La periodista argentina Luciana Peker, autora de 'Putitas golosas'. Foto: José Nicolini La periodista argentina Luciana Peker, autora de 'Putitas golosas'. Foto: José Nicolini

“Hay que hacer del goce un orgullo”: Luciana Peker

La escritora y periodista argentina presentará en el Carnaval de las Artes, en Barranquilla, su último libro, ‘Putitas golosas’, donde reivindica el deseo como un triunfo de la autonomía femenina.

2019/02/15

Por Adriana Chica

Luciana Peker sabe alzar la voz. Lo hace desde colegiala en las marchas contra el uso de guardapolvos -una especie de bata blanca que cubre hasta debajo de las rodillas- exclusivo en los uniformes de las niñas. La sigue ahora en las calles argentinas teñidas de verde contra la imposición de la maternidad. En ambos casos la alza en un acto inexorable de libertad femenina en defensa del dominio del propio cuerpo. Y lo vuelve a hacer desde las letras, en la misma lucha, esta vez para reivindicar en las mujeres el placer ‘goloso’ del orgasmo.

La idea del sexo desde la mirada masculina está destinada a cambiar en tiempos de urgencia de liberación marcada por el feminismo. Peker habla de cambiar las reglas del deseo, entendido como un derecho y reconocimiento legítimo que, entre otras cosas, implica ir en contra de la violencia machista que somete a las mujeres a la pérdida de intimidad (y de muchas cosas más). “El deseo como núcleo de la autonomía femenina”, en territorios de prácticas políticas como la del aborto legal, seguro y gratuito por el que su natal Argentina tomó la bandera en Latinoamérica.

Y en territorios de otras demandas por las que la escritora y periodista se ha convertido en un referente latino del activismo de género. En ello, después de ‘La revolución de las mujeres no era solo una píldora’ y ‘Mujeres pariendo historia: cómo se gestó el Primer Encuentro Nacional de Mujeres’, llega ‘Putitas golosas. Por un feminismo del goce’. Un texto que surge de las columnas del diario Las12, donde aprendió bajo las críticas a querer su panza. Un texto tan sensible como franco, que nombra sin eufemismos el disfrute del sexo como un triunfo de las mujeres, porque los derechos no se pierden con abrir las piernas.

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Por eso llegó a Colombia, a Barranquilla para ser exactos, donde presentará el libro y otras disputas por las que alza la voz de un feminismo a toda prueba -que no segrega a los hombres-. Su defensa por el goce será tema de conversación en la treceava edición del Carnaval Internacional de las Artes, que pone en la mesa al espectáculo como arte y reflexión. Y deja un abrebocas de lo que será el suyo con el poeta Juan Manuel Roca el próximo domingo.

¿Por qué el goce de la mujer genera todavía resistencia y, algo tan natural, implica una revolución?

Hay programas de sexo que incentivan el goce de la mujer, incluso que lo intentaron poner en un deber ser, el problema es que la sociedad, todavía hoy, no soporta el goce de la mujer, el aprendizaje que conlleva, la tolerancia y el cambio de roles que implica. Siento que se produce una enorme disfuncionalidad en la sociedad que produce frustración y mucha necesidad de cambio para que ese goce pueda establecerse. Necesitamos asumir el deseo y poder identificar que hay una revancha contra las mujeres deseantes que hay que preservar.

Esa forma de asumir el sexo y el placer de la mujer, ¿cómo se convierte en un acto político?

El sexo es político, porque las relaciones sexuales son marcadas por la dinámica política. Si solo los varones pueden asumir el deseo, marcar las reglas, elegir y gozar (el machismo como una forma de construcción política), se suprime el deseo de las mujeres. La revolución del deseo, que jerarquiza el goce de las mujeres, tanto a decir “no” a lo que no quieren como a rechazar la violencia y el maltrato como formas de imposición del deseo masculino (que no ve a las mujeres como sujetos de derecho y deseantes), también es una revolución de las reglas políticas.

La revolución/reivindicación del deseo, ¿qué papel juega en luchas políticas como el acceso al aborto legal, seguro y gratuito?

