W. E. B. DuBois. Foto: National Museum of African American History and Culture W. E. B. DuBois. Foto: National Museum of African American History and Culture

Acerca de nuestras luchas espirituales: 'Las almas de la gente negra', de W. E. B. DuBois

Siguiendo la tradición iniciada el año pasado de conmemorar la literatura afroamericana en febrero, el mes de la historia negra en Estados Unidos, traducimos un fragmento de ‘Las almas de la gente negra’ de W. E. B. DuBois.

2019/03/13

Por W. E. B. DuBois (traducción y presentación de Felipe Botero Quintana)

Considero que el mes de historia negra es una de las pocas convenciones del calendario estadounidense que vale la pena observar. Siguiendo la tradición iniciada el año pasado de conmemorar la literatura afroamericana en febrero, el mes de la historia negra en Estados Unidos, traducimos un fragmento de Las almas de la gente negra de W. E. B. DuBois. Este texto tiene muchos puntos en común (y también puntos en desacuerdo) con las excelentes charlas que impartieron, en el marco del Hay Festival de Cartagena, Zadie Smith y Chimamanda Ngozi Adichie, dos de las escritoras negras más importantes de la actualidad. También dialoga con la coyuntura creada por la premiación de Green Book en los premios Óscar, otro de esos eventos en Estados Unidos que generan bastante impacto en nuestra tierra, tan permeada por la influencia de esa cultura tan avasalladora, tan seductora, tan llena de defectos como de delicias, como lo es la cultura gringa.

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William Edward Burghardt DuBois nació en 1863 en Estados Unidos y fue un gigante de la literatura afroamericana, una de las figuras más importantes y llamativas de la política negra durante la primera mitad del siglo XX. Con formación en economía y en historia (fue el primer afroamericano en recibir un doctorado en Harvard en 1895), DuBois tuvo una larga trayectoria académica que compaginaba con su labor de escritor, de poeta, de editor y de activista político.

En 1908 fue uno de los fundadores de la N.A.A.C.P. (la Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color, por sus siglas en inglés), uno de los grupos políticos más importantes en el movimiento de derechos civiles y la lucha contra la segregación y las leyes de Jim Crow, y en 1945 fue uno de los organizadores del Quinto Congreso del movimiento pan-africano, que sería fundamental para las luchas independistas de varios países africanos. Todo lo cual le costó una enorme presión política que lo llevó a ser vigilado constantemente por la CIA y el FBI e incluso a ser arrestado el día que cumplía ochenta y tres años. Finalmente, en 1961 decidió abandonar Estados Unidos definitivamente para establecerse en Ghana – invitado por el presidente Kwame Nkrumah, otra figura monumental – donde murió en 1963, a los 95 años.

DuBois publicó más de treinta libros a lo largo de su vida, entre poesía, crónica periodística, novela, disertación política y varias autobiografías. Pero su obra más reconocida es su trabajo como ensayista y entre sus libros Las almas de la gente negra (The Souls of Black Folk en su idioma original) es quizás la recopilación de ensayos más célebre, publicada en 1903. A continuación encontrarán su primer capítulo, en el cual DuBois hace un repaso sumario de la historia del pueblo afroamericano, sus ideales, sus aspiraciones y los desafíos que enfrenta, que extrañamente (¿o no tan extrañamente?) siguen siendo muy similares a los que enfrenta hoy en día.

Acerca de nuestras luchas espirituales

De Las almas de la gente negra

Oh agua, voz de mi corazón, llanto en la arena,
Toda la noche lloras con ese gemido, ese lamento,
Y yo acá acostado, escuchando, sin poder comprenderlo, me suena
La voz de mi corazón a un lado, la voz del mar,
Oh agua, anhelando descanso, ¿acaso por mí lo siento?
Toda la noche el agua llora por mí en su manar.

Agua sin tregua, agua sin pausa, nunca habrá descanso suficiente
Hasta que la última luna caiga y la última marea torne a surcar,
Y el fuego del final empiece a arder en el occidente;
Y el corazón se habrá fatigado, yacerá asombrado y llorará como el mar,
Toda la vida llorando sin cesar,
Como el agua toda la noche llora por mí en su manar.

