Symphony of Sorrowful Songs, a partir de la obra musical del compositor polaco Henryk Gorecki. Cortesía FITB.

La soledad inconclusa: el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá

Bogotá se prepara para rendirle un homenaje al director esloveno Tomaž Pandur con 'Symphony of Sorrowful Songs', basada en la obra musical del compositor polaco Henryk Górecki. Una mirada al Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá a través de Pandur, figura transversal en su historia.

2018/02/20

Por Sandro Romero Rey* Bogotá

La primera vez que el director esloveno Tomaž Pandur estuvo en Colombia corría el año de gracia de 1992. La polémica giraba en torno a las celebraciones del otrora llamado “Descubrimiento de América”. Durante la tercera edición del Festival Iberoamericano de Teatro, el asunto decidió llamarse el “Encuentro de dos mundos”. Fanny Mikey, empresaria y actriz de origen argentino, y Ramiro Osorio, hombre de teatro y gestor cultural, acompañados de un ejército de colaboradores un tanto sobrenaturales, habían conseguido lo imposible: en medio de las bombas y el terror, del escepticismo y de las eternas discusiones gremiales, consolidaron un evento escénico de dimensiones mundiales, donde ya habían estado, en sus dos primeras ediciones, nombres solo conocidos a través de los libros y de las leyendas del arte universal: el Berliner Ensemble y el polaco Andrzej Wajda; Els Comediants de Cataluña y el actor/director español José Luis Gómez; los canadienses de Carbone 14 y el Teatro Satiricón de Moscú; la leyenda india Sanjukta Panigrahi y la bailarina japonesa Kuniku Kisanuki.

Para la ocasión, las urgencias artísticas eran de carácter local y los grupos colombianos se debatían en su continua dialéctica de participar o no en un evento que parecía priorizar lo internacional antes que las urgencias creativas locales. En conclusión, no había mucho ambiente para reparar en la presencia del Teatro Mladinsko en un país en el que difícilmente diferenciábamos a Eslovenia de Eslovaquia. La sorpresa fue descomunal cuando el joven director de 29 años Tomaž Pandur, apoyado en los textos del dramaturgo Ivo Svetina, presentó una versión inolvidable de Las mil y una noches, titulada Scheherazade. Aun hoy, 26 años después del prodigio, muchos espectadores consideran que ha sido el montaje más importante que ha venido al FITB en toda su historia.

Por esas razones inexplicables del destino, Pandur estableció una estrecha relación con Colombia y su amistad con Fanny Mikey trascendió los asuntos profesionales, hasta considerarla una cómplice “global”, según sus palabras. El Teatro Mladinsko siguió viniendo durante muchas ediciones del Festival a Bogotá, pero Tomaž Pandur había tomado ya vuelo propio. Poco a poco, sus puestas en escena –de gran ambición plástica e inmensa profundidad en sus textos– fueron consolidando un estilo inconfundible, consiguiendo lo que para muchos parecía un equilibrio imposible: la armonía entre el gran espectáculo y la reflexión; la aceptación del gran público y la de los especialistas; las nuevas arquitecturas de las tablas con la intimidad de las preguntas esenciales. Con su cabeza cubierta por una pañoleta negra de artista en eterna actitud de trabajo, la obra de Pandur se gestó a una velocidad un tanto sobrenatural, saltando de un escenario a otro, como invitado de muchas casas fundamentales del teatro europeo y americano. Desde el éxito de Scheherazade (que lo catapultó a los grandes festivales del mundo), Colombia se convertiría en un objetivo emocional para Pandur, aunque solo regresaría, con un espectáculo, diez años después. Pero el país estaba en sus entrañas creativas, mucho más que México o Venezuela, que visitaría con menor frecuencia. Con Colombia había una razón de peso, la de la amistad, pero también un secreto de la creación que se fue sabiendo, poco a poco, en la medida en que fueron corriendo los años. Dentro de sus proyectos, en apariencia imposibles, comenzó a gestarse lo que debería ser un hecho en 2018: el estreno mundial de su adaptación teatral de Cien años de soledad, en una coproducción en la que estaban involucradas distintas instituciones nacionales e internacionales. Al conversar con Lucía Beviá, la productora y empresaria de artes escénicas de Iberarte, estrecha colaboradora y puente de Tomaž Pandur con el mundo hispanoamericano, el dolor se hace evidente. No solo porque su amigo ya no está, sino porque las maquetas y los textos, las ideas y los bocetos de la versión escénica de la novela de García Márquez se quedaron flotando en la bola de cristal de la imaginación perdida.

