George Washington Williams, 1889. George Washington Williams, 1889.

¿Cuál es (o debería ser) el lenguaje de la atrocidad? La carta abierta de George Washington Williams a Leopoldo II

Esta carta de 1890 del historiador afroamericano al rey belga abre un interrogante de enorme relevancia ahora que buscamos reconstruir qué pasó en el conflicto armado: ¿cuál es la manera más adecuada de hablar de los hechos atroces?

2019/05/08

Por Felipe Botero Quintana

Esta carta de 1890 del historiador afroamericano al rey belga abre un interrogante de enorme relevancia ahora que buscamos reconstruir qué pasó en el conflicto armado: ¿cuál es la mejor manera o la manera más adecuada de hablar de los hechos atroces?

En uno de los mejores ensayos incluidos en la más reciente edición crítica en inglés de El corazón de la oscuridad, de Joseph Conrad, Alan Simmons se pregunta cuál es (o cuál debería ser) el lenguaje de la atrocidad.

Esto lo hace después de explorar la relación histórica que hubo entre Conrad y Roger Casement cuando se cruzaron en el Congo en 1890 y comparar la forma en que ambos dieron testimonio acerca de los horrores que encontraron ahí. Simmons dice:

La caracterización que Marlow hace de los rituales que preside Kurtz como “innombrables” sugiere la idea de que el lenguaje no es el medio adecuado para comunicar aquello de lo que fue testigo. Pero la diferencia entre la escritura de Conrad y la escritura de Casement y la diferencia entre las audiencias a las que sus textos estaban destinados refleja la divergencia en la versión de sus experiencias en el Congo: mientras que el Informe del Congo de Casement está escrito en un lenguaje factual destinado a ser leído por los miembros del Parlamento inglés, el relato ficticio que se halla en El corazón de la oscuridad está destinado al mercado literario (Norton, p. 187).

Y, en efecto, la diferencia de la manera en la que Conrad y Casement comunican su denuncia de violencia política suscita un interrogante de enorme relevancia acerca de cuál es la mejor manera o la manera más adecuada de hacerlo (particularmente para un país como el nuestro que desde hace ya más de una década, desde el proceso de Justicia y Paz del gobierno de Álvaro Uribe, vive un escenario de tránsito en el que brotes de paz conviven con antiguas y nuevas formas de guerra y violencia, y en el que desde entonces ha sido de fundamental importancia escuchar el testimonio de víctimas y victimarios acerca de lo que ha sucedido acá). Esa es la razón de ser de las múltiples comisiones de la verdad que hemos creado en los últimos años y de labores tan inexpresablemente importantes como las llevadas a cabo por el Centro de Memoria Histórica, a la vez que una de las piedras angulares de la justicia transicional, en la que los ciudadanos –en particular aquellos que han padecido el flagelo de la violencia política de nuestro país en carne propia– renuncian a cierto grado de justicia para obtener verdad, en la medida que esta es indispensable para iniciar el proceso de reconciliación que eventualmente posibilitará el fin del conflicto interno que asola a Colombia casi desde su fundación.

Le puede interesar: Prefacio a ‘El negro del “Narciso”’, de Joseph Conrad

Novelas como Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal, o Los ejércitos, de Evelio Rosero, han sabido hacer un recuento literario de los distintos periodos de violencia de nuestro país de manera magistral, tremendamente relevante y valiosa, y brindándonos una visión más profunda de los personajes que han habitado nuestra historia (tanto víctimas como victimarios), de sus motivaciones y de las complejas circunstancias que rodean la erupción de la violencia. Asimismo, nos hacen sentir de manera desgarradora el desamparo, la impotencia y el sentido de injusticia de quienes se ven envueltos en esos torbellinos de violencia y lo pierden todo (su hogar, su familia, su razón de ser) al encontrarse en la mitad de un conflicto que los involucra pero no les permite tener incidencia sobre él (pues sus raíces y finalidades les son ajenas o están fuera de su control) y que muchas veces se desvanece tan repentina e inexplicablemente como surgió. Así, nos conmueven para que con nuestras convicciones y con nuestros actos intentemos evitar la repetición de los ciclos de violencia que han marcado la evolución de nuestra sociedad desde su nacimiento.

¿Vale la pena preguntarse si semejantes recuentos literarios son más o menos valiosos, relevantes o importantes que los testimonios recogidos en los múltiples informes del Centro de Memoria Histórica, en los que se pretende un registro polifónico y plural, sí pero, en todo caso, apegado a la realidad de los sucesos, sin licencia poética alguna, lo más cercano a ese fenómeno elusivo y multifacético que llamamos “verdad”? Ya desde la Antigüedad se había planteado este debate: Aristóteles, en su Poética, afirmaba que el arte era más importante “más filosófico y elevado” que la historia, porque esta se ocupaba de relatar lo que había sucedido, mientras el arte se ocupababa de lo que hubiera podido suceder; es decir, el artista da rienda libre a su imaginación para explorar los diferentes caminos que la vida reduce al obligarnos a tomar tan solo uno. Por ello, el arte es para Aristóteles más amplio, más general, más universal que la historia.

