Dice el director de Etiqueta Negra, Julio Villanueva Chang, “Juliana González-Rivera tiene los pies ligeros y una mirada entre la excavadora y el catalejo. Si un día pasara por su casa, es probable que pronto le cuente la historia cultural de las piedras debajo de sus cimientos". Dice el director de Etiqueta Negra, Julio Villanueva Chang, “Juliana González-Rivera tiene los pies ligeros y una mirada entre la excavadora y el catalejo. Si un día pasara por su casa, es probable que pronto le cuente la historia cultural de las piedras debajo de sus cimientos".

“El viaje es una sensación, no una acumulación de lugares”: Juliana González-Rivera

Periodista, profesora y escritora, la primera colombiana en Alianza Editorial desde Álvaro Mutis se formó como cronista en El País de España de la mano de Miguel Ángel Bastenier. Su primer libro, ‘La invención del viaje’, es una experiencia estética e intelectual notoria y necesaria.

2019/12/23

Por María Antonia Ruiz Espinal

Ítalo Calvino decía que la literatura solo vive si se propone objetivos desmesurados. Hablar del viaje es uno de ellos. Y eso ha hecho Juliana González-Rivera desde que cumplió 18 años, cuando se subió a un avión para alejarse de su mundo conocido y sus afectos, en una “primera aspiración real a una vida en libertad”. Su primer libro, La invención del viaje, es como esos libros de los que habla Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, un libro universo, esos libros en los que ella cree y sobre los que enseña en sus clases. 

La invención del viaje es un libro-puerto donde muchos géneros hacen escala. Es autobiografía, ensayo, crónica, enciclopedia, reportaje, perfil, historia. Es tan vasto como el océano que cruzó Colón para llegar a América; tan minucioso como las descripciones del mercader Marco Polo en su Libro de las Maravillas del mundo, a la vuelta de sus viajes por Asia. La autora lo deja claro al principio: “No es más que el comienzo. Sigo viajando”.

Es autobiografía porque en cada página se notan las huellas −y las heridas− que el viaje ha dejado en ella. Su escritura es consecuencia de su mirada, de su propio trasegar. Y es, también, la constante puesta en acto de dos grandes motivaciones: aprender y entender, ambas impulsadas por la curiosidad, esa inquietud inherente a quienes se dedican a pensar. Porque, como le enseñó su maestro Pedro Sorela –quien lo aprendió a su vez de Saint-Exupéry– “no hay que aprender a escribir sino a ver”.

El libro, a caballo entre el ensayo y la crónica, es también el resultado de un ejercicio obsesivo de edición: tardó tres años en escribirlo, pero seis en corregir el manuscrito. Y ese esfuerzo ha estado ligado a un intento permanente de “afinar la mirada”. Esto le ha permitido contar la historia del viaje y su relato como quien deshace los nudos de una red de pesca, hasta hacerla diáfana, y explicar el sentido y espíritu del viaje en cada momento de la historia con la tenacidad de quien entrena para una maratón. Porque a ella no le interesan las postales, sino explicarlas. Como dice el director de Etiqueta Negra, Julio Villanueva Chang, “Juliana González-Rivera tiene los pies ligeros y una mirada entre la excavadora y el catalejo. Si un día pasara por su casa, es probable que pronto le cuente la historia cultural de las piedras debajo de sus cimientos".

De ahí que la búsqueda de la palabra justa y la precisión en el lenguaje –el mot juste del que hablaban Flaubert y Stendhal– la haya llevado no solo a la escritura sino a la práctica del movimiento. No se siente viajera por haber visitado decenas de países, sino porque se siente permanentemente en tránsito. Habla del viaje sin lugares comunes y lo vive como una condición permanente: como un modo de estar en el mundo, una aproximación desde luego muy distinta a las que priman en este tiempo en el que todos creen que viajan mientras hacen maromas con un selfistick.

Pedro Sorela, también escritor viajero, decía que el viaje es lo que sucede detrás de los ojos. González-Rivera explica que, más que movimiento, se trata de una sensación. “Sentir de golpe el viaje, como leí una vez en Ciudadela, una sensación que es común a todos los viajeros. Y también tiene que ver con un desarraigo crónico. Me siento cómoda y capaz de establecer mi casa en cualquier lugar. No pertenezco a un sitio sino a muchos”. Ahí está uno de los aciertos del título del libro: la palabra invento viene del latín inventum, que se compone del prefijo in −hacia adentro− y de ventus, del verbo venire. Por esto, un invento es algo nuevo que ya está adentro de uno. No un objeto, sino una idea, una intuición.

No es casualidad que uno de los primeros grandes inventos de la historia haya sido el lenguaje, hace 70.000 años, durante la revolución cognitiva. Desde ese momento, y gracias a las palabras, el hombre ha inventado el mundo, y los viajeros se han encargado de narrarlo a quienes se han quedado en casa, como explica la autora en el libro. “Suya es la verdad o la ficción con la que creemos conocer a los demás mientras comprobamos si aquello que nos han dicho es cierto o falso”.