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La necesidad de lo imposible era la carta de batalla de Tomaž Pandur. Para ello, en la medida en que su nombre se fue imponiendo en el panteón de los directores imprescindibles de nuestros tiempos, un modelo de producción se gestó en lo que se llamó “los Pandur Theaters”, en el que el nombre de su hermana Livija se fue convirtiendo en la parte esencial de sus indagaciones creativas. Diez años pasaron entre el primer viaje del director esloveno a Bogotá y su segunda visita. En 2002, Pandur se convirtió en una suerte de rockstar del teatro, gracias a su versión de La divina comedia de Dante, titulada Infierno, el libro del alma, producida por el Thalia Theater de Hamburgo. El Teatro Jorge Eliécer Gaitán se sacudió con los aplausos de públicos de todas las tendencias ante una obra llena de recursos escénicos, de efectos y emanaciones, sin perder en ningún momento la profundidad, el dolor y el desencanto. Aún persisten en la memoria de los espectadores asiduos el agua y las antorchas que metaforizaban la Guerra de los Balcanes, las llamas de finales del siglo XX. Junto a la legendaria compañía alemana, Pandur regresó de la leyenda para instalarse en cientos de ojos que buscaban, más allá de las palabras, las claves para conmoverse en el laberinto de las lenguas de fuego desconocidas.

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Según recuerda Ana Marta de Pizarro, directora de Relaciones Internacionales del Festival, Pandur se enamoró de Colombia y, cada cierto tiempo, pasaba a saludar. Pero sus propósitos estaban puestos en la versión de Cien años de soledad que, poco a poco, mientras cocía sus montajes descomunales, iba consolidando en su cabeza irrepetiblemente. Una noche, en un restaurante bogotano, uno de los empleados se le acercó y le preguntó si él era Tomaž Pandur. Ante su sorpresa, el joven le describió con detalle todo lo que lo había marcado la experiencia como espectador de su Infierno. “Colombia es el único lugar del mundo donde me conocen los meseros”, bromeaba, en un país que no parecía estar dispuesto a recibir chistes ajenos.

En 2004, Pandur regresó al IX Festival Iberoamericano de Teatro con una coproducción de su compañía y el Festival de Ljubljana (capital de Eslovenia), titulada Cien minutos, quizá como una premonición urgente de la novela de García Márquez. En este caso, sin embargo, en un espacio desprovisto de artificios, con ocho actores de Eslovenia, Croacia, Francia, Serbia, Montenegro y Alemania, el director se impuso realizar una versión de la novela Los hermanos Karamazov de Dostoievski, en la que construyó una gran metáfora de los signos de la frágil Europa del nuevo milenio, en la que sus habitantes tienen “a Dios en la boca y un crimen en el alma”, según sus propias palabras. De nuevo, con su espectáculo, Pandur se convirtió en el motivo de los aplausos bogotanos, en el que la música de siete lenguas y las melodías de Richard Horowitz se imponían como contundentes recursos expresivos.

En aquel tiempo, según recuerda la productora Lucía Beviá, Tomaž Pandur llegaría a Madrid para quedarse, gracias a la invitación y el entusiasmo del bailarín Nacho Duato, de la Compañía Nacional de Danza. Allí desembarcó con su Infierno y, tras realizar una coreografía para sus anfitriones, se impuso diversos proyectos, dentro de los que se destacó Barroco, junto con la actriz local Blanca Portillo, espectáculo que presentaría en Bogotá en 2008. La producción estaba a cargo del Centro Cultural de la Villa de Madrid y del Teatro Fernán Gómez. En el Teatro Colsubsidio de Bogotá se presentó la elegante versión de esta pieza delicada y perversa, en la que se mezclaban textos de la conocida novela epistolar del siglo XVIII Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos, y de la obra Cuarteto, de Heiner Müller, inspirada en las citadas cartas francesas. Los textos aquí son detonantes para que Pandur, junto a Darko Lukic, construyesen signos de belleza y destrucción, apoyados en el talento de Blanca Portillo, Asier Etxeandia y Chema León, con la coreografía de Nacho Duato. La Tercera Guerra Mundial está ad portas de los seres encerrados en su desolación, y que juegan a ser perversos en un ambiente en el que se mezcla el advenimiento de la Revolución Francesa con el Apocalipsis. Blanca Portillo se convertiría en una compañera de ruta de grandes proyectos pandurianos. Con ella realizaría una versión “femenina” de Hamlet y, sobre todo, una memorable Medea para el Festival de Mérida en España, de nuevos registros contemporáneos.

