El exdictador Ríos Montt habla durante su juicio por el genocidio cometido durante su régimen, en Ciudad de Guatemala el 9 de mayo de 2013. El exdictador Ríos Montt habla durante su juicio por el genocidio cometido durante su régimen, en Ciudad de Guatemala el 9 de mayo de 2013.

La cola del dragón

El pasado 20 de mayo la Corte de Constitucionalidad de Guatemala anuló la sentencia ?que había condenado, diez días antes, al general Ríos Montt por genocidio contra la población maya-ixil?hace 30 años. Mucho se ha debatido el tema en la prensa. Pero ¿qué piensa la población ixil sobre el juicio? El escritor Rodrigo Rey Rosa viaja por la zona de guerra.

2013/06/13

Por Rodrigo Rey Rosa* Ciudad de Guatemala

Pocos días antes de que la Corte de Constitucionalidad de Guatemala anulara la sentencia que condenaba a ochenta años de prisión inconmutable al general retirado Efraín Ríos Montt por genocidio y crímenes de lesa humanidad, leí en un documento del National Security Archive, The Guatemalan Military: What the U.S. Files Reveal, que traduzco a continuación: “A mediados de febrero de 1982 [durante el gobierno de Ronald Reagan] el Ejército guatemalteco reforzó sus fuerzas existentes en el centro del departamento del Quiché y lanzó una operación de arrasamiento en el Triángulo Ixil. Los oficiales al mando de las unidades implicadas han recibido instrucciones de destruir todos los pueblos y aldeas que estén colaborando con el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y eliminar toda fuente de resistencia (...). Desde que comenzó la operación, varias aldeas han sido totalmente quemadas, y un gran número de guerrilleros y colaboradores han sido muertos. Comentario: Cuando una patrulla del Ejército encuentra resistencia y es objeto de fuego desde un pueblo o una aldea, se presume que toda la población es hostil y luego se la destruye. El Ejército ha encontrado que la mayoría de las aldeas han sido abandonadas antes de la llegada de las fuerzas militares. Se supone que una aldea vacía ha colaborado con el EGP y se la destruye. Hay cientos, y posiblemente miles, de refugiados en las montañas sin casas adonde regresar. El alto mando del Ejército está sumamente complacido con los resultados iniciales de la operación de arrasamiento (...). Hasta el momento, el Ejército no ha encontrado ninguna fuerza guerrillera importante en el área”.

El pueblo maya-ixil, que habita la remota y montañosa región del norte del departamento del Quiché, en el noroccidente de Guatemala, fue considerado desde tiempos de la colonia española como uno de los más aguerridos y menos penetrables del territorio mesoamericano. En el siglo XX, los ixiles sufrieron un despiadado sometimiento económico, y para complementar los escasos ingresos producto de sus siembras de maíz y fríjol, las mujeres menos pobres viajaban (y siguen viajando) al mercado de Chichicastenango o a centros turísticos como La Antigua o Panajachel para comerciar con sus extraordinarios textiles -los que, debido al aislamiento en que los ixiles se mantuvieron durante siglos, han conservado hasta hoy en día una pureza y originalidad que los diferencian de los de sus vecinos menos apartados- mientras los hombres hacían (y siguen haciendo) masivas migraciones laborales a las plantaciones latifundistas de la volcánica costa del Pacífico. Conocida como La Costa Reina, uno de los lugares más fértiles del planeta, esta franja de tierra pertenece a finqueros ladinos de la conservadora clase alta, que hoy por hoy merece más bien la calificación de reaccionaria. Como recolectores de las cosechas de café, caña o algodón de los grandes terratenientes, los ixiles, junto con miembros de otras etnias mayas, han constituido una fuerza laboral de gran importancia para la economía nacional, y han sido explotados de forma sistemática por medio de prácticas esclavistas.

Hacia 1973, durante el conflicto armado interno guatemalteco que empezó en 1960 y terminó en 1996 y en el que murieron unas doscientas mil personas, las fuerzas revolucionarias eligieron al pueblo ixil como aliado natural contra una serie de dictaduras militares que se perpetuaban en el poder para proteger los intereses del capital extranjero y de la oligarquía local y consiguieron embarcar a un gran número de miembros de la etnia ixil en un movimiento social de corte marxista que -aunque pudo parecer prometedor en el contexto de otras guerras revolucionarias que lograron victorias significativas y mejoras políticas en esa década, como las de Nicaragua y El Salvador- estaba, en el caso guatemalteco, condenado al fracaso. La reacción por parte del Gobierno de Guatemala a principios de los años ochenta convirtió al territorio ixil en escenario de una de las represiones militares más crueles de la historia centroamericana.

