Guy de Maupassant. Foto: Wikimedia Commons. Guy de Maupassant. Foto: Wikimedia Commons.

Un cuento desde las entrañas de la barbarie: 'Mamá Salvaje' de Guy de Maupassant

En una invitación a reflexionar sobre los recientes actos de crueldad perpetrados en la capital del país, este mes en ARCADIA Traduce, el filósofo Felipe Botero tradujo el relato 'Mamá Salvaje' de Guy de Maupassant, el clásico cuentista francés.

2019/01/30

Por Felipe Botero

Ahora que, después del atentado del 17 de enero perpetrado absurdamente por el ELN, parece que nos vamos a abocar insensatamente a una nueva guerra, ahora que hemos abierto este nuevo año con viejos actos de barbarie y violencia entre nosotros los colombianos, pensé en traducir este pequeño cuento de Maupassant para recordar todos juntos varias cosas, que se encuentran resumidas concisamente en uno de sus párrafos.

A los pobres, esos que terminan pagando el precio más alto por ser los que menos tienen, y sobre quien recaen todas las cargas de la guerra, a esos que matan por docenas, que constituyen la verdadera carne de cañón porque son los más numerosos, esos que, al fin y al cabo, son los que más cruelmente sufren la guerra y su atroz miseria porque son los más vulnerables y los que menos resisten a ella, a ellos no les afectan en absoluto esos ardores belicosos, esos asuntos de honor que excitan sólo a los políticos, esos cálculos estratégicos que terminan por arruinar en seis meses a dos naciones, tanto a la que gana como a la que pierde.

En efecto, ya sea en la guerra franco-prusiana de 1871 en la cual toma lugar esta historia, o en las múltiples guerras que a lo largo de este siglo (y del pasado, y del pasado) se han librado a lo largo y ancho de nuestro territorio, SIEMPRE, SIEMPRE quienes terminarán pagando con sus vidas y con su dolor el desencadenamiento de un nuevo conflicto son los pobres; los más vulnerables desde una perspectiva socio-económica, sobre quienes también recae (paradoja de paradojas del sistema capitalista) la labor y la producción de bienes de nuestra nación y quienes han sido, son y serán quienes pondrás los primeros nombres en la larga lista de víctimas que compone nuestra historia. Cómo una guerrilla que pretende luchar en nombre de ellos, que con sus actos fortalece electoralmente la derecha y la extrema derecha en nuestro país y la llena de pretextos para seguir invirtiendo más en seguridad que en educación, botándole un salvavidas al mediocre gobierno actual, brindándole un caballo de batalla y una cortina de humo que le va a durar, por lo menos, los próximos seis meses, tira la primera piedra para arrancar de nuevo esta farsa, va más allá de mi comprensión.

Se podría argumentar que en nuestro caso la absurdidad de la guerra es peor, pues no se trata de dos naciones enemigas disputándose una frontera común sino de dos facciones al interior de un solo país, que hablan el mismo idioma y que llevan empobreciéndose mutuamente y alimentándose de odios y de muertes, no los últimos seis meses, sino las últimas seis décadas. Y ya no saben por qué diablos siguen luchando. Porque sí, Colombia es una sociedad estructural e injustamente desigual que necesita de grandes cambios para poder brindarle un mínimo de salud, educación y trabajo a todos sus ciudadanos pero ya todos sabemos que la guerra actual no es acerca de eso sino acerca de los corredores de droga y la pléyade de focos de economía ilegal que viene con ellos.

Lo demás sí es igual, o al menos muy parecido: la ocupación de pueblos (no de ciudades) que vuelve diario el horror de la guerra para sus habitantes, la carga de alimentar y alojar a los combatientes sobre quienes menos tienen, el reguero de hijos muertos y madres devastadas, la serie interminable de venganzas y represalias…

Le puede interesar: Demasiada vida: semblanza de la escritora Katherine Mansfield

Mamá Salvaje de Guy de Maupassant

para Georges Pouchet

I

Hacia mucho tiempo que no había vuelto a Virelonge, quince años ya. Había regresado en el otoño para cazar y me estaba quedando donde mi amigo Serval, que finalmente había podido reconstruir su castillo después de que fuera destruido por los prusianos.