Le puede interesar: De lo que no se puede hablar: una columna de Andrea Mejía

En todo caso, en contra de Aristóteles se podría argumentar que no, que ni el arte es más valioso e importante que la historia ni tampoco sucede a la inversa, pues en realidad no estamos obligarnos a escoger entre ninguno. Más bien, podemos servirnos de ambas ramas de distintas maneras, haciéndolas complementarse para quedarnos con una visión más plena y diversa de la realidad, pues en últimas ambas son igual de necesarias para reflexionar sobre el pasado y así trazar de la mejor manera posible el camino hacia adelante. Eso es más o menos lo que parece concluir Simmons, como se podría leer en el siguiente párrafo:

En otras palabras, al comunicar atrocidades se requiere un discurso que sea capaz de transmitir la “innombrable” verdad sin sonar exagerada o absurda. Pues lo que nos concierne no es sólo la verdad sino lo que puede ser creído. Y yo creo que la contribución de “El corazón de la oscuridad” al movimiento reformista [del Congo] justamente yace en que, en último término, ayudó a crear un contexto y unas condiciones para que las atrocidades que se oían acerca del Congo fueran creídas, precisamente porque el extremo de “horror” al que alude no puede ser adecuadamente transmitido sólo a través de los hechos (Norton, p. 189).

Así pues, en esta entrega de ARCADIA Traduce quisimos ofrecer, a manera de contrapeso histórico a la publicación literaria de la nueva edición de El corazón de la oscuridad que lanzó El Peregrino Ediciones en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, un testimonio factual acerca de los sucesos que se presentan en la novela de Conrad: la carta abierta que el historiador afroamericano George Washington Williams le envió a Leopoldo II después de subir por el río Congo hacia las Cataratas Boyoma para denunciar los hechos que vio a su paso y avergonzar pública e internacionalmente al rey de los belgas. Este testimonio es bastante apropiado como paralelo histórico de la obra de Conrad, pues el trayecto que hizo Williams fue exactamente el mismo que hizo Conrad cuando estuvo en el Estado Libre del Congo (de hecho, lo hicieron en el mismo año, en 1890, por lo que resulta harto probable que se hayan cruzado en el camino) y, de hecho, fue también el mismo trayecto que hizo Marlow hacia Kurtz después, en la “traducción” literaria que Conrad hizo de sus memorias en El corazón de la oscuridad.

Una carta abierta a Su Serena Majestad Leopoldo II, Rey de los Belgas y Soberano del Estado Independiente del Congo

George Washington Williams

Benévolo y Grandioso Amigo,

Tengo el honor de someter a consideración de su Majestad algunas reflexiones acerca del Estado Independiente del Congo hechas con base a un cuidadoso estudio e inspección del país y del carácter del Gobierno personal que usted ha establecido en el continente africano.

Para que usted pueda conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, le ruego que me permita dirigirme a usted sin restricción, con la franqueza de un hombre que siente que tiene un deber hacia la Historia, la Humanidad, la Civilización y el Ser Supremo, que es él mismo el “Rey de Reyes”.

Su Majestad es testigo del afecto que profeso a su persona y a su Estado africano, del cual le he ofrecido amplias evidencias prácticas a lo largo de casi seis años. La amistad y el servicio que le debo al Estado del Congo se inspiraron y se basaron en las proclamaciones públicas de sus motivaciones y sus finalidades allá, y en las declaraciones privadas que usted le hizo a este su humilde servidor acerca de sus sentimientos humanistas y la labor de la civilización cristiana en favor de África. Así, fui llevado a considerar su proyecto como el ascenso de una Estrella de Esperanza en el Oscuro Continente, tan largo tiempo habitado por crueldades; y por ello viajé bajo su luz a laborar bajo su esperanza. Todas las alabanzas que he dicho o escrito sobre el país del Congo, sobre su Estado y su Soberano, estaban inspiradas en la firme creencia que su Gobierno iba a ser erigido sobre los perennes fundamentos de Verdad, Libertad, Humanidad y Justicia.

Así pues, para mí fue un gran placer tener la oportunidad, ofrecida a mí el año pasado, de visitar su Estado en África. Y cuán enteramente me he desencantado, decepcionado y descorazonado, es mi doloroso deber transmitírselo a su Majestad en términos francos pero respetuosos. Todos los cargos que estoy a punto de imputarle al Gobierno personal de su Majestad en el Congo han sido rigurosamente investigados. He elaborado una lista de testigos, documentos, cartas, registros oficiales y demás información competente y veraz que he preparado con fidelidad para depositar en la Oficina de Asuntos Exteriores del Gobierno de Su Majestad Británica, con el fin de que permanezca ahí hasta que una Comisión Internacional pueda ser creada con la potestad de enviar personas y órdenes, tomar juramentos y así atestiguar la verdad o falsedad de estos cargos.

Le imploro a su Majestad un poco de indulgencia mientras hago unos cuantos comentarios preliminares antes de entrar a los detalles específicos de los cargos.

El derecho de propiedad de su Majestad sobre el territorio del Estado del Congo es altamente cuestionable, ya que muchos de los tratados hechos con los nativos por parte de la “Asociación Internacional del Congo”, de la cual usted era Director y Tesorero, han sido mancillados por fraudes del carácter más grotesco. Dado que las pretensiones de propiedad de otras potencias europeas que ocupan territorios del continente africano son igualmente dudosas, puede que al mundo no le sorprenda saber que su bandera está izada sobre un territorio al que su Majestad no tiene derecho de manera legítima o justa; pero cualquier persona honesta quedará aterrada al conocer los medios rastreros por medio del cual este fraude ha llegado a realizarse.