El pasado 19 de marzo se inició en la Ciudad de Guatemala un juicio penal sin precedentes: José Efraín Ríos Montt -que además de general de las Fuerzas Armadas era pastor evangélico y llegó al poder (“con la Biblia en una mano y una metralleta en la otra”) mediante un golpe de Estado a otro general- y su director de inteligencia, José Mauricio Rodríguez Sánchez, se sentaron en el banquillo de los acusados para oír los cargos presentados en su contra por genocidio y otros crímenes contra la humanidad cometidos en tierra ixil durante los años de 1982 y 83. La tesis de la acusación era que entre 1982 y 1983 -los años en que los exgenerales procesados eran jefes de Estado- “hubo una campaña de exterminio que eliminó al 33.61 por ciento de la etnia maya-ixil”, que en ese entonces sumaba unas ochenta y cinco mil personas. Algunos de los casos de matanzas y violaciones de los derechos humanos investigados por antropólogos forenses han resultado paradigmáticos por la crueldad y saña con que las víctimas fueron ejecutadas. Entre los testimonios de los sobrevivientes ixiles, los generales acusados tuvieron que oír el de Julio Belasco, que contó haber visto a un grupo de soldados que jugaban fútbol con la cabeza de una anciana. Como dijo en una entrevista reciente Clyde Snow, pionero de la antropología forense: “Vimos cosas parecidas en El Salvador, en Bosnia y en Iraq, cuando Saddam Hussein mandaba a asesinar por entero pueblos de kurdos. Pero es en Guatemala, durante el trabajo que hemos realizado, donde más casos de atrocidades hemos visto”.

Mientras tanto, en los medios de comunicación se libró una guerra abierta entre quienes pretendían que el juicio fuera definitivamente anulado -que constituían la gran mayoría de los columnistas de prensa, que representan la opinión de los sectores más poderosos y conservadores del país- y quienes esperaban que el juicio continuara.

Uno de los argumentos esgrimido por varios columnistas, y por los abogados defensores del General, era una maravillosa muestra de cinismo. “No hubo genocidio -alegaban-. Eso fue una matanza de indios contra indios”. Las tropas del Ejército nacional en la década de los ochenta -es verdad- estaban compuestas en su mayoría por guatemaltecos de origen indígena. Lo que no se decía, aunque es igualmente cierto, es que estas tropas eran producto de reclutamientos forzosos llevados a cabo de forma ilegal por orden militar.

Un argumento más, que es revelador de una falta de sensibilidad por el sufrimiento ajeno que solo puede explicarse mediante la tesis del “racismo sistémico” del que padece Guatemala, es que las víctimas no combatientes (mujeres, ancianos y menores de edad) murieron “en el fragor de la batalla”. Pero la Fiscalía presentó numerosas pruebas forenses para demostrar que la mayoría de estas víctimas fueron ejecutadas.

Tres semanas antes de que terminara el histórico juicio, después de obtener en la Ciudad de Guatemala una entrevista con un sacerdote extranjero que vivió en Chajul durante los años más intensos del enfrentamiento armado y que ha sido crítico tanto de la propia iglesia católica como de las evangélicas y pentecostales, de la guerrilla y del Ejército (“Derecha e izquierda -me dice- querían proletarizar al pueblo, romper su cultura, sus valores”), decidí hacer un viaje por tierra al país ixil. El paisaje del altiplano guatemalteco estaba, a finales de abril, sumido en un vasto baño neblinoso. Los pueblos de Chichicastenango y Santa Cruz del Quiché, sin la actividad febril de los días de mercado, parecían solamente sucios y caóticos, víctimas de la proliferante fealdad de nuestra era. Las vallas publicitarias y las abigarradas construcciones modernas de cemento y lámina, más que la espesa bruma, estropeaban el paisaje, un paisaje de campos de maíz quemados por el hombre o dorados por el sol. En la calurosa y adormilada Sacapulas, sobre la cabeza del valle semidesértico del Río Negro -que el día de mi visita no era más que un hilo de agua color café que se retorcía como una riata en medio del cauce seco y pedregoso- me detuve a estirar las piernas. Flanqueada por los palacios de la Policía y la Municipalidad, la iglesia colonial, blanca y con alto techo de tejas, ofrece el único atractivo del antiguo pueblo ladino, donde el padre Las Casas empezó a redactar su profético libro, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Salvo por una mujer en traje quiché que salmodiaba en su lengua, y que, arrodillada frente al altar mayor, encendía una vela tras otra, el templo estaba vacío. Las estatuas de madera carcomida de madonas y cristos a ambos lados de la nave tenían la belleza sencilla de las cosas alejadas del mundo, y el olor del incienso estaba en el aire. En el parque, después de un día de escuela, grupos de niños mestizos con uniformes grises y azul marino y mochilas de cuero falso deambulaban alrededor de una ceiba enorme.