El deseo por el sexo, tanto para elegir con quién no tenerlo o de qué forma no tenerlo, contra elegir con quién sí tenerlo, es un deseo personal que, además, embandera políticamente distintas demandas, no solo la de lograr que el aborto sea legal, seguro y gratuito; sino también en la concepción política donde la maternidad no es forzada, sino una elección. El sexo se hace por placer; por lo que el derecho a él es el derecho al aborto legal, toda vez que las mujeres tenemos derecho a elegir con quién tener sexo. Y si en eso se da una situación problemática, como una violación, un embarazo inviable o uno no deseado, eso no se puede convertir en una imposición para las mujeres. Vivir con plena libertad la sexualidad implica, por supuesto, el acceso al aborto legal, seguro y gratuito. Las sociedades que siguen condenando a las mujeres al aborto clandestino, las condenan a que no puedan vivir plenamente su sexualidad.

¿Y cómo permite afianzar la autonomía femenina el apropiarse de ese goce?

Creo que estamos en una etapa superadora de la idea de autonomía, en la que se incluyen sexualidades disidentes: lesbianas, gays, trans, personas no binarias, relaciones mucho más amplias que solo la heterosexualidad clásica. Pero más allá de eso, la lucha está en entender que existen formas de amor, de vínculo, de afectividad, donde la autonomía de la mujer tiene la posibilidad de contemplar el goce. Se trata de una autonomía que no ve a la mujer sólo en relación a la pareja, desde la mirada del varón, lo cual es una gran lucha. La revolución rompe ese rompecabezas, para formar mujeres más potentes, dispuestas a mirarse a ellas mismas, y varones que puedan acompañar a volver a armarlo no solo teniendo en cuenta rituales clásicos, sino encontrarse en nuevas modalidades de relación.

¿Se podría hablar también de deconstruir el amor romántico, ese que en muchas ocasiones está directamente relacionado con la violencia de género?

Por supuesto, se trata de relaciones más flexibles y de construir y volver a construir todas las relaciones. El amor romántico clásico, el que nos vendieron como tal, implica la sumisión de la mujer, el poder del varón, la idea de que el amor implica sacrificios desmedidos, control, celos, posesión, que el amor es nocivo y que termina matando la autonomía y felicidad de las mujeres. Esa es la transformación individual que hay que dar.

En el libro el goce no se queda en la implicación al sexo, sino que aborda aspectos represivos sobre el cuerpo de la mujer como la comida, ¿cómo es esa relación?

Hay una relación directa entre la represión de la comida y la represión sexual y de las libertades, porque los cuerpos son moldeados por el sistema. Por un lado para gustar, pero por el otro el problema no es que uno decida qué comer y qué no comer, o cuidarse y no cuidarse, o hacer determinados rituales de belleza aún cuando su origen sea agradar especialmente a los hombres, sino que la abstinencia o la idea de que todo lo que uno come lo tiene que hacer con culpa, es la idea de la belleza como frustración y represión. Yo creo en los cuerpos libres, y en esa libertad está elegir si hacer una dieta o no. Creo en la libertad en el sentido más amplio, y en cuerpos gozosos que puedan disfrutar la comida, entendida como símbolo de un placer legitimado para las mujeres.

¿Llevar el nombre de ‘Putitas golosas’, entonces, es legitimar ese goce?

En un partido de fútbol entre Rosario Central y Newells vi un cartel que decía “Putita golosa”, como una forma de decirle al equipo rival que lo iban a golear tanto que se convertiría en eso. Yo soy muy golosa, me gusta mucho lo dulce, así que cuando lo vi me reí, porque me pareció muy simbólico. En el fútbol se permite decir cosas despectivas hacia las mujeres, que generan escándalo en las librerías, o por las que cuesta llevar un libro visible en el transporte público. Es decir, cuando se dice como reivindicación del goce da vergüenza o parece obsceno, pero cuando se dice en una cancha de fútbol para descalificar a las mujeres está bien. “Putita golosa” quería decir que la penetrada era la perdedora, una vergüenza, y me parece que hay que revertir ese cartel y hacer del goce un orgullo.

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