Peter Handke, ganador del Premio Nobel de Literatura 2019. Peter Handke, ganador del Premio Nobel de Literatura 2019.

'Al final casi ya no se entiende nada', un ensayo del nobel Peter Handke

Este texto del ganador del Premio Nobel de Literatura 2019 es una versión retocada y completada de dos artículos que se publicaron en el periódico francés 'Libération', y forma parte del libro 'Contra el sueño profundo' (2017).

2019/10/11

Por Peter Handke

Al final casi ya no se entiende nada

(El debate por el Premio Heinrich Heine)

Debo ponerme serio y responder a los reproches que se me atribuyen desde hace muchos años y de nuevo ahora, tras la concesión (y la amenaza de no adjudicación) del Premio Heinrich Heine. Tengo que hacerlo para los lectores, los lectores rectos; una tautología, por otra parte, un lector desaprensivo o prejuicioso nunca es un lector.

Así que dejemos de una vez de ladrarnos y de aullarnos desde puestos enemigos y escuchémonos. Y no toleremos más a los malos seres (¿?) o espíritus (¿?) que en nombre del trágico problema de Yugoslavia siguen pegando tiros con proyectiles verbales como «revisionismo», «apartheid», «Hitler», «dictadura sangrienta», etc. Dejemos de lado, en lo que respecta a las guerras yugoslavas, todas las comparaciones y paralelismos. Atengámonos a los hechos —que son terribles en todas partes— de una guerra civil maquinada o al menos coproducida, por una Europa deshonesta, o al menos ignorante. Dejemos de comparar a Slobodan Miloševic con Hitler. Dejemos de ver en él y en su mujer, Mira Markovic, a Macbeth y a su señora o de trazar paralelismos de esta pareja con el dictador Ceausescu y su mujer Elena. Y para los campos establecidos durante la guerra de secesión en Yugoslavia no volvamos a usar nunca más la expresión «campo de concentración».

Es verdad que entre 1992 y 1995 hubo, en el territorio de las repúblicas yugoslavas, sobre todo en Bosnia, campos de prisioneros, y en ellos se pasaba hambre, se torturaba y se asesinaba. Pero dejemos de asociar automáticamente en nuestras cabezas estos campos con los serbobosnios. También había campos croatas y musulmanes y los crímenes allí cometidos son castigados por el Tribunal de La Haya. Y, finalmente, dejemos de adjudicar las masacres (entre las cuales, en plural, las de Srbrenica, en julio de 1995, realmente son con mucho las más abominables) a los (para)militares serbios. Repito lleno de rabia, rabia contra los criminales, comandantes, planificadores serbios: es el de Srbrenica el peor «crimen contra la humanidad» que se cometió en Europa después de la guerra.

Es verdad que estuve en junio de 1996 por primera vez (y después todavía diez veces más) en Srbrenica y en los pueblos serbios de alrededor, igualmente destruidos, y después escribí un pequeño libro (Apéndice de verano para un viaje de invierno). Es verdad que en este apéndice también hablo de los árboles en flor, de las fresas en las colinas alrededor de Srbrenica, pero lo hago para hacer todavía más palpables la terrible destrucción y el silencio mortal en y alrededor de Srbrenica (disculpa, lector, que dé explicaciones, pero se me reprocha siempre de nuevo haber descrito esa naturaleza). Pero el núcleo del apéndice son los gritos interminables de un hombre serbio de Srbrenica quien, entre las ruinas, una tarde de verano (vencejos) vuelve (¿?) a su casa (¿?) y en el camino brama contra su propio pueblo, maldice a su pueblo y lo maldice otra vez, y al final casi ya no se entiende nada de tanta rabia y de tanto dolor.

Escuchemos —finalmente— también a los supervivientes de las masacres musulmanas en los múltiples pueblos serbios alrededor de la Srbrenica musulmana. Aquellas masacres repetidamente cometidas en los tres años antes de la caída de Srbrenica, y ordenadas por los comandantes de la ciudad, que en julio de 1995 —en terrible venganza y para eterna vergüenza para los responsables serbobosnios—, condujeron a la gran matanza, «la más grande en Europa desde la Segunda Guerra Mundial». Añadamos por lo menos que todos los soldados u hombres musulmanes de Srbrenica que cruzaron el Drina —la frontera entre los dos Estados— y huyeron de Bosnia a la Serbia entonces gobernada por Miloševic, que todos estos soldados que alcanzaron la Serbia «enemiga», quedaron sanos y salvos; aquí ninguna matanza, ninguna masacre.

