A través de las letras de escritoras como Arelis Uribe, Nona Fernández y Diamela Eltit se puede leer el malestar social chileno que ha desembocado en las actuales protestas. Fotos: La Tercera, Gonzalo Donoso y archivo Arcadia. A través de las letras de escritoras como Arelis Uribe, Nona Fernández y Diamela Eltit se puede leer el malestar social chileno que ha desembocado en las actuales protestas. Fotos: La Tercera, Gonzalo Donoso y archivo Arcadia.

El malestar de Chile en sus voces literarias

¿Puede la ficción anticipar una fractura colectiva? Tres expertos se refieren al rol de la narrativa en el estallido social de octubre.

2019/11/15

Por Juan Íñigo Ibáñez

Las recientes manifestaciones y revueltas en Chile han dejado en evidencia las contradicciones de un modelo que, hasta hace poco, era considerado un ejemplo regional de crecimiento económico y estabilidad democrática, pese a tener uno de los índices de desigualdad más altos entre los países de la OCDE. 

“La narrativa chilena de hoy da cuenta de esa paradoja a través de historias y personajes que no calzan en el modelo social, que reflejan una sensación de desacomodo y exclusión”, cuenta Rodrigo Pinto, crítico literario de la revista Sábado. Se trata de relatos marcados por la falta de oportunidades, la deuda crónica, la cesantía como una garantía de caída en la pobreza e historias de jóvenes excluidos y sin posibilidades de lograr una vida medianamente digna. “Casi no hay obra reciente en Chile que no muestre esa profunda fractura social”.

En los días posteriores al estallido social del 18 de octubre, gatillado por el alza del metro, la prensa chilena remarcó el carácter inesperado de una crisis que dejó en evidencia la magnitud del descontento ciudadano hacia la clase política y el modelo económico en su conjunto. Sin embargo, para la crítica literaria de Las Últimas Noticias, Patricia Espinosa, un grupo intergeneracional de escritores y poetas Isabel Gómez, Galo Ghigliotto, Ernesto Garratt, Verónica Jiménez, Diego Ramírez o Cesar Cabello han venido reflejando desde hace tiempo y de forma constante las fracturas del país desde las grietas de su desarrollo.

A opinión de la académica de la Universidad Católica, estos autores vendrían produciendo “una textualidad atravesada por la crisis, la crítica a la ausencia de utopías y colectividades, así como la omnipotencia del capitalismo y su incidencia en la vida cotidiana”. Y añade: “Si estos libros no han tenido lectores capaces de advertir que estábamos y estamos siendo víctimas de una sistema político fracasado, es porque el gobierno chileno ha restringido las producciones culturales y bloqueado el acceso a las artes”.

Ficción y anticipación

La literatura ha mostrado desde siempre una intrínseca capacidad para prefigurar la historia y adelantarse a los hechos. Lo demuestran obras como 1984, de George Orwell, con su denuncia de la manipulación política y de los totalitarismos, o la más reciente novela de Michel Houellebecq, Serotonina, en la cual, según muchos, el autor francés habría vaticinado la revuelta de los chalecos amarillos.

¿Lograron los autores chilenos prefigurar el reciente estallido social? A opinión de Pinto, si bien ninguno anticipó con exactitud la denominada “primavera chilena”, títulos como Qué vergüenza o Quiltras, de las escritoras Paulina Flores y Arelis Uribe, sí lograron plasmar en sus obras el sentimiento de desasosiego que miles de personas han manifestado en las calles, durante las concentraciones más masivas desde el retorno a la democracia: “Tanto Uribe como Flores han logrado mostrar ese borde terrible que separa la sobrevivencia de la amenaza del hundimiento”, prosigue. “Pero no son obras que tengan una intención de denuncia o una voluntad de anticipación (…) Son escritoras y escritores que, simplemente, lograron expresar la sensibilidad de su tiempo”. 

Pinto sugiere, además, que Mapocho, de Nona Fernández, y Madariaga y otros, de Marcelo Mellado, al lado de obras como las de Alejandra Costamagna y Alejandro Zambra, “han abordado de forma visionaria la crisis que hoy afecta a la sociedad chilena”. A esta lista, el estudioso suma títulos como No me vayas a soltar y El sol tiene color papaya, del escritor Daniel Campusano: “Ambos libros se ambientan en colegios de la capital y, desde ahí, el autor lee muy bien los problemas de la educación chilena”.