ARTHUR SYMONS

Entre el otro mundo y yo siempre hay una pregunta por preguntar: algunos no se atreven a formularla por pudor; para otros la dificultad yace en cómo plantearla adecuadamente. No obstante, todos revolotean en sus inmediaciones. Me abordan con un tono un tanto vacilante, me miran con curiosidad o con pesar y luego, en vez de enunciarlo abiertamente - ¿Qué se siente ser un problema? – dicen, “Conozco a un excelente moreno en mi ciudad” o “Yo peleé en Mechanicsville1” o “¿No le dan rabia esas aberraciones del Sur?” Cuando me hablan así, sonrío, o me muestro interesado o contengo mi punto de ebullición según lo requiera la situación. A la verdadera pregunta - ¿Qué se siente ser un problema? – rara vez respondo con una palabra.

Y, no obstante, ser un problema es una experiencia peculiar – extraña incluso para quien nunca ha sido otra cosa, excepto en la cuna o de paso por Europa. Fue en los primeros días de una infancia juguetona que ese descubrimiento me cayó encima, de un momento a otro, por así decirlo. Recuerdo perfectamente cómo semejante sombra se adueñó de mí. Yo era un pequeñín, vivía arriba en las montañas de Nueva Inglaterra, donde el oscuro Housatonic serpentea entre Hoosac y Taghkanic hacia el mar2. En un pequeño colegio de madera, entre los niños y las niñas surgió la moda de comprar unas hermosas cartas de presentación – a diez centavos el paquete – e intercambiarlas. El trueque fue divertido hasta que una niña, una muchacha alta recién llegada, se negó a aceptar mi carta – se negó de tajo, con una mirada. Entonces fue que me percaté repentinamente que yo era diferente a los demás. O similar, quizás, en el corazón, en la existencia, en las ansias, pero apartado del resto del mundo por un vasto velo. Desde ese entonces no tuve el menor deseo de derrumbar el velo o de penetrarlo; simplemente concebí que todo lo que había del otro lado del velo era despreciable y viví al margen de ello en una región de cielo azul y grandes sombras acechantes. El cielo era aún más azul cuando vencía a mis compañeros en exámenes, o en pruebas de atletismo o, simple y llanamente, me imponía a ellos por la fuerza. Pero, lastimosamente, con los años todo ese perfecto desdén se fue desvaneciendo, pues las palabras que yo anhelaba, las palabras y las oportunidades que ellas conllevaban, eran suyas, no mías. “Es injusto que ellos atesores todos los premios,” me decía a mí mismo. “Algunos, todos, se los arrebataré como sea”. Pero cómo exactamente iba a lograrlo, no conseguía decidirlo: aprendiendo Derecho, curando a los enfermos, relatando las maravillosas historias que flotaban en mi cabeza – de algún modo. El caso de otros muchachos negros no fue tan radiante ni tan feroz: o bien su juventud fue reducida a una abnegación sin carácter, o se perdió en un silencioso odio al pálido mundo a su alrededor, en una desconfianza burlona hacia todo lo que fuera blanco; o se consumió a sí misma en un amargo lamento - ¿por qué Dios me hizo un forastero y un extranjero en mi propia casa? Las persianas de la casa-prisión se cerraron enteramente a nuestro alrededor: muros ceñidos y persistentes con los más blancos de nosotros, pero inclementemente estrechos, altos e insalvables para los hijos de la noche que deben abrirse camino oscuramente con resignación, o azotar en vano la piedra con las palmas de su mano, o mirar con firmeza el firmamento azul sobre nuestras cabezas, la esperanza a medias desvanecida.  

Luego del Egipcio y el Indio, del Griego y el Romano, del Teutón y el Mongol, el Negro es una especie de séptimo vasallo, nacido con un velo, y dotado de una segunda vista en este mundo americano – un mundo que no le brinda ninguna genuina autoconsciencia, sino sólo le deja entreverse a sí mismo a partir de los atisbos de un mundo ajeno. Es una sensación extraña, esta doble conciencia, este sentido de estar siempre percibiéndose a uno mismo a través de los ojos de los demás, de medir el alma propia a partir de los parámetros de un mundo que lo contempla a uno con entretenido desprecio y pesar. Uno siempre siente su dualidad – ser americano, ser negro; dos almas, dos pensamientos, dos luchas irreconciliables; dos ideales en pugna en un solo cuerpo moreno, cuya fuerza incansable es lo único que lo mantiene a salvo de ser partido en dos.

