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Contra la literatura políticamente correcta en los colegios

OPINIÓN ONLINE | "Un buen profesor no es el que entrega información. No es el que escribe una ecuación o quien pide un informe de lectura, una definición, una tabla de resultados o una noticia. Un buen profesor, un buen gestor de lectura, de escritura, es ante todo un provocador. Es alguien que incita a la curiosidad, que despierta una emoción en sus alumnos, que toca las fibras, que induce a la curiosidad y al conocimiento".

2018/09/20

Por Andrés Delgado

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta “el modo imperativo”. Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, que no lean un libro porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.

Jorge Luis Borges

Instrucciones para odiar la literatura

En mi caso, para odiar la literatura solo necesité cumplir un requisito sencillo y forzoso: ir al colegio. El memorial continúa: para odiar la filosofía, el arte, las matemáticas y sus aplicaciones en la física y la química, para odiar el conocimiento académico, solo necesité pasar seis años en el bachillerato.

En el colegio tuve los peores profesores. En décimo grado tuvimos uno que apodábamos ‘el Bruto’, un tipo con bigote y barriga que enseñaba trigonometría. Se ganó el apodo porque, luego de atiborrar el tablero con un sartal de ecuaciones, sus respuestas no coincidían con las del libro de texto. Para localizar su error, se veía obligado a repasar el enjambre de números blancos en un tablero verde mientras nosotros, sentados en los pupitres, aprovechábamos para ver revistas de porno. Y para reírnos. Porque a esa edad, el porno en comunidad provoca risa.

Pasaba el año 1994, estábamos en noveno y estudiábamos en un colegio masculino, salesiano, con curas, donde las únicas mujeres eran dos profesoras ya muy adultas y tres señoras del aseo. Una crueldad. Educarnos lejos de las chicas nos dejaba vulnerables y fantaseando mil bobadas.

Las horas con el Bruto eran muy esperadas por todos: para la clase de trigonometría no olvidábamos empacar la revistilla de turno, que metíamos entre las páginas del libro de español para echarle un ojo fingiendo el repaso de una clase de gramática. Mientras tanto, el profe miraba con resentimiento a causa del interés que cobraba el bendito libro.

Pasábamos por esa cruel y tormentosa etapa de la vida en la que, por cualquier bobada bien fuera por un afiche con una modelo en tangas o unos calzones de la tía mal colgados, éramos víctimas de un torturante dolor de vena.

Pero todo no podía ser felicidad. En una ocasión, Mauricio Moore, condenado por la envidia, nos delató con el cura coordinador de disciplina. Fue su venganza por negarnos a prestarle la revista. Quería llevársela para la casa, pero nos negamos a su pedido. Entonces vino su desquite. El cura salesiano ordenó que nos presentáramos en su oficina.

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*

En la época no había internet. Ni celulares, ni chat. Para llamar a nuestra chica por teléfono debíamos tener el valor de marcar y esperar en la línea. Si contestaba el papá o la mamá, saludar con cortesía y decir quién eras; si apenas estabas comenzando a conversar con la susodicha, que era la etapa más difícil, ganarte la confianza de los suegros. Era la época en la que dedicábamos canciones por teléfono: grababas la canción en un casete cuando la pasaban por una emisora y luego la llamabas. Cuando la chica pasaba al teléfono soltabas la tecla de pausa y rezabas para que ella colgara y se quedara pegada a la bocina durante todo el tema.

Para ver la foto de una mujer empelota había que trabajar duro. Nosotros monopolizábamos el porno, pues éramos los únicos con el valor suficiente de darle la cara al sujeto del ventorrillo, donde las comprábamos. Y cuando hablo de “nosotros” hablo de Pablo, Felipe, ‘La tripa’, y ‘Empanada’. Todos los días viajábamos desde el municipio de Bello hasta el barrio Belén, en Medellín, una hora y media de ida y el mismo de venida. Realizar ese recorrido, para nosotros, fue sacar los ojos a un mundo nuevo. Caminar todos los días por el centro de Medellín con sus demonios y ángeles. Durante una de esas caminatas por el centro, se nos ocurrió comprar la revistilla. Y nos morimos de risa. Éramos inocentes. Lo que más nos incitaba era tener el valor para cometer la travesura. Hicimos la vaca, lo que ahora llaman un crowdfunding.