Sí, escuchemos, después de haber escuchado a «las madres de Srbrenica», también a las madres, o tan sólo a una madre del cercano pueblo serbio de Kravica, cuando habla de la masacre perpetrada por las fuerzas armadas musulmanas de Srbrenica, durante la Navidad ortodoxa de 1992-1993, entre cuyas víctimas también se cuentan mujeres y niños (y sólo para un crimen de este tipo corresponde la palabra «genocidio»). Quizás me equivoque con los términos jurídicos, pero la terrible respuesta de las fuerzas armadas serbias (no sólo a los asesinatos en Kravica, sino también a los crímenes cometidos durante tres años en cerca de treinta pueblos alrededor de la Srbrenica musulmana) ha de denominarse, puesto que se dirigió exclusivamente contra soldados u hombres musulmanes, como «crimen contra la humanidad». Matiz que —una excepción entre los «matices» tan importantes por otra parte— casi no cuenta a la vista de miles y miles de crímenes serbobosnios, sí y sí, contra la humanidad.

Pero, independientemente de eso —y esto es algo que los lectores finalmente han de entender en sus corazones—, las cifras de los muertos jóvenes y menos jóvenes en las guerras bosnias están en todas partes —entre los musulmanes, croatas, serbios—, casi al mismo nivel. ¿Por qué no visitar también una vez el cementerio de Visegrád, el enorme cementerio de Vlasenica? Y sobre todo, lo repito lleno de tristeza: nunca quise decir, y nunca dije en ningún sitio, que la masacre de Kravica había sido «el único genocidio» en Bosnia, sino un crimen al que es aplicable esa palabra; hubo otras masacres serbobosnias, musulmanas, croatas, a las que se puede aplicar este término.

Y dejemos de asociar a ciegas a los sniper de Sarajevo con los «serbios». La mayoría de los cascos azules franceses asesinados en Sarajevo fueron víctimas de tiradores musulmanes.

Y dejemos de asociar exclusivamente el asedio (horrible, estúpido, incomprensible) de Sarajevo con el ejército serbobosnio. En el Sarajevo de los años 1992- 1995, la población serbia de decenas de miles de personas permaneció prisionera en barrios centrales como Grbavica, que a su vez —y de qué manera— fueron asediados por fuerzas armadas musulmanas. Y dejemos de atribuir exclusivamente las violaciones a los serbios. Y dejémonos de palabras tipo perro de Pavlov.

Durante los preparativos de la guerra de la OTAN contra Yugoslavia estuve varias veces en Rambouillet y, al final, a la vista del fracaso previsible de las «negociaciones», del dictado occidental, preguntado por una cadena de televisión serbia, he comparado al pueblo serbio con el pueblo judío (dentro de mi corazón el bombardeo, la ocupación y los campos, sobre todo Jasenovac, la Croacia nazi bajo la ocupación alemana en Yugoslavia de 1941 hasta 1944). Y allí, créeme, lector, lectora, en mi apuro, con la confusión en mi cabeza, dije realmente una frase que más o menos rezaba: «Los serbios son todavía más víctimas que los judíos». Abordado más tarde por los medios alemanes, no me podía creer haber pronunciado semejante estupidez. Tanto más que esta estupidez no encajaba para nada con mi sentimiento en el momento de la afirmación dada en francés ante la cámara. Incrédulo escuché la cinta e, indeed, había confundido las palabras de forma ridícula. ¡Pero ojo! Enseguida rectifiqué por escrito; y los medios alemanes publicaron mi corrección, sin comentario alguno, el Frankfurter Allgemeine Zeitung, palabra por palabra. La rectificación por escrito de mi error fue aceptada entonces. ¿Por qué no ahora?

Y sí, estuve en Požarevac, en el entierro de Slobodan Miloševic. Expliqué el por qué en la revista Focus, en el número del 27 de marzo de 2006: fue el lenguaje el que me puso de camino, el lenguaje de un llamado mundo que sabía la verdad sobre este «carnicero» e «indudablemente culpable dictador», a quien hasta su propia muerte le debía culpar, porque «se había escaqueado antes del veredicto de culpabilidad de por vida». ¿Para qué, pregunté, hacía falta ahí todavía un tribunal para sentenciarle? Semejante lenguaje fue lo que me impulsó a dar mi minidiscurso en Požarevac. En primer y último lugar un lenguaje de ese tipo, y no una lealtad hacia Slobodan Miloševic, sino una lealtad hacia aquel otro lenguaje, el no periodístico, el no dominante.

Ensanchemos el foco. Para que la brecha nunca más se obstruya de palabras malvadas, venenosas. Fuera malos espíritus. Abandonad de una vez el lenguaje. Aprendamos el arte de preguntar, viajemos al país sonoro, en nombre de Yugoslavia, en nombre de otra Europa. Viva Europa. Viva Yugoslavia. Živela Jugoslavija.

Este texto es una versión retocada y completada de dos artículos que se publicaron en el periódico francés Libération y fueron traducidos del francés por Anne Weber. (2006)

* * *

De Contra el sueño profundo (2017), de Peter Handke, publicado por Nórdica Libros.
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