Elena Garro. Foto: Wikimedia Commons. Elena Garro. Foto: Wikimedia Commons.

‘Los recuerdos del porvenir’ de Elena Garro: uno de los trece libros más votados de la Lista Arcadia 2019

Una reseña de Carolina Sanín.

2019/12/04

Por Carolina Sanín*

Este artículo forma parte de la edición 169 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

La piedra aparente

La evidencia de lo femenino es en Los recuerdos del porvenir el límite del mundo, de la historia y de la ley. La mujer es la oscuridad, el juego sin reglas, el tiempo perdido. Al querer ubicarse por encima de la ley, el soberano (que no quiere ni puede explicarse) ocupa el mismo lugar de la mujer. “Vivía en un mundo diferente del nuestro”, se dice del general Rosas (de apellido muy significativo), que manda sobre la vida y la muerte en el pueblo de Ixtepec. El déspota no solo desea a la mujer, sino que desea violentamente ser la mujer, aquella cuya “presencia irreal era más peligrosa que la de un ejército”. Los recuerdos del porvenir enuncia esta intuición (como quizás lo hace también García Márquez en “Los funerales de la Mamá Grande”, con su elección de una matriarca como soberana autoritaria): el hombre poderoso que irrumpe con su propio tiempo en el tiempo del lugar donde su dominio se instala, que termina por confundir “las mañanas con las noches y los fantasmas con los vivos”, es un hombre que se feminiza.

En el desenlace de la primera parte de Los recuerdos del porvenir, la mujer deseada desaparece del mundo visible y del tiempo narrable gracias a la suspensión teatral (o mágica, que es lo mismo). La segunda parte de la novela enuncia el enigma de la mujer deseante, que en el desenlace se concreta –aparece– en el mundo visible y en el tiempo narrable, convertida en piedra. Podríamos concebir a la segunda mujer como culminación o como reencarnación de la primera. Ambos personajes son el anuncio del fin del mundo, la inminencia del acontecimiento. Ese otro tiempo en que la mujer, deseada o deseante, vive en una presencia inaprensible es, una y otra vez en la novela, el “va a pasar algo”.

Isabel, la protagonista de la segunda parte de Los recuerdos del porvenir, es la mujer inesperada. Su deseo traiciona las expectativas sociales y familiares. Los medios turbulentos de su deseo defraudan la lealtad, que es la esperanza social y familiar (“Ninguna palabra podía conmover a Isabel; estaba endemoniada”). El impulso de su deseo la lleva –como una anti-Antígona o quizá una radical Antígona– más allá del vínculo de la fraternidad; la lleva hacia sí misma, y en su ensimismamiento la petrifica. La sumisión al deseo –y la insumisión a las leyes de la memoria y de la esperanza– convierte a Isabel en algo nuevo, duro y duradero en el mundo. El que sus acciones no tengan un fin (el que no sean eficaces, sino el puro deseo sin consecuencia) deriva en que ella no tenga fin. Isabel se transforma en la infinitud de la piedra.

Los recuerdos del porvenir está narrada en primera persona por la voz del pueblo de Ixtepec. No es una persona plural; la mayoría de las veces se presenta como “yo”, no como “nosotros”. Se describe y se identifica por medio de la posesión (habla de “mis casas” y “mis gentes” y “mis calles”) y su discurso coincide con la memoria. Su saber es mayor que la acumulación de los saberes de las generaciones de sus habitantes. Conoce lo que se ve en el instante antes de la muerte, cuando los hombres descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros.

El lugar habla, como los hombres, pero es también, como la mujer, imagen: voz no escuchada (“Todo mi esplendor caía en la ignorancia, en un no querer mirarme, en un olvido voluntario”). Cuenta en pasado todo lo que puede contarse, y también al hablar del futuro se refiere al pasado (“Algún día recordaremos, recordaremos”). Solo enuncia en presente la experiencia de la espera (“Años van y años vienen, y yo, Ixtepec, siempre esperando”) y su situación al iniciar su discurso: la primera línea de la novela es “Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente”.

La voz se refiere a sí misma en masculino y declara, antes de contar nada, que habla desde una piedra aparente: que aparece y que solo aparentemente es una piedra. Cuando volvemos al inicio (a esa piedra de toque, fundacional, angular) después de leer el final de la novela, sabemos que el pueblo narrador enuncia la piedra en la que Isabel se ha convertido por su deseo inexplicable, sólido, impenetrable. La voz de la memoria nacional –que coincide con la voz de la imaginación novelística– descansa sobre la metáfora que se ha condensado y ha dado paso a la metamorfosis. Se apoya (se sienta, se asienta) sobre el otro tiempo –el tiempo de la mujer–, que se ha convertido en piedra (límite, tocón) en el tiempo discursivo –en el tiempo del lugar–, y que en él no está ni viva ni muerta. Habría que tratar de imaginar ahora qué dice esa metamorfosis sobre la doble naturaleza de la memoria colectiva y sobre el tiempo desdoblado en el que se apoya el arte de la novela.

*Escritora, profesora y columnista de ARCADIA. Es doctora de la Universidad de Yale. Este texto es un fragmento de un ensayo que escribió para la edición del libro de Garro publicada por Alfaguara en 2019.

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