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¿Cómo contar nuestra historia? Margarita Garrido responde

“Es necesario desarmar nuestras creencias”, dice. Junto a ella, otros tres historiadores respondieron para ARCADIA a la pregunta sobre cómo contarnos y mirarnos hoy, a propósito del Bicentenario.

2019/07/24

Por Margarita Garrido*

Este artículo forma parte de la edición 165 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Desarmar las creencias

La historia de Henao y Arrubla se rigió por el objetivo de legitimar la nación y el orden establecido, y lo cumplió.

Hoy necesitamos otra historia. La historia ha cambiado y también lo ha hecho la historiografía. Las preguntas a la historia se han multiplicado y complejizado.

Hoy es necesario construir una narrativa que logre un equilibrio entre relato y análisis, es decir, la difícil combinación entre el relato y la interpretación, entre la narrativa y el análisis, porque la historia debe contar y explicar.

Necesitamos una narrativa construida con una polifonía de actores en que la nación, que se define como pluriétnica y multicultural, sea reconocible. Es importante en el análisis tener en cuenta perspectivas de clase, de género y de etnia, pero no de solo una o uno. La multiperspectiva debe incluir la mayor variedad de actores, de profesiones, oficios, edades, corporaciones y asociaciones; de grupos, pueblos, redes, comunidades, individuos e incluso agentes no humanos.

También de territorios, desmarcándose de la jerarquización que se ha hecho de estos y de la naturalización de la nación, que es un error muy corriente. Entonces necesitamos la posibilidad de diferentes escalas: la de historia local pero también regional, nacional y global. Y, por supuesto, el análisis y el relato también tienen que acudir a la pluralidad de tiempos, largos, medianos y cortos.

Más que a una educación cívica, que puede ser entendida de forma estrecha, la nueva narrativa debe contribuir a que tengamos un pensamiento histórico, es decir, a tener conciencia de la diferencia y la distancia del pasado. Necesitamos una narrativa que nos dé sentido de contexto y sensibilidad sobre lo que vincula el pasado y el presente, y de paso nos ayude a construir pertenencia. Una narrativa que apele al sentido común comunitario, que fomente la solidaridad, la valoración del otro y de lo otro y que propicie la empatía. Esa narrativa no debe ocultar los conflictos, sus motivos, sus persistencias, pero también debe dar cuenta de los acuerdos, de las formas de convivencia y solidaridad. Tampoco se podrían rehuir las grandes cuestiones éticas, estéticas, de relaciones sociales y de poder.

Esa historia que deje ver procesos y actores en diversos campos de la vida –la economía, la cultura, la política, la ciencia y el medioambiente, las familias, las cosas y la vida cotidiana, los sentimientos y las emociones– lograría apelar a muchos más y ser en verdad un espacio en que nos reconozcamos, debatamos y hagamos más preguntas.

Historizar todos los campos ayuda a desnaturalizar, a quitarnos prejuicios y esencialismos. Hoy como siempre, pero quizás más que nunca, es necesario construir una narrativa histórica que contribuya a desnaturalizar nuestras creencias y nuestras ideas sobre la sociedad y el pasado y el futuro.

(Desnaturalizar y desencializar es, por ejemplo, entender que los blancos no son malos o buenos, que los negros no son alegres por el color de su piel, que la maternidad como la entendemos hoy no es natural, que las jerarquías sociales no son naturales, que los colombianos no somos violentos por naturaleza, que la historia de Colombia no se reduce a la violencia, que la civilización no está en otra parte o que los modelos de desarrollo o de atraso no son puros, o absolutos, o ahistóricos, o desinteresados.)

Estas creencias e ideas, sistemas de valores, sentimientos, derechos, obligaciones y estructuras sociales, de poder, de territorio y aun los objetos con los que vivimos son productos de procesos históricos.

Los hechos traumáticos en sí mismos, como la conquista, la esclavitud africana, las guerras y el conflicto armado fueron y son, por supuesto, hechos históricos y fundantes, tragedias dolorosísimas que es indispensable estudiar y sobre las que debemos reflexionar y debatir. Pero no debemos convertirlas en afirmaciones rituales de las que derivemos identidades de opuestos.

Son también históricos y fundantes los tiempos de paz, las negociaciones logradas para construir un Estado más democrático, una mejor gestión de la diferencia y la alteridad, la inclusión de pueblos y territorios con sus agendas.

La reflexión histórica –más allá de la memoria personal– es necesaria para que el individuo pueda situarse en la cultura como una individualidad consciente y responsable. Saber que sus decisiones importan, que forma parte.

Lea aquí las respuestas de los otros tres historiadores a la pregunta sobre cómo contarnos y mirarnos hoy, a propósito del Bicentenario.

*Garrido es doctora en Historia moderna de la Universidad de Oxford. Fue directora de Colciencias entre 2000 y 2003 y de la Biblioteca Luis Ángel Arango entre 2008 y 2013. Ha estudiado el desarrollo de la cultura política y de la moral en la colonia y la república, y sus efectos hasta hoy.
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