentino en el que destacaba el fútbol. Solo hablando sobre escritura y prensa deportiva, debo decir que ya quisiéramos tener sus plumas y los argumentos de ambos bandos. Cierto, yo vi un stand futbolero, algo pobre –muy feo–, pero con una librería decente en el centro. En todo caso, el debate me intrigó por la diferencia de criterio del director de la Biblioteca Nacional de la República de Argentina y su ministro de Cultura. ¡Qué muestra de respeto de cada uno de los roles! ¡Qué civilizados! En Colombia, en cinco minutos, el funcionario cultural de menor rango está de patitas.

La feria para la gente 5.4. Fue el país refinado el que la Encuesta Nacional de Lectura 2018 nos reveló. La Colombia de esos lectores especializados que pueden asistir a eventos que ni la Feria de Guadalajara ofrece. Y puro primer nivel: una gala de poesía de la gran Ana Blandiana; el homenaje a Jesús Martín-Barbero; una conferencista como Gisèle Sapiro, que nos explicó lo que se escondía en la no traducción de autores. Súmele unos 90 descubrimientos de autores insospechados, muchos jóvenes; diálogos alucinantes como los de Tillie Walden o los de Teju Cole y Margarita Valencia, o los de Andrés Ospina con David Dellenback y Diego Martínez Celis, a propósito de Preuss. Y bueno, pucha, un nobel. Todo de neoderecha, pero vino y es un gran escritor. En serio, no conozco una feria tan robusta que haga eso en Iberoamérica y que convoque tanto.

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La feria para la gente 2.7. Es el evento popular, el que trae a las personas que no van por libros. ¿Y por qué deberíamos pelearnos con esa otra feria? Es el espectáculo, los pocos libros comprados, pero la euforia por ver saldos y comprar recetas y algo de literatura marciana. Son las largas filas para firmas con la autosuperación y el vampirismo criollo. Seguro, de ese público alguien da el salto al 5.4. Y ¡qué importa que colapse un par de días el parque ferial! Ni que viviéramos en Corferias.

¿La mejor feria de Iberoamérica? Una feria donde confluye el highbrow y el lowbrow. Una feria de más de medio millón de visitantes certificados (20 veces más que la de Lima, 100 veces más que la de Quito y ni hablar de Centroamérica). Una feria que propone ideas con salones llenos, filas de firmas y euforia. Y donde faltarán algunas cosas y sobrarán otras. Extrañamos más sellos importados y bibliotecarios con agenda de adquisiciones. Pero, por favor, no más noche de los libros, porque fue un desierto. Y, claro, sabemos que nunca seremos Guadalajara para los negocios grandes de libros y las compras de derechos.

La memoria ganó (y sobrada). El Centro Nacional de Memoria Histórica fue el ganador de la feria, porque entendió su oportunidad y articuló una exposición brutal que se conectó con todos los públicos. Entender el precio del dolor de la violencia, exigir la memoria (y su sanación), sin caer en la obviedad ni el terror facilista, no es galleta. Por eso, en la filbo 2018 no fue Argentina la invitada de honor, sino la memoria de nuestro país convulso. Que, por cierto, los gauchos podrían haber recordado en su stand con sus 33.000 desaparecidos. Fue un golazo de Gonzalo Sánchez y sus curadores.

Unos días después de terminar la feria, Eduardo Escobar lanzó una columna nostálgica en El Tiempo, aunque algo retardataria –como buen nadaísta–. El prócer nos invita a pensar esta feria como ejemplo de la destrucción del culto al libro y prefigura que asistimos a una banalización de la literatura. Asistan, pues, al modo más caduco de entender la cultura. La feria fue todo lo contrario, señor Escobar. Fue inmensa. Y con mucho peso en su literatura, sobre todo la buena, la imaginativa y la irreverente. Cómo será que hasta tuvo tiempo de armar un homenaje para esos cinco minutos que fue el nadaísmo en nuestra historia cultural.

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