Elena Poniatowska en su casa en Ciudad de México. Ronaldo Schemidt / AFP. Elena Poniatowska en su casa en Ciudad de México. Ronaldo Schemidt / AFP.

Pocas porque pioneras: la ausencia de las periodistas en la Lista Arcadia

El periodismo narrativo escrito por mujeres es uno de los grandes ausentes de la lista. Una editora y periodista chilena explica por qué.

2019/12/03

Por Andrea Palet*

Este artículo forma parte de la edición 169 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Son escasos los libros de periodismo en esta Lista Arcadia. ¿Por qué? Porque el juego abarca un siglo y, hasta hace unas décadas, en las redacciones a las mujeres las ponían a hacer el café. Ya sé que lo sabemos, pero estas obviedades hay que recordarlas: son combustible para no soltar la presión y a la vez luz cálida que muestra un presente mejor.

Si quieren una dosis rápida de indignación retroactiva por el machismo recalcitrante de los colegas, aquí una televisada: en la serie brasileña Coisa Mais Linda, que transcurre en la sofisticada Río de Janeiro de principios de los años sesenta, Thereza, una periodista que intenta hacer su trabajo, es objeto de las burlas de sus indolentes compañeros como si fuera lo más normal del mundo. Porque era. A Ida Tarbell la estudiamos (¿estudiábamos?) en la universidad, pero casi como una rareza. De la existencia de Helen Foster Snow y sus libros sobre Mao y la Larga Marcha me acabo de enterar, en 2019. Decía su obituario en The Economist que su material era realmente bueno, pero tuvo la desgracia profesional de casarse con un tipo que también era periodista y autor de libros sobre el mismo tema. Adivinen cuáles atrajeron la atención. La noche de Tlatelolco está en la lista porque tenía que estar, por supuesto, pero que el título estuviese en la punta de la lengua podría indicar también que por mucho rato estuvo prácticamente solo en su categoría.

En el pasado –pongámoslo así, en el pasado– el periodismo de largo alcance, ese que se plasma en libros, fue más bien afición de macho alfa. Una opción por la aventura, como podría haber sido la caza de elefantes o la ascensión de los ochomiles. Hoy es exigente de otros modos. Requiere salir de casa, trastornar las rutinas, ser irritante en la insistencia, ir donde no te quieren. Convertirte en personaje, a veces. Exponerte, encarar, ser pesada, ruda. Hipócrita, por la causa. Estar dispuesta a pequeñas traiciones temporales. Y contarlo, decir toda la verdad, sin las máscaras que provee la literatura. Luego, para que te lean, además hay que recurrir a la gimnasia literaria, a ese deporte extremo. En cuanto a las condiciones materiales, es muy simple: requiere ser libre.

Esas cinco letras explican cientos de renuncias y frustraciones cuando de mujeres periodistas se trata. Hace años, cuando quise encargar una biografía de la mujer de Pinochet, varias mujeres me dijeron que no. Querían, pero no podían: niños pequeños, cargas familiares, el horizonte doméstico. Esas ataduras, que podrían ser circunstanciales, para una mayoría de mujeres todavía son estructurales.

Otra idea: por obligación profesional leo autobiografías de editores. No es que haya millares, y está bien así: el mundo no las necesita. Además son todas parecidas, porque lo único aún más predecible y aburrido que las vidas de escritores son las de editores. Y sin embargo distingo un matiz. Muchas memorias de editores son una sucesión de juergas, escenas de competencia y adulación, turismo limitado al hemisferio norte y chistes malos, todo regado con abundante alcohol y name dropping. Las de editoras, muy escasas, suelen ser más descriptivas que anecdóticas y se concentran en el trabajo, en sus autores, en los cambios sociales y finalmente en ellas, y aun así se adivinan omisiones, logros en sordina, recato ante el placer de la venganza. Si se trasluce una obsesión, no será del tipo coleccionista sino un trazo de minuciosidad, alguna miniatura de la vida.

No estoy diciendo que las mujeres compartan rasgos de carácter. La reticencia delicada que distingo aquí puede deberse al devenir histórico tranquilamente: a la costumbre de estar detrás. Por lo demás, entre las mencionadas en la lista, Moreno y Wiener son ejemplares en atacar de frente, así como Guerriero es una maestra absoluta de la invisibilidad. Todas podemos todo, y si hay escasez de autoras en este ámbito no es por diferencias de calidad sino solo porque partimos más tarde, nos cuesta más soltar amarras y tenemos menos práctica en lo de pararnos en el centro del escenario.

Nada grave. Es solo cuestión de tiempo.

*Periodista y editora chilena, directora del Máster en Edición de la Universidad Diego Portales. Fundadora de la editorial Los Libros del Laurel. En 2018, Ediciones Bastante reunió sus columnas en el libro Leo y olvido.
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