Hubo varias instancias en las que el señor HENRY M. STANLEY envió a un hombre blanco, acompañado de cuatro o cinco soldados de Zanzíbar, a pactar tratados con los jefes nativos. El argumento central de estos emisarios era que el corazón del hombre blanco se había cansado de las guerras y los rumores de guerra que había entre un jefe y otro, entre una aldea y otra; que el hombre blanco estaba en paz con su prójimo negro y deseaba “confederar a todas las tribus africanas” para que éstas obtuvieran una defensa general y un bienestar público. Ya todos los trucos baratos estaban cuidadosamente ensayados y entonces se practicaba el espectáculo. Una cantidad de baterías eléctricas compradas en Londres eran amarradas con una cinta a la palma de la mano del “prójimo” blanco, y así cuando éste tendía cordialmente su mano para ser estrechada por su prójimo negro, éste quedaba enormemente asombrado por la fuerza de su hermano blanco, que casi lo había tumbado al suelo con un amistoso apretón de manos. Cuando el nativo pregunta acerca esta disparidad de fuerzas entre él y su hermano blanco, se le informa que el hombre blanco puede arrancar árboles de raíz y realizar similares actos prodigiosos de fuerza. Luego se hacía el truco del lente. El hermano blanco sacaba un cigarro de su bolsillo, despreocupadamente le arrancaba de un mordisco la punta y levantaba su lupa al sol para fumarlo con placidez, para gran asombro y terror de su hermano negro. Acto seguido, el blanco explicaba su íntima relación con el sol, declarando que si le ordenaba incendiar toda la aldea de su hermano negro, éste obedecería. El tercer truco era el de la pistola. El blanco levantaba el pestillo de su arma, abría la bala para extraer la pólvora y la versaba sobre el hueco, simultáneamente quitando la bala de su compartimento sin que el otro se diera cuenta. El pestillo volvía a su lugar y se le pedía al hermano negro que se alejara treinta pies y le disparara a su hermano blanco para que así comprobara lo que le decía el blanco, a saber, que era un espíritu y no podía ser matado. Después de mucho rogar para que el hermano negro accediera a disparar, éste apunta, descarga el arma, el blanco se dobla… ¡y saca la bala de su zapato!

Por medio de actos como éstos, demasiado ridículos y desagradables para enumerarlos todos, y unas cuantas cajas de ginebra, aldeas enteras han sido regaladas a su Majestad.

En una carta privada que usted le envió al Presidente de la República de Estados Unidos de América, fechada el primero de agosto de 1885, usted afirmaba que las propiedades de la Asociación Internacional del Congo pasarían a formar, a partir de ese momento, el Estado Independiente del Congo: “A la vez, tengo el honor de informarle a usted y al Gobierno de la República de Estados Unidos de América que, autorizado por las Cámaras Legislativas belgas para convertirme en el jefe del nuevo Estado, he tomado de acuerdo con la Asociación el cargo de Soberano del Estado Independiente del Congo.” Así, usted asumió la dirección del Estado del Congo e inmediatamente formó un gobierno personal. Ha designado a sus funcionarios, decretado sus leyes, alimentado sus finanzas y cada acto de gobierno ha sido investido con la majestad de su autoridad.

El 25 de febrero de 1884, un caballero que ha mantenido una íntima relación con su Majestad durante varios años dirigió una carta a Estados Unidos, diciendo que lo hacía a nombre suyo y expresándose en los siguientes términos: “Se puede afirmar con seguridad que no ha habido pueblo bárbaro que se haya acogido tan prestamente a la mano segura de una benévola empresa como lo han hecho las tribus del Congo, y nunca se ha realizado un esfuerzo tan honesto y concreto por incrementar su conocimiento y asegurar su bienestar”. Esa carta, de la cual extraje ese fragmento, fue escrita con el objetivo de obtener el favor del Comité de Relaciones Exteriores, que estaba estudiando la resolución senatorial por medio de la cual Estados Unidos se disponía a reconocer la bandera de la “Association Internationale du Congo” como la de un gobierno amigo. Fue un gesto determinante, pues se suponía que la carta contenía verdades acerca de los nativos y el programa de gobierno, no sólo de la Asociación sino del nuevo Estado, su legítimo sucesor, y su Majestad.

Naturalmente, cuando llegué al Congo me puse a buscar los resultados de tan brillante proyecto: “la mano segura”, “la empresa benevolente”, “el esfuerzo honesto y concreto” por incrementar el conocimiento de los nativos y “asegurar su bienestar”. Nunca había imaginado que europeos fueran capaces de establecer un gobierno en un país tropical sin construir un hospital; y, sin embargo, de la desembocadura del río Congo hasta sus fuentes de agua, acá en la séptima catarata – una distancia de 2330 kilómetros – no hay un solo hospital para europeos y sólo tres chozas para atender los enfermos africanos al servicio del Estado, que no serían dignas de ser ocupadas ni por un caballo. Los marineros enfermos mueren con frecuencia en Banana Point; y si no fuera por la caridad de la Empresa Holandesa de Comercio – que ha tenido que abrir las puertas de su hospital privado para los enfermos de otros países – no habría ni un solo capellán empleado por el Gobierno de Su Majestad para consolar o enterrar a los muertos. Los blancos de su país se enferman y mueren en sus barracas o en las caravanas durante el camino y casi nunca obtienen una sepultura cristiana. Con pocas excepciones, los cirujanos al servicio del gobierno de su Majestad son caballeros de capacidades profesionales, dedicados a su oficio pero que son abandonados con un par de tiendas medicas y ningún sitio donde operar a sus pacientes. A los soldados y funcionarios africanos del Gobierno de su Majestad les va mucho peor que a los blancos, pues sus barracas son mucho más pobres que las de aquellos, tan malas como las de los nativos; y en las chozas, llamadas hospitales, languidecen sobre camas hechas con palos de bambú, sin cobijas o almohadas y ningún otro alimento que el que reciben cuando están sanos, compuesto de arroz y pescado.

