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Decir más con menos

De funcionario de Iberia a novelista y columnista de El País, Juan José Millás es uno de los nombres más reconocidos del panorama literario español. Un hombre poco expansivo pero seguro de su importancia, cree que siempre se pueden utilizar menos palabras para decir lo mismo.

2010/03/15

Por Antonio García Ángel

Me contesta el teléfono Juan José Millás, el novelista. Salvo alguna tarde en un parque, un recorrido en moto o la caminata de alguien que busca una dirección, en sus novelas casi todo sucede en casas, en oficinas, en interiores. “A mí me gustan mucho las viviendas, porque creo que son una réplica del cuerpo humano y porque cuando muevo a mis personajes dentro de su casa, lo que estoy intentando es convertir esos espacios físicos en espacios morales”. Sus personajes miran por la ventana hacia un patio, un apartamento vecino o una calle sin importancia, lavan la loza, se tiran en la cama a pensar en sus sentimientos, sufren de insomnio, encuentran secretos en cajones ajenos, tienen cenas tensas, están muy solos o en pareja, en silencio o a punto de decirse algo que cambiará su vida para siempre. Personas como usted o como yo, gente común y corriente. En su ficción la vida cotidiana, sin previo aviso, empieza a ser corroída por la angustia, el extrañamiento o la incomunicación. Todos podríamos ser un personaje suyo y, sin embargo, ninguno de nosotros quisiera serlo. Con estos elementos, Millás ha construido una carrera como novelista que se inaugura cuando el autor tiene veintiocho años y gana el Premio Sésamo, que se concede en España a las primeras novelas, con Cerbero son las sombras, y que se ha ratificado en más de una veintena de libros, entre ellos El desorden de tu nombre (1986), su obra más conocida. “Muchos piensan que ésa es mi primera novela, pero antes yo ya había publicado cinco”, explica Millás. “Conmigo, los editores sabían exactamente el número de ejemplares que debía editarse, yo era lo que se llama un escritor de culto, hasta que llegó esta novela”, dice, como quien no se acaba de creer, dos décadas más tarde, que eso haya sucedido.

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