Una de las fotos tomadas por Federico Ríos que acompaña el libro 'Verde tierra calcinada'. Foto: Federico Ríos. Una de las fotos tomadas por Federico Ríos que acompaña el libro 'Verde tierra calcinada'. Foto: Federico Ríos.

“Escribir creyendo que uno puede ayudar a construir memoria es un error de cálculo”: Juan Miguel Álvarez

El pasado domingo 9 de septiembre, el periodista Juan Miguel Álvarez presentó Verde tierra calcinada, su más reciente libro, en “El café de la memoria”, que ARCADIA e Itaú dispusieron en la ciudad de Medellín con motivo de la decimosegunda Fiesta del Libro y la Cultura. Hablamos con él después del lanzamiento.

2018/09/13

Por Luisa Fernanda Orozco*

"El café de la memoria" en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín es posible gracias a una alianza entre ARCADIA e Itaú.

El lanzamiento del más reciente libro de Juan Miguel Álvarez, Verde tierra calcinada, editado por Rey Naranjo y con fotografías de Federico Ríos, tuvo lugar el pasado domingo en “El café de la memoria” de ARCADIA e Itaú en la ciudad de Medellín, en el marco de la decimosegunda Fiesta del Libro y la Cultura. Aceptando los altibajos de las largas jornadas de viaje que luego son plasmadas en esa charla consigo mismo que es la escritura, Álvarez comenzó el lanzamiento explicando, desde su experiencia como periodista independiente de derechos humanos y conflicto armado, sus impresiones iniciales tras la publicación. Además de darse cuenta de la fuerza emocional que tuvo durante todo el proceso, contó cómo sintió “una recompensa frente a la gratitud que las personas de la comunidad expresan y los efectos que se generan dentro de ella”.

Álvarez ganó en 2017 el Premio Simón Bolívar a Mejor Crónica en Prensa Escrita por Paulina busca a su hija, la historia de una madre que cimentó los primeros pasos para la reparación de víctimas del conflicto armado colombiano. El relato fue escrito a una mano, pues un accidente al inicio del recorrido hasta donde se encontraba Paulina había dejado a Álvarez con un cabestrillo en la otra.

Juan Miguel Álvarez conversó con nuestro director Camilo Jiménez en "El café de la memoria" de ARCADIA e Itaú. Foto: Juan Manuel Valencia.

El nombre Verde tierra calcinada, cuenta, se le vino a la cabeza durante el último de una serie de viajes que realizó durante cinco meses para la revista Especiales Regionales de Semana. El destino era la vereda Guaduas del municipio Carmen del Atrato, donde se conformó la base central de una disidencia del ELN llamada Ejército Revolucionario Guevarista (ERG). En determinados lugares de la carretera Medellín-Quibdó, el ERG solía hacer retenes donde los conductores eran sacados a la fuerza de sus camiones, para poder llevar el vehículo hacia la explanada en que culminaba una vía que dividía en dos la vereda. Una vez en ella, el vehículo era despojado de sus partes internas, que eran vendidas después. El único rastro que quedaba era el caparazón metálico del camión oxidándose al aire libre.

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Cuando llegó a la vereda, Álvarez vio el único de esos caparazones que todavía permanecía en la explanada a pesar de la desmovilización del grupo guerrillero en 2008. Y, a solo quince metros de allí, una capilla pentecostal a la que los paramilitares le habían prendido fuego años atrás, dejándola reducida a escombros. Fue allí, entre la cadena montañosa que cubre a Antioquia y a Chocó conocida como los Farallones del Citará, donde Álvarez anotó en su libreta: “¿Después de cuántos viajes por esta verde tierra calcinada lograré acostumbrarme a este tipo de periodismo?”.

El contraste entre el vehículo y la iglesia carbonizados como vestigios del conflicto en medio de la frondosidad del bosque dio el impulso inicial para la escritura del libro. Álvarez quiso narrar ese país donde, en sus zonas más ajenas a la cotidianidad citadina, vivía un dolor humano entremezclado con un exotismo natural: “Yo en Verde tierra calcinada le cuento al lector lo que vi en esos sitios y la historia central que me encargaron hacer, pero además le doy la voz a las personas que en el camino me fui encontrando para que ellas relataran cómo sucedió la guerra”.

ARCADIA habló con él después de la presentación del libro para conocer más sobre su proceso de escritura, sobre su amplia trayectoria como periodista en zonas de conflicto así como de la relación entre crónica y memoria en su trabajo.

¿Cómo son contadas las historias en Verde tierra calcinada?

El libro tiene siete capítulos en los que hay varias historias, pero todas ellas no son crónicas independientes, sino que se leen como diferentes momentos de un mismo viaje. En él hay ciertos intermedios. Entre el segundo y el tercer capítulo hay uno que se llama “Retorno a la burbuja”, y así sucesivamente entre todos los demás. ¿La burbuja qué es? Mi apartamento en Bogotá, en el barrio La Macarena. Pero en todos los capítulos somos Federico y yo viajando por toda parte, recibiendo los encargos y comunicándonos con Bogotá para que nos ayuden con la producción. Mientras los dos íbamos viajando como reporteros, yo me confrontaba como ciudadano y como periodista.