La historia del negro americano es la historia de esta lucha – esta búsqueda de una autoconsciencia humana, de fusionar su doble ser en uno solo, mejor y más verdadero. En esta fusión no desea perder ninguna de sus dos características anteriores. No quisiera africanizar América, pues América tiene algo que enseñarle al mundo y a África. Tampoco quiere blanquear su alma negra en un torrente de americanismo blanco, pues sabe que la sangre negra contiene un mensaje para el mundo. Simplemente desea hacer posible que una persona sea negra y americana, sin que sea maldecida y escupida por sus compatriotas, sin que las puertas de la Oportunidad se cierren violentamente en sus narices.

Ese es pues el fin de su lucha: ser un trabajador más en el reino de la cultura, escaparse de la muerte y la aislación, apropiarse y utilizar sus mejores poderes, su genio latente. Estos poderes de su cuerpo y de su mente han sido extrañamente desperdiciados, despilfarrados o pasados por alto en el pasado. La sombra del grandioso negro se desliza por la leyenda de la Penumbra Etíope y de la Esfinge Egipcia3. A través de la historia, el poder de personas negras destella aquí y allá como estrellas fugaces, y perece a veces antes de que el mundo haya tenido tiempo de absorber su belleza. Acá en Estados Unidos, en los pocos días que han seguido a la Emancipación, el deambular de allá para acá de los negros en una vacilante y dudosa lucha frecuentemente ha causado a su misma fuerza perder eficiencia, aparentar una ausencia de poder, ser débil. Y sin embargo no es debilidad – es la contradicción de su doble propósito. El doble propósito de la lucha del artesano negro - por un lado, evadir el blanco desprecio por una nación de meros cortadores de leña y recolectores de agua, y por otro lado, laborar con el azadón y con las uñas y con las manos por una horda aprisionada en la miseria – ha tenido como resultado el hacer de él un artesano pobre e infeliz, pues su corazón sólo se halla a medias en cada una de sus causas. Por la miseria y la ignorancia de su pueblo, el cura y el médico negros han caído en la tentación de la extorsión y la demagogia; y por las críticas venidas del otro mundo, han caído en ideales que los hacen avergonzarse de las míseras tareas a su cargo. Este prototipo negro de sabiduría se vio confrontado por la paradoja de que el conocimiento que su gente necesitaba era una cátedra doblemente enseñada a sus vecinos blancos, mientras que el conocimiento que requiere el mundo blanco era griego para su propia carne y hueso. El amor innato a la armonía y a la belleza que incitaba a las almas más rudas de su pueblo a danzar y a cantar no hacía sino despertar dudas y confusiones en el alma del artista negro; pues la belleza que a él se le revela es la belleza de alma de una raza que la mayor parte de su audiencia desprecia, y no puede simplemente a transmitir el mensaje de otra gente. Este derroche de doble propósito, este deseo de satisfacer dos ideales irreconciliables, ha ocasionado una triste ruina en la valentía, en la fe, en los actos de millares de personas – los ha llevado con frecuencia a adorar falsos dioses, a invocar falsos medios de salvación e incluso por momentos parece a punto de llevarlos a sentir vergüenza de sí mismos.

Antaño, en los días de esclavitud, creyeron ver en un suceso divino el fin de toda duda y toda decepción; pocos seres han idolatrado la Libertad con fe tan incondicional como el negro americano durante dos largos siglos. De día y de noche, despierto y dormido, para él la esclavitud era la suma efectiva de todas las villanías del mundo, la causa de toda tristeza, la raíz de todo prejuicio; así pues, la Emancipación era la llave de una tierra prometida, la tierra más dulcemente bella que alguna vez se ha explayado frente a los cansados ojos de los Israelitas. En canto y plegaria había solo una palabra – Libertad; entre lágrimas y maldiciones, el Dios que invocaba tenía a su derecha la Libertad sentada. Finalmente llegó – de repente, intimidante, como un sueño. Tras un carnaval salvaje de sangre y pasión, llegó el mensaje en su cadencia quejumbrosa:

