De izquierda a derecha:  Ricardo Silva Romero, Felipe González, María Osorio y Mario Mendoza. De izquierda a derecha: Ricardo Silva Romero, Felipe González, María Osorio y Mario Mendoza.

¿Por qué en Colombia los escritores (casi) no venden?

En tiempos en que más de 500.000 personas asisten a la Feria del Libro de Bogotá y los colombianos supuestamente leen más que nunca, una mirada detallada al mundo editorial revela que, a pesar de los grandes esfuerzos estatales y una surtida oferta, en el país la venta de literatura de ficción no despega.

2018/09/24

Por Christopher Tibble* Nueva York/Bogotá

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En el apartamento del escritor bogotano Ricardo Silva Romero hay poco espacio para cuadros. Hace cinco años, cuando se mudó allí, los libros no tardaron en tomarse las paredes de las zonas comunes. Organizados en orden alfabético, los dos mil ejemplares mal contados que ocupan las estanterías de la casa delatan, como una hoja de vida involuntaria, las etapas de la carrera del novelista de 43 años. Allí están los lomos de las novelas de Paul Auster, el tema de su tesis universitaria. Allí está el anaquel atestado de libros sobre cine, un recuerdo de la época en que criticaba películas para la revista Semana. Allí están, también, las obras que han hecho las veces de andamios para la construcción de sus novelas; entre ellas, la biografía que Enrique Santos Molano escribió sobre José Asunción Silva, y en la que se inspiró para escribir El libro de la envidia (2014), su investigación literaria sobre la muerte del poeta.

En medio de esas paredes atiborradas de libros, en una oficina que comparte con su esposa –la editora Carolina López–, Silva Romero se sienta por lo menos seis horas al día a escribir. “Que los dos trabajemos en un mismo espacio es bueno –me dice–. Ayuda a que rinda más, pues nos da culpa mutua no trabajar”. Por la mañana, el novelista escribe después de dejar a su hija en el jardín, y por la tarde pule sus textos antes de que sus hijos vuelvan de la escuela. Los miércoles y los sábados prepara las columnas que publica, respectivamente, en El Tiempo y en El País de España. Durante el resto de la semana, además de redactar artículos, se concentra en algún proyecto literario. Su rutina la interrumpe, acaso, un almuerzo con un amigo o una salida a cine. Pero si antes dejaba un periodo de respiro después de terminar cada libro, hoy no le interesa detenerse. “Es muy difícil para mí pasar una noche fuera de la casa, pues cada vez tengo más la sensación de que esto es lo que quiero hacer realmente con mi vida”.

El escritor Ricardo Silva Romero es uno de los pocos que ha logrado vender una cifra de libros que parece pequeña, pero que en el contexto colombiano es significativa: 15.000 ejemplares de ‘Historia oficial de el amor‘. Foto: Juan Carlos Sierra.

El próximo 18 de octubre, Silva Romero publica Cómo perderlo todo, una nueva novela que trata “sobre la vida espinosa y movediza de las parejas de estos días”, como él mismo se la describió en un post de agosto a sus ocho mil seguidores en Facebook. Con likes y comentarios, muchos le hicieron llegar sus felicitaciones. En los días previos a la llegada de la novela a librerías, lo más probable es que Penguin Random House, la editorial de Silva Romero, se encargue de poner a circular la obra en los medios de comunicación. Saldrán reseñas, adelantos, entrevistas, en una afable pero fugaz llovizna promocional. No sorprendería, además, si uno de los contados críticos literarios del país aplaudiera el libro en algún medio o en redes, a juzgar por cómo fueron recibidas sus dos obras anteriores, El libro de la envidia (2014) e Historia oficial del amor (2016), ambas finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana.

Pero todo parece indicar que no mucha gente leerá Cómo perderlo todo. A pesar de haber publicado 19 libros en 19 años, el impulso de los medios o la popularidad que ha ganado en círculos más amplios gracias a sus dos columnas, la novela más exitosa de Silva Romero, Historia oficial del amor, ha vendido apenas 15.000 ejemplares. La cantidad parece pequeña. Pero para el mercado editorial colombiano se trata de un éxito rotundo; un número al que pocos autores de ficción logran llegar en un país en el que la Cámara Colombiana del Libro registra cada año al menos 800 nuevos títulos de literatura colombiana.

