Diana, una guerrillera de 27 años, en el campo de desmovilización de La Elvira, Cauca. Foto: Kaveh Kazemi / Getty Images. Diana, una guerrillera de 27 años, en el campo de desmovilización de La Elvira, Cauca. Foto: Kaveh Kazemi / Getty Images.

Guerras de mujer

En Odessa, Ucrania, 70 académicas discuten la herencia que las rebeliones armadas herederas de la Revolución de Octubre han dejado para los derechos de la mujer. Una historia de promesas y traiciones. Una historia dolorosa en la que las mujeres han sido revictimizadas con mucha frecuencia.

2017/10/20

Por Ricardo Abdahllah* Odessa

Desde hace días no para de llover en Odessa, y a pesar de eso no abundan los paraguas. Bajo la lluvia, la gente espera los autobuses, y entre los que esperan hay militares en uniforme. Más allá de algunas escaramuzas entre las Fuerzas Armadas y los rebeldes prorrusos, no hay novedades en el frente del Este, pero la gente de vez en cuando les ofrece un café o una felicitación. “Eso pasa donde hay ejércitos que han defendido al país en lugar de atacar a otros. En Ucrania los vemos como héroes”, me dijo después Inna Biei, una candidata a doctora en Ciencias de la Comunicación.

Entre los militares del Ejército y la Armada abundan las mujeres. En la tarde del viernes, dos de ellas, con camuflados, están sentadas en el auditorio del segundo piso de la Universidad Nacional Pedagógica del Sur de Ucrania.

Las dos participan en el encuentro “Mujeres en la guerra: género y revolución”,  organizado por la ONG Women In War,  donde durante tres días, cerca de 70 académicas (algunos hombres) discuten la herencia que los movimientos revolucionarios armados inspirados por la Revolución rusa de hace 100 años han dejado en la lucha por los derechos de los mujeres.

A medio camino entre las ambiciones imperiales de Putin y el eje Europeo, Odessa, que acoge la conferencia que en años anteriores ha tenido sede en Beirut, Sarajevo y Yerevan, es altamente simbólica. La ciudad sobre el mar Negro fue el escenario central del motín del acorazado Potemkin, que Lenin luego llamaría “el ensayo final” antes de la Revolución de 1917. Ese mismo año Odessa eligió por voto popular sus dos primeras miembros del concejo municipal.

“Pero hay que dejar de decir que Lenin ‘les dio’ a las mujeres derechos”, dice Irena Druzkhova, profesora de la Academia Odeska de Ukrania, que ha estudiado el acceso de las mujeres a los cargos públicos en los primeros años tras la llegada de los bolcheviques al poder. “Ellas los ganaron por mérito propio y habían luchado por eso desde mucho antes de la Revolución”.

Más aún, esos derechos que el gobierno soviético reconoció en la teoría no se vieron reflejados en una mejora en las condiciones de vida de las mujeres y la situación no evolucionó en gran medida sino hasta 1939. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la inmensa mayoría de las mujeres que participaban en el esfuerzo bélico lo hicieron como en la Primera, desde la retaguardia. A falta de hombres en las fábricas, ellas ocupaban las líneas de producción y tenían que seguir haciéndose cargo de la familia. Las que lograban entrar como miembros de las Fuerzas Armadas, lo hacían como enfermeras o en puestos de oficina.

Combatientes clandestinas

La excepción la marcaron los movimientos de resistencia armada clandestina, de todo tipo de orientación, que desde sus comienzos aceptaron en sus filas a las mujeres que quisieran tomar las armas. Si los grupos de orientación antifascista lo justificaban con los postulados de igualdad de Marx y Engels, y los nacionalismos de extrema derecha decían mostrar una prueba de la fuerza de las mujeres de su raza, la razón era mucho más pragmática: mientras los ejércitos estatales contaban con los mecanismos legales y coercitivos para reclutar en masa, las fuerzas irregulares no podían darse ese lujo y aceptaban ayuda sin distinciones.

“Una vez en el interior de las organizaciones, las mujeres combatientes, ‘en igualdad de condiciones’ con sus camaradas, tenían que sufrir, además de las violencias de la guerra, aquellas propias de su género”, dice Marta Havryshko, del Instituto de Estudios Ucranianos de Lviv, que ha trabajado en particular el caso de las mujeres de la resistencia nacionalista ucraniana.