¡Clamad, oh niños!
¡Clamad, que sois libres!
¡Dios ha comprado vuestra libertad!4

Años han transcurrido desde entonces – diez, veinte, cuarenta; cuarenta años de vida en esta patria, cuarenta años de renovación y desarrollo, y sin embargo, el oscuro espectro mantiene su puesto en el banquete de nuestra Nación. En vano clamamos frente a este, nuestro más grande problema social:

¡Toma cualquier forma menos ésta, y mi temple de acero
No ha de flaquear jamás!5

Nuestra nación no ha encontrado la redención de sus pecados; el liberto no ha encontrado en la libertad su tierra prometida. Sin importar qué tan bueno haya sido el cambio que han traído estos años, la sombra de una profunda decepción yace sobre el pueblo negro – una decepción cuanto más amarga en tanto el ideal anhelado y no alcanzado no tiene ningún límite salvo la simple ignorancia de un miserable pueblo.

La primera década posterior a la Emancipación fue tan sólo una prolongación de la mera búsqueda de libertad, el bien que parece evadir siempre su agarre – como un fuego fatuo tantálico, enloqueciendo y arruinando la multitud sin rostro. El holocausto bélico, los terrores del Ku-Klux Klan, las mentiras de los oportunistas6, el caos de la economía y los contradictorios consejos de amigos y enemigos dejaron al siervo aturdido, sin nueva consigna más allá del viejo grito de libertad. No obstante, a medida que transcurrió el tiempo, empezó a concebir una nueva idea. El ideal de libertad requería para su plena realización un instrumento poderoso, y éste fue ofrecido por la Quinta Enmienda. El voto, que antes contemplaba como una clara señal de libertad, ahora era concebido como el principal recurso para consolidar y expandir la libertad que el conflicto le había brindado a medias. ¿Y por qué no? ¿Acaso la guerra no había sido resultado de un voto y había logrado emancipar a millones? ¿Acaso el voto no le había garantizado voto a los libertos? ¿Había algo que ese poder democrático no pudiera alcanzar? Un millón de negros comenzaron a abrirse paso en este reino votando con renovado celo. Así pasó volando la década, llegó la revolución de 1876 y dejó al siervo libre a medias, confundido pero todavía ilusionado. Poco a poco, lenta y cautelosamente, una nueva visión empezó a reemplazar el anhelo de poder político a lo largo de los siguientes años – un movimiento poderoso, la emergencia de un nuevo ideal para guiar a quienes no tenían guía, un pilar más de fuego en la noche de quienes vivieron días nublados. Era el ideal de “aprender de los libros”: la curiosidad, nacida de una ignorancia forzada, el deseo de conocer y probar el poder cabalístico de las letras del blanco, el ansia de saber. Acá, por fin, creímos haber descubierto el sendero entre colinas a Canaán7; más largo que la carretera de la Emancipación y la ley, empinado y áspero pero derecho, conduciendo a alturas suficientemente elevadas como para tener una visión panorámica de la vida.