Yo estaba ansioso por ver hasta qué punto los nativos se habían “acogido a la mano segura” de la “empresa benevolente” de su Majestad, y el destino me deparaba una amarga decepción. En vez de “acogerse a la mano segura” del Gobierno de su Majestad, los nativos del Congo se quejan por doquier que su tierra les ha sido arrebatada a la fuerza; que el Gobierno es cruel y arbitrario y afirman que no le profesan ningún amor o respeto ni al Gobierno ni a su bandera. El Gobierno de su Majestad ha secuestrado su tierra, incendiado sus pueblos, robado su propiedad, esclavizado a sus mujeres y niños y cometido crímenes demasiado numerosos para ser enumerados en detalle. Es, pues, natural que en todas partes se aparten de la “mano segura” que el Gobierno de su Majestad les tiende tan ávidamente.


George Washington Williams, 1889. Duke University

En mi experiencia acá, no he tenido conocimiento de ningún “esfuerzo honesto y concreto por incrementar su conocimiento y asegurar su bienestar”. El Gobierno de su Majestad no ha gastado un solo peso en proyectos educativos ni ha instituido ningún sistema concreto de industria. De hecho, las medidas más anti-pragmáticas han sido adoptadas contra los nativos en casi todos los sentidos; y en la capital del Gobierno de su Majestad en Boma no hay ni un solo nativo empleado. El sistema de trabajo es radicalmente impráctico; los soldados y trabajadores del Gobierno de su Majestad son importados en su mayoría de Zanzíbar por 10 libras por cabeza, y de Sierra Leone, Liberia, Accra y Lagos por una cantidad que oscila entre 1 libra y una décima de libra por cabeza. Estos reclutas son transportados de manera más cruel que si fueran meras cabezas de ganado en países europeos. Pueden comer arroz sólo dos veces al día con sus manos; no tienen agua para saciar su sed en la temporada seca; están expuestas al calor y a la lluvia, y deben dormir sobre las húmedas y sucias cubiertas de los barcos, donde están tan amontonados que parecieran yacer sobre excrementos humanos. Y, por supuesto, muchos de ellos mueren en el camino.

Al llegar al Congo, quienes sobreviven a la travesía deben ponerse a trabajar por menos de un centavo al día; a los soldados se les promete dieciséis centavos al mes – en moneda inglesa – pero normalmente les pagan sólo con sucios pañuelos y ginebra barata. El trato cruel e injusto a los que son sometidos estas personas quiebra el espíritu de muchas de ellas, por lo cual terminan desconfiando y aborreciendo el Gobierno de su Majestad. Son, en efecto, enemigos, no patriotas.

De los sesenta a setenta oficiales del ejército belga al servicio del Gobierno de su Majestad en el Congo, sólo treinta están actualmente en su puesto; la otra mitad está en Bélgica, con permiso de descanso. A estos oficiales se les paga dos salarios: como soldados y como civiles. No es mi lugar criticar el uso ilegal e inconstitucional que se le está dando a estos oficiales que llegan a prestar servicio a un Estado africano; semejante crítica debería provenir de los políticos belgas, que puede que algún día recuerden que no hay ninguna relación constitucional u orgánica entre el gobierno de Bélgica y esta monarquía absoluta y privada que su Majestad ha establecido en África. Pero sí me tomaré la libertad de decir que muchos de estos oficiales son demasiado jóvenes e inexpertos como para estar encargados de la difícil labor de trabajar con las razas nativas. Ignoran el carácter nativo y carecen de sabiduría, justicia, fortaleza y paciencia. Han enajenado a los nativos del Gobierno de su Majestad, han sembrado discordia entre distintas tribus y aldeas e incluso algunos de ellos han mancillado el uniforme del ejército belga con asesinatos, incendios y robos. Aun así, hay oficiales que han servido al Estado con fidelidad y que son dignos de su Soberano Real.

Sobre los procesos insensatos, complicados y estúpidos del Gobierno del Estado del Congo no puedo decir mucho en esta carta, reservando espacio para su cuidadoso examen en otro lugar. Podría limitarme a decir que la utilidad de muchos de los funcionarios del Congo es socavada por la tarea de mantener un conjunto de registros inútiles. Por ejemplo: un oficial a cargo de una estación desea comprar dos huevos. Debe registrarlo en un cuaderno rayado: “Para alimentación, compro dos huevos por dos Ntaka”. En otro cuaderno debe anotar lo siguiente: “Dos Ntaka sacados de la tienda.” Y en otro cuaderno debe registrar esta compra ¡siete veces! No hace falta hacer ningún comentario sobre semejante locura. Sólo debemos sentir compasión por el estado mental del hombre que se ingenió este sistema en Bruselas, y simpatía por sus víctimas en el Congo.