El mundo: ese invento de los Otros que hemos hecho nuestro gracias a los relatos de quienes se han atrevido a cruzar la frontera. De ahí la insistencia de la autora en el viaje como “metodología del entendimiento”. El libro es una obra que no se agota porque al tiempo que repasa la historia del desplazamiento, propone un método de conocimiento del hombre, como lo hacen las obras mayores. Porque la historia del ser humano es la historia del movimiento. “La especie humana comienza por los pies”, dice Le Breton que dijo Leroi-Gourhan, pues no hay acción más natural que caminar: es la única actividad que hacemos al ritmo de los latidos del corazón, como dijo Chatwin.

Una elección

González-Rivera habla como quien ha vivido mucho, y sus frases contagian. “Soy periodista, profesora y escribo. Y creo que esas tres actividades tienen un elemento común: intentar comprender y contagiar la emoción que algo me ha provocado. Me dedico a compartir desde esas tres actividades todo eso que me parece importante. Y porque siento que, a través de las biografías de esos viajeros, escritores, artistas y creadores, uno aprende sobre todo una cosa: que no hay mayor privilegio que la elección consciente de la propia vida. Que todos podemos aspirar a eso. Y el viaje es una de las múltiples formas de vida elegida”.

En el diálogo con los autores que ha leído está el carácter de su discurso. Son el cimiento de su obra e imaginario: sus lecturas configuran su mirada y pensamiento, su creación. El libro es un elogio a Stendhal, Saint-Exupéry, Humboldt. Un homenaje a Heródoto, Kapuscinski, Mallarmé, Calvino, Braidotti, Pitol, Nooteboom, Rilke, Camus, Wulf, Cendrars, Hemingway, Orwell, Siqueiros, Saramago, Chatwin, Hoare, Manguel, Augé, Gellhorn, Maillard, Marcolongo, Mathiesen, García Márquez, Caparrós, Guerriero, Carrión, entre muchos otros. 

A medida que esas lecturas avanzan, los capítulos condensan siglos de pensamiento y dibujan una ruta que recorre territorios reales, imaginarios, lejanos, cercanos. Y la pluralidad de voces refleja su búsqueda, que no cesa y que le descubre al lector su propio recorrido, donde se revela como esos escritores-viajeros de los que habla en el libro, quienes “convierten en obra la geografía que recorren” e incluso comparte su más íntima aspiración: vivir en la literatura, el arte, la imaginación y la poesía. Escribir con su propio cuerpo, siguiendo la máxima de Stendhal. La invención del viaje es una experiencia estética e intelectual notoria y necesaria dentro de la literatura actual. 

El libro es, también, un gran reportaje. Cada línea corre una frontera y ensancha el mundo. Es minucioso, porque sabe que en los detalles está la verdad. Las páginas intentan contener el mundo. Y cada descripción parece surgier del centro de la Tierra, ese lugar de donde parten todas las conexiones entre los hechos y las personas. “Colón no hubiera descubierto América de no haber leído a Marco Polo”, dice la autora.

También es crónica de viaje: cuenta lo que otros ya contaron, pero logra que el relato signifique: descubre, en aquello que contaron tantos, algo nuevo. Y consigue que, en las historias de los otros, el lector comprenda que también son las propias. Porque como explica Jorge Carrión, “esa es la dinámica de la tradición artística: la constante relectura, la reescritura constante. Se trata de volver a visitar y reformular los temas y los espacios, sumándoles su propia vuelta de tuerca estética”. 

Viajar y contarlo

La invención del viaje es un libro universo por esa “incapacidad para concluir” de la que hablaba Calvino. El viaje no acaba. La historia continúa en Viajar y contarlo, el segundo libro de la autora donde ubica el relato de viajes en el origen del periodismo, la crónica y el reportaje. En este, además, revela las estrategias narrativas comunes en todos los escritores viajeros a lo largo de la historia. “Este libro se detiene a reflexionar sobre cómo, en tiempos de tanto relato, viajar es pensar. Y sobre tantas otras cosas, en un viaje que se reinventa todo el tiempo”, dice de él Martín Caparrós. 

“No hay regreso, no hay llegada. Viaja solo quien sabe irse”, recuerda la autora que dijo Pedro Sorela. También cita al Tao: todo viaje es una ida. “El fin de un viaje es solo el inicio de otro. Siempre. El viajero vuelve al camino”, explicó Saramago. Dejar de viajar, de moverse, es dejar de intentar comprender. Y eso no cabe en la biografía nómada de la autora. Cada viaje es una oportunidad. Ya lo dijo Yourcenar: “En el hombre, al igual que en el pájaro, parece haber una necesidad de emigración, una necesidad vital de sentirse en otra parte”. El viaje es una forma de la libertad y un motor de la creación. Y ya lo ha dicho Juliana González-Rivera varias veces: viajero es el que busca. Hay que seguir buscando.

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