Ascendiendo este nuevo sendero una avanzada de nuestro pueblo batalló, subiendo lenta, pesada, temerariamente; sólo quienes han observado y estado al cuidado de los pasos en falso, las mentes nubladas, los esfuerzos por comprender de los oscuros pupilos de estas escuelas saben qué tan fielmente, con cuanta piedad, este pueblo buscó aprender. Fue un trabajo arduo. La fría estadística registraba aquí y allá un centímetro de progreso, anotaba también dónde habíamos perdido el paso o algunos habían desertado. Para los fatigados escaladores el horizonte era cada vez más oscuro, la niebla era fría, Canaán parecía siempre difuso y lejano. No obstante, si bien la vista hacia adelante no mostraba la meta aún, no revelaba ningún sitio para descanso, no brindaba más que críticas y halagos por igual, el trayecto en sí daba al menos oportunidad de entregarse a la reflexión y a la auto-examinación; así transformó al hijo de la Emancipación en un joven que cobraba poco a poco auto-consciencia, la posibilidad de realizarse a sí mismo y de obtener respeto para sí mismo. En los tupidos bosques de esta lucha su propia alma se erigió frente a sí misma y en ella este se percibió – oscuramente, como a través de un velo; pero en todo caso tuvo un atisbo del alcance de su poder, de su misión. Empezó a comprender lentamente que para alcanzar su lugar en el mundo debía ser él mismo, nada más y nada menos. Por primera vez, buscó analizar la carga que llevaba sobre sus hombros, el lastre de la degradación social disfrazada parcialmente de la denominada “problemática negra”. Sintió en carne viva su pobreza; sin dinero, sin casa, sin tierra, instrumentos o ahorros, se suponía que debía entrar en competencia con los ricos, los propietarios de tierra, sus vecinos y sus habilidades. Ser pobre es duro, pero ser una raza pobre en una tierra rica es realmente el fondo de la miseria. Sintió el peso de su ignorancia – no sólo respecto a las letras sino respecto a la vida, respecto a los negocios, respecto a las humanidades; la pesadez acumulada de décadas y siglos de exclusión y dificultades encadenaba sus pies y maniataba sus manos. Y su carga no era sólo su pobreza y su ignorancia. La marca roja del bastardo, que dos siglos de violencia sexual sistemática y legal sobre las mujeres negras había estampado en su frente, significaba no sólo la pérdida de la antigua castidad africana, sino también la pesada herencia de una masa de corrupción recibida de los adúlteros blancos, que amenaza con reducir a nada la estructura de la familia negra.

A un pueblo así incapacitado no se le debería exigir competir con el resto del mundo sino, más bien, ofrecerle todo el tiempo del mundo para reflexionar sobre sus propias problemáticas sociales. ¡Pero, bueno, así no es! Mientras los sociólogos cuentan con satisfacción cuántos bastardos y prostitutas hay en sus filas, el alma misma del trabajador negro, esforzado, se ve nublada por una vasta desesperación. Los demás llaman a esa sombra prejuicio e intentan explicarla eruditamente como una defensa natural de la cultura contra la barbarie, del saber contra la ignorancia, de la pureza contra el crimen, de las razas “superiores” contra las “inferiores”. A lo que el negro responde diciendo, ¡Amen! y jura que gran parte de este extraño prejuicio está fundamentado en una justa noción de civilización, de cultura, de bien, de progreso y entonces baja la cabeza en reverencia, adoptando una dócil obediencia. Pero frente a este prejuicio sin nombre que se alza a su paso, se halla impotente, indefenso y casi sin verbo; frente a este irrespeto contra su persona y esta mofa de su ser, frente a esta humillación ridícula y sistemática, frente a esta distorsión de los hechos y alto vuelo de una mórbida imaginación, frente a esta cínica omisión de todo lo bueno y la ruidosa exageración de todo lo malo, frente a este profundo deseo de inculcar un desprecio por todo lo negro, desde Toussaint hasta el diablo8 – frente a todo ello surge una enfermiza resignación que podría desarmar y desalentar a cualquier nación, excepto al pueblo negro, para quien la palabra “rendición” no existe en el diccionario.

Pero enfrentar tan vasto prejuicio no puede sino traer consigo un inevitable cuestionarse, un inevitable subestimarse, un inevitable encogimiento de los ideales que siempre nacen de la represión y que surgen en los ambientes de odio y desprecio. Susurros de portentos se escuchaban en nuestras casas arrojados a los cuatro vientos: ¡Mirad! Estamos enfermos y muriendo, gritaban nuestros oscuros espectros; no sabemos escribir, nuestro voto es en vano; ¿de qué nos sirve la educación, si lo que se requiere de nosotros es que cocinemos y sirvamos? Y la Nación le hizo eco y reforzó este auto rebajamiento diciendo: conténtese con ser sirvientes y nada más; ¿qué necesidad tienen de alta cultura los que no son sino medio humanos?9 Perdió el voto el negro, por fuerza o fraude y ¡he ahí entonces el suicidio de una raza! Sin embargo, de todo ese mal surgió algo bueno: un ajuste de la educación para adecuarla mejor a la vida práctica, una percepción más nítida de las responsabilidades sociales de los negros y una noción más sobria de lo que es el progreso.