Muchas obras que han ganado premios o que se consideran éxitos ni siquiera se acercan a los 15.000 ejemplares. Por ejemplo, Tres ataúdes blancos (2010), de Antonio Ungar, la única novela colombiana en ganar el Premio Herralde que otorga la editorial española Anagrama, vendió 4000 unidades. Chapinero (2014), de Andrés Ospina, una especie de best seller bogotano, no supera las 7000. Felipe Ossa, el librero de cabecera de la Librería Nacional –el punto de venta de libros más importante en el país junto a Panamericana–, asegura que “vender 5000 ejemplares de un libro en Colombia ya es un logro”. A una conclusión similar ha llegado un editor que trabaja para uno de los grupos editoriales más grandes del país, pero que no quiso que se conociera su identidad: “En el sello literario que manejo, si vendo los 1000 ejemplares de una primera edición, me limpio el sudor de la frente. Cuando llego a 2000, el libro ya se vuelve uno de mis éxitos, y si pasa los 5000, lo considero un best seller”. Una ópera prima, dice, vende en promedio unas 200 copias, pero si le va mal, no alcanza ni las cien.

La situación no es exclusiva de Colombia. Los Dan Brown del mundo, aquellos escritores que venden millones de libros, son contados. Según Nielsen, una empresa que analiza datos de la industria del libro en más de setenta países, los autores nacidos después de 1980 venden en promedio 300 ejemplares. En Francia, uno de los países más lectores, 68,5 % de los autores vende menos de mil ejemplares, y solo el 3,2 % supera los 10.000.

Además de no vender mucho, o como consecuencia de ello, en Colombia, la gran mayoría de los novelistas no puede vivir de lo que escribe. Según Felipe González, fundador de Laguna Libros, una de las principales editoriales independientes del país, un autor por lo general se lleva el 10 % del valor de la venta de un libro. El resto de la torta termina en manos de la librería (40 %), la distribuidora (10 % a 15 %) y la editorial, que recibe lo demás, “aunque de ahí también se paga el costo de la producción”. Si se hacen las cuentas, el panorama no es muy alentador. Una obra de ficción cuesta en promedio 42.000 pesos en librerías. Eso quiere decir que por cada ejemplar vendido un escritor recibe 4200 pesos. Así, el autor de una primera novela que vende 200 copias se embolsa la diminuta cantidad de 840.000 pesos, apenas 60.000 pesos más que un salario mínimo. Al autor de un best seller tampoco le va muy bien. Si por ejemplo llega a vender 5000 ejemplares, recibe en regalías 21 millones de pesos, asumiendo que ya pagó en ventas el anticipo que le dio la editorial. Aunque el monto es significativo, escribir literatura toma tiempo. “Así un autor gane cuarenta millones por un libro, es imposible que viva de eso, pues seguro demoró tres años en escribirlo”, dice Valentín Ortiz, director de la Asociación Colombiana de Libreros Independientes (Acli).

Felipe González, fundador y director de una de las editoriales independientes más importantes en Colombia: Laguna Libros. Foto: Juan Carlos Sierra.

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Muchos de los novelistas entrevistados para este reportaje me confirmaron que sus ventas no les dan para el día a día. Por eso, el grueso de sus ingresos no proviene directamente de los libros, sino de las oportunidades que surgen de ellos. Un escritor con el que hablé, pero que pidió permanecer anónimo, asegura que, si bien su primera novela cuenta ya con varias ediciones y será publicada en inglés en 2019, las regalías que ha recibido no le “permiten vivir”. Pero aclara que el éxito de la obra le ha abierto otras puertas, como invitaciones a ferias del libro, a dictar talleres o a redactar artículos; oportunidades que, según él, sí le han dejado “ganarse el pan con trabajos relacionados con los libros”. En esa misma situación se encuentra la escritora caleña Pilar Quintana, cuya novela La perra (2017) ganó el pasado enero el Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Para ella, asistir a las ferias, que transcurren en su mayoría durante la segunda mitad del año, le ayuda a “ahorrar lo suficiente para estar bien de noviembre a enero, que son tiempos muertos para el freelance”. En Colombia, las ferias del libro les pagan a sus invitados entre 500.000 y dos millones de pesos.

Por supuesto hay excepciones. En el país, un manojo de escritores sí viven de las regalías de sus libros. Conocer el número exacto resulta difícil, pues las editoriales no suelen compartir sus cifras. “Algunos nombres de los que estoy casi seguro serían Juan Gabriel Vásquez, Tomás González, Santiago Gamboa, Mario Mendoza, William Ospina, Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Piedad Bonnett y yo mismo”, me dijo Héctor Abad, autor de la obra literaria quizá más exitosa en lo que va de este siglo en Colombia, El olvido que seremos, que ha vendido unos 300.000 ejemplares. “No sé cuántos escritores haya en Colombia, debe haber centenares, tal vez miles –continúa Abad–. Entonces el porcentaje de los que podemos vivir de la literatura es pequeño. Pero lograrlo no es imposible”.

