Nicolás Morales. Ilustración: Nicolás Gutiérrez. Nicolás Morales. Ilustración: Nicolás Gutiérrez.

Shakira y yo: una columna de Nicolás Morales

"En 1998 yo no sabía quién era Shakira. Y, sin embargo, el azar hizo que fuera su empleado durante tres días en la Ciudad Luz".

2018/11/27

Por Nicolás Morales

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

En 1998 yo no sabía quién era Shakira. Y, sin embargo, el azar hizo que fuera su empleado durante tres días en la Ciudad Luz. La cosa empezó con una cena a la que no quería ir, pero a la que asistí porque la presión social pudo más. Entre la algarabía de los comensales, una mujer algo mayor me propone –entre otras cosas– trabajar como intérprete en la gira de unos cantantes latinos que pasarían por París. Incrédulo acepto. Yo estudiaba Sociología, era, por lo tanto, pobre y no sabía cómo funcionaba la industria del espectáculo. La idea de ser traductor en una gira de artistas despertó mis apetitos etnográficos y me permitía satisfacer mis reales necesidades de dinero. Hice una pequeña investigación, de la que saqué muy poco: mi artista era una joven cantante barranquillera, revelación pop, con un solo disco exitoso, ennoviada con un tal Osvaldo Ríos, famoso, pero del cual jamás en mi vida había oído hablar. Punto.

Nuestro encuentro fue en un hotel extravagante en los Campos Elíseos; la tarea era compleja: Shakira –esa chica cándida y simpática que acababa de conocer– tendría varias ruedas de prensa con distintos periodistas especializados, algunos de la world music. Dado que era su primera visita al Viejo Mundo, debíamos hacer énfasis en sus orígenes libaneses para atraer a cierto tipo de comentarista musical europeo. Menuda tarea. Después de algunas reuniones sociales, nuestras primeras entrevistas fueron extrañas. Periodistas de revistas de quinceañeras nos chuparon como vampiros. Las revistas desplegaron los cuestionarios más frívolos a los que Shakira y yo hicimos frente estoicamente. Aunque ella fue particularmente performativa. Primer día victorioso. El segundo era el que me preocupaba: la crema y nata del periodismo cultural musical francés. Confieso que veía algo desarmada a nuestra princesa. El día llegó y con él, muchas preguntas difíciles. El Líbano es un país que engendró una gran tradición musical presente en la cultura francesa, por aquello de ser colonia. Un periodista de Les Inrockuptibles se encarnizó y no la soltó. Pedía nombres, influencias reales, conceptos. Desesperado, empezó a subir el tono. Yo, en un francés muy discreto, le pedí un poco de piedad. “Es joven”, le dije. “Si no estudia, no sabe lo que le espera”, sentenció, y se retiró groseramente. Por supuesto, no traduje nada, pero no dudo que Shakira entendió ese extraño momento. Después fuimos a cenar –a cincuenta dólares el plato– y olvidamos el asunto.

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Tengo una última imagen en la mente que siempre recordaré: en el mismo hotel se hospedaba Ricky Martin. Pues bien, una tarde el cantante boricua salió a firmar autógrafos a la calle. Shakira y yo observamos el asunto detalladamente desde el lobby, esas decenas de fans. Por supuesto, nadie le pedía autógrafos a nuestra estrella en ciernes. Se me acercó y me dijo en una voz muy baja: pronto yo seré tan famosa como Ricky. Sonreímos, pero, por supuesto, yo quedé muy angustiado con semejante augurio. Aunque está claro que no tenía ni idea de la fuerza de voluntad de la currambera.

Conocí a Shakira hace varias décadas. Hoy casi ni lo creo. Jamás la hubiera conocido, de no ser por el giro de esta rueda de la fortuna. Yo era un estudiante en París que ahorraba esquizofrénicamente cada centavo para ver películas de arte y ensayo, para comprar libros de bolsillo. Ella era una muchacha enérgica que me decía sin parar que la vida le sonreía. Pues bien, mi encuentro con Shakira fue un viaje a Marte. Descubrí un mundo alucinante que jamás volví a frecuentar, imposible en el mundo cultural o literario, mucho menos rico y glamuroso, y gané el dinero equivalente a todos los pequeños trabajos que hice en París durante años: desde babysitter hasta repartidor de volantes en los crudos inviernos parisinos. Pero Shakira, esa Shakira que conocí contra toda evidencia, se transformó en una mujer mucho más interesante de lo que hubiera podido imaginar. Juro que era difícil predecirlo. No solo fue capaz de crear un concepto (como el que le reclamaban), sino que fue más allá. Incluso, ayer la vi reclamando más cupos de educación en Barranquilla. ¿No es un prodigio que pase eso en cultura?

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