Por su parte, Espinosa considera que la obra completa de Diamela Eltit, y en especial su última novela, Sumar, ha logrado prefigurar lo que hoy ocurre en Chile: “Sus libros visibilizan la desobediencia desde lo menor, desde los bordes, atrapada en la derrota de la izquierda”, apunta. “Su literatura se ubica desde y hacia los márgenes sociales, convocando con ello a las voces silenciadas por el sistema”.

Nuevos límites, nuevas fronteras

La herida de la dictadura aún cala hondo en la narrativa del país. Si bien autores cuyo trabajo está atravesado por el desgarro de esa vivencia, como Raúl Zurita, Elvira Hernández o el fallecido Pedro Lemebel, siguen teniendo una influencia inalterable en los escritores que privilegian temáticas vinculadas a la memoria postdictadura, a ojos del crítico literario del suplemento Artes y Letras del El Mercurio, Pedro Gandolfo, “en los autores más jóvenes ya no se percibe el abatimiento y la nostalgia por un pasado y unas ilusiones perdidas”. En la misma línea, Rodrigo Pinto apunta que en la obra de los más recientes narradores “se rompe con mayor o menor énfasis el molde de la generación previa (la literatura de los hijos), todavía muy fuertemente ligada a la experiencia de crecer bajo dictadura”.

Sumado a ello, lo “periférico” como leitmotiv sigue atravesando la ficción nacional. No obstante, a juicio de Gandolfo, hoy los “bordes” acudirían a perspectivas más amplias y diversas: “La provincia frente a la capital, las minorías sexuales frente a la cultura heteronormada, la indigencia urbana frente a la élite afluente o la cultura de los pueblos originarios frente a la cultura colonial”.

En esta última tradición, el especialista destaca a los poetas Elicura Chihuailaf y Leonel Lienlaf, ambos pertenecientes a “una de las corrientes más poderosas de la poesía nacional de las últimas décadas, aquella que reivindica el lenguaje y la experiencia trágica del pueblo mapuche”.

Señales de desgaste

¿Dónde buscar las huellas literarias del malestar chileno? Según Espinosa, en la autoficción de los años noventa se advierten los primeros indicios de ese agotamiento a través de narraciones de sujetos encerrados en sí mismos, sin expectativas e incapaces de cualquier ejercicio de memoria. Esa literatura, en su opinión, se acomoda “a los marcos políticos de una estética posmoderna desencantada y quieta”, y en su momento habría mostrado los incipientes síntomas de una generación atrapada por el neoliberalismo.

En contraposición a ello, la académica observa hoy el predominio de una discursividad crítica, intergeneracional y conformada por escritores y escritoras que “privilegian la memoria y la contrastan con un presente de olvido, resignificando al sujeto popular y a la mujer”. Siguiendo esa línea, destaca los trabajos de escritoras que, alejándose de aquella “subjetividad banalizada y autorreferencial (…) asumen una voz situada que cuestiona al patriarcado y, por ende el capitalismo, desde un entorno cotidiano”.

“Son voces que transitan por la intimidad de un yo que contrasta su presente con el pasado, ambas temporalidades, despojadas de toda épica”, explica. “En Chile las mujeres han escrito desde siempre, pero han sido sometidas a diversas operaciones de silenciamiento, por lo que recién están logrando visibilizarse”.

Para la académica, las escrituras de Nona Fernández, Eugenia Prado, Cynthia Rimsky, Lina Meruane, Alia Trabucco y Romina Reyes, además de las poetisas Daniela Catrileo y Gladyz González, serían las mejores que se están publicando actualmente en el país: “Como en muchas otras manifestaciones artísticas, la literatura chilena ha sido intervenida por la ideología heteropatriarcal, racista, clasista, misógina y, por ende, homofóbica. Por ello, en todas estas autoras hay un énfasis en recordar y levantar microutopías, deseos de cambio y rechazo a todo ejercicio de violencia”.

La vigencia de esa opresión hacia las minorías evoca en Espinosa uno de los episodios más graves de los últimos días: “Durante las manifestaciones nacionales contra el neoliberalismo y la presidencia de Sebastián Piñera, se están cometiendo, por parte de organismos del Estado, violencia político-sexual contra la ciudadanía. Es necesario detenerla y darla conocer al mundo”.

*En la madrugada del viernes 15 de noviembre, y luego de cuatro semanas de protestas, el movimiento social chileno logró la aprobación de un histórico referéndum a desarrollarse en abril de 2020 para cambiar la Constitución dictatorial de Augusto Pinochet. A la fecha, el Gobierno confirma 22 fallecidos en el marco de la crisis, y el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) da cuenta de 52 querellas por violencia sexual y 2.209 heridos –casi 200 de ellos con severos traumas oculares- producto de la represión estatal. 

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