El escritor Mario Mendoza forma parte de un grupo muy reducido de escritores colombianos que dicen poder vivir (modestamente) de lo que escriben. Foto: Juan Carlos Sierra.

Pero es muy difícil.

En la más reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo), Mario Mendoza, de 54 años, firmó libros durante 24 horas. Sus novelas de tintes góticos, dirigidas sobre todo a adolescentes, lo han convertido en un fenómeno editorial indiscutible. Un empleado de Planeta, su editorial, me confirmó que el autor de Satanás es “de lejos uno de los escritores que más vende en Colombia”. Pero sus libros no se han vendido solos. “Mario nunca para –explicó el empleado, que prefirió permanecer anónimo–. En redes siempre se mueven sus obras y sale mucho a la calle. Va a colegios, a universidades, a cárceles. Le habla a la gente de clase media del país”.

Por teléfono, Mendoza me describió a cada uno de sus lectores como “una conquista” que ha logrado con “un trabajo incansable” por promocionar la lectura de ficción, pues considera que se debe fomentar “la profunda relación que existe entre la literatura y la democracia participativa”. Aun así, me confesó que solo hasta hace poco ha logrado vivir exclusivamente de las regalías, y solo gracias a la confluencia de varios factores: “Si tuviera hijos, matrículas, gastos familiares, sería imposible vivir de mis libros –me dijo–. Ah, para completar el retrato: vivo en Cedritos, en un apartamento de estrato cuatro, no tengo carro y ando en bicicleta”.

A todos estos casos los atraviesa una pregunta: ¿por qué no se lee más ficción en Colombia? En tiempos en que más de medio millón de personas visitan la FILBo; en que las ferias del libro pululan en el país; en que cientos de editoriales ofrecen a los lectores una surtida variedad de títulos; en que el gobierno saca pecho, con justicia, por haber construido más de 200 bibliotecas, y en que se declara con orgullo que Colombia es uno de los primeros países lectores de América Latina, ¿qué significa que aquí solo unos cuantos autores puedan vivir de lo que escriben? Concluido un gobierno cuya cartera de Cultura invirtió un tercio de su presupuesto en fomentar la lectura (más de 750.000 millones de pesos), ¿cómo es posible que un editor considere best seller a un libro que vende 5000 ejemplares? En un ensayo reciente, el agente literario Guillermo Schavelzon afirmó que “el mayor desafío para los editores no es encontrar autores, sino conseguir lectores para los libros que deciden publicar”. La pregunta, entonces, no solo está dirigida a la industria y a las instituciones responsables de impulsar la cultura. También a la ciudadanía, y a nuestra idiosincrasia. ¿Dónde están los lectores colombianos?

El boom del libro

A comienzos del siglo XX, menos de la mitad de la población del país sabía leer o escribir. Debido a las guerras civiles y a los escasos recursos disponibles, en 1990 Colombia era, con una tasa de analfabetismo del 66%, “uno de los países más atrasados del mundo en materia educativa”, como se lee en el informe “La educación primaria y secundaria en Colombia en el siglo XX”, que el Banco de la República publicó en 2006. Durante los siguientes ochenta años, las campañas para aumentar el número de lectores se dieron en el plano tanto público como privado. Las iniciativas pusieron, sobre todo en la República Liberal, a maestros ambulantes a recorrer el país para hacer recomendaciones a los gobiernos de turno; produjeron proyectos de tinte socialista como los que la Fundación Laubach llevó a cabo a partir de la década de los setenta en Antioquia, e incluyeron los programas estatales de alfabetización que impulsaron gobiernos como el de Mariano Ospina Pérez (1946-1950) y el de Belisario Betancur (1982-1986). En suma, las iniciativas de estas décadas condujeron a un escenario menos dramático, pero aún preocupante: a mediados de los años ochenta, la tasa de analfabetismo en el país disminuyó a menos del 20%.

