'Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo', Camila de Gamboa y Cristina Sánchez (editoras). Siglo del Hombre Editores | 288 páginas. 'Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo', Camila de Gamboa y Cristina Sánchez (editoras). Siglo del Hombre Editores | 288 páginas.

ARCADIA critica “Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo”

Una colección de ensayos que aborda el concepto de maldad.

2019/05/29

Por Felipe Botero

Este artículo forma parte de la edición 163 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Cartografías del mal. Los contextos violentos de nuestro tiempo es una colección de ensayos editada por Camila de Gamboa y Cristina Sánchez para la Universidad Eafit y la Universidad del Rosario, publicada en colaboración con Siglo del Hombre Editores. Es una aproximación multidisciplinar y multicultural al tema de la violencia política. En ella encontramos ensayos académicos de abogadas, politólogas, filósofos, historiadoras y científicas sociales de diferentes nacionalidades, como España, Argentina, Chile, Alemania y Colombia.

El libro nació de una colaboración intercontinental entre las profesoras de Derecho Camila de Gamboa, de la Universidad del Rosario, y Cristina Sánchez, de la Universidad Autónoma de Madrid, quienes gracias a una beca del gobierno español organizaron un seminario anual desde 2013 hasta 2016 acerca de violencia política, sus consecuencias, la forma de concebirla filosóficamente y plantear respuestas a ella. Así pues, el libro podría pensarse como el resultado de tres años de reflexiones académicas sobre la violencia política reunidas en un seminario titulado también “Cartografías del mal”.

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Ahora bien, a lo largo del libro la palabra “mal” se va desvaneciendo y suscita la pregunta de por qué se escogió para encabezar una serie de ensayos que versan más acerca de violencia política que de cualquier otra cosa. Obviamente, estoy de acuerdo con las editoras en que la violencia política es mala, pero hay momentos en que las reflexiones en torno a ella se tornan superficiales justamente porque se quedan en los absolutismos y maniqueísmos que acompañan la utilización de la palabra “mal” a lo largo de la historia. Es más, en uno de los mejores ensayos del libro, Claudia Hilb reflexiona sobre cómo los horrores de violencia política a los que se llegó en el siglo xx –el Holocausto y las prácticas sistemáticas de desaparición, tortura y asesinato de la Junta Militar en Argentina– generan un quiebre en nuestras categorías jurídicas, morales y filosóficas tradicionales; cómo antiguos conceptos de justicia, de reflexión filosófica y moral se quedan cortos frente al alcance del horror que esta violencia desencadenó, y que nos obligan a formular nuevas reflexiones y conceptos para intentar explicar cómo se llegó a ella y cómo debemos hacerle frente como sociedad.

Otro aspecto del libro que cabe destacar es su inconsistencia. Si bien cuenta con excelentes ensayos (además del mencionado texto de Hilb, el de la española Cristina Sánchez y el del alemán Wolfgang Heuer), hay otros que se pierden en lo repetitivo, en lo obvio y, como ya dije, en maniqueísmos superficiales que contradicen su denuncia de los discursos polarizantes como detonantes de violencia política, es decir, como factores del “mal”. Y si el libro está dirigido a un sector de la academia que ya ha alcanzado un consenso sobre estos temas –que la violencia política es mala, que la memoria y el perdón son importantes en el posconflicto, que el neoliberalismo engendra una forma de violencia social denominada ampliamente como “pobreza”– cabe preguntarse ¿cuál es su función? ¿No está cayendo la academia en la autocomplacencia de la reiteración? ¿No valdría la pena reflexionar más bien acerca de por qué lo que nos parece tan obvio a quienes leemos este tipo de libros no es tan obvio para los demás, para ese sector mayoritario de la población que sigue eligiendo a los agentes de esa violencia política, a los agentes del “mal”?

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