Amo esa región infinitamente. Es uno de esos rincones exquisitos del mundo, que emana a los ojos un encanto sensorial, de esos que se ama hasta físicamente. Guardamos, quienes hemos seducido por su tierra, el recuerdo tierno de ciertos manantiales, ciertos árboles, algunos estanques, algunas colinas, cosas vistas a menudo y que nos conmueven como lo harían los sucesos felices de nuestra vida. Hay momentos en que mi pensamiento vuelve solo a una esquina de ese bosque, o a la desembocadura de un arroyo o a una maleza rebosante de flores, quizás vistas una sola vez en un día jubiloso, que permanecen en nuestro corazón como lo hacen los recuerdos de las mujeres vistas en la calle una mañana de primavera, vestidas con ropas claras y transparentes, que se establecen en nuestra alma y nuestra carne con un deseo inapagable, inolvidable, esa sensación de haber rozado la plenitud.

De Virelogne me encantaba todo, el campo abierto sembrado de pequeños árboles y atravesado por riachuelos que fluían por el suelo como venas llevando sangre a la tierra. ¡Cómo pescábamos ahí cangrejos, truchas, anguilas! ¡Qué delicia de recuerdo! Uno podía bañarse en las playas de sus ríos y ahí aparecían de vez en cuando las caicas, que se asomaban por el alto pasto que crecía al borde de esas pequeñas corrientes de agua.

Estaba yo ahí andando a paso ligero como una cabra, mirando a mis perros olisqueando enfrente mío. Serval estaba a cien metros a mi derecha, atravesando un campo de alfalfas. Rodeé los arbustos del bosque de Saudes y vislumbré de repente una cabaña en ruinas.

Inmediatamente me acordé de la primera vez que la vi, allá por el año 1869, toda limpia, envuelta en viñas, con gallinas caminando frente a su puerta. ¿Hay algo más triste que una casa muerta y su esqueleto en pie, arruinado, siniestro?

Me acordé también que una vieja señora me había dado de beber un vaso de vino ahí adentro, un día que habíamos pasado por ahí exhaustos, y que Serval me había contado la historia de quienes vivían ahí. El patriarca, viejo cazador ilegal, lo había matado la policía. El hijo, un muchacho grandote que yo había visto en otra ocasión, tenía fama de ser un feroz cazador de venados también. Se les llamaba la familia Salvaje.

¿Sería ese su apellido o un apodo?

 

Llamé a Serval, que se acercó con sus pasos largos de garza, y le pregunté:

 

“¿Qué pasó con la gente que vivía ahí?”

 

Y él me contó esta historia.

II

 

Cuando estalló la guerra el hijo Salvaje, que tenía entonces treinta y tres años, se fue al ejército, dejando a su mamá sola en la cabaña. A la gente no le dio mucho pesar porque la vieja tenía bastante plata, se sabía.  

 

Ella quedó entonces en esa casa aislada, lejos del pueblo, al borde del bosque. Por lo demás, no le daba miedo estar ahí, siendo de la misma raza de sus varones, una vieja ruda, alta y delgada que no reía con frecuencia y a la que poca gente se atrevía a hacerle chistes. De todos modos, las mujeres en el campo no se ríen. ¡Eso es cosa de hombres, dicen! Tienen un alma triste y limitada, dado que su vida es monótona y poco iluminada. El campesino puede adquirir un poco de alegría vulgar en sus visitas al burdel, pero su cónyuge está siempre seria, con una expresión perennemente severa. Los músculos de sus caras no han conocido nunca las convulsiones de la risa.

 

La mamá Salvaje siguió con su existencia ordinaria en su pequeña choza, que pronto se cubrió de nieve. Iba al pueblo una vez por semana, a buscar pan y un poco de carne, luego volvía a su morada. Ya que la gente decía que había lobos en la zona, ella salía con el fusil al hombro, el fusil oxidado del hijo, con la culata toda gastada por el roce perpetuo de la palma de su mano. Era un espectáculo curioso verla a la vieja Salvaje caminando a pasos lentos que hundían sus piernas en la nieve un poco encorvada, el cañón del fusil sobresaliendo por su silueta a la altura de la capucha negra que abrigaba su cabeza y aprisionaba su pelo blanco, que nadie nunca había visto en su vida.