Dejar la vergüenza y poseer el coraje para comprarla nos dejó cierto prestigio entre nuestros amigos, hasta que llegó la venganza de Mauricio Moore. El regaño del cura nos hizo sentir avergonzados. Encerrados en la oficina con el cura, fuimos obligados a entregarle el material.

¡Se van a volver maricas o qué! nos gritó el coordinador de disciplina detrás de su escritorio.

Nunca entendí ese desafío. La revista contenía contenido heterosexual. Faltaba ver lo que el cura tenía en la cabeza. Tampoco le vimos problema al hecho de que el cura fuera gay. Lo que nunca entendimos fue qué tenía que ver una revista de porno con maricas.

Mientras recibíamos la monserga, sobre el escritorio seguía el número de la revista Sueca, que en esa edición traía en la portada una adorable rubia que verificaba la textura de un ejemplar africano. Más tarde, el cura nos mandó para el salón y se quedó con el material.

En adelante fuimos víctimas de una constante vigilancia por parte de las directivas y, de esa manera, nos vimos en la obligación de aburrirnos sin remedio en las clases del Bruto.

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Durante el primer semestre de la universidad, estudiando ingeniería de producción y “ciencias exactas”, clavado en mi escritorio y memorizando que el seno es igual a la longitud del cateto opuesto sobre la hipotenusa, recordé al Bruto y me arrepentí por no estudiar en su tiempo las consagradas funciones trigonométricas.

Ahora bien, después de varios años de graduado del bachillerato, no solo sigo extrañando al profesor de Matemáticas que no tuve, sino también al profesor de Literatura. Extraño a ese desconocido que pudo incitarme no solo a mí, claro, sino también a todos mis amigos, el amor por las novelas y los cuentos. El asombro por la ficción. Gracias a nuestros profesores estuvimos a punto de renegar de la literatura y las matemáticas por el resto de nuestras vidas.

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En la adolescencia, escuchando Guns N’ Roses, Poison y Pink Floyd, tomando vino cherry en el Parque del Periodista, que ahora es sede del periódico Universo Centro, yo no entendía para qué diablos se leían novelas. Me parecía una tontería leer cuentos, más si contaban las historias de campesinos, fincas y carretas de caballo. Yo era, ante todo, un rockero y esos temas me aburrían tremendamente. Leer la historia de Pedro Páramo en el bachillerato fue una pérdida de tiempo. Cuando nos obligaron a leerla nos pareció el libro más enredado del mundo. Lo único que entendimos fue que Pedro Páramo fue un mujeriego a morir y engendró docenas de hijos. De resto, el aporte que nos dejó fue el apodo para Jorge Andrés Giraldo, un muchacho alto y acuerpado, que alardeaba de sus amoríos y bluyiniadas. Cada que veíamos a Jorge Andrés lo saludábamos chocando la mano:

¡Cómo estás Pedro Páramo! le decíamos, ¿cuándo vas a entender que ya existen los condones?

Y nos desternillábamos de risa.

Más tarde nos pidieron leer Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, y yo, en vez de leerla y hacer un estudio propio, compré un libro amarillo que contenía el análisis más completo que podría soñar ?lo compre, claro, en el centro de Medellín, en el pasaje La Bastilla: para algo más que comprar porno servía ese viaje desde Bello hasta Belén?. Esos libros amarillos con análisis ahora son muy comunes pero en 1994 eran la novedad, el cielo, la salvación.

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Con libro en mano me fui para la casa y me agarré a copiar el resumen y el resto de cosas que pedía el profesor. Estando en esas llegó mi mamá por detrás y me sorprendió. Me regañó por la trampa y cuando le expliqué por qué me parecía tan aburridora la novela, entonces cogió el libro, leyó la primera hoja y me dijo: “venga, yo le hago el resumen”.

