El símbolo del nuevo partido, la Farc, se proyectó en la fachada de la Catedral Primada el primero de septiembre. Crédito: Diana Rey Melo / Revista Semana. El símbolo del nuevo partido, la Farc, se proyectó en la fachada de la Catedral Primada el primero de septiembre. Crédito: Diana Rey Melo / Revista Semana.

Imaginación moral: ¿lo que necesitamos en el posconflicto?

El primero de septiembre de 2017 nació el movimiento político que consolida el tránsito hacia la legalidad de las antiguas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo. Ante el inminente arribo de la exguerrilla a la política, no podemos dejar de preguntarnos si estamos realmente preparados para lo que se viene. El arte y la creatividad serán claves para este momento.

2017/09/19

Por Francisco Giraldo Jaramillo* Bogotá

Aveces se pierde de vista que el éxito de los procesos de paz no solo depende de la firmeza de las garantías jurídicas y técnicas para la aparición del nuevo actor político; el aparataje institucional es fundamental, pero no lo es todo.

Así lo sugiere John Paul Lederach, autor de La imaginación moral (2005), una reflexión que recoge sus aprendizajes en más de 20 años de experiencia como mediador en procesos de paz y como investigador social. En ese libro, Lederach sostiene que, en efecto, la construcción de cambios sociales en escenarios de conflictos muy arraigados requiere de ajustes en el andamiaje estatal, pero sobre todo exige de arte y de imaginación.

Por “imaginación” no se debe comprender la simple facultad de representarse seres y mundos imposibles. Según Lederach, esta capacidad de imaginar, que él llama “imaginación moral”, debe entenderse como la posibilidad de concebir realidades mejores, aún inexistentes, pero profundamente inspiradas por la difícil realidad actual. Esta capacidad se ve movilizada en el despliegue de cuatro disciplinas precisas.

La primera de ellas es la capacidad de imaginarnos en una red de relaciones. Una de las analogías que recorre la reflexión de Lederach para explicar su concepción de las relaciones sociales es la telaraña. Y esta analogía resulta útil porque nos permite comprender dos cosas: por un lado, que un tejido social que no establezca los puentes necesarios y las intersecciones pertinentes entre sectores, que incluso pueden estar en orillas contrarias, jamás logrará sobrevivir. Por el otro lado, nos revela que no hay nada que le ocurra a un sector de la sociedad que no repercuta, en mayor o menor medida, en el resto del tejido. Es cuando aceptamos, tanto cognitiva como emocionalmente, que estamos en una misma red social con nuestros antiguos enemigos, que vislumbramos la complejidad, y a la vez la sencillez, de la construcción de una sociedad en paz: “Que el bienestar de nuestra descendencia está directamente ligado al bienestar de la descendencia de nuestro enemigo”, escribe Lederach.

Esto nos lleva a la segunda disciplina, y es lo que el autor llama “la práctica de la curiosidad paradójica”. Formulada así, parece una expresión incomprensible, pero consiste en el despliegue de una actitud muy sencilla: acercarse a la realidad social con un “respeto genuino por la complejidad, negándose a ceder a las presiones de las obligadas categorías duales de la verdad, y con una curiosidad superlativa por saber qué es lo que puede mantener unidas, en un todo más amplio, a energías sociales en aparente contradicción”. En este sentido, la imaginación moral invita a suspender el juicio ante las versiones reduccionistas que presentan el conflicto como un enfrentamiento entre malos y buenos, y más bien exige acoger, en toda su profundidad, la pregunta por cómo lograr mantener unidos a quienes llevan años matándose.

Así, y siguiendo a Lederach, antes de evaluar la aparición del movimiento político Farc como “el verdadero fin del conflicto” o como “un premio al terrorismo”, deberíamos aproximarnos a este fenómeno con humildad, con la sensibilidad despierta y sin caer en la pretensión de tener la verdad última. Antes de extraer cualquier conclusión sobre las escenas que estamos presenciando todos los días en la prensa, deberíamos dejarnos interpelar por una realidad que no deja de ser compleja, ambigua, y que exige reflexiones más que afirmaciones para descifrarla.

La imaginación moral encuentra en la tercera disciplina su despliegue más concreto: propiciar el espacio creativo. Este es, probablemente, uno de los aspectos más agudos del planteamiento de Lederach, y a la vez, más difíciles de esclarecer, pues su fundamento no se encuentra en la teoría, sino en una intuición que se ha visto corroborada en su larga trayectoria como mediador en conflictos. Según él, la construcción del cambio social es más cercana al acto creativo –el mismo espíritu que anima a los artistas– que a una formación política conceptualmente estructurada, y en este sentido, es fundamental darles cabida a manifestaciones artísticas de todo tipo en medio del proceso de construcción social.

A la pregunta “¿de qué sirve el arte cuando el problema es salir de la violencia?” habría que responder, junto con Lederach, que no lo sabemos con certeza. Pero lo que sí parece incuestionable desde su experiencia es que la tarea de reconstruir el tejido social implica inevitablemente enfrentar lo peor de la condición humana, y precisamente por eso, se debe iniciar por tocar las fibras más profundas de nuestra humanidad: la capacidad de crear, y no de destruir; de dar vida, y no de acabarla. Así, “el arte y la búsqueda del retorno a nuestra humanidad están relacionados”, y es por esta sencilla razón, más que por cualquier otra cosa, que los procesos de paz que busquen tener éxito deben procurar, ante todo, propiciar el surgimiento de actos creativos.