 

Un día llegaron los prusianos. Se repartieron a los habitantes del pueblo de acuerdo a los recursos y la suerte de cada uno. A la vieja, como se sabía que era rica, le tocaron cuatro.

 

Eran cuatro muchachos grandes, de piel blanca, de barba rubia, de ojos azules, que seguían gordos a pesar de las penurias que habían vivido ya en la guerra. Y eran bien portados, aunque eran parte de una fuerza invasora en un país ocupado. Dejados solos con la anciana, se mostraron llenos de deferencia hacia ella, evitándole en la medida de lo posible cualquier labor, cualquier gasto. Todas las mañanas se los veía a los cuatro tomando su baño al borde del pozo, con las camisas arremangadas, lavando con agua fresca su carne blanca y rosa de hombres del Norte en los duros días de invierno, mientras que la mamá Salvaje iba y venía de un lado a otro, preparándoles la sopa. Luego se veía a los cuatro limpiando la cocina, restregando las baldosas, cortando la madera, pelando las papas, lavando la loza, cumpliendo con todas las tareas domésticas como cuatro hijos al servicio de su madre.

 

Pero ella, la vieja, no hacía sino pensar en el suyo, su niño grande con la nariz ganchuda, de ojos castaños, de bigote espeso, que parecía un cepillo de pelo negro colgado sobre sus labios. Todos los días le preguntaba a los soldados instalados en su casa:

 

“¿Alguno de ustedes sabe adónde fue la vigésimo tercera Brigada del Ejército francés? Ahí es donde metieron a mi hijo.”

 

Todos le respondían:

 

“No, señoda, no saber, no saber nada.”

 

Y trataban de consolarla con mil pequeños favores, comprendiendo su dolor y su angustia, pues todos tenían sus madres en Alemania. Así, al cabo del tiempo, ella les terminó cogiendo cariño, a sus cuatro enemigos; pues, de hecho, los campesinos no participan en los odios patrióticos; eso le pertenece únicamente a las clases altas. A los humildes, esos que terminan pagando el precio más alto por ser los que menos tienen, y sobre quien recaen todas las cargas de la guerra, a esos que matan por docenas, que constituyen la verdadera carne de cañón porque son los más numerosos, esos que, al fin y al cabo, son los que más cruelmente sufren la guerra y su atroz miseria porque son los más vulnerables y menos resisten a ella, a ellos no les afectan en absoluto esos ardores belicosos, esos asuntos de honor que excitan sólo a los políticos, esos cálculos estratégicos que terminan por arruinar en seis meses a dos naciones, tanto a la que gana como a la que pierde.

 

En la región, cuando se hablaba de los alemanes de la madre Salvaje, se decía:

 

“He ahí cuatro que encontraron su lugar en el mundo.”

 

Sin embargo, una mañana, cuando la vieja andaba sola en su casa, se percató a lo lejos que un hombre se acercaba por la planicie a su morada. Al poco tiempo lo reconoció: era el aldeano encargado de repartir las cartas. Al llegar donde estaba ella le entregó un papel doblado y ella sacó de su estuche las gafas que utilizaba para coser; y entonces leyó:

 

Señora Salvaje, la presente es para informarle de una triste noticia. Su hijo Víctor murió ayer al ser alcanzado por una bala de cañón que lo cortó por la mitad. Yo estaba cerca, ya que estábamos lado a lado en la Brigada y él me hablaba de usted, para pedirme que si algún llegaba a pasarle algo le contara.

 

Cogí el reloj que había en su bolsillo para llevárselo cuando acabe la guerra.

 

La saludo respetuosamente,

 

CÉSAIRE RIVOT

Soldado de segunda clase de la Brigada 23

 

La letra estaba fechada hacia tres semanas.