Más allá de Sacapulas el camino comienza a subir una empinada montaña, cuyos ganchos cerradísimos sobre precipicios sin fondo visible hacen pensar en Machu Pichu. Envueltos en la neblina, los árboles que flanquean el camino, contorneados misteriosamente por los vientos, eran delicadas figuras de tinta china trazadas sobre el aire gris. Pasando el cruce donde el camino se bifurca -a la derecha y montaña abajo, Cunén, pueblo quiché; a la izquierda, cuesta arriba, Nebaj y el país ixil-, el carro en el que iba salió de pronto del lechoso mar de niebla. La luna creciente, muy fina y luminosa, apareció en un cielo cristalino, sobre el que se recortaba la sierra zigzagueante. A lo lejos, en el fondo de un valle poblado de grandes árboles, estaba Nebaj.

Los niños ixiles, con sus coloridos trajes en los que predominan los rojos más intensos, ya no salen disparados a esconderse al lado de los caminos al ver un carro extraño que se aproxima, como lo hacían todavía a mitad de los años noventa; los caminos, que antes eran de piedra y polvo, hoy son de asfalto, y los niños saludan o se acercan para ofrecer a la venta flores o artesanías.

Otras cosas además de los caminos han cambiado en la región: en las afueras de Nebaj -el pueblo más grande de los tres que forman el denominado (por los militares) Triángulo Ixil- hay dos o tres night clubs cuyas luces de neón anuncian bailarinas de table. Aunque los templos evangélicos siguen proliferando en las aldeas, las iglesias católicas han dejado de ser centros de operaciones militares, después de que, durante la guerra, sus campanarios sirvieran como atalayas para francotiradores.?Después de cenar un reconfortante caldo de gallina en el hotel Villa Nebaj, llamé por teléfono a una de las personas que el antiguo párroco de Chajul me había sugerido contactar para obtener información de primera mano, un colaborador de La Voz de Nebaj, la estación de radio perteneciente a la parroquia de Santa María. Don Ceferino me recibió a la mañana siguiente en la sede de la radio, que está al lado de la iglesia parroquial. Es un hombre alto y delgado, de tez clara y pelo ligeramente rizado, con una voz suave y agradable y el modo cortés y formal de la mayoría de los guatemaltecos del campo. Me preguntó para qué quería entrevistarlo. Cuando, después de explicar que estaba escribiendo un artículo acerca del juicio contra Ríos Montt por el genocidio ixil, me dijo que le alegraba saberlo.

Campesino no ixil, don Ceferino no había logrado sustraerse a la violencia de Estado desencadenada durante los años del conflicto: siete miembros de su familia habían muerto a manos del Ejército entre 1982 y 1983. Igual que miles de campesinos ixiles, canjobales y quichés que sobrevivieron a las primeras matanzas, él y su familia habían huido de su aldea para refugiarse en las montañas, y se hicieron miembros de las Comunidades de Población en Resistencia. Vivieron en una fuga constante y acosados por el hambre y las enfermedades entre 1983 y 1996, eludiendo a las unidades del Ejército y a las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC, versión guatemalteca de las fuerzas paramilitares) creadas durante el gobierno de Ríos Montt.

Quienes habían iniciado las diligencias para enjuiciar a los generales -me contó- habían sido, primero, Rigoberta Menchú, y luego los miembros del Centro para la Acción Legal en Derechos Humanos (CALDH), que establecieron contacto con sobrevivientes de las masacres y los desplazamientos masivos ocurridos durante los gobiernos de Lucas García y Ríos Montt. Había sido un proceso largo, porque durante mucho tiempo la gente se negó a hablar del pasado: “No hay que tocarle la cola al dragón”, decían. Pero cuando lograron sobreponerse al miedo se produjo una cascada de testimonios. Las exhumaciones de víctimas, que comenzaron en el año 2000, pasaron a formar parte de las pruebas que la Fiscalía presentó contra los generales. La parroquia de Santa María Nebaj, de la que don Ceferino es un miembro prominente, trabajó con veintidós comunidades durante dos años; un equipo de la diócesis desenterró ciento veinte cadáveres.