Y es desde esta perspectiva que se puede comprender por qué el artista Fernando Botero, pocos años después de que una bomba oculta en su escultura El pájaro estallara y acabara con la vida de más de 20 personas, decidiera hacer entrega de un nuevo El pájaro con la condición de que fuera ubicado junto a la obra destruida. Pocas obras de arte en el mundo logran el impacto emocional que produce el diálogo entre estas dos esculturas: una que materializa la destrucción implacable de la que somos capaces, y otra que se le enfrenta como una celebración a la vida y a la belleza.

De todo lo anterior se desprende la cuarta disciplina que moviliza la imaginación moral: aceptar el riesgo de lo desconocido, de la realidad que aún no se ha vivido. Parafraseando a Lederach: reconocernos en una relación social en la que dependemos de nuestros enemigos tanto como ellos dependen de nosotros, asumir la incomodidad de una realidad equívoca y resistir a la tentación de colgarse de consignas reduccionistas, y allanar el terreno para que el arte y la creatividad constituyan el eje del proceso de paz, todo eso supone un riesgo de lo desconocido e impredecible. Pero si no se asume con seriedad la dosis de incertidumbre que implica la convivencia de amigos y enemigos, las posibilidades de permanecer en la guerra son todas.

Nuestro momento político

Las consideraciones de Lederach nos invitan a preguntarnos por las condiciones “imaginativas” y morales en las que se está dando el tránsito de la exguerrilla a la vida civil y política.

Para el actual director del IEPRI, de la Universidad Nacional, Fabio López de la Roche, analista de medios y especialista en cultura política, el contexto en el que nace la Farc es radicalmente distinto al que se vivió en los procesos de paz anteriores. “En los años noventa el ambiente político era de optimismo, de multiculturalismo, de apertura política propiciada por la Constitución del 91”. Eso, en buena medida, se vio reflejado en el amplio apoyo popular que recibieron movimientos como la UP o la Alianza Democrática M-19 en su tránsito hacia la vida política legal.

El contexto de hoy es muy diferente. En los últimos 26 años, el conflicto alcanzó unos límites inimaginables de degradación y es comprensible que la sociedad civil, que es la que ha resultado más perjudicada, observe con reservas y cautela este proceso de paz. Por otro lado, señala López, “al proceso de las Farc le toca desenvolverse en un contexto de derechización profunda de la sociedad colombiana”.

Esto permite anticipar que la Farc, el Estado y todos los colombianos tendremos que hacer frente a complejos desafíos si queremos que este proyecto de paz siga construyéndose por las próximas generaciones.

La Farc entra a un mundo totalmente desconocido para ellos: el de la política electoral colombiana. Según Clara Rocío Rodríguez, docente del IEPRI y especialista en asuntos electorales, todos los movimientos políticos, en especial los nuevos, presentan serias dificultades a la hora de organizarse internamente para presentar candidatos, para definir proyectos políticos y para resolver tensiones internas sin desintegrarse. A esto se le añade, sostiene López, que los miembros de la Farc vienen de varias décadas al margen de la vida civil y de sus dinámicas contemporáneas (la tecnología, el consumo, el ambientalismo, etc.), lo que, de alguna manera, los ubica en un lugar desintonizado del resto de la sociedad. Por lo demás, tendrán que hacer frente a una notable imagen desfavorable que, según una reciente encuesta, alcanza el 84%.

La sociedad en su conjunto también tendrá que ponerse a prueba y aprender a convivir con un movimiento político nacido directamente de una guerrilla desmovilizada que, en una apuesta por legitimar su pasado, decidió conservar sus antiguas siglas. Una de las tareas más difíciles, precisamente, será resignificar ese nombre, que evidentemente despierta en el imaginario nacional una faceta dolorosa de nuestra historia reciente.

Y el Estado, por supuesto, tampoco tiene una misión sencilla. Tanto Rodríguez como López sostienen que su tarea prioritaria es hacer cumplir los compromisos adquiridos durante esta administración en cuanto a la implementación del acuerdo de paz con las Farc-EP, y al mismo tiempo, garantizar efectivamente la seguridad para los nuevos dirigentes y miembros de la Farc tanto en los centros urbanos como en las zonas rurales. Pero sobre todo, el Estado debe encargarse de que la violencia política nunca más regrese a este país.

La única certeza con la que contamos actualmente es que nada puede garantizar que el proceso al que le acabamos de dar inicio resulte exitoso. Ciertamente, tanto la Farc como el Estado y la sociedad colombiana están asumiendo el riesgo que implica reconocer como su legítimo interlocutor a quien durante décadas consideró su enemigo a muerte. Si debiéramos responder a la pregunta “¿Estamos listos para recibir en la política a la recién fundada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común?”, habría que responder de la siguiente manera.

En efecto, se ha hecho un trabajo técnico sin precedentes para garantizar jurídica y políticamente las condiciones para que este nuevo movimiento perdure en el tiempo ejerciendo la política legalmente. En este sentido, podemos afirmar que, institucionalmente hablando, nunca hemos estado más preparados para recibir a la Farc como un actor legal.

Pero por el otro lado, frente a la pregunta de si estamos preparados en términos imaginativos-morales (para retomar las palabras de Lederach) para incluir a nuestros antiguos enemigos en nuestro mismo tejido social, con todo lo que ello implica, es preferible no aventurar una respuesta definitiva. Por el momento, solo nos queda acoger con seriedad y generosidad el riesgo que supone el tránsito de la guerra vivida y revivida a la paz aún imaginada. A lo mejor esa resulte la única preparación moral posible para el momento político que se viene.

*Filósofo y estudiante de maestría en Estudios Políticos.

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