En menos de una semana, mi mamá tenía listo el análisis. En las noches, la veía leyendo en la sala y no entendía cómo era posible que un libro le robara la atención de esa manera. En adelante, ella fue quien leyó todas las novelas de mi bachillerato. Me escribía un borrador y yo lo pasaba en limpio para entregárselo al profesor. De esa manera mi mamá leyó Cien años de soledad, La Odisea, un par de capítulos de Don Quijote, el Cantar del mio Cid, El lazarillo de Tormes, Rayuela, La ciudad y los perros y algunos de Tomás Carrasquilla, entre otros.

Hace años, cuando volví a leer a don Miguel de Cervantes, no podía creer que en el colegio nos hubiéramos aburrido tanto. Don Quijote es tremendamente entretenido. Lo leí durante los viajes en metro para el trabajo y la gente en el vagón me miraba extrañadísima cuando soltaba las carcajadas. Algo similar sucedió cuando volví a leer a don Tomás Carrasquilla y los demás que supuestamente ya había leído en el colegio. Entendí por qué son unos maestros. Y así podría seguir regalando flores a autores que leímos en el bachillerato. Sabemos que sus novelas son realmente buenas, pero no se disfrutan gratuitamente: hay que tener un buen profesor que dé luces para divertirse.

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*

Aun así, sabemos que no siempre fuimos alérgicos a los libros. Resulta extraordinario ver la sensibilidad de los niños en los centros infantiles por los cuentos. Su asombro por las ilustraciones y el encanto producido por la lectura en voz alta. Al verlos concentrados en la historia parece fácil concluir que la fascinación por la literatura es una cualidad innata, inherente: parece una cualidad natural, no hay que enseñarla, ellos saben que la literatura es un tesoro, ellos disfrutan la literatura. Lo malo es que crecemos y vamos al colegio. Y entonces olvidamos nuestra fortuna, la fortuna de gozar con las historias escritas. Pero, claro, ese olvido no solo es responsabilidad del colegio.

Libros perturbadores

Fomentar la lectura en los muchachos es muy difícil. Eso parece cierto, porque si lo que se les recomienda no está conectado con novios, novias, calle, rumba, redes sociales y demás, es muy difícil que se conecten.  

En el ejercicio de fomentar la lectura entre el público juvenil, dentro de las instituciones educativas y los clubes de lectura en las bibliotecas, se ha evidenciado una segmentación entre una literatura lícita y otra que no lo es, entre las historias supuestamente idóneas y otras censuradas: literatura juvenil políticamente correcta y políticamente incorrecta.

La literatura correcta es aquella que puede impartirse desde el currículo y gusta a los profesores, a los padres de familia y, en algunas ocasiones, incluso llega a gustarles a los muchachos. En esta clasificación, podrían estar Tomás Carrasquilla, Doña Bárbara, Pedro Páramo y los clásicos del boom. También las sagas de El Señor de los Anillos, Harry Potter, Robert Louis Stevenson (vamos a mezclar a la loca, como nos gusta), John Green, Mario Mendoza, Triunfo Arciniegas.

La literatura políticamente incorrecta, por su padre, no es bien vista por los currículos, ni por los profesores, mucho menos por los padres de familia y, sin embargo, les encanta a los muchachos. Son hechizados por estas historias. En este margen están Cincuenta sombras de Grey, Las edades de Lulú, la crónica roja, el periódico Universo Centro, El club de la pelea, Opio en las nubes, El síndrome de Ulises y, en general, las historias transgresoras y los libros perturbadores y los escritores bajo sospecha: Bukowski, Rubem Fonseca, Henry Miller, Sade, William Burroughs, Tenemos que hablar de Kevin de  Lionel Shriver,  las novelas de Cormac McCarthy, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, autores colombianos como Gloria Susana Esquivel, David Gil, Cristian Romero o Gilmer Mesa. Incluso me dicen algunos profes que nunca recomendarían esa novela Sabotaje de editorial Planeta. Lo contradictorio es que a los muchachos les engancha la historia de Julián Cartagena, cuando acaba de salir del colegio y tiene que ir al ejército. Hace poco vi en un catálogo de colegio Las edades de Lulú de Almudena Grandes y me pareció muy bien.