“Al riesgo de una violación certera, en caso de caer en manos enemigas, se sumaba la violencia que sufrían de sus compañeros de regimiento; un acoso constante, del que no podían hablar para no arruinar la moral de las tropas, y al que solo podían escapar si se convertían en amantes de un oficial de alto rango. La ‘solución’ era temporal: en caso de embarazo, que el superior no podría admitir públicamente, el aborto era obligatorio. Si resultaban contagiadas de una enfermedad venérea, se la achacaban a una colaboración horizontal con el enemigo (era impensable que los combatientes del propio bando las sufrieran) y se castigaban en consecuencia, llegando incluso al pelotón de fusilamiento”, dice Havryshko. Y añade: “Además estaban las misiones de reconocimiento, algo que nunca ocurriría con los hombres. Y las misiones de espionaje solían pasar por la prostitución. Imagínese las implicaciones que eso tenía para una muchacha, a veces menor de edad, en una sociedad en la que la virginidad era un requisito para el matrimonio”.

En Europa la consolidación del Bloque Soviético tras la guerra llevó a una nueva ola de promesas no cumplidas. Como oposición al sometimiento de la mujer bajo el sistema capitalista, la mayoría de Estados que quedaron en mano de los comunistas reivindicaron en un principio la igualdad entre hombres, antes de deslizarse hacia modelos autoritarios alrededor de figuras paternalistas como Tito en Yugoslavia, Tódor Khrístov Zhívkov en Bulgaria y, en Rumania, Nicolae Ceaucescu, quien incitaba constantemente a las mujeres a tener el mayor número posible de hijos para engrandecer la nación, y a partir de 1977 penalizó el uso de anticonceptivos.

La presunta igualdad

Guerra de guerrillas, el libro del Che Guevara que serviría de Biblia a los movimientos latinoamericanos y africanos inspirados por el éxito de la Revolución cubana, retomaría casi punto por punto la visión de los movimientos clandestinos europeos sobre el papel de la mujer: ella podría combatir junto al hombre, pero de preferencia debería dedicarse a las labores logísticas: “Los contactos entre fuerzas separadas entre sí, los mensajes al exterior de las líneas, aun al exterior del país, e incluso objetos de algún tamaño, como balas, son transportadas por las mujeres en fajas especiales que llevan debajo de las faldas”, decía el Comandante en el capítulo 5 de su manual insurgente, antes de agregar que “también puede desempeñar sus tareas habituales de la paz, y es muy grato para el soldado sometido a las durísimas condiciones de esta vida el poder contar con una comida sazonada, con gusto a algo. La cocinera puede mejorar mucho la alimentación y, además de esto, es más fácil mantenerla en su tarea doméstica”.

Élodie Gamache, candidata estudiante de posdoctorado de la Universidad de París 3, piensa sin embargo que la presencia de mujeres en las filas de la insurgencia colombiana, que es su campo de estudio, tiene otras razones: “No creo que en las Farc de las primeras décadas existiera una conciencia teórica sobre el género, menos aún por influencia extranjera. Si desde el principio había mujeres que combatían junto a los hombres era porque en el mundo rural colombiano las mujeres trabajaban la tierra y estaban dispuestas a defenderla. La organización no heredó ese carácter mixto de las teorías de Marx o Hegel, o de las lecturas de los revolucionarios cubanos, sino de su origen campesino”, explica la académica francesa, que ha estudiado la misma dinámica en otras guerrillas latinoamericanas.

Más allá de la participación de mujeres en los combates, para Gamache no existían menciones de una política de género en el interior de las Farc hasta la Octava Conferencia, en el 93, cuando se produjo una declaración sobre la igualdad entre los y las combatientes y quedó consignada en los estatutos de la guerrilla. Una vez más el motivo fue de orden práctico: la logística para cuidar el embarazo y luego entregar los bebés a familiares que estaban en la vida civil se había vuelto insostenible para las Farc. La igualdad quería decir que, tal como los hombres, las mujeres no podían tener hijos si estaban en la guerrilla.

Gamache invita a considerar la política en el contexto del momento. “No todos los abortos obligatorios eran forzados. Muchas combatientes querían abortar y en la guerrilla, a diferencia de la vida civil, donde el aborto estaba y está prohibido, podían realizar este procedimiento. Existían además ideas progresistas en la visión del matrimonio como una sociedad de iguales, pero es difícil llevar más allá las reflexiones cuando la preocupación es sobrevivir al próximo bombardeo. Por eso las Farc solo comenzaron a pensar seriamente los temas de género durante los diálogos de paz”.

