Un niño reza en un templo budista en Seúl. Crédito: Chung Sung-Jun/Getty Images. Un niño reza en un templo budista en Seúl. Crédito: Chung Sung-Jun/Getty Images.

Buda, una biografía

Karen Armstrong, experta mundial en la historia de la religiones y autora de libros como 'Historia de la biblia', retrata los ochenta años de vida de Siddhatta Gotama, más conocido como Buda. Aquí un adelanto.

2017/10/17

Por revistaarcadia.com

Algunos budistas podrían decir que escribir una biografía sobre Siddhatta Gotama* es algo muy poco budista. En su opinión, ninguna autoridad, por augusta que sea, debería ser reverenciada; los budistas deben motivarse a sí mismos y confiar en sus propios esfuerzos, no en un líder carismático. Un maestro del siglo IX fundador de la línea Lin-Chi del budismo zen llegó incluso a conminar a sus discípulos diciéndoles: "¡Si encontráis al Buda, matad al Buda!" para enfatizar la importancia de mantener la independencia con respecto a las figuras de autoridad. Es probable que Gotama no hubiese aprobado la violencia de aquel sentimiento, pero durante toda su vida luchó contra el culto a la personalidad, y desvió incesantemente de sí mismo la atención de sus discípulos. Lo importante no eran su vida y su personalidad sino sus enseñanzas. Creía haber despertado a una verdad que estaba inscrita en la estructura más profunda de la existencia. Era un dhamma; la palabra posee una amplia variedad de connotaciones pero originalmente hacía referencia a una ley de vida fundamental, válida para dioses, humanos y animales por igual. Al descubrir esta verdad había pasado a ser un iluminado y había experimentado una profunda transformación interior; había alcanzado la paz y la inmunidad en medio del sufrimiento de la vida. Gotama se había convertido, por tanto, en un Buda, un Iluminado o Uno que ha Despertado. Cualquiera de sus discípulos o discípulas podía alcanzar la misma iluminación si seguía ese método. Pero si la gente empezaba a reverenciar a Gotama el hombre, se distraería de su tarea, y el culto podría convertirse en un sustentáculo causante de una dependencia inmerecida, que no haría sino entorpecer el progreso espiritual.

Las escrituras budistas son fieles a ese espíritu y revelan poco acerca de los detalles de la vida y la personalidad de Gotama. Dicho esto, es evidente la dificultad que entraña escribir una biografía del Buda que satisfaga los criterios modernos, dada la escasez de información disponible que pueda considerarse históricamente fidedigna. La primera prueba externa de la existencia de una religión llamada budismo procede de las inscripciones hechas por el rey Asoka, que gobernó el reino Mauryo situado al norte de la India desde 269 hasta 232 a.n.e. Pero este vivió unos doscientos años después del Buda. Como resultado de esa ausencia de datos fiables, algunos estudiosos occidentales del siglo XIX llegaron a dudar de que Gotama hubiese sido una figura histórica. Sostenían que se trataba sencillamente de una personificación de la entonces imperante filosofía Samkhya o un símbolo del culto solar. No obstante, los estudios actuales han abandonado esa postura escéptica y alegan que, pese a que hay poco en las escrituras budistas que pueda considerarse lo que popularmente se ha dado en llamar la «verdad del Evangelio», podemos estar razonablemente seguros de que Siddhatta Gotama existió de verdad y de que sus discípulos preservaron el recuerdo de su vida y enseñanzas tan bien como estuvo en sus manos el hacerlo.

En una investigación sobre la figura del Buda dependemos de las voluminosas escrituras budistas escritas en diversas lenguas asiáticas y que ocupan varias estanterías de una biblioteca. No es de extrañar que la historia de la composición de este vasto cuerpo de textos sea compleja, como sea también muy cuestionado el estatus de sus distintas partes. En términos generales, hay unanimidad en que los textos más útiles son los escritos en pali, un dialecto del norte de la India de origen incierto, cercano al parecer al magadhan, la lengua que Gotama pudo haber hablado. Esas escrituras fueron conservadas por los budistas de Sri Lanka, Birmania y Tailandia que pertenecían a la escuela Theravada. Pero la escritura no se convirtió en una práctica habitual en la India hasta el tiempo de Asoka; el Canon Pali se conservó por tanto a través de la tradición oral y es probable que no fuese escrito hasta el siglo I a.n.e.