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Cuando se hace la diferencia entre la literatura políticamente correcta e incorrecta para colegios no quisiera defender a una y denigrar de la otra. Ambos tipos de lectura son muy convenientes. Ambos tipos de autores son maravillosos.

Como siempre, en las clasificaciones hay que tener en cuenta que la línea divisoria, en muchos casos, se difumina y se pierde. No se llega a saber con certeza en parte de la clasificación se encuentra el libro y el autor. Ese criterio es muy variado y personal. Si a mí, por ejemplo, me parece perfectamente recomendable un libro para el bachillerato como El club de la pelea, para otra persona será una pésima recomendación. Lo importante es dejar el miedo. Lo importante dejar de ser timoratos y pacatos.

Una tarde, en la biblioteca en la que trabajo, recibí una llamada solicitando una actividad de fomento de lectura para el día del idioma. Era una profesora, desde un colegio de monjas, acá en Medellín. Le dije que, por supuesto, estaba dispuesto. Me dijo que le pasara primero los títulos y el material de lectura. “En el colegio tenemos un catálogo de títulos que les evitamos a las niñas, usted sabe esto es un colegio muy exigente”. No dije nada, pero pensé que no era un colegio exigente: era un colegio de la Edad Media. Le pregunté a la profesora qué temas estaba trabajando con las niñas de décimo y once, los grados en los que haríamos la actividad. Me contestó que estaban estudiando la mitología griega. Me rasqué la frente. Resoplé. Llenándome de paciencia, le dije que no había problema. Para la actividad prepararía un taller con esa línea de trabajo. Colgué sin dejar de pensar que era una necedad. Debía negarme. Mitología griega. Me repetía una y otra vez todo un inventario de infidelidad, traición amorosa, incesto, Edipos, Electras y otras transgresiones. Mitología griega, por Dios. Esa profe está en las nubes.

Como digo, lo importante es asumir el riesgo. He visto profesores que se leen con los muchachos Rosario Tijeras, Toño Ciruelo de Evelio Rosero y las de Fernando Vallejo. Para esos profes, mi admiración.

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Un buen profesor no es el que entrega información. No es el que escribe una ecuación o quien pide un informe de lectura, una definición, una tabla de resultados o una noticia. Esos datos están en todas partes. Están en los libros, en “San Google” y Wikipedia. Un buen profesor, un buen gestor de lectura, de escritura, es ante todo un provocador. Es alguien que incita a la curiosidad, que despierta una emoción en sus alumnos, que toca las fibras, que induce a la curiosidad y al conocimiento.

En la ingeniería tuve un par de profesores que fueron excelentes provocadores. Gracias al entusiasmo que sentían por sus materias, por el afán de influenciar su pasión, por su desprendimiento de la calificación, sin dejar de ser sumamente estrictos, gracias a todo ello, yo que soy un vago impenitente, aprendí a disfrutar las ecuaciones diferenciales, el álgebra lineal, la física de las ondas y la mecánica de los sólidos.

Al Bruto lo recuerdo como a un viejo bonachón que por los azares de la vida fue a dar de profesor sin proponérselo. Por otro lado, hubiera sido muy gratificante tener en décimo grado a un buen profesor de español y literatura que, antes de exigirnos la memorización de un cuestionario, donde pedía la definición de horda, espeleología, beduinos, y otras cosas, antes de preguntar quién fue Némesis, Esaú o Picasso, nos hubiera puesto a leer novelas de policías y ladrones, los cuentos de Andrés Caicedo, Andersen, Agatha Christie, Poe y muchos otros.

Lo grave es que los profes no están apasionados, no leen, y eso es muy grave.

Para odiar la literatura solo se necesita ser un alumno juicioso y seguir las lecturas de los peores profesores: los que enseñan en el bachillerato.

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