Carlos Castillo Carlos Castillo

Contar, a pesar de todo

En medio de los diálogos de paz, el testimonio de Guillermo ‘la Chiva’ Cortés, y de quienes padecieron su secuestro, resulta esclarecedor. ¿Por qué?

2014/03/21

Por Juan David Correa*

El 26 de abril de 2013 fue un día triste para los amigos de Guillermo ‘la Chiva’ Cortés. Ese día, el abuelo, el viejo, Pipipo, el director de Santa Fé, el primo de Pacheco, el secuestrado, el propietario de un noticiero, de una finca productora de plantas, de una parcela en Choachí, y testigo de una buena parte del siglo xx, se murió. Se murió a causa de un enfisema pulmonar que le pasó factura a pesar de haber dejado de fumar a los sesenta y tantos años. No era la primera vez que sus amigos lo despedían: trece años antes, un 22 de enero, en el municipio de Choachí, un grupo de cuatro hombres llegó hasta El Zancudo, una pequeña tierra que tenía en ese pueblo del oriente de Cundinamarca y se lo llevó hacia San Juanito, un municipio vecino por el cual salían muchos de los secuestrados de la época de la zona de distensión, en pleno año 2000. Se lo llevaron sin saber quién era. Lo hicieron subir a su carro, sin que nadie pudiera protestar, en compañía de una de sus amigas, y cuando la camioneta no arrancó él les dijo que lo dejaran manejar, que ellos no le tenían la maña al carro. De ahí en adelante, pasarían 205 días en los cuales su familia no lo volvería a ver, al menos en carne y hueso, sino a través de dos fotografías polaroid para las cuales las Farc habían montado una escena untándolo de sangre de gallina y atándolo a un palo. “Yo solo les decía: ‘No sean hijueputas’”, tal como se lee en Los días que se arrastran, el más reciente libro del sociólogo y periodista Carlos Castillo Cardona.

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