¿Cómo fueron compuestas estas escrituras? Parece que el proceso de conservación de las tradiciones sobre la vida y las enseñanzas del Buda empezó poco después de su muerte, acaecida en el 483 (según la datación occidental tradicional). En aquellos tiempos, los monjes budistas llevaban una vida itinerante; yendo y viniendo por las ciudades y los pueblos que había a lo largo de la llanura del Ganges y llevando a las gentes su mensaje de iluminación y liberación del sufrimiento. Durante la estación de las lluvias, sin embargo, se veían forzados a abandonar su peregrinaje y se congregaban en los diversos asentamientos que tenían a su disposición y, durante esos retiros monzónicos, los monjes ponían en común sus doctrinas y prácticas. Poco después de la muerte del Buda, los textos pali nos dicen que los monjes celebraron un concilio para decidir un método que estableciera las distintas doctrinas y prácticas existentes. Parece ser que cincuenta años más tarde, algunos de los monjes de las regiones más orientales del norte de la India recordaban aún a su gran Maestro; y otros empezaron a recoger su testimonio de una manera más sistemática. Todavía no podían escribirlo, pero la práctica del yoga había dotado a muchos de ellos de memoria extraordinaria y, de este modo, desarrollaron métodos mnemotécnicos para recordar los discursos del Buda y las detalladas reglas de su Orden. Al igual que probablemente hubiera hecho el mismo Buda, pusieron en verso parte de su doctrina y es posible que incluso llegaran a cantarla; también crearon un estilo formulista y repetitivo (aún presente en los textos escritos) para ayudar a los monjes a memorizar los discursos. Dividieron los sermones y las reglas en cuerpos de material distintos pero solapados, y a algunos monjes se les encomendó la tarea de aprender de memoria esa antología y transmitirla a la generación siguiente.

Aproximadamente cien años después de la muerte del Buda se celebró un Segundo Concilio y parece ser que para entonces algunos de los textos ya habían alcanzado la forma del actual Canon Pali. Este suele recibir el nombre de Tipitaka («Tres Cestas»), porque cuando posteriormente fueron puestos por escrito, los textos se guardaban en tres receptáculos separados: La Cesta de los Discursos (Sutta Pitaka), la Cesta de las Disciplinas (Vinaya Pitaka), y un cuerpo misceláneo de enseñanzas. Cada una de estas tres «Cestas» estaba subdividida de la siguiente forma:

1. Sutta Pitaka, que consta de cinco «colecciones» (nikayas) de sermones pronunciados por el Buda:

a) Digha Nikaya, una antología de treinta y cuatro de los discursos más largos, centrados en la formación espiritual de los monjes y monjas, en los deberes de los laicos, así como en los diversos aspectos de la vida religiosa de la India en el siglo V a.n.e. Contiene también una descripción de las cualidades del Buda (Sampasadaniya) y de los últimos días de su vida (Mahaparinibbana).

b) Majjhima Nikaya, una antología de 152 discursos (suttas) de extensión media que incluyen una amplia colección de historias sobre el Buda, su lucha por alcanzar la iluminación, sus primeros sermones, así como algunas de las doctrinas básicas.

c) Samyutta Nikaya, una colección de cinco series de suttas divididos en temas en función de su contenido, como el Noble Sendero óctuple y la naturaleza de la personalidad humana.

d) Anguttara Nikaya, que tiene once divisiones de suttas, la mayoría de las cuales están incluidas en otras partes de las escrituras.

e) Khuddaka-Nikaya, una colección de obras menores que incluyen textos tan populares como el Dhammapada, una antología de los epigramas y poemas breves del Buda; el Udana, una colección de algunas de las máximas del Buda compuestas en su mayor parte en verso, con introducciones que explicaban cómo debían ser recitadas; los Sutta-Nipata, otra colección de versos que incluyen algunas leyendas sobre la vida del Buda; y los Jataka, historias sobre las vidas anteriores del Buda y sus compañeros para ilustrar cómo el kamma (“las acciones”) de una persona tenían repercusiones en sus existencias futuras.

2. El Vinaya Pitaka, el Libro de la Disciplina Monástica, que codifica las reglas de la orden. Está dividido en tres partes:

a) SuttaVibhanga, que enumera 227 ofensas que deben ser confesadas a intervalos quincenales, con un comentario que explicaba cómo se había elaborado cada regla.

b) Khandhakhas, que están subdivididos en Mahavagga (Las Series Mayores) y Cullavagga (Las Series Menores), que establecen las reglas para la admisión a la orden, la forma de vida y las ceremonias, e incluyen comentarios y explicaciones de los incidentes que dieron origen a las reglas. Estos comentarios que preceden a cada una de las reglas han conservado leyendas importantes sobre el Buda.

c) Parivara: resúmenes y clasificaciones de las reglas.