Para ese entonces, el mercado editorial colombiano ya había empezado a cuajar. En la primera mitad del siglo XX existía un puñado de proyectos editoriales privados, pero el sector estalló en las décadas de los setenta y ochenta, cuando se hizo evidente “un creciente interés del Estado por impulsar la industria editorial, por considerarla un renglón sobresaliente en el desarrollo del país”, según escribe Paula Andrea Marín Colorado en “Edición en Colombia: del boom de la industria gráfica a la diversificación de la industria editorial” (2018). Durante esos años, el gobierno aprobó la Ley de Derechos de Autor, reconoció legalmente la profesión del escritor y actualizó dos veces la Ley del Libro, que introdujo el no gravamen a la venta de libros y revistas. En paralelo, desde los años sesenta aparecieron editoriales de izquierda que se encargaron de allanar el camino para que “el libro colombiano, sobre temas colombianos y de autores colombianos tuviera un lugar visible en las librerías y entre los lectores”, como escribe Marín Colorado en el mismo texto.

Si en un comienzo estas editoriales se concentraron en publicar libros políticos, a finales de los años setenta muchas viraron hacia la literatura. Oveja Negra, una de ellas, se estrenó en 1968 con la traducción y publicación de Contribución a la crítica de la economía política, de Karl Marx. Una década después, bajo la dirección de José Vicente Kataraín, la editorial publicó, con tirajes sin precedentes, la obra de Gabriel García Márquez: en 1981 imprimió más de un millón de ejemplares de Crónica de una muerte anunciada y, en 1985, 720.000 de El amor en los tiempos del cólera. Según el Anuario Bibliográfico Colombiano, en 1971, el autor con más títulos publicados en Colombia fue Marx (con siete). Ocho años después, el primero era el futuro nobel (con cuatro), quien se mantuvo en esa posición hasta 1989, año en que se publicaron siete de sus títulos.

Pero entonces la disonancia entre fenómenos puntuales como el de García Márquez y la realidad del sector se hacía sentir con fuerza: sus cifras desorbitantes no reflejaban el estado real del mercado. En los años ochenta, las editoriales con sellos literarios como Carlos Valencia, o las españolas Plaza y Janés y Planeta, publicaban en promedio tirajes de 3000 ejemplares. Aun así, en esos años el país atravesó un inusitado boom de impresión: a finales de esa década, Colombia exportaba más libros que cualquier otro país de América Latina; incluso más que Argentina y México, donde a mediados del siglo XX ya se habían masificado las industrias editoriales. En Colombia, sin embargo, esas “enormes cantidades de libros impresos”, como escribe Marín Colorado, no lograron generar “un hábito de lectura”, pues “había una gran ausencia de títulos que resistieran una segunda edición”. De todas maneras, ese boom “volvió más cotidiana la presencia del libro colombiano y sentó la base para la existencia de editoriales que lograron consolidar proyectos editoriales nacionales de humanidades, literatura, ciencias sociales y periodismo”.

En los años noventa, las imprentas del país desaceleraron su producción y el mercado se ajustó a la realidad de consumo nacional, que a todas luces era inquietante: en 1989, los colombianos leían en promedio 0,5 libros al año. En línea con las tendencias internacionales, las editoriales adoptaron entonces la fórmula que caracteriza hasta hoy el mercado editorial: disminuyeron el número de ejemplares e incrementaron el de títulos publicados. Sacar más obras pero en cantidades menores, explica Juliana Barrero, directora de la consultora de economías creativas Lado B, les permitió a las editoriales “distribuir el riesgo” de sacar un libro, pues no existe fórmula mágica para hacer un best seller. Así, la cantidad de obras registradas en Colombia se triplicó en los primeros años de este siglo: pasó de 6556 títulos en 2000 a 17.759 en 2015, según el estudio “La red editorial en Colombia” (2018), que Lado B realizó. En ese mismo lapso, el número de editoriales se quintuplicó, en parte por la irrupción de las editoriales independientes que, con fondos pequeños, empezaron a satisfacer la demanda de nichos particulares.

María Osorio es arquitecta de profesión, pero trabaja como editora de libros infantiles y librera. Foto: Juan Carlos Sierra.

Sin embargo, que haya más variedad de títulos no significa que se estén vendiendo más libros de ficción. Si se tienen en cuenta los libros colombianos de interés general (categoría del sector editorial que incluye la ficción) vendidos tanto en Colombia como en el exterior, así como los importados, en la última década la venta de ese tipo de libros ha disminuido: pasó de 15,7 millones en 2008 a 15,1 millones en 2016, según cifras de la Cámara Colombiana del Libro. En ese mismo periodo, la cantidad de ejemplares de esa misma categoría producidos en Colombia también bajó una cuarta parte: la cifra pasó de 16,6 millones a 12,4 millones. Ese bajonazo preocupa, pues, como escribe Schavelzon, “lo que realmente indica el tamaño, la fortaleza o debilidad de un mercado editorial es cuántos ejemplares en total se publican cada año”. Lo curioso es que las ventas totales de libros en Colombia sí han aumentado en los últimos años, pero sobre todo por un fenómeno particular: el boom de los libros religiosos, que ha resultado, como explica el editor y columnista de ARCADIA Nicolás Morales, “de un fuerte trabajo de evangelización protestante”.