Hombres y mujeres también combatieron juntos en las filas de Sendero Luminoso en el Perú, pero la reivindicación de una igualdad entre los géneros nunca apareció de manera prominente en las reivindicaciones del grupo. “Como en otras guerrillas, existía esa idea de que el sistema patriarcal no se derrumbaría si no caía antes el sistema capitalista, la prioridad era la lucha de clases, del resto ya se hablaría después. Y como la mayoría de combatientes mujeres de Sendero eran además indígenas y pobres, sufrían todas las discriminaciones y no tenían nada que perder uniéndose a la lucha. Los medios les daban la razón cuando las presentaban como monstruos mucho peores que sus camaradas masculinos, porque además de hacer parte de un grupo armado habían abandonado a sus familias. Lo que para un hombre ni siquiera se mencionaba, para ellas era un crimen adicional”, me explica Marta Romero-Delgado, de la Universidad Complutense de Madrid.

El Kurdistán: la utopía

Tebessum Yilmaz, nacida en Turquía, se ha refugiado en Alemania y allí espera continuar su trabajo académico. Sabe que no podrá regresar a su país mientras Recep Erdogan esté en el poder. Yilmaz está en la lista negra de las autoridades de Ankara por haber escrito sobre la discriminación contra las minorías kurdas; las mismas que, en los territorios reconquistados frente al Estado Islámico en Siria, han decretado la Región Autónoma de Rojava, donde viven diez millones de personas y a la que el diario The Independent llamó “el movimiento revolucionario más iluminado del planeta”.

“En esa zona del norte de Siria se está poniendo en marcha el confederalismo democrático teorizado por el líder kurdo Abdallah Ocalán, condenado a cadena perpetua en Turquía. Puede que nunca un sistema de gobierno haya garantizado hasta ese punto la igualdad entre hombres y mujeres, desde la más simple junta comunal hasta la dirección colegiada del Estado. La igualdad va tan lejos que incluso en la región existe una brigada de militares LGBT, que se hizo famosa por su bandera en la lucha contra ISIS que decía ‘Estos maricones matan fascistas’”, dice Yilmaz.

Según él, a pesar de los retrocesos y las traiciones, que han sido muchas a lo largo de los 100 años, los movimientos revolucionarios van tirando hacia adelante la sociedad. Muchas de las ideas que parecían inaceptables, hoy han sido adoptadas o están en la agenda. Los Estados se van dando cuenta de que no pueden evitar hablar de ellas.

“Hay dos razones por las que los movimientos clandestinos ofrecen derechos a las mujeres antes que las estructuras estatales, la primera es que en el combate todos los brazos valen y todos son necesarios. La segunda es ideológica: una ruptura radical pasa por el sistema político económico y al mismo tiempo de las estructuras de familia. El Estado en cambio tiende a proteger el orden establecido: territorial, religioso y de género”, dice Marta Romero-Delgado.

Para Élodie Gamache, más que jalonar el debate sobre los derechos de la mujeres, las guerrillas han ido de la mano de la sociedad: “Es que las Farc, por ejemplo, son un reflejo de Colombia. Por eso, así como hay elementos progresistas que hablan de inclusión y diversidad sexual, aún existen casos de comandantes mayores con jovencitas, una imagen que puede parecernos chocante pero que se repite todo el tiempo en la sociedad civil”.

*

Es sábado en la noche. Sigue lloviendo sobre Odessa. Una de las participantes felicita a las dos militares que hacen parte del público. “Quería darles las gracias. Ustedes demuestran que las mujeres han ganado su lugar en un terreno tan machista como las Fuerzas Militares. Así nos van abriendo camino”.

“Sobre eso tengo algo que decir”, replica una mujer en la primera fila. Tiene el pelo corto, todo blanco, y un bastón en el que no ha dejado de apoyarse. “Pero ya es tarde, tal vez lo diré mañana”.

Su nombre es Galia Golan, tiene 79 años y combatió como parte del Ejército de Israel. Ahora es profesora emérita de la Universidad de Jerusalén y miembro de la Comisión de Mujeres por la Paz entre Israel y Palestina.

“¿Qué era lo que quería decir?”, le pregunto mientras las invitadas abandonan el auditorio. “Que no es cierto que la guerra haya servido para que las mujeres ganen derechos, una y otra vez se ha demostrado que cuando los combates terminan, los hombres vuelven a acaparar el poder, y con todas sus heridas y sus traumas las mandan de regreso a la cocina”.

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*Escritor y periodista bumangués radicado en París. Escribe para El Malpensante, El Espectador y Arcadia, entre otros medios.

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