La «Tercera Cesta» (Abhidhamma Pitaka) es un análisis filosófico y doctrinal y no tiene demasiada relevancia para el biógrafo. Después del Segundo Concilio se produjo un cisma en el movimiento budista que quedó escindido en diversas sectas. Cada una de las escuelas tomó los textos antiguos pero los reorganizó de manera que sirviesen a sus propias enseñanzas. En términos generales, parece que no se descartó nada del material, aunque sí se añadieron y reelaboraron algunas de las partes. Sin duda, el Canon Pali, la escritura de la escuela Theravada, no era la única versión del Tipitaka, pero sí fue la única que sobrevivió en su totalidad. Con todo, pueden hallarse fragmentos de algún material hindú perdido en traducciones posteriores de las escrituras al chino o en las escrituras tibetanas, que constituyen las primeras colecciones de textos sánscritos. Así pues, a pesar de que esas traducciones fueran realizadas en los siglos V y VI, alrededor de mil años después de la muerte del Buda, algunas de sus partes son de la misma antigüedad y corroboran el Canon Pali.

De esta breve exposición resaltan varios aspectos que afectarán nuestra forma de abordar el material escriturario. En primer lugar, los textos pretenden ser colecciones de las propias palabras del Buda sin que medie ninguna aportación de autoría por parte de los monjes. Esta forma de transmisión oral excluye la posibilidad de una autoría individual; estas escrituras no son el equivalente budista de los evangelistas conocidos como Mateo, Marcos, Lucas y Juan, cada uno de los cuales dio su propia interpretación idiosincrásica del evangelio. No sabemos nada de los monjes que compilaron y corrigieron todos estos textos, ni tampoco de los escribas que más adelante los pusieron por escrito. En segundo lugar, el Canon Pali tiene el deber de reflejar el punto de vista de la escuela Theravada y puede haber alterado los originales con propósitos polémicos. En tercer lugar, a pesar de la excelente memoria de los monjes, ejercitada mediante la disciplina del yoga, este modo de transmisión resulta inevitablemente imperfecto. Cabe la posibilidad de que se perdiera gran parte del material, que algunas partes fuesen malentendidas y, muy probablemente, en un estadio tardío, que las opiniones de los monjes acabaran por proyectarse en el Buda. No hay forma alguna de distinguir las historias y los sermones auténticos de los inventados. Las escrituras no nos aportan la información necesaria que pueda satisfacer los criterios de la historia científica moderna. Solo pueden aspirar a ser el reflejo de una leyenda sobre Gotama que existió tres generaciones después de su muerte, cuando el Canon Pali tomó su forma definitiva. Las escrituras chinas y tibetanas posteriores contienen sin duda material antiguo pero representan también un desarrollo ulterior de la leyenda. Asimismo, hay que considerar el hecho moderatorio de que el manuscrito pali más antiguo que ha sobrevivido hasta nuestros días cuente solo con quinientos años de antigüedad.

Pero no hay que desesperar. Los textos contienen ciertamente material histórico que parece ser auténtico. Hallamos mucha información sobre el norte de la India del siglo V a.n.e. que coincide con las escrituras de los jainistas, contemporáneos de Buda. Los textos recogen referencias precisas a la religión de los Vedas, acerca de la cual los budistas que compusieron las escrituras y los comentarios posteriores eran bastante legos; encontramos alusiones a personajes históricos, como el rey Bimbisara de Magadha, el origen de la vida urbana, y las instituciones políticas, económicas y religiosas del periodo que coincide con los hallazgos hechos por arqueólogos, filólogos e historiadores. En la actualidad, los estudiosos del budismo consideran probable que parte de este material escriturario se remonte a los inicios mismos del budismo. Hoy en día resulta difícil aceptar la opinión decimonónica de que el Buda era una mera invención de los budistas. Este compendio de enseñanzas muestra una congruencia y una coherencia tales que apuntan a una única personalidad original, y resulta difícil considerarla fruto de una creación conjunta. No debe desestimarse la posibilidad de que algunas de estas palabras hubiesen sido pronunciadas verdaderamente por Siddhata Gotama, a pesar de que no sepamos a ciencia cierta cuáles fueron.

*En la cultura occidental, al Buda suele llamársele Siddharta Gautama, si bien aquí se ha respetado el criterio de la autora. (N. de la T.)

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