Carátula de 'Los dormidos y los muertos', publicado por Rey Naranjo. Carátula de 'Los dormidos y los muertos', publicado por Rey Naranjo.

“En la casa de los Paz, el mantel familiar siempre olía a pólvora”

Un comentario de 'Los dormidos y los muertos', el último libro de Gustavo López.

2018/12/05

Por Ángel Castaño Guzmán

¿Qué extraño y poderoso lazo une la figura de Laureano Gómez –oráculo tronante del conservatismo– y la del padre Camilo Torres Restrepo– uno de los santos del verano rojo latinoamericano? A primera vista, ninguno. El uno fue un defensor acérrimo del establecimiento político heredado de la Regeneración. El otro, por el contrario, invirtió su tiempo, talentos y vida en socavarlo. Para muchos, la sola pregunta ofende y degrada. No obstante, a veces las impresiones iniciales carecen de nitidez. Sí hay un fatum común entre ambos: el del uso de la violencia en los asuntos políticos. Los dos encarnaron en coyunturas distintas y en trincheras opuestas la antigua y tridentina idea de la validez del camino de las armas para instaurar el reino de los cielos en la tierra. Tremenda paradoja: a la hora de los balances el sagaz Laureano y el justo Camilo contribuyeron en la empresa de postergar la modernización liberal iniciada en los años treinta por los gobiernos de Olaya Herrera y de López Pumarejo. Gómez lo hizo por credo. Torres porque su fugaz etapa guerrillera encausó la rebeldía de una hornada de colombianos por la senda del sacrificio inútil. Lo anterior explica el acierto del médico caldense Gustavo López de hacer al padre y al tribuno faros doctrinarios y espirituales de los Almanza, familia protagonista de su novela Los dormidos y los muertos.

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En Los dormidos y los muertos Gustavo López apela a la estrategia narrativa de entrelazar las vivencias de un clan con los acontecimientos reseñables de la historia patria. De esa manera los Almanza –como antes pasara con los Buendía y con los Rendón– son peones de un drama que excede los linderos de sus rutinas. Víctimas y victimarios, ellos padecen y ejercen la violencia arrastrados por las retóricas combativas de sus respectivos líderes. Deogracias Almanza –godo hasta el tuétano– llega con su parentela a la gélida Manizales y allí implanta un régimen doméstico de óperas cantadas a todo pulmón en un italiano de oído y de rezos diarios. Mientras su sufrida esposa ayuda en la economía hogareña con los oficios de modista y elige los nombres de las hijas, él regenta una barbería y trata de contagiar la devoción por Laureano Gómez a sus hijos. No lo consigue ni con el esotérico Álvaro Pio ni con el inconforme León Décimo ni con el imberbe y pajizo Eccehomo ni con el ambiguo Laureanito. Tampoco El monstruo logra mandar a sus anchas con puño de hierro: los complots dentro del partido Conservador paulatinamente lo convierten en una incómoda momia. El eclipse de Laureano cobija con sus sombras a Deogracias: estos fósiles de sacristía son reemplazados en el escenario de la novela por el carismático presbítero Torres y por León, La Luxemburgo y Eccehomo.

En el segundo tramo de Los dormidos y los muertos se cuentan las andanzas de la prole de Deogracias: la muerte prematura de Antonieta, la mayor de las hijas; el itinerario intelectual de León –sus lecturas desordenadas de poesía y marxismo–; las supersticiones de Álvaro Pio y la educación sentimental de Eccehomo. Las tertulias aguardienteras de la peluquería son sustituidas por las interminables sesiones de estudio de la célula Mariátegui. Los bardos grecocaldenses ceden a los de la trova cubana la primacía en el gusto de la muchachada. El repórter Esso informa del surgimiento del Bloque Sur en las montañas del Tolima y del Frente José Antonio Galán en las de Santander. En ese revoltijo noticioso el capellán de la Universidad Nacional atrae la mirada del estudiantado y del clero. A los hijos Almanza les corresponde vivir las consecuencias de las malas decisiones de sus antepasados y derrapar ellos mismos en el error. Si en la primera etapa la voz del narrador no ahorra los sarcasmos a las élites conservadoras y a sus esbirros, en esta parte no oculta su simpatía por la efervescencia revolucionaria de la época. Los destinos de Camilo y de León parecieran ratificar la idea según el cual la ida al monte era insoslayable. Dicha impresión la matiza el escepticismo lúcido de la Luxemburgo.

En la casa de los Paz –al menos así lo recuerda el poeta en Canción mexicana– el mantel familiar siempre olía a pólvora. Algo muy parecido puede decirse de nuestra novelística. Los dormidos y los muertos se inscribe en la tradición ficcional interesada en arrojar luces y dudas respecto a los conflictos sociales colombianos. A pesar de sus diferencias, comparte obsesiones con 35 muertos, de Sergio Álvarez, con los cuatro libros de Daniel Ferreira y con algunos de Evelio Rosero.

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