Hasta hoy no resulta fácil saber a qué se deben las bajas ventas de ficción. El precio de los libros podría tener un impacto, pero parece no ser el principal responsable. Eso sugiere la Encuesta de Consumo Cultural de 2016, que preguntó a los colombianos que no leen por qué no leyeron libros en el último año. La mayoría (52%) respondió que no lo hizo por “desinterés” o porque “no le gusta”, mientras que un buen número señaló que se debía a “falta de tiempo” (40%), o porque prefería “leer revistas y periódicos” (15%). Menos del 10% afirmó que no compró libros por falta de dinero. Aun así, para algunos, como el profesor Carlos Sánchez Lozada, en años recientes las editoriales han aumentado los precios de los libros a una velocidad exorbitante, y eso les pesa a los compradores habituales: “En 2017, yo compraba un libro de bolsillo por 24.000 pesos. Este año me cuesta 35.000. Eso es una aumento muy grande, que sin duda afecta a los que tenemos ingresos limitados”.

A pesar de que las ventas de interés general han bajado en su totalidad, Enrique González Villa, director de la Cámara Colombiana del Libro, defiende los resultados de los últimos años. Señala que, a pesar de las fluctuaciones de la economía, el “número de ejemplares vendidos se ha mantenido más o menos estable”. Cuando le pregunté qué significa que un editor tilde de best seller a una novela que apenas ha vendido 5000 ejemplares, se refirió al aumento de títulos: “Antes solo teníamos a un autor reconocido, que era García Márquez, pero hoy las ventas se reparten entre los muchos autores de primera línea que existen en el país. Y como la oferta se ha triplicado, es difícil que haya best sellers contundentes”. Concedió, eso sí, que el trecho por recorrer aún es largo: “Que la gente en el país pueda leer y escribir es nuevo, no olvidemos eso. Ahora falta la segunda etapa: que el que sepa leer, pues lea”. Pero que eso ocurra no es tan fácil.

La cadena rota

Cada martes y jueves, el escritor Nelson Pérez se reúne en la biblioteca pública de la ciudad de Arauca con un grupo de veinte muchachos para liderar Arauca Lee, Escribe y Cuenta, uno de los 56 talleres de la Red de Escritura Relata. Esa iniciativa del ministerio de Cultura busca estimular la producción literaria fuera de los grandes cascos urbanos. Este año, una sesión contó con la presencia de la novelista Pilar Quintana. Si bien la visita de la escritora emocionó a los participantes del taller, ninguno pudo conseguir sus novelas antes de que llegara, por la simple razón de que en Arauca no existen librerías. “Acá el tema bibliográfico es nulo –dice Pérez–. Tenemos papelerías, pero uno duda de la legalidad de sus libros, y por lo general solo tienen títulos como Popol Vuh o el Cantar de Mio Cid”.

El caso de Arauca, aunque extremo, no es atípico. Hoy, en todo el país, apenas hay alrededor de 650 puntos de venta de libros, según la red editorial en Colombia. La mayoría está en las capitales: Bogotá (41%), Medellín (14%), Cali (7%), Barranquilla (6%) y Bucaramanga (5%). Departamentos enteros como Chocó y La Guajira cuentan apenas con una papelería, mientras que Guaviare y Vaupés no tienen puntos de venta. Más allá de cómo están distribuidos, la cifra preocupa. Idealmente, un país debería tener un punto de venta por cada 15.000 habitantes, según un estudio de Lado B. En Colombia solo hay uno por cada 78.000 personas.

Las pocas librerías del país también tienen que lidiar con el hecho de que, a veces, la cadena del libro pasa por encima de ellas. Por ejemplo, varios libreros con los que hablé se quejan de que las editoriales les vendan sus libros directamente a los colegios. Ossa, de la Nacional, dice que eso es “una clara muestra de competencia desleal”, mientras que Ana María Aragón, de Casa Tomada, una librería independiente en Bogotá, dice: “Eso pasa cuando el sector editorial piensa solo en las ventas a corto plazo, y no se da cuenta de que en el proceso mata a las librerías”. En su opinión, lo ideal para que la cadena sea saludable “es que se respeten los roles que se desempeñan en ella”.

