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Oda a María Isabel Rueda

Mediante sus óleos fotográficos, Rueda le confiere belleza a este mundo pérfido e indolente en que vivimos.

2018/02/20

Por Nicolás Morales

Yo considero que la exposición de María Isabel Rueda Gente del agua (Museo de Arte Moderno de Cartagena) es uno de los intentos mejor logrados de devolvernos lo que Marta Traba llamó la “confluencia del otro”. Esta exposición presenta un insólito encuentro entre el arte, nuestro mundo y los efectos de lo político. Si el célebre artista Robert Rauschenberg planteó de forma extraordinaria la vía, Rueda ha logrado hacerla contemporánea, aprehensible, es decir: actual. Es pues, mis queridos lectores, un momento inmenso.

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Diseccionemos el asunto. A través de impactantes fotografías de crisis humanitarias, muchas relativas a los cruces de fronteras marítimas, la artista construye lienzos de poderosa factura. Las imágenes sobrecogen: parejas con niños que desembarcan de botes a la deriva, mujeres que deambulan por playas, muchedumbres de migrantes en las fronteras. Hay algo de Basquiat, hay mucho de Tom Wesselman. No es Pierre et Gilles (aunque esto sería muy fácil).

Por cierto, la técnica que María Isabel usa es la combine painting, que consiste en incorporar objetos propiamente no artísticos en las pinturas, como lo hacía Rauschenberg. Desde hace días quería decirlo, pues muchos medios superficialmente hablaron de collage, lo que es un exabrupto. Rueda toma este camino y a partir de una foto de agencia de prensa logra un delicadísimo momento, inspirado, en mi opinión, en la cruda realidad y en todo un estudio de nuestra tradición pictórica. Referentes suyos son algunos de los pintores de la Escuela de La Sabana, como Jesús María Zamora o Roberto Páramo; vemos también pinceladas de Monet y de La catedral sumergida, aunque para mí su influencia más clara es la de Andrés de Santa María.

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Los medios que cubrieron la exposición fueron obvios. Las dos páginas de la revista Semana, reléanlas, son insuficientes. Las fotos de Jet-set fueron injustas. Y eso es decepcionante, ya que para mí Gente del agua es la exposición que abre el año artístico en Colombia, pero su cubrimiento privilegió el enfoque pobre de club social. Me desesperó la superficialidad con la que en la radio y en algunos blogs ponderaron la madurez de una mujer que, hoy por hoy, se convierte en un personaje completo, profundo, mucho más allá de su papel ya clásico de mujer pública. Una intelectual de la estética, una Alain Finkielkraut, pero artista (pues recuerden que también es crítica de cine).

Es diciente el silencio cómplice de opinadores que suelen ser buenos observadores del momento artístico. Hablo de Lucas Ospina, José Roca o Halim Badawi, quienes nos habrían aportado algunas reflexiones de mayor valor, pero que quizá callan por acomodados. Al respecto, rescato el comentario de uno de los pocos críticos que decidió abordar con valentía el trabajo de Rueda, el crítico Víctor Albarracín: “La obra plástica de María Isabel Rueda es una fiel trasposición de su imaginario político, un ejercicio incansable en el que la tragedia de los otros se apropia, para insertarse pura e indolora en la comodidad de nuestros hogares”.

Dice la artista en alguna de las entrevistas sobre el asunto de los migrantes: “Es tanta la impotencia que uno siente, que pintar alrededor de este tema me ha traído un gran desahogo” (Semana, 20 de enero de 2018). Esto no es poco. Para mí, es el centro del asunto. Si el periodismo le ha dado dureza, si en sus opiniones y columnas pareciera que no hay cabida para la mirada de los que sufren, y si creemos estar ante una periodista de derechas –blindada e insensible, dura–, su obra desmonta este imaginario y nos instala en la composición de la desolación. Con alguna probabilidad, el espectador se verá conducido por el camino más noble del arte: la solidaridad con las víctimas del poder. Esta es, recordemos, la cantera de los artistas contemporáneos que hoy son canónicos en Colombia: Doris Salcedo, Beatriz González, Juan Manuel Echavarría y Omar Gordillo.

Álvaro Gómez Hurtado, mentor de la artista en lo periodístico, dibujaba caballos (con nobleza, por cierto). Y María Isabel Rueda logra superarlo. Mediante sus óleos fotográficos, Rueda le confiere belleza a este mundo pérfido e indolente en que vivimos. Es un mundo que ella conoce bien, ciertamente, pero que en la pintura, a diferencia de su ejercicio de periodismo, la muestra frágil, sensible, humana, demasiado humana. ¿Acaso no es extraordinario esto?

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