 

No lloró. Permaneció inmóvil, tan sorprendida, tan aturdida, que el dolor todavía no le llegaba. Sólo podía pensar, “Pucha, mataron a Víctor, ¿y ahora?”. Luego, poco a poco, las lágrimas ascendieron a sus ojos y el sufrimiento se apoderó de su corazón. Ideas desfilaban por su cabeza, horribles, desgarradoras. ¡Ya nunca más lo abrazaría, a su hijo, a su niño, nunca más! La policía le había matado al papá, los prusianos habían matado al hijo… lo habían cortado a la mitad con una bola de cañón. Le parecía verlo todo, todo horrible: la cabeza cayendo, los ojos abiertos, la boca mordisqueando una esquina del gran bigote, como hacía cuando algo le daba rabia.

 

¿Y qué habían hecho con su cuerpo después? Si tan sólo le hubieran devuelto a su hijo, como antes le habían devuelto a su marido, con una bala en la mitad de la frente…

 

Pero entonces escuchó un ruido. Eran los prusianos, sus alemanes, que volvían del pueblo. Rápidamente ocultó la carta en su bolsillo y los recibió tranquilamente con su rostro normal, justo después de limpiarse bien las lágrimas.

 

Estaban riendo los cuatro, felices porque habían cogido a un hermoso conejo, robado sin duda, y mediante señas le decían a la anciana que iban a comer un plato muy delicioso.

 

Ella se puso de inmediato a trabajar para prepararles la comida; pero, cuando llegó el momento de matar el conejo, le falló el corazón. ¡Ni que fuera el primero! Uno de los soldados lo quebró con un golpe detrás de las orejas.

 

Una vez la bestia estuvo muerta, ella le sacó la carne roja bajo la piel; pero al ver la sangre manando del cuerpo, cubriéndole las manos, la sangre tibia que sentía enfriarse y coagularse sobre su piel, empezó a temblar de pies a cabeza; y de repente veía en su cabeza a su niño cortado a la mitad, todo rojo él también, como este animalito todavía palpitando.

 

Se sentó a la mesa con los prusianos pero no pudo comer nada, ni siquiera un bocado. Ellos sí devoraron el conejo sin fijarse en ella. Ella los miraba de lado, en silencio, madurando una idea y con el rostro tan impasible que ellos no se dieron cuenta de nada.

 

De la nada, murmulló:

 

“No sé el nombre de ninguno de ustedes y ya va un mes que vivimos juntos.”

 

Con gran dificultad, comprendieron lo que ella quería y le dieron sus nombres. Pero eso no le bastaba; se los hizo escribir sobre un papel, junto a la dirección de sus familias, y apoyando las gafas sobre su larga nariz, estuvo un rato sopesando esa escritura desconocida. Luego dobló la hoja y se la puso en el bolsillo, junto a la carta que le había informado de la muerte de su hijo.

 

Cuando terminó la comida, le dijo a sus hombres:

 

“Voy a hacer algo por ustedes.”

 

Y entonces se puso a llevar paja al granero en la parte de arriba de la cabaña, donde ellos dormían.

 

Ellos la miraban sorprendidos, pero ella les explicó que así tendrían menos frío, y entonces se pusieron a ayudarla. Llenaron las cajas de grano hasta el techo de paja y se hicieron así una especie de habitación grande y perfumada, con cuatro paredes acolchadas, donde dormirían de maravilla.

 

Durante la cena, uno de ellos expresó preocupación al ver que la mamá Salvaje todavía no comía nada. Ella replicó que tenía calambres y luego prendió la chimenea generosamente para calentarse, y los cuatro alemanes se fueron al granero, subiendo la escalera que los llevaba ahí todas las noches.

 

Apenas la trampilla se hubo cerrado arriba, la vieja quitó la escalera y luego abrió silenciosamente la puerta de la choza para ir a buscar más bultos de paja, con los cuales tapizó la cocina también. Iba descalza sobre la nieve, tan quedamente que nadie oía nada. De cuando en cuando aguzaba el oído para escuchar los ronquidos ruidosos y desiguales de los cuatro soldados dormidos.

 

Cuando consideró que estaba ya todo listo, arrojó uno de los bultos de paja a la chimenea y cuando éste prendió suficientemente, lo usó para encender los otros. Luego salió y se quedó mirando.