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Para las editoriales, la falta de librerías representa un cuello de botella para la distribución: “El abanico de la edición ha subido su calidad en los últimos quince años, apostando por catálogos que incluyen lo literario –señala Juan David Correa, director editorial de Planeta–. El problema es que los espacios de exhibición son minoritarios”. Varios entrevistados hablaron sobre el modelo que existe en Francia, donde el Estado convierte a los equipamientos culturales de las ciudades en librerías, como una posible fórmula para aumentar el número de puntos de venta en el país. “No vamos a encontrar soluciones para esta problemática”, dice Valentín Ortiz, de la Acli, hasta que el gobierno no se involucre y “aprecie que las librerías son más que espacios de comercio”.

El Estado, sin embargo, ha buscado otras avenidas para combatir la escasez de libros en el territorio nacional. Desde 2010, la cartera de Cultura de Santos asumió como proyecto bandera el plan Leer es mi Cuento. La iniciativa, que se hizo en tándem con la cartera de Educación, se enfocó “en la dotación bibliográfica” para que “quienes no habían tenido acceso a los libros se encontraran con ellos y los hicieran parte de su vida”, como se lee en su informe de gestión (2018). Así, el gobierno construyó 221 bibliotecas, conectó 91% de ellas a internet, digitalizó 96.000 contenidos y capacitó a más de mil bibliotecarios. El plan, además, repartió veinte millones de libros entre hogares del ICBF, salas de lectura del programa De Cero a Siempre y la Red Nacional de Bibliotecas Públicas (RNBP). Esta última pasó a tener alrededor de seis millones de libros en sus 1500 puntos, el doble de los que tenía en 2010.

El número de ejemplares que el ministerio dotó, sin embargo, debe examinarse con pinzas. Si bien el país nunca había visto una dotación de ese tamaño, la cantidad de ejemplares disponibles hoy en la RNBP todavía queda corta. Colombia aún se encuentra lejos de la sugerencia de la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas (IFLA), que recomienda que haya como mínimo 1,5 libros por habitante en bibliotecas públicas. Más importante aún, muchos han puesto en tela de juicio la calidad de los libros, pues la gran mayoría (14 millones) no proviene de editoriales, sino de una colección titulada Leer es mi Cuento que imprimió el ministerio mismo. “Yo todavía no entiendo por qué el gobierno se enfocó en esos libros, que ni siquiera son libros, sino folleticos. Es la idea equivocada de lo que es un libro para niños”, dice la editora infantil y librera María Osorio. Nelson Pérez, el tallerista de Arauca, afirma que “no son de muy buena calidad”, pero reconoce que por lo menos “son una ayuda”.

En cuanto a las bibliotecas escolares, la situación es crítica. Para empezar, ni siquiera se conoce cuántas hay en el país. Según Jeimy Hernández, de Cerlalc, “en Colombia no se ha logrado tener un censo de ellas. Ni un estimado. En algunos colegios, la biblioteca es apenas un salón con libros recogidos en donaciones, y que no están articulados al proyecto del colegio”.

Si las librerías escasean en el país y las bibliotecas no tienen libros suficientes, ¿cómo puede hacer el público para enterarse de la oferta? Los medios de comunicación representan un canal natural de exposición, pero la mayoría no le dedica mucho espacio a cubrir novedades, y el número de medios especializados se pueden contar con una mano. “¿Cuántos libros reseña al año ARCADIA?”, me interpela Osorio. “¿Menos de 200? Eso es un pedacito de mi estantería ¿Y quién más reseña regularmente?”. Cuando le pregunté por el estado de la crítica a otra editora, me dijo off the record que “siente vergüenza” cuando un autor extranjero visita el país para promover su nueva obra. Cada vez, dice, reza para “que por lo menos le toque un periodista que se haya leído el libro”.

El único canal que les permite a los lectores conocer el abanico entero de las novedades son las ferias del libro, que han aumentado en número recientemente. Solo en 2018 se inauguró una en Barranquilla, en septiembre, y otra en Cartagena, en octubre. El referente indiscutible, de todas formas, es la FILBo. En su pasada edición, en la que Argentina fue país invitado de honor, más de medio millón de personas se pasearon por los pabellones de Corferias. Según la Cámara Colombiana del Libro, este año las ventas de los expositores subieron entre 5% y 6%. Pero esas cifras para algunos no dicen mucho, pues no se traducen en ventas de libros durante el resto del año. “El estallido de las ferias del libro permite que la gente tenga la oportunidad de aprender sobre el libro –dice Correa–. Pero no deja de ser un momento al año, y su público no es el mismo que va a librerías”.