Así fue que nació la era del Sturm und Drang10; la tormenta y la angustia sacuden nuestra pequeña embarcación en las locas aguas de este mar-mundo; afuera y adentro se escucha el advenimiento de un conflicto, la incineración del cuerpo y el desgarramiento del alma; la inspiración se estrella contra la duda, la fe contra vanos cuestionamientos. Los relucientes ideales del pasado – libertad física, poder político, la educación de las cabezas y la formación de las manos con vistas a los oficios – todos se han gastado y marchitado, hasta que incluso éste último se ha vuelto difuso y nublado. ¿Es que acaso todos estaban equivocados – eran todos falsos? No, no es eso, sino que cada uno por separado era demasiado simple e incompleto – los sueños de una crédula raza que se encuentra todavía en su infancia, o las confusas nociones de un mundo ajeno que no conoce y no quiere conocer nuestro poder. Para tornarse absolutamente reales, todos estos ideales deben ser fundidos y cohesionados en uno solo. La educación académica la necesitamos hoy más que nunca – la formación de manos hábiles, ojos y oídos capaces y, sobretodo, la creación de una cultura más amplia, más profunda, más elevada, una cultura de mentes dotadas y corazones puros. El poder del voto lo requerimos por pura defensa propia – de lo contrario, ¿cómo hemos de protegernos de una segunda esclavitud? La libertad también la exigimos, la anhelada libertad, hace tanto tiempo buscada – la libertad de vida y de movimiento, la libertad de trabajar y de pensar, la libertad de amar y aspirar. Trabajo, cultura, libertad – todo lo necesitamos, no por separado sino junto, cada elemento naciendo y complementándose del otro y todo configurando nuestra lucha por un ideal más vasto que flota frente al pueblo negro: el idea de la hermandad, alcanzada por el ideal unificador de Raza; el ideal de incentivar y desarrollar los rasgos y los talentos de los negros, no en oposición o menospreciando otras razas, sino más bien en conformidad con los ideales amplios de una República Americana, para que así un día la tierra americana sea testigo de cómo dos mundos-razas se brindan características que ambas desafortunadamente carecen. Nosotros, los más oscuros, llegamos no del todo con las manos vacías, incluso ahora: pues actualmente no hay exponentes más acordes al puro espíritu humano de la Declaración de Independencia que los negros americanos; no hay música más genuinamente americana que las dulces y salvajes melodías de los esclavos negros; los cuentos de hadas y los mitos de esta tierra son indígenas y africanos; y, en suma, nosotros los negros parecemos constituir el único oasis de fe y reverencia en este polvoriento desierto de dólares y viveza. ¿Será América mejor o peor si sustituye su indigesta torpeza con la humildad alegre pero decidida de los negros? ¿o su ingenio cruel y áspero por nuestro amoroso buen humor y nuestra jovialidad? ¿o su música vulgar por el alma de los Cantos de Tristeza?11

La problemática negra no es más que una prueba concreta de los principios que subyacen a nuestra gran república. Y la lucha espiritual de los hijos del liberto es la labor de almas cuya carga es casi superior a sus fuerzas, pero que la sobrellevan a nombre de una raza histórica, a nombre de esta tierra, la tierra de los padres de sus padres, y a nombre de las posibilidades humanas.