De estas observaciones generales, pasaré ahora a enumerar los cargos específicos que le imputo al Gobierno de su Majestad.

UNO  El Gobierno de su Majestad carece de la fuerza moral, militar y financiera necesaria para gobernar un territorio de 2.426.891 kilómetros cuadrados, 11.670 kilómetros de río navegables y 51.007 kilómetros cuadrados de superficie de lago. En la zona de río del Bajo Congo sólo hay un puesto de gobierno, en la región de la primera catarata. De Leopoldville a N’Gome, una distancia de casi quinientos kilómetros, no hay un solo soldado o civil. Ninguno de los veintiún funcionarios del Estado sabe hablar el idioma de los nativos, a pesar de estar constantemente decretando leyes difíciles de entender incluso para los europeos, que esperan que los nativos comprendan y obedezcan. Crueldades de tipo más desconcertante son practicadas por los nativos, como enterrar vivos a los esclavos en las tumbas de su difunto jefe y decapitar a los guerreros capturados en combates entre tribus, y el gobierno de su Majestad no hace ningún esfuerzo por detenerlos. Entre 800 y 1.000 esclavos son vendidos para ser comidos por los nativos del Estado del Congo anualmente; y se practican redadas para capturar esclavos llevadas a cabo con los métodos más crueles y asesinos en los confines del territorio del Gobierno de su Majestad, frente a las cuales éste se muestra impotente, pues sólo hay 2.300 soldados en todo el Congo.

DOS El Gobierno de su Majestad ha establecido por lo menos cincuenta puestos de administración, compuestos de dos a ocho soldados-esclavos, mercenarios traídos de la Costa Este. No hay ningún funcionario blanco a cargo de estos puestos; éstos están a cargo de soldados negros de Zanzíbar y el Estado espera que éstos no sólo se mantengan a sí mismos sino que saqueen la región para alimentar los destacamentos donde habitan los blancos. Estos grupos de piratas, bucaneros, obligan a los nativos a suministrarles pescado, cabras, aves y vegetales a punto de pistola; y cuando los nativos se niegan a alimentar a estos vampiros, estos soldados lo reportan a la estación principal para que oficiales blancos armen una fuerza expedicionaria para incendiar las casas de los nativos. Estos soldados negros, muchos de los cuales son esclavos, tienen un poder sobre la vida y la muerte. Son ignorantes y crueles porque no entienden a los nativos; les son impuestos por el Estado. No están obligados a mantener un registro de cuántos robos cometen o el número de vidas que arrebatan; simplemente se les exige que subsistan de los nativos y así liberen al Gobierno de su Majestad del costo de alimentarlos. Son actualmente la mayor maldición que padece este país.

TRES El Gobierno de su Majestad es culpable de violar los contratos con sus soldados, sus mecánicos y sus trabajadores, muchos de los cuales son sujetos de otros gobiernos. Las cartas que escriben nunca llegan a su destino.

CUATRO Las Cortes del Gobierno de su Majestad son arbitrarias, injustas, parciales y criminales. Yo mismo he sido testigo personalmente de su funcionamiento y he estudiado su torpe operación. Las leyes que se decretan y circulan en Europa “para proteger a los negros” en el Congo son un papel fraudulento y sin significado para ellas. Oí a un oficial del ejército belga defender a un hombre blanco de mala calaña, que había apaleado y apuñalado a un hombre negro, alegando que la diferencia de razas y sus prejuicios eran motivos justos y suficientes para exonerar a su cliente. Sé de prisioneros que permanecen en custodia entre seis y diez meses sin llegar a juicio. Vi cómo el sirviente blanco del Gobernador General, CAMILLE JANSSEN, fue agarrado robando una botella de vino de una mesa del hotel. Unas horas después el Procurador General inspeccionó su habitación y encontró muchas más botellas de vino robadas y otras cosas que no eran propiedad del sirviente. Sin embargo, nadie puede ser fiscalizado en el Estado del Congo sin permiso del Gobernador General y como éste se negaba a que su sirviente fuera arrestado, no se pudo hacer nada al respecto. Los sirvientes negros del hotel donde el vino había sido robado frecuentemente habían sido acusados y apaleados por esos robos, y ahora se encontraban felices de ser vindicados. Pero para asombro de todo hombre honesto, el ladrón fue protegido por el Gobernador General del Gobierno de su Majestad.

CINCO El Gobierno de su Majestad es excesivamente cruel con sus prisioneros, condenándolos por las ofensas más triviales a trabajar en una picota de una miseria tal que jamás se ha visto en ningún otro gobierno del mundo civilizado e incivilizado. Con frecuencia, las carretas que los prisioneros tienen que llevar del cuello durante su trabajo forzado penetran en su carne y les generan llagas alrededor de las cuales circulan mosquitos, agravando la herida; así el prisionero tiene que estar en alerta perpetua. Estas pobres criaturas muchas veces son azotadas con un látigo hecho con piel de hipopótamo disecada llamado “chicote”, y usualmente sangre mana a cada golpe duramente administrado. Pero las crueldades que padecen los soldados y trabajadores en estas cárceles no se pueden comparar con el sufrimiento de los pobres nativos, que por cualquier pretexto son arrojados en estas desgraciadas prisiones del Alto Congo. No puedo describir en esta carta la dimensión de horror de esas prisiones, pero sí lo haré en el informe que redactaré para mi gobierno.