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En eso concuerda Felipe Ossa, de la Nacional: “El entusiasmo efímero del público que acude a la Feria del Libro es un espejismo. La gente va como va a todas las ferias: por los espectáculos, por los eventos, porque hay que sacar a pasear a la familia y aprovechar para comprar alguno que otro libro rebajado”. Para los libreros, a menudo las ferias resultan problemáticas, pues los descuentos que ofrecen las editoriales y los salderos “distorsionan”, como dice Ossa, el precio del libro. Para Aragón, de Casa Tomada, eso hace que “la gente no crea en el precio real de los libros”. Mejor dicho, el de las librerías. Por su parte, Elena Gómez, directora general de Penguin Random House en el país, considera que los saldos sí son problemáticos, pero defiende los descuentos de las editoriales: “Las promociones no se pueden criticar porque estamos en un país donde hay libre comercio”.

Juliana Barrero es asesora de industrias culturales del ministerio de Cultura. Hace unos años trabajó en Cerlalc en temas de hábitos de lectura y consumo de libros en Iberoamérica. Foto: Juan Carlos Sierra.

Más allá de los descuentos que puedan llegar a dar, las ferias representan una oportunidad para que las editoriales puedan interactuar con su público y dar a conocer la totalidad de sus catálogos. Esto es especialmente importante para las independientes, pues se trata de una ventana de exhibición crucial. En la pasada edición de la FILBo, por ejemplo, Laguna Libros vendió 1500 ejemplares, un récord personal en una feria.

A pesar de que hoy hay en Colombia cientos de editoriales independientes, montar una es un riesgo económico. A veces, incluso, se trata más bien de una especie de pasatiempo. “Desde el primer momento sabíamos que esto no era un negocio –dice el escritor Álvaro Robledo, quien, junto con Juan David Correa, fundó en 2011 la editorial El Peregrino–. Era más bien un lugar de resistencia, una quijotada que no tenía sentido económicamente”. La editorial tardó cuatro años en lograr su punto de equilibrio y desde entonces no ha perdido plata, pero tampoco ha generado ingresos a sus fundadores. Algunos de los libros de El Peregrino han vendido muy bien, como la serie de crónicas de viaje que sacan cada año, titulada Inmigrantes, o El cerebro y el mito del yo, del neurofisiólogo Rodrigo Llinás, de la cual se han vendido mil ejemplares. Otros libros no alcanzan a vender 200 ejemplares en un año, pero Robledo aclara que ninguno de los socios se “ha metido de lleno en el tema”, pues si de una cosa parece estar convencido es de que en Colombia “nadie lee, así nos digan que suben los índices”.

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Sentado en la oficina de su apartamento en el norte de Bogotá, rodeado de los miles de libros que ha ido reuniendo a lo largo de su vida, después de una hora y media de charla, Ricardo Silva Romero me pide permitirle añadir una última cosa. “La labor de todas las editoriales, ni hablar de las independientes, hoy es muy importante, pues están dejando salir muchas versiones de Colombia en una apuesta casi por nuestra sanidad mental”, dice. “La gente está interesada en leer su vida. En leer lo que ve y lo que no sabía cómo contar”. Algo similar me dijo Juan David Correa, de Planeta, cuando hablé con él: “La gente reacciona mejor cuando los libros se apalancan en hechos históricos”. Y a juzgar por las cifras y el impacto que estas publicaciones han tenido, ambos tienen razón. El desbarrancadero, de Fernando Vallejo; Historia mínima de Colombia, de Jorge Orlando Melo; El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, y El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince son no solo best sellers, sino también referentes fundamentales de una generación de lectores. Historia oficial del amor, la novela que más ha vendido de Silva Romero, también podría encajar en ese molde. En el libro, el escritor teje una investigación periodística de diez meses con las herramientas propias de la ficción para contar la historia de su familia.

En medio del difícil panorama del libro en Colombia, Silva Romero se mantiene optimista. Cuando le pregunto por el futuro de la industria editorial, dice: “Cuando la gente asume que nadie lee, o que la industria es para pocos, o que vender mil libros no es mucho, no está haciendo las reflexiones correctas sino confirma una concepción apocalíptica”. Hace una pausa. Luego añade: “Y este no es el apocalipsis. Todo lo contrario: esta época tiene todos los elementos para que el libro sea común. Cualquier oficio es duro, y vivir de estos es complejo. Pero hay una cantidad de cosas que se han hecho bien. Ahora hay que seguir haciéndolas”.

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¿El país más lector?