La visita bienal de Pandur a Bogotá se hizo habitual. En 2010, regresaría con su versión particular del Calígula de Albert Camus. Una vez más, los actores flotaban en un espejo de agua, para establecer nuevos signos entre la decadencia del Imperio Romano y el desarraigo de nuestros tiempos. Con actores del Teatro Gavella de Croacia, los Teatros Pandur se renovaban confirmando sus propios signos y, una vez más, apoyándose en los clásicos, para conseguir efectos de impactante complicidad íntima y, por qué no, filosófica, con los espectadores de todas las fronteras. Cuatro años después, con el Teatro Nacional de Zagreb, Pandur y su íntimo ejército creativo presentó en el Teatro Julio Mario Santo Domingo una nueva versión del mito de Medea, según la obra de Eurípides. Se trataba de una lectura sobre el exilio, sobre la mujer desterrada de un mundo dominado por el látigo implacable de los hombres. En esa ocasión, quien estas líneas escribe terminaba su tesis de estudios doctorales sobre la tragedia griega en Colombia. Por única vez, tuve la fortuna de conversar en público con Tomaž Pandur, ante el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en la llamada “Escuela del Festival”. Una experiencia memorable, en la que el director, ya ciudadano del mundo, hizo un viaje a través de su obra y se concentró con entusiasmo en la necesidad de la mirada contemporánea y la vigencia de los mitos antiguos. “Los que nacimos en los Balcanes sabemos muy bien de qué se trata la tragedia griega”, afirmó en aquel encuentro entrañable.

El último viaje de Pandur a Bogotá se hizo para la edición número quince del Iberoamericano. En esa ocasión, vimos su segunda versión del Fausto inspirado en Goethe y Marlowe. Cuentan sus amistades cercanas que el director no se sentía bien en su estadía colombiana. Pero, ante las urgencias de la presentación, pronto se olvidó de su malestar y le achacó la indisposición a la altura de la capital suramericana. Tras las funciones del Fausto (con ecos del cine expresionista alemán y un Mefistófeles coral) recuerdo haber visto a Pandur, por casualidad, en el muelle internacional del Aeropuerto El Dorado. Por esos extraños designios de los dioses, coincidimos en el mismo vuelo hacia Europa. Dos semanas después, el 12 de abril de 2016, recibimos la noticia helada: Tomaž Pandur, ensayando una nueva versión del Rey Lear en Skopie, República de Macedonia, caía para siempre, fulminado por un infarto implacable. El montaje del Lear se suspendió y Livija Pandur se encargaría de continuar una herencia artística que aún no cesa.

Entre el 16 de marzo y el 1 de abril de 2018, Bogotá se ha preparado para rendirle un gran homenaje al querido director y bête de scène con la coreografía Symphony of Sorrowful Songs, a partir de la obra musical del compositor polaco Henryk Górecki.

Livija Pandur se ha echado la cruz a cuestas de la herencia creativa de su hermano, de quien no fue solo una colaboradora sino una compañera de destinos. “Habla con ella. Livija te dará mejores claves de Tomaž”, me dijo Lucía Beviá, la productora de Pandur, en nuestra última conversación. Llamé a la hermana del director a algún lugar de Europa que nunca supe cuál era. Me pidió que la esperara un par de horas y luego contestó mis preguntas. Muchas de sus respuestas están escondidas en estas líneas. Al final, antes de cortar la comunicación, me atreví a preguntarle sobre su relación creativa con su hermano. Ella sonrió con tristeza y guardó silencio. “Todo se ha quedado en el teatro”, me dijo. Y se deshizo.

* Escritor, docente, realizador. Autor de Género y destino (U. Distrital, 2017).

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