San Dionisio en la catedral de Norte Dame de París. Foto de cubierta de 'Somos luces abismales'. San Dionisio en la catedral de Norte Dame de París. Foto de cubierta de 'Somos luces abismales'.

El corazón que estalla: 'Somos luces abismales', de Carolina Sanín

Pedro Carlos Lemus reseña el más reciente libro de la escritora colombiana Carolina Sanín, 'Somos luces abismales' (2018), publicado por Penguin Random House.

2018/10/12

Por Pedro Carlos Lemus

Somos luces abismales, el nuevo libro de Carolina Sanín, empieza con la conciencia del espacio habitado: “Vivo en un cuerpo esférico que da vueltas sin parar en el infinito abismo, sobre sí mismo y alrededor de una estrella: alumbrándose con su luz y retrayéndose a la luz”. La autora ubica la Tierra y se sigue ubicando: escribe desde Bogotá, en el occidente del occidente, adonde el día llega después de que ha llegado a casi el resto del planeta, y se ubica también, desde siempre, en la expulsión del oriente del oriente, donde está o estaba el Edén. Lo que sucede entonces es el espacio recorrido: a lo largo de los ocho textos que componen el espacio del libro, la autora transita por Ecuador, Francia, la India, España y Puerto Rico, y varios más entre esos. Sube montañas, recorre el páramo colombiano y visita Analema, nombre que da al lugar donde tiene un pedazo de tierra y que es, dice Wikipedia, la curva que describe la posición del sol en el cielo si todos los días se le mira a la misma hora y desde el mismo lugar: es la contemplación de lo estático mientras uno en la Tierra, sin moverse, se mueve.

Se diría que es un libro sobre las maneras de habitar el mundo y transitar por él. Se desplaza —transita— la lengua en la que se escribe, que viajó de un continente a otro, y transitan las palabras por la oración (“¿Una palabra está en una oración como una piedra, en el pavimento del camino, o está en la oración recorriéndola, como una piedra recorre un camino?”). Está la inquietud por el tránsito entre la vida y la muerte, se transita entre el mundo de la vigilia y el mundo del sueño, y aparece en el tránsito nocturno un desvío hacia la parálisis del sueño —un viaje metafísico que no es la muerte ni el sueño—. El texto busca el más allá.

También es un libro sobre la desorientación. Una y otra vez aparece un esfuerzo por ubicarse en la palabra (“La nuestra era la puerta de la derecha, del primer piso del primer edificio, si se contaban los edificios de izquierda a derecha después de entrar por la autopista”) y a la vez se desubica (“Todo va quedando donde está. Y luego todo se verá distinto”). El texto es una búsqueda del nombre preciso, de la palabra que, al ubicar, rescata, y también es una indagación acerca de todas las formas posibles de nombrar. Es sobre el abandono: un libro que comienza con una dedicación a los padres y que insiste en el desamparo como condición humana —desamparados porque morimos, porque no podemos decir la muerte, porque en vida recorremos solos los caminos de la percepción y el pensamiento—.

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Y a la vez, el libro todo es un recorrido por el pensamiento. Sanín se detiene, observa, le da vueltas a aquello que observa —vueltas como las que da el planeta que habita— y enumera posibles realidades. El lector entiende que son todas verdaderas aunque no sean materialmente reales. La autora también cuestiona todo el tiempo, todo el texto. En el pensamiento se pregunta por el pensamiento y se pregunta también por el otro: el amigo, el animal, la montaña, la planta, la piedra. El pensamiento, la imaginación y el amor aparecen como una sola cosa. En medio de ellos, de ella, la bomba que bombea: el corazón. El corazón luego de la pretensión de amar, el corazón por fuera del cuerpo, la cabeza en el lugar del corazón, el corazón que estalla y que es el texto.

Como los anteriores La gata sola y Los niños, Somos luces abismales es un libro que se preocupa por la posibilidad de la compañía. Están la atención, que acompaña a lo atendido y a quien atiende, y están el silencio de la compañía animal y la conversación del amigo que acompaña el viaje. Y entre todas esas —entre todo el texto— está la compañía del lector: un texto que pregunta, que acoge. El lector acompaña los caminos transitados, la ocurrencia, el pensamiento. Luego, al dirigirse en segunda persona a los demonios y a los muertos, Sanín da al lector el lugar del demonio y del muerto. El lector no puede ser lo divino ni puede conocer la muerte, pero al leer toma el lugar de aquello que le es imposible saber. El lector es el más allá.

“Escribir es negro. Y escribir bien, mejor y más verdaderamente, es negro dentro de negro”, escribe Sanín en “El sosiego”, la composición con la que comienza el libro. Y uno le cree, pero también es negro negrísimo el espacio infinito que rodea a las estrellas, y en este libro que es negro dentro de negro, pues es oscuro el sendero del pensamiento y es negra la expresión lúcida y auténtica se vislumbra también la herida, la luz. Al leer Somos luces abismales se percibe —se comprende— la compañía luminosa, la bomba que estalla no “en el cúmulo torpe de fuego y humo, sino como los fuegos artificiales: plantando un jardín en el cielo”.

Somos luces abismales
Carolina Sanín
2018
Penguin Random House

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