El pasado 5 de abril, flanqueado por sus ministras de Educación y Cultura, el entonces presidente Juan Manuel Santos reveló en la Biblioteca Nacional los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura. El mandatario confesó su amor personal por los libros, en especial por la biografías de jefes de Estado, y aseguró que se “sentía muy emocionado” de presentar los resultados. La encuesta, primera de su tipo en el país, reveló que el promedio de libros leídos por los colombianos había subido a 2,7, una cantidad sin precedentes. La noticia no tardó en regarse como pólvora. La unidad de datos de El Tiempo escribió: “¡Por fin! Los colombianos estamos leyendo más”. La revista Dinero, haciendo eco de una frase de Consuelo Gaitán, directora de la Biblioteca Nacional, tituló ese mismo día un artículo: “Colombia es el país más lector de América Latina”.

“A mí me parece escandaloso que se haya dicho que Colombia ahora es el primer país lector del continente”, dice el editor Nicolás Morales. Para el columnista de ARCADIA el comentario no tiene sustento, pues, según el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), hoy en Chile se lee en promedio 5,4 libros y en Argentina, 4,6; mucho más que los 2,7 en Colombia*. Más allá de esto. una mirada cuidadosa de la Encuesta Nacional de Lectura permite advertir que la lectura está concentrada en manos de unos pocos: más allá de que mitad de la población no lee ni un libro al año.

El economista Pablo Silva, investigador de Lado B, analizó para ARCADIA los resultados de la encuesta y descubrió que, si solo se toman en cuenta a las personas que leen por gusto, más de la mitad de los libros (53%) fueron leídos por apenas el 10% de los colombianos. Eso suscita preguntas incómodas sobre la eficacia de las políticas públicas: "Es muy probable que ese 10% fueran lectores habituales y que no empezaron a leer por las políticas del Estado -dice Juliana Barrero-. Y si no incluimos a ellos en la encuesta, ¿cuánto baja el promedio de libros leídos en Colombia?".

Por otro lado, el número de libros leídos al año no necesariamente nos dice cuánto se lee en el país, pues no toma en cuenta la lectura en plataformas digitales. La mayoría de los colombianos, sin embargo, no usan sus celulares o computadores para leer novelas. La Encuesta Nacional de Lectura reveló que la lectura digital se concentra en redes sociales (66%) y en correos electrónicos (39%). No en libros (15%).

*Periodista. Exeditor de ARCADIA.

* Nota del editor:

Marianne Ponsford, directora del Cerlalc, hizo llegar a ARCADIA una carta en la que aclara que estas cifras no fueron proporcionadas por el Centro, sino “tomadas de un informe elaborado por un tercero que citaba datos de un estudio del Centro del 2012” y donde expresa que elaborar rankings de lectura en la región no es recomendable “hasta tanto tanto no se desarrolle una encuesta sincrónica en América Latina”. Reproducimos abajo la carta completa:

Señor director:

Las cifras citadas por Arcadia en el artículo “¿Por qué en Colombia los escritores (casi) no venden?” de la pasada edición no fueron proporcionadas por el Cerlalc, sino tomadas de un informe elaborado por un tercero que citaba datos de un estudio del Centro del 2012.

El Cerlalc se cuida mucho de hacer comparaciones entre las encuestas de comportamiento lector, ya que sólo cuatro países de la región llevan a cabo encuestas dedicadas exclusivamente a la lectura, apoyadas o coordinadas por sus institutos nacionales de estadística, y con metodologías que ha asesorado el Centro. De ahí que elaborar rankings de lectura en la región no sea recomendable hasta tanto tanto no se desarrolle una encuesta sincrónica en América Latina. Los ejercicios de comparación que el Cerlalc ha llevado a cabo corresponden a aspectos muy puntuales comunes a las encuestas, que resultan limitados debido a que cada una usa diseños muestrales distintos. En ese orden de ideas, tomando tan sólo las variables y grupos etarios comparables (es decir, promedio de libros leídos por la población urbana mayor a 18 años), estos son los resultados de cuatro países:

- Chile (Encuesta de Comportamiento Lector - 2014, Consejo Nacional de la Cultura y las Artes): 4,8 libros por habitante.

- Brasil (Retratos da Leitura - 2015, Instituto Pró-Livro): 4,2 libros por habitante.

- Colombia (Encuesta Nacional de Lectura - 2017, DANE): 2,6 libros por habitante.

- México (Módulo sobre Lectura - 2015, Instituto Nacional de Estadística y Geografía): 1,6 libros por habitante.

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