“Nos sentimos traicionados por los dos, la guerrilla y el gobierno”, me dijo un poco más tarde un hombre que vestía el traje ixil, el sombrero y morral tradicionales, con quien crucé algunas palabras en El Descanso, un pequeño café en el centro de Santa María Nebaj, antes de emprender el viaje a Cotzal y Chajul. Sentado en un sofá, inclinado sobre una mesa baja, él escuchaba noticias en un pequeño radio de onda corta que tenía pegado a un oído, mientras leía una columna de Prensa Libre deslizando el índice sobre las líneas, cuando lo interrumpí para preguntarle qué pensaba acerca del famoso juicio. “Pero hay dos corrientes distintas -continuó-. Hay mucha gente aquí que cree que en cierto modo Ríos Montt trajo la paz. Y no dejan de tener razón...”.

En efecto, la táctica contrainsurgente de tierra arrasada, importada de Vietnam, fue iniciada a principios de los años ochenta por el gobierno de Romeo Lucas García, depuesto del poder a mediados de marzo del 82. “Pero olvidan las masacres que cometieron sus soldados, que continuaron cuando él ya había dado su golpe, en nombre de Dios, ¿no? Luego estableció el control militar. Se formaron las PAC y todo eso. Los soldados dejaron de matar. O ya no mataban tanto, mejor dicho. Y eso es lo que recuerda la gente. Y es por eso que él, Ríos, o su partido, ganó aquí las elecciones presidenciales y municipales hace unos años. Algunos, pero no todos, ni mucho menos, están en desacuerdo con el juicio que le han abierto. Pero yo creo que es también una cuestión de ideología. No hay que olvidar que casi todos los sobrevivientes tuvieron, a la fuerza, que formar parte de las PAC. Les dieron lo que llamaban una terapia intensiva. Los militarizaron. Les lavaron el cerebro, y ellos, convertidos en patrulleros, mataron y torturaron y a veces aprovecharon para robar animales y tierras a las víctimas. Los que se vieron involucrados activamente, es decir, los que delataron o mataron y robaron, tampoco quieren que se busque justicia. Se sienten parte de. Niegan que hubo genocidio no porque crean que no lo hubo, sino por temor. Temen ser alcanzados también por esa justicia”.

Le pregunto dónde estaba él durante ese tiempo. “Soy un sobreviviente -me dijo-. Logré escapar y viví casi dieciséis años escondido en las montañas. No quedó ni una sola de las veintitantas aldeas del municipio de Nebaj; solo quedó el casco urbano. Mire la iglesia, la convirtieron en cuartel. En Chajul y otros lugares -agregó- vistieron a Cristo y a los santos de la Iglesia con uniformes de kaibil”.

¿Qué opinión tiene usted de la guerrilla?, le pregunto.

“Hicieron propaganda armada en las comunidades -dice-. Llegaban un día de mercado y reunían a toda la gente. Les explicaban en ixil y en castellano por qué estaban allí. Necesitaban una fuerza armada. Entendimos que había que hacer la lucha, pero no queríamos ser militantes. Hubo un caso en Xacalté, donde la guerrilla masacró a casi toda la aldea porque no quería colaborar. La guerrilla mató como lo hacía el Ejército, sin ningún juicio de por medio. Pero sobre todo, cuando el Ejército comenzó a reaccionar, la guerrilla desa-?pareció, y dejaron que la población recibiera toda la violencia. Ellos se escondieron. De vez en cuando la guerrilla hacía algún ataque desde lejos; le disparaban a una patrulla a una distancia de, digamos, quinientos metros, y volvían a esconderse”.

¿Hay algún ixil en particular que esté en la memoria de la gente como símbolo?, quiero saber.

“No. En la memoria lo que está es el fracaso. Y los mártires”.

Luego vino la firma de la paz. “Con eso entendimos que los comandantes (del EGP) lo que querían era poder personal. Cada uno agarró por su lado, se metieron a toda clase de partidos políticos, incluso de extrema derecha. Ninguno hizo nada por nosotros. Hoy, proliferan las ONG. Gastan mucho dinero en estudio tras estudio, pero hay poco desarrollo real. El real más bien lo debemos a la emigración al Norte”.?¿Y qué piensa sobre el juicio

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