Frontera Frontera

En ‘Frontera’, de Felipe Martínez, no hay mujeres

“El efecto de su silenciamiento es tan abrumador que, cuando decide irse a aventurar a la jungla, la lectora quisiera que se lo tragara una anaconda”.

2019/08/26

Por Catalina Navas

Frontera es una novela sobre la soledad de un hombre que mira la jungla a través del lente de su cámara fotográfica. Esa cámara es capaz de fotografiar la selva, pero no de registrar a las mujeres.

Santiago Zapata se interna en la naturaleza para escapar del recuerdo de una mujer. Mira por la ventanilla del avión y piensa que en la inmensidad que sobrevuela va a encontrar alivio a su dolor.

A pesar de que el desamor es un padecimiento universal, Zapata no despierta compasión. Su sufrimiento parece justo, una consecuencia natural de su comportamiento obtuso.

Zapata llega a un hotel húmedo en la selva y mira mujeres. Su mirada atraviesa los cuerpos. Ve senos, uñas pintadas de esmalte de colores, la piel morena y sudorosa de las habitantes de los pueblos de la selva. Desea los cuerpos dueños de esas formas que lo arrebatan, sin darse cuenta de que esos cuerpos pertenecen a individuos con voz.

Frontera provoca la sensación incómoda de estar dentro de la perspectiva de un personaje que para encontrarse a sí mismo ha eliminado todo rastro de lo femenino. Zapata ve mensajes de mujeres en su celular y los borra sin abrirlos; coquetea pero se emborracha y no recuerda las historias que le cuentan. Las palabras de las mujeres, sus razones y sus historias están por fuera de la voz central de esta novela. En este libro, el personaje se va a la selva a escapar no solo del recuerdo doloroso de una mujer que amó, sino a silenciar toda voz femenina que pueda interferir con el sonido de su propia voz.

Zapata es como un niño que teme a las historias que lo sacan de su lugar cómodo. Como los niños, pide oír siempre el mismo cuento porque ya conoce el final y le arrulla el sueño tranquilo. Ese cuento es el de su propia voz. Aun así, algo redime al personaje: es consciente de su minoría de edad. Justo antes de salir a su primera expedición en la selva, Zapata dice: “Recogí las gafas del suelo, me las clavé en la nariz, como un niño que ha terminado de arreglarse para irse a misa. Un autorretrato justo”.

El efecto de su silenciamiento es tan abrumador que, cuando decide irse a aventurar a la jungla, la lectora quisiera que se lo tragara una anaconda como castigo a su necedad, o que un mono le rapara las gafas de monaguillo y quedara ciego en medio del verde sin matices de la miopía.

Y entonces aparece la selva que todo lo apacigua. Apacigua la incomodidad que se había venido construyendo y contiene también a Santiago. En esta novela se oye la naturaleza. Y eso es un alivio. Están las imágenes potentes de los árboles que depredan otros árboles, de árboles que son sistemas y ocupan hectáreas enteras de jungla. Está la selva nocturna, paisaje sonoro y amenazante en la oscuridad. Es en lo selvático donde radica lo conmovedor que hay en esta narración.

Frontera recuerda que la simpatía por los personajes no es la única medida de valor en una obra literaria. Que no siempre hay que hacer propios sus dolores y que es válido pensar en su contra. Santiago Zapata provoca fastidio y rabia. Es necio y errático. Construye un mundo dominado por una narrativa masculina en la que las mujeres están excluidas, un mundo que aterra. Como contrapunto a ese horror está la selva, las sinuosidades de sus ríos y sus sonidos ensordecedores. Y hay algo bello y conmovedor en ese verdor.

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