Foto de cubierta de 'Las guerras de Tuluá', de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Foto: Jairo Osorio (2018). Foto de cubierta de 'Las guerras de Tuluá', de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Foto: Jairo Osorio (2018).

Cómo nos matamos en Colombia: ‘Las guerras de Tuluá’, de Gustavo Álvarez Gardeazábal

Los 20 relatos del libro más reciente del escritor tulueño Gustavo Álvarez Gardeazábal revisa, desde su cronología bélica, la historia de las violencias en el Corazón del Valle.

2018/09/26

Por John Saldarriaga

Por qué y cómo se han matado en el Corazón del Valle son cosas que cuenta Gustavo Álvarez Gardeazábal en Las guerras de Tuluá, un volumen de Ediciones Unaula. Conformado por 20 relatos, el libro recrea una serie de escenas bélicas de la región en orden cronológico: desde una protagonizada por el cacique pijao Burrigá, un indio rezado, dueño de fuerza y maneras sobrenaturales; pasando por el duque de Wellington, un inglés que vino a traerle esterlinas a su paisano Tyrrel Moore, quien andaba en las minas de Marmato, hasta Calígula Restrepo, un malvado a quien mataron con un método grotesco, acorde con su vileza, y otro rezado, un sicario del tiempo actual.

Los relatos tienen de cuento, crónica y testimonio. Están documentados en los archivos, la tradición oral y en la memoria del autor surtida con episodios oídos o padecidos.

Estas son las primeras líneas del volumen, en una especie de introducción:

“En Tuluá hemos vivido todas las guerras. De todas hemos salido. Por eso, tal vez, no le tenemos miedo al posconflicto ni a los bandidos, ni a los criminales ni a los soldados, ni a los policías que la han azotado, cualquiera que haya sido la época en que ellas hayan sucedido y los genes que se hubiesen podido entrecruzar para forjar el temperamento y la actitud del tulueño, que cuando no se heredan se vuelven contagiosos”.

La magia de la literatura y, más, de las historias bien contadas, consigue que un libro que pretende hablar de odios y muerte, de violencia e iniquidad, resulte mostrando rasgos culturales de un pueblo. Revelando la forma cómo sus habitantes se relacionan entre sí, cómo se quieren o se desprecian, se venden y compran cosas, en qué creen y de qué manera, lo que comen y beben, a qué se dedican para vivir.

Eso sucede en Las guerras de Tuluá. El libro exhibe aspectos culturales tulueños y vallecaucanos en los que, por supuesto, se notan influencias de otros pueblos, como el antioqueño, el tolimense, el caucano y el nariñense, no menos agresivos que los primeros. Y eso de mostrar la cultura se da porque Gardeazábal, además de narrar los hechos, les provee carne y hueso y les pone nombres. Así dejan de ser asuntos abstractos y se convierten en realidad concreta, enriquecida con ficción.

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El estilo cuidado, lleno de malabares lingüísticos que no distraen, sino que sorprenden, puede notarse desde las primeras páginas del volumen:

“Cuando los tiempos no eran tiempos, y el río inundaba todas las orillas, y mucho más, abundaban los sauces en la franja oriental”.

Una forma distinta de decir que se trata de tiempos remotos: esos durante los cuales el bravo cacique habitaba esas breñas y, al decir de las leyendas, era un rezado o ayudado por fuerzas misteriosas. Además de “La mano de Burrigá”, relato que inicia con esas palabras, todos los demás poseen alguna singularidad: el personaje extraordinario, la anécdota, los métodos de resolver los problemas. Y cada uno se enmarca en un capítulo de las guerras colombianas.

Sí, los 20 relatos, pero ¿cómo no mencionar al menos algunos de ellos para sembrar en los lectores la semilla de la curiosidad?

“Calígula Restrepo”, por ejemplo, es impresionante. Malévolo desde chiquito, Carlos Humberto Restrepo era promiscuo y zoofílico, así como tramposo en los juegos. No robaba por carecer de medios, puesto que era rico, sino por la pasión que sentía al hacerlo. Y al matar. Con maldad formó un imperio de miedo que parecía indestructible. El ‘tatequieto‘ se lo puso alguien que se suponía indefenso: una viuda, quien usó abejas como arma.

“El paredón de los amores”, “Los dados de Teodoro” y “El último de los rezados” revelan ese fetichismo que, junto con la violencia y la corrupción de los gamonales y caciques, constituyen los temas obsesivos del autor de Cóndores no entierran todos los días (1972). En el primero de estos tres relatos cuenta de un hombre, Martiniano García, que no moría por los tiros que le disparaba el pelotón de fusilamiento, porque estaba asistido por el demonio. El segundo, la historia de Teodoro González, un amansador de caballos y jugador, de quien dijeron que jugaba con dados hechos con huesos de soldados caídos en la Guerra de los Mil Días. Que por eso ganaba tanto. Y este asunto, que mantenía el asombro en los otros juerguistas, le impidió descansar en paz cuando murió. Y “El último de los rezados”, con el que termina el volumen, es el de un sicario amparado con placa de metal en el cuello y escapulario de la Virgen del Carmen amarrado en los testículos, porque en nuestro medio, los malos son tan devotos como sus víctimas. Este matón cobra deudas de otros; en este caso, la de un amor traicionado.

De Las guerras de Tuluá queda, entre otras, esta conclusión: en el Corazón del Valle se han matado por lo mismo y de igual manera que nos hemos matado en el resto del país: por líos indígenas, en tiempos prehispánicos; choques entre nativos y españoles, en la Conquista; ideas federalistas y centralistas, en la República; disputas territoriales, como las de ‘paracos’ y ‘guerrillos’, en tiempos recientes; narcotráfico; celos de enamorados y, sobre todo, por tierra. Mediante enfrentamientos, emboscadas y explosiones. Con flecha, magia, bala y motosierra.

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Las guerras de Tuluá 
Gustavo Álvarez Gardeazábal

Ediciones Unaula
182 páginas

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