SEIS Mujeres son importadas al Gobierno de su Majestad para propósitos inmorales. Son traídas de dos maneras: hombres negros son enviados a la costa portuguesa donde contratan a estas mujeres para que sirvan como amantes de hombres blancos, que le pagan a su proxeneta una suma mensual. El otro método consiste en la captura de mujeres nativas y su condena a siete años de servicio por un crimen imaginario contra el Estado que se supone que cometieron las aldeas de donde estas mujeres provienen. El Estado entonces alquila estas mujeres al mayor postor, los oficiales belgas teniendo primera elección y luego los demás hombres. Cuando hijos nacen de estas relaciones, el Estado sostiene que ya que las mujeres son su propiedad, sus hijos le pertenecen también. No hace mucho un comerciante belga tuvo un hijo con una mujer esclava del Estado y trató de obtener su custodia para poder educarlo, pero el Jefe de la Estación donde éste residía se negó a acceder a su petición. Así pues, el comerciante tuvo que apelar al Gobernador General, que le dio a la mujer y así obtuvo custodia del hijo también. Esto fue, no obstante, un caso inusual de generosidad y clemencia; y no hay un solo puesto de gobierno que yo conozca donde no se puedan encontrar hijos de funcionarios civiles y militares del Gobierno de su Majestad abandonados a la degradación; blancos trayendo al mundo seres de su carne y hueso para someterlos al látigo del más cruel de los amos, el Estado del Congo.

SIETE El Gobierno de su Majestad está involucrado en el comercio, compitiendo con compañías comerciales de Bélgica, Inglaterra, Francia, Portugal y Holanda. Le pone impuestos a todas esas compañías, exime a sus propios productos de aranceles de exportación y convierte a sus funcionarios en traficantes de marfil al prometerles una generosa comisión por todo lo que puedan comprar o arrebatar para el Estado. Los soldados del Estado patrullan muchas aldeas prohibiéndole a los nativos comerciar con nadie que no sea funcionario del Estado, y cuando los nativos se niegan a aceptar el precio que les impone el Estado, sus bienes son confiscados por el Gobierno que supuestamente los va a “proteger”. Cuando los nativos persisten en comerciar con otras compañías, el Estado castiga su independencia al incendiar las aldeas en la vecindad de las sedes de esas compañías, alejando así a los nativos de ellas.

OCHO El Gobierno de su Majestad ha violado el Protocolo General de la Conferencia de Berlín al disparar sobre canoas nativas; al confiscar propiedad de los nativos; al intimidar a los comerciantes nativos y al impedir que éstos practiquen libre comercio con otras empresas comerciales blancas; al estacionar tropas en aldeas nativas incluso cuando no hay guerra; al obligar a barcos comerciales en trayecto del “Stanley Pool” a “Stanley-Falls” a interrumpir su viaje y abandonar el Congo, a subir por el río Aruhwimi hacia Basoko, a ser inspeccionadas y a mostrar sus papeles; al prohibirle al barco de vapor de una misión ondear su bandera nacional sin permiso del gobierno local; al permitirle a los nativos continuar con el tráfico de esclavos, y al participar en la compra y venta de esclavos él mismo.

NUEVE El Gobierno de su Majestad ha sido y sigue siendo culpable de librar guerras crueles e injustas contra los nativos, con el propósito de adquirir esclavos y mujeres para satisfacer las demandas de los funcionarios de su gobierno. En semejantes redadas de esclavos una aldea es armada por el Estado para que luche contra otra, y las tropas así creadas se incorporan luego a las filas de su ejército regular. No dispongo de términos adecuados para describirle a su Majestad los actos brutales de esos soldados en redadas como esas. Los soldados que inician el combate suelen ser los sanguinarios caníbales Bangalas, que no muestran clemencia ni con ancianas abuelas ni con bebés que están todavía mamando de los pechos de sus madres. Hubo instancias en que estos soldados le llevaron las cabezas de sus víctimas a los oficiales blancos a bordo de los barcos de vapor de la expedición, para luego comerse los cuerpos de los niños asesinados. En una de esas guerras, dos oficiales belgas vieron desde la cubierta de su barco a un nativo en una canoa a cierta distancia. No era un combatiente e ignoraba el conflicto que tomaba lugar en la orilla, cerca de donde él estaba. Los oficiales hicieron una apuesta de cinco libras para ver quien le podía atinar con su rifle. Sonaron tres disparos y el nativo cayó muerto, atravesado en la cabeza, y así la canoa en la que comerciaba se convirtió en una balsa funeraria que flotó silenciosamente río abajo.

