Andrés Burgos (izquierda) y la ilustración de portada de su novela 'Clases de baile para oficinistas'. (derecha), publicada por Random House. Andrés Burgos (izquierda) y la ilustración de portada de su novela 'Clases de baile para oficinistas'. (derecha), publicada por Random House.

Un charla con Andrés Burgos sobre 'Clases de baile para oficinistas'

Recientemente, el escritor, guionista y director de 'Amalia, la secretaria' (2017) lanzó su más reciente novela, sobre la cándida vida cotidiana de una secretaria colombiana.

2018/07/11

Por Ángel Castaño Guzmán

La vida de Amalia se estremece por cosas pequeñas: un enchufe averiado y la llegada de un desconocido a repararlo. Así es Clases de baile para oficinistas, la más reciente novela del escritor, guionista y director de las películas Sofía y el Terco (2012) y Amalia, la secretaria (2017), Andrés Burgos. Habla de cosas sencillas, cotidianas, detrás de las cuales están los temas de siempre: el amor, la soledad o el sentido de la existencia. No desprovista de ternura y humor, la prosa de Burgos nos hace cómplices del día a día de una de esas secretarias que vemos a diario en el Transmilenio mirar por la ventanilla y perderse en ensoñaciones.

Antes del lanzamiento del libro este jueves 12 de julio, hablamos con él sobre la novela, la música que la recorre y los juegos de espejos entre sus películas y sus libros.

Comencemos por una curiosa teoría que sostiene el narrador de Clases de baile para oficinistas: el baile es una de las pruebas de la existencia del alma. ¿Cómo llegó a esa idea?

Pretendía abordar la frivolidad en un tono muy solemne y supuestas cuestiones existenciales a ritmo de baile tropical, llámese merengue, salsa o chucu chucu. Por eso hay disquisiciones alrededor del baile y su papel en ese concepto inasible que es la “colombianidad”. Empecé preguntándome cosas como "¿Existe un gen para el baile?" y "¿Hay razones climáticas que determinen la capacidad de bailar?", y por ese camino encontré un estudio real donde, a través de una cacatúa, se buscaba determinar si los animales podrían acomodar sus movimientos a ritmos concretos. De ahí a la especulación teológica hubo un paso y terminé hablando de la existencia del alma a través de una canción de los Back Street Boys.

¿Qué papel ha tenido el baile en su forma de ver la vida y la escritura?

En la escritura juega un papel preponderante del que solo vine a darme cuenta con este libro, donde abordo el tema explícitamente. Un inventario al vuelo me da como resultado que en la mitad de mis libros y en mis dos películas hay gente bailando. Su importancia en mi vida termina reflejada en el capítulo de la novela donde se habla de la obligación de ser sabroso como uno de los karmas de los colombianos. Hay muchos que no nacieron para bailar pero nuestro país se ven obligados a jugarse su suerte en la pista.

La novela tiene una banda sonora: las baladas que en un principio le gustan a Amalia y la música del Caribe que silba Lázaro. ¿Cuál es la música que a usted le mueve el piso?

El libro era un ajuste de cuentas con mis gustos musicales. Después de una vida entregada a otras músicas me llegó el momento de reconocer, como si se tratara de hijos negados, que las baladas románticas y las canciones de los 14 cañonazos bailables logran que el corazón se mueva de un modo en que no lo consiguen unos géneros supuestamente más sofisticados y en todo caso más ajenos.

Esta novela tiene una siamesa: el filme Amalia, la secretaria. ¿Cómo se gestó este proyecto de dos frutos: un libro y una película? ¿Escribió primero cuál: el guion o la novela?

La novela fue la base para la adaptación cinematográfica, pero por cuestiones de calendario editorial terminó publicada después. Pero el libro, aunque recorre caminos similares de personajes e historia, se aprovecha de la libertad de la literatura para visitar a otros personajes que nos construyeron las fiestas familiares de la memoria, como Pastor López, el Joe Arroyo y Lisandro Meza.

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¿Cómo fue su acercamiento al universo de las oficinas, de las burocracias? ¿Qué encontró interesante en ese ambiente en apariencia gris?

La primera semilla de personaje de Amalia surgió cuando yo trabajaba en una oficina de Parques Nacionales en el centro de Bogotá. Todos los meses mi cheque se traspapelaba y tenía que ir a rogarles a las secretarias en contabilidad para que me ayudaran. Eran rudas y temidas. Allí empecé a preguntarme qué habría más allá de esa fachada, cómo serían sus vidas, sus amores, sus angustias. Desde ese momento supe que quería contar la historia de una secretaria bogotana tímida que rayara en la rispidez.

En su experiencia, ¿qué similitudes y diferencias existen entre el oficio del novelista con el del guionista? ¿Cómo enfrentó la historia de la novela al momento de llevarla al cine?

La escritura para pantalla, aunque sea muy personal y apunte a la experimentación y el riesgo, siempre estará ligada a la funcionalidad, a las ataduras de la producción. La literatura, en cambio, extiende una invitación abierta a la libertad, a esquivar los límites. En la novela me entregué a una irresponsabilidad que no podía permitirme en el cine. Una adaptación implica un encauzamiento que no necesariamente significa cortarse las alas, pero sí volar con instrumentos.

Usted pertenece a ambos grupos: el de los novelistas y los cineastas colombianos. ¿Hay elementos comunes? ¿Comparten historias y formas de contarlas?

Siento que los recorridos de la novela y el cine colombianos en los últimos años han estado menos relacionados de lo que podrían. Tal vez sus caminos han sido demasiado paralelos. Creo que a nuestra industria cinematográfica le convendría mucho asomarse a varios títulos de publicaciones recientes.

Portada de Clases de baile para oficinistas, de Andrés Burgos. Literatura Random House, 2018.

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