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* * *

  1. Mechanicsville es un municipio del estado de Virginia de E.U donde se libró una importante batalla de la Guerra Civil estadounidense en junio de 1862 (N.T).
  2. El Housatonic (nombre derivado de una expresión mohicana) es un río de aproximadamente 240 kilómetros entre las montañas Hoosac y Taghkanic que desemboca en el mar Atlántico (N.T.).
  3. Alusión a las formas en que la Biblia y los predicadores cristianos se referían a las antiguas naciones negras de Egipto y Etiopia tradicionalmente (N.T.).
  4. Letra de un “espiritual” del siglo XIX, un tipo de canto religioso de los esclavos negros en Estados Unidos, en los que se apropiaban musicalmente de himnos cristianos, popular entre el siglo XVIII y el siglo XX (N.T.).
  5. “Take any shape but that, and my firm nerves/ Shall never tremble!”: tomado de Macbeth, acto 3, escena 4, cuando Macbeth alucina con el fantasma del Banquo, a quien ordenó asesinar, durante un banquete (N.T.).
  6. El término original acá es “carpetbagger”, que es una expresión peyorativa nacida en el Sur de Estados Unidos después de la Guerra Civil para designar a los norteños que se desplazaron al sur después del conflicto para buscar hacer negocios, ocupar plazas laborales u obtener poder político. El Ku Klux Klan dirigió gran parte de su discurso violento hacia éstos en el posconflicto que siguió a la Guerra Civil (N.T.).
  7. Canaán es el nombre de una región y una denominación general de varias etnias utilizada a lo largo de la Biblia, de gran significación para las poblaciones esclavizadas de origen africano: en primer lugar, porque Canaán, hijo de Ham y nieto de Noé, es el objeto de la célebre “maldición de Ham” (Génesis 9: 20-27) que fue utilizada por muchos predicadores y miembros de religiones cristianas a lo largo de la historia para justificar ideológicamente la esclavitud de la raza negra, pues las exactas palabras de Noé en su maldición a Canaán es “¡Maldito sea Canaán! ¡Que sea esclavo de los esclavos de sus hermanos!” (aunque ni en este pasaje ni en ninguno ulterior haya referencia alguna al concepto de raza, ni mucho menos alusión al continente africano, y aunque tampoco sea claro cuál es exactamente la transgresión de Ham a Noé y por qué fue Canaán maldecido en lugar de su padre). En segundo lugar, Canaán era para el pueblo afroamericano sinónimo de la tierra prometida, pues la tierra de los Canaanitas fue conquistada por los israelitas, antiguos esclavos de la nación egipcia, y renombrada posteriormente por ellos como la Tierra Prometida (N.T.).
  8. François Dominique Toussaint-Louvertoure (1743-1803) fue un prócer independista negro de Haití que lideró la rebelión negra en la isla y llegó a ser gobernador de Saint-Dominique después de haber sido esclavo desde su nacimiento hasta su liberación en 1776, a los 33 años (N.T.)
  9. Crítica velada a Booker T.Washington (1856-1915), un importantísimo político negro, nacido esclavo y liberado por la Guerra Civil que se convirtió en una figura nacional tras lograr el pacto de Atlanta de 1895 con políticos sureños, en el cual estos se comprometían a brindar educación básica y debido proceso judicial a la población afroamericana a cambio de que éstos aceptaran un gobierno político conformado exclusivamente por personas blancas. DuBois y otros líderes negros apoyaron el pacto en un principio pero luego renegaron de él, tomando distancia crítica cada vez más de las posturas moderadas y conciliadoras de Washington, que consideraba que la formación en oficios de la población negra con vistas a su supervivencia económica era más importante que una transformación política o una educación intelectual igualitaria (N.T.).
  10. Movimiento artístico alemán que reaccionó a lo que percibía como el excesivo racionalismo de la Ilustración con ideas románticas y sentimentales, dándole importancia a los extremos de emoción (de ahí su nombre Sturm und Drang, que traduce como “Tormenta e ímpetu”). Su principales exponente en literatura fueron Goethe y Schiller (N.T.).
  11.  Así se refiere DuBois a los “espirituales” negros nacidos en la época de la esclavitud,  a los que dedica el último capítulo de este libro (“Sobre los Cantos de Tristeza”). En él hace un recuento histórico de su origen y su desarrollo, algunos de sus exponentes y canciones y describe hermosamente su relación personal con estos cantos de la siguiente manera: “Desde que era niño estos cantos me han conmovido extraordinariamente. Venían del Sur, desconocido para mí en ese entonces, uno a uno y, sin embargo, los sentí como míos y para mí. Luego, años después, cuando llegué a Nashville, vi uno de los grandes templos construidos por estos cantos, erigiéndose por encima de la pálida ciudad. Para mí el Jubilee Hall estaba hecho de estos mismos cantos y sus ladrillos eran rojos por la sangre y el polvo de su labor. De ellos nacía la mañana, la tarde y la noche, estallidos de hermosa melodía llenos de las voces de mis hermanos y mis hermanas, llenos de las voces del pasado” (pág. 431 de The Souls of Black Folk).
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