En otra guerra, librada sin justa causa, el oficial del ejército belga que comandaba las fuerzas de su Majestad alineó a sus hombres en dos o tres filas al borde de los barcos de vapor en los que navegaban y les instruyó que abrieran fuego tan pronto sonara el silbato. Los barcos se acercaron a una aldea infortunada y, como es costumbre en ellos, la gente se acercó a la orilla para mirar los barcos y venderles diferentes artículos de comida. Había una gran multitud de hombres, mujeres y niños, riendo, hablando y exhibiendo sus bienes para la venta. Una vez sonaron los agudos silbatos de los barcos de vapor, los soldados levantaron sus armas y dispararon, y la gente cayó muerta o herida, gimiendo e implorando clemencia. Se tomaron muchos prisioneros y entre ellos había cuatro jóvenes mujeres muy atractivas. Entonces arrancó el espectáculo más repugnante: oficiales de su Majestad peleándose por escoger primero a estas mujeres. El comandante de esta expedición asesina, su uniforme manchado de sangre inocente, declaró que su rango le confería el derecho a escoger primero. Bajo la dirección de este mismo oficial los prisioneros fueron convertidos en esclavos y yo mismo los vi trabajando en una plantación de una de las estaciones del Estado.

DIEZ El Gobierno de su Majestad participa en el comercio de esclavos, vendiendo y comprando. Compra, vende y roba esclavos. El Gobierno de su Majestad ofrece tres libras esterlinas por cabeza por esclavos de cuerpos musculosos para el servicio militar. Los funcionarios de las estaciones de gobierno son los encargados de comprarlos y de recibir el dinero cuando son vendidos por el Estado. Hay hombres de edad media por los que se paga tan solo de veinte a veinticinco francos por cabeza. Recientemente, se enviaron trescientos dieciséis esclavos río abajo y se espera que manden más próximamente. Estos pobres nativos son enviados a cientos de kilómetros de sus aldeas, para servir como esclavos junto a otros nativos cuyo lenguaje desconocen. Cuando los esclavos huyen, la recompensa ofrecida es de 1000 N’taka. Hace poco, uno de los esclavos recapturados fue azotado cada día con cien “chicotes” hasta que murió. Trescientos N’taka de alambre es el precio que el Estado paga por esclavo cuando se lo compra a un nativo. La mano de obra de los puestos del Gobierno de su Majestad en el Alto Congo está compuesta de esclavos de todas las edades y de ambos sexos.

ONCE El Gobierno de su Majestad acaba de firmar un contrato con el Gobernador Árabe para establecer una serie de puestos militares que van desde la Séptima Catarata al Lago Tanganyika, un territorio al que su Majestad no tiene más derecho que el que tengo yo a ser comandante general del ejército belga. Por este trabajo, el Gobernador Árabe ha de recibir quinientos equipos de armas, cinco mil barriles de pólvora y 20.000 libras esterlinas, pagadas en varias cuotas. Mientras escribo esta carta me llegan noticias de que estos anhelados y hace tiempo buscados materiales de guerra serán llevados a Basoko, donde el administrador tiene libertad de distribuirlos como quiera. Hay un gran sentimiento de descontento entre los árabes acá, que sienten que se está jugando con ellos. Estados Unidos y Europa pueden juzgar las implicaciones de este intercambio sin necesidad de ningún comentario de mi parte, especialmente Inglaterra.

DOCE Los agentes del Gobierno de su Majestad han presentado falsamente el país del Congo y el ferrocarril del Congo. El señor H.M. STANLEY, su principal agente en el establecimiento de su autoridad en este país, ha mentido grotescamente acerca de la naturaleza de este país. No es fértil y productivo, como él lo pinta, sino estéril e improductivo. Los nativos apenas sí pueden subsistir con la vida vegetal que surge en ciertas partes del país. Y este estado de cosas no cambiará hasta que el nativo sea instruido por el europeo acerca de la dignidad, utilidad y bendición que constituye el trabajo. No hay un mejoramiento de los nativos porque hay un abismo infranqueable entre ellos y el Gobierno de su Majestad, un abismo que jamás podrá ser superado. La simple mención del nombre de HENRY M. STANLEY produce escalofríos en estas sencillas comunidades, pues recuerdan sus promesas huecas, su copiosa tendencia a la profanidad, su mal genio, sus duros golpes, las medidas severas y rigurosas por medio de las cuales los despojó de su tierra. Su última aparición en el Congo tuvo un profundo impacto sobre ellos, cuando lideró una expedición de 500 soldados de Zanzíbar y 300 compañeros de viaje para rescatar a EMIN PASHA. Al verlo, creyeron que les iba a sobrevenir una subyugación total y huyeron en confusión, por lo cual lo único que quedó a su paso fue miseria total. Además, ningún hombre blanco estaba a cargo de la retaguardia de su expedición, y sus tropas fueron rezagándose, enfermándose y muriendo; y sus huesos quedaron desperdigados por más de trescientos kilómetros de este territorio.

No se puede permitir la emigración a este país por muchos años. El comercio del Alto Congo se reduce únicamente al marfil y el caucho. El primero es un comercio muy viejo y el segundo muy escaso. Si se completara el ferrocarril ahora, no sería capaz de generar dividendos por los próximos diez o doce años. Además, yo mismo he inspeccionado cuidadosamente el camino en el que se propone construir la vía y considero honestamente que ésta no va a poder completarse por lo menos hasta dentro de ocho años. Esta información debe llegar a los accionistas; no deben permanecer engañados. Le estoy escribiendo un informe al Ferrocarril del Congo, así que no presentaré más información sobre este tema en esta carta.