Durante su experiencia entrevistando victimarios, ¿ha podido identificar patrones de discurso que se repitan en algunos de ellos?

No. Cada persona es un universo distinto. En general a los bandidos les gusta hablar, lo que pasa es que hay que saberlos llevar. Ningún bandido esconde sus cosas. Al contrario, se siente orgulloso de que alguien quiera escuchar por qué hacen lo que hacen y cómo llegaron hasta esa posición. Dentro del mundo de ellos siempre hay cierta heroicidad por ser el mejor, o por ser destacado gracias al hecho no haber sido capturado o asesinado todavía. Ese es quizás el único punto en común que yo vería.

Para el caso de las víctimas, ¿ha percibido usted que algunas de ellas se tengan bajo una consideración heroica?

En general nadie cree en el Estado, así que yo no creo que ellos se perciban de un modo muy heroico. Sí tuve un caso en el que un soldado del Estado se sentía un poco héroe, pero era distinto porque él estaba dentro de la milicia y se opuso al estamento militar, a sus superiores y a su formación para denunciar los falsos positivos. Él ahí sí comenzó a sentirse un poco héroe. Yo lo percibía pero para mí no fue un problema porque mi intención no era condenarlo o cuestionarlo moralmente. Por otro lado, en el caso de las víctimas del común, si hay alguna que está pretendiendo algún tipo de reconocimiento yo a eso lo considero medio falsario. Quienes sí pueden reclamar más fácil cierto heroísmo son los defensores de derechos humanos, líderes sociales o comunitarios que están peleando contra determinado establecimiento, porque a veces son perseguidos y acosados por la policía judicial, e incluso incriminados, desaparecidos y asesinados por el ejército. Esto por lo general no sucede, pero uno tiene que ser desconfiado con quienes se les salga ese acento heroico.

Una de las fotos tomadas por Federico Ríos que acompaña el libro Verde tierra calcinada. Foto: Federico Ríos.

¿Cómo puede la crónica ayudar a construir la memoria de ciertos colectivos o de un país?

No, eso no hace parte de la crónica. Uno no puede calcular el impacto del texto en la comunidad porque nunca se sabe lo que vaya a pasar. Escribir creyendo que uno puede ayudar en la construcción de la memoria de un país es un error de cálculo, porque lo pone a uno en una situación en la cual ya no se está pendiente de la veracidad, de la verificación, de la estética y ritmo del texto, sino de la virtud política, y esa no depende del autor, sino del momento en que se publique y de la comunidad que lo lea. Yo le diría a cualquier cronista que dejara de ser tan pretencioso si cree que está escribiendo con el único propósito de ayudar a construir la memoria de un país. A fin de cuentas esa persona no sabe si lo que escribió va o no va a ser leído dentro de unos años. No por haber escrito una crónica sobre una víctima ejemplar significa que vaya a ser buena. Para que una crónica sobre víctimas del conflicto armado obedezca a la estética y tradición del periodismo literario, debe aceptarse al mismo tiempo la posibilidad de que algunas cosas se logren o no. Tener eso claro hace que uno no se crea un salvador o un tipo que está escribiendo para la memoria del país. En mi caso, yo solo hago mi trabajo. Ojalá sirva para el próximo mes o para los próximos dos meses. Si de ahí en adelante sigue sirviendo, maravilloso. Si en veinte años lo leen, incluso mejor. Pero qué va a saber uno.

Entonces, para comenzar a escribir una crónica, ¿primero debe haber una pasión personal sobre la temática a tratar?

Claro. Lo primero que yo creo que hay que hacer para escribir una buena crónica es ser muy buen investigador. La investigación de la crónica es una investigación distinta donde implica mucho la sensibilidad, la participación y la capacidad de compenetración que uno tenga con el entorno. Me parece que las crónicas que tienen una fuerza expresiva incomparable son aquellas en las cuales el autor pudo poner toda la potencia de su voz interior, y eso no significa escribir en primera persona. Eso significa escribir con la mayor sensibilidad y honestidad posible. Que todo salga desde muy adentro. Lo que pasa es que a eso hay que añadirle la técnica. Hay que investigar de cierta manera y saber hacer diálogos. Esa es la técnica más difícil de todas. Un cronista que sepa hacer un diálogo bien hecho es muy buen cronista. De por sí, trasladar la visualidad al papel es un acto muy complejo. Eso se entrena y se entrena. Entonces no se trata de hablar de víctimas, sino de reconstruir unas sensaciones, unas emociones y unos hechos.

*Estudiante de Periodismo de la Universidad de Antioquia. El cubrimiento de ‘El café de la memoria‘ es posible gracias a una alianza entre ARCADIA y la Universidad.

Una de las fotos tomadas por Federico Ríos que acompaña el libro Verde tierra calcinada. Foto: Federico Ríos.

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