 

Un fulgor violento iluminó repentinamente todo el interior de la cabaña, un fuego aterrador que fue cobrando fuerza hasta que la choza fue un horno gigantesco cuyos destellos centelleaban por la estrecha ventana y lanzaban sus rayos de luz sobre la nieve.

 

Entonces se escuchó un duro grito a lo alto de la casa, seguido de un clamor de alaridos humanos, de súplicas desgarradoras de angustia y de terror. Entonces la trampilla del granero cedió al interior de la choza y un torbellino de fuego arremetió contra la parte superior de la casa, atravesando el techo de paja e izándose hacia cielo como la inmensa llama de una antorcha. Y ardió toda la cabaña.

 

Ya no se oía nada a excepción del crepitar del incendio, el derrumbe de los muros, el desplomo de las vigas. De repente el techo de la choza se desmoronó y la carcaza ardiente de la morada expulsó hacia el aire una enorme bocanada de chispas, envuelta en una nube de humo.

 

El campo, todo blanco, iluminado por el fuego, relucía como una costra de plata tiznada de rojo.

 

A lo lejos, una campana se puso a sonar.

 

La vieja Salvaje permaneció parada frente a su choza arruinada, armada con el fusil de su hijo, temerosa de que uno de los hombres lograra escapar. 

 

Cuando vio que ya todo había acabado, arrojó el arma al fuego, que lo recibió con una detonación.

 

La encontraron luego sentada sobre el tronco de un árbol, tranquila y satisfecha.

 

Un oficial alemán, que hablaba francés como si fuera un hijo de Francia, le preguntó:

 

“¿Dónde están los soldados?”

 

Ella levantó el brazo hacia la pila roja del incendio que ya se estaba apagando y exclamó lo más alto que pudo:

 

“¡Ahí adentro!”

 

La rodearon. El prusiano preguntó:

 

“¿Cómo empezó el incendio?”

 

Ella respondió:

 

“Yo lo inicié.”

 

No le creían, pensaron que la catástrofe le había hecho perder la cabeza. Entonces, cuando vio a todo el mundo que la rodeaba y la escuchaba, relató toda su historia de cabo a rabo, desde que recibió la carta hasta el último alarido de los hombres en llamas al interior de su cabaña. No dejó fuera ni un solo detalle de lo que había sentido y de lo que había hecho.

 

Cuando terminó, sacó de su bolsillo los dos papeles y, para saber cuál era cuál, se puso las gafas de nuevo y los leyó a la luz de los últimos resplandores de las llamas, diciendo al mostrar el papel:

 

“Este es el que me habló de la muerte de Víctor.”

 

Con el otro en la mano, añadió, señalando con la cabeza las ruinas rojas de su cabaña:


“Este tiene sus nombres, para que escriban a sus casas.”

 

Le ofreció tranquilamente el pedazo de papel al oficial que la tenía agarrada de los hombros y culminó:

 

“Escríbales diciéndoles cómo murieron y dígales a sus papás que fui yo la que hice esto. ¡Yo, Victoire Simon, la Salvaje! No se les olvide.

 

El oficial gritó un par de órdenes en alemán. La agarraron, la empujaron hacia el muro humeante de su cabaña y entonces doce hombres se alinearon prestamente a veinte pasos de ella. Ella no se movió. Comprendía lo que iba a pasar; esperó.

 

Una orden resonó en el aire seguida de una larga detonación. Un disparó sonó solo después de los otros, atrasado.

 

La vieja no se cayó. Se derrumbó sobre sí misma, como si le hubieran rebanado las piernas.

 

El oficial prusiano se acercó a ella. Las balas la habían prácticamente partido a la mitad, y en su mano, crispada, se aferraba todavía a su carta bañada de sangre.

 

 

Mi amigo Serval terminó diciendo:

 

“Fue en represalia por eso que los alemanes destruyeron el castillo de la región, que era mío.”

 

Yo me quedé pensando en las madres de esos cuatro muchachos tiernos quemados ahí dentro; y en el heroísmo atroz de esa otra madre, fusilada contra ese mismo muro.

 

Recogí una pequeña piedra, todavía chamuscada levemente por el fuego.

Le puede interesar: ¿De qué hablamos cuando hablamos de Carver?

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 170

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.