Conclusiones

A los engaños, fraudes, robos, incendios, asesinatos, redadas de esclavos y política general de crueldad del Gobierno de su Majestad, se contraponen las muestras de inconcebible paciencia del espíritu de los habitantes del Congo, que sufren hace demasiado tiempo pero perdonan, lo que debería sonrojar de vergüenza a la supuesta civilización y profesa religión del Gobierno de su Majestad. Durante los últimos trece años sólo un blanco ha perdido su vida a manos de los nativos, y sólo dos blancos han sido asesinados en el Congo. El sargento Barttelot fue herido de muerte con pistola por un soldado de Zanzíbar y el capitán de un barco de comercio belga fue la víctima de su propio comportamiento injusto e impetuoso hacia uno de los jefes nativos.

Todos los crímenes cometidos en el Congo han sido realizados a su nombre y usted debe responder en el estrado de la Opinión Pública por el mal gobierno de un pueblo, cuyas vidas y fortuna le fueron confiadas a usted por la augusta Conferencia de Berlín de 1884-1885. Ahora he de invocar a los Poderes que pusieron este Estado infante a cargo de su Majestad, a los grandiosos Estados que le brindaron existencia en el plano internacional y cuya majestuosa ley ha sido despreciada y pisoteada por él, para que creen una Comisión Internacional que investigue los cargos acá imputados a nombre de la Humanidad, el Comercio, el Gobierno Constitucional y la Civilización Cristiana.

Fundamento esta invocación sobre los términos del Artículo 36 del Capítulo VII del Protocolo General de la Conferencia de Berlín, en el cual esa augusta asamblea de Estados Soberanos se reservaba el derecho a “introducir en él después, y de común acuerdo, modificaciones o mejorías, cuya utilidad sea demostrada por la experiencia”.

Apelo al pueblo belga y a su Gobierno Constitucional, tan orgulloso de sus tradiciones, repleto de cantos e historias acerca de sus luchas por la libertad humana, y tan receloso de su posición actual en la sororidad de Estados Europeos – a que limpie su nombre de la imputación de crímenes con los cuales el Estado personal del Congo de su Majestad lo ha contaminado.

Apelo a las Sociedades Anti-Esclavistas de todos los rincones de la Cristiandad, a los filántropos, a los Cristianos, a los Estadistas, y a la gran masa de gente en todas partes para que presionen a los Gobiernos de Europa, para que éstos se apresuren a ponerle fin a la tragedia que la ilimitada Monarquía de su Majestad está realizando en el Congo.

Apelo a nuestro Padre en el Cielo, cuyo servicio consiste de amor perfecto, para que sirva de testigo de la pureza de mis motivaciones y la integridad de mis propósitos; y apelo a la historia y a la humanidad para que demuestren y vindiquen la verdad de los cargos que he esbozado brevemente acá.

Y todo esto lo suscribo sobre mi palabra de honor de caballero, el humilde y obediente de su Majestad,

GEO W. WILLIAMS

Stanley Falls, África Central.
Julio 18 de 1890.

George Washington Williams fue un historiador, predicador, politico, abogado y periodista afroamericano nacido en Estados Unidos el 16 de octubre de 1849. Dado que su nacimiento tuvo lugar en Pennsylvania, nació como hombre libre pero a los catorce años huyó de su casa para enlistarse en el Ejército de la Unión durante la Guerra Civil de Estados Unidos.

Después de la guerra, Williams fue a parar a México, donde sirvió como voluntario en el ejército de los republicanos liderado por Bénito Juárez que planeaba derrocar al emperador austríaco Maximiliano, impuesto a México por Napoleón III de Francia, lo que lograron el 15 de mayo de 1867, cuando fusilaron a Maximiliano en Querétaro.

En la década de 1870, Williams, ya de regreso en Estados Unidos, se convirtió en el primer afroamericano en graduarse del Instituto Teológico Newton de Boston, a título de pastor Bautista. Posteriormente, pasaría el examen para convertirse en abogado en Ohio, donde sirvió como el primer congresista afroamericano de ese estado de 1880 a 1881.

En 1882 tuvo lugar su publicación más importante como historiador, La Historia de las Razas Negras en Estados Unidos de 1619 a 1882, que se considera el recuento histórico más riguroso y completo del papel de los afroamericanos en la construcción del país estadounidense hasta esa fecha. Unos años después publicaría Una Historia de las Tropas Negras en la Guerra de Rebelión, un informe histórico sobre la Guerra Civil basado en el testimonio de los veteranos afroamericanos que habían participado en ella.

En 1889, Williams viajó a Europa para escribir artículos de prensa para una agencia literaria. Estando allá, tuvo la oportunidad de reunirse con Leopoldo II, quien lo ilusionó con los proyectos supuestamente humanitarios que tenía en África. Un año después, Williams viajó en persona al Congo, desde donde escribe esta indignada carta abierta a Leopoldo II, denunciando su horror ante el alcance del engaño del que él y el mundo estaban presos a manos de Leopoldo II y su territorio personal en África.

Dos años después, de paso por Inglaterra, moriría de tuberculosis y pleuresía a la edad de 41 años.

Le puede interesar: Descolonizar la vida: la historia del cine negro en Colombia

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en REVISTA ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción, por favor ingrese la siguiente información:

O
Ed. 166

¿No tiene suscripción? ¡Adquiérala ya!

Su código de suscripción no se encuentra activo.