Álvarez nació en Neiva, Colombia, en 1978. Crédito: Daniel Reina. Álvarez nació en Neiva, Colombia, en 1978. Crédito: Daniel Reina.

Colombia se fundó con un insulto

Desde sus inicios, el insulto era una herramienta de disrupción habitual de políticos e intelectuales. El escritor Juan Álvarez escribió su último libro acerca de la historia de la ofensa en el país.

2018/01/24

Por RevistaArcadia.com

Con un insulto nació la República de Colombia. El 20 de julio de 1810 un comerciante español, José González Llorente, ofendió a unos criollos después de que le pidieran un florero prestado. La intención del grupo, según confirmaría la historiografía posterior, debió haber sido provocar a Llorente, dado lo famoso que era el temperamento explosivo del español y el estado caldeado de los ánimos en lo que por entonces era Santafé de Bogotá.

Y dio resultado. Llorente pronunció ciertas palabras despectivas contra los criollos que el registro de la época, por pudor, se cuidó de copiar. Según parece, fue algo como “perros sin dientes”, es decir, que ladraban pero no mordían. Los insultados usaron las palabras para montar una protesta popular que terminó con la expulsión del virrey Antonio José Amar y Borbón de la ciudad. Ese fue el inicio de la Independencia de Colombia.

Esta es una de las historias que recoge el escritor colombiano Juan Álvarez en su libro más reciente, Insulto: Breve historia de la ofensa en Colombia. El texto hace un recorrido por varios eventos definitorios de la vida nacional y personajes ilustres que comparten un hilo conector: los insultos.

Desde las palabras de Llorente hasta los memes en contra de Carolina Sanín que se compartieron en ‘Los Chompos’, un grupo de Facebook compuesto de estudiantes de la Universidad de los Andes, Álvarez hace un estudio sobre cómo la ofensa ha sido determinante en la historia de Colombia. Explica que más allá de un acto emocional de irrupción del lenguaje, el insulto se ha configurado como una herramienta política y cultural muy propia de la sociedad del país. “A veces se decía que el insulto era algo de los de ruana, del pueblo, pero cuando uno va a ver el registro histórico encuentra que era una herramienta que usaban todos: la élite, los políticos y los periodistas”, cuenta Álvarez.

En el siglo XIX, por ejemplo, el padre Margallo apelaba al celo religioso para pronunciar duras palabras desde el púlpito en contra de los “enemigos de la fe”. El irreverente José María Vargas Vila escribía largos textos panfletarios ofendiendo a sus críticos y se hinchaba de orgullo cuando estos caían en el juego y le respondían furiosos; casi como un troll del siglo antepasado. Jorge Eliecer Gaitán recurría a la emoción y el sentimiento de agravio del pueblo en sus discursos y Fernando Vallejo no bajaba de “puta” a la Iglesia en sus ensayos inflamatorios.

En este momento, el insulto parece aflorar en cada comentario en Twitter, por lo que se hace particularmente relevante pensar en cómo ha operado y surtido efecto en Colombia. Por esta razón, Arcadia habló con Álvarez sobre su reciente obra y lo que descubrió investigando la historia colombiana a través de los agravios.

¿De dónde surgió la idea de hacer un libro sobre el insulto?

Estaba escribiendo un estudio literario sobre Fernando Vallejo para mi tesis doctoral y comencé a darme cuenta que el tono de Vallejo no era únicamente una pose, una desfachatez o una manera de llamar la atención, sino que había toda una intención de construir una obra en torno a esa forma de gesticulación del insulto. Entonces el tema se me volvió recurrente. Empecé a leer en los archivos y el insulto aparece en todos lados, no solo en la obra de Vallejo, sino en el 20 de julio, en las masas gaitanistas, en las primeras elecciones presidenciales. Ahí fue cuando entendí que era una unidad útil para seguir explorando.

¿Qué es el insulto para usted?

Para mí hay varias definiciones. Hay como una masa inestable de comunicación en donde estamos teniendo miles de interacciones y que a su vez está matizado por diferentes lenguajes especializados. Eso tiene unos límites que configuran lo aceptado y lo no aceptado. El insulto es lo que está en ese límite. Lo que terminé entendiendo es que es un lugar de observación. A mí me sirvió como linterna para enfocar las tensiones y los conflictos sociales y políticos en el país.

Se dice mucho que el insulto aparece cuando se acaban los argumentos, ¿le parece que eso es verdad?

Colombia es un país especialmente marcado por esa dicotomía entre violencia y lenguaje. ¿Y cómo no? Acabamos de pasar en un proceso de paz y nuestra esperanza tiene que ver con eso: dejar las armas y pasar al diálogo. Pero argumentar es un mecanismo retórico más. Como muchos otros: demonizar, insultar, acotar, demostrar, etc. Y ciertamente le hemos dado mucha fuerza a al argumento. Lo cierto es que en todo ese universo del lenguaje, también hay una cantidad de violencias y de temperamentos y tensiones.

La palabra como opuesta al acto físico de la violencia no me parece suficiente para explicar la realidad. El insulto me sirvió a mí como un concepto para pensar más allá y tratar de buscar esa franja en el medio en donde el lenguaje se acerca a la violencia y la violencia está en actos de lenguaje.

¿Se puede decir que en el país ha habido un uso político muy racional del insulto?

Sí. Esta idea de que a Uribe se le salta la piedra o que los grandes oradores de plaza pública levantaban la voz porque estaban en un rapto, no creo que sea cierta. Como ciudadanos nos beneficia mucho entender que cuando los políticos  se nos presentan en ese estado de supuesta irracionalidad están haciendo muchos cálculos. Es decir, lo que quedó descubierto en la campaña del No es que hubo una acción premeditada para invitar a votar berracos. Eso tiene que ver con temperaturas del lenguaje, pero esas cosas son estratégicas. Por eso está comprobado que se contratan compañías de bots para movilizar emociones. Estudiar historia y ver que eso ha pasado en todos los momentos históricos puede contribuir a entender que es una herramienta.

Su libro se enfoca en seis casos concretos que dejan la impresión de que la ofensa ha sido transversal en toda la historia colombiana. ¿Es así?

El insulto es simplemente un lugar más del que se puede pensar la historia. Pero sí creo que en una sociedad como la colombiana, donde la violencia ha nublado tanto el sentido de comprensión de la realidad y de la historia, este lugar de observación tiene la virtud de no distanciarse demasiado de la violencia pero tampoco está por completo dentro de ella. Es muy diciente que esté presente a partir de nuestra fundación. Todas las sociedades latinoamericanas tienen su relato fundacional y por alguna razón, que no creo que sea gratuita, nuestro gran evento fundacional es la anécdota de una serie de patriotas que van a provocar a un español. Y lo que ocurre es que el español pronuncia unas palabras hirientes sobre ellos y estos aprovechan ese teatro de indignación para generar rechazo popular.

Vivimos en un momento en que el insulto parece vivir en todas partes. ¿Cómo interpreta usted el insulto en la sociedad colombiana actual?

Yo lo que hice fue pensarlo desde Fernando Vallejo y las secciones de comentarios online. Era muy raro porque en todas las salas de redacción consideraban esa seccion de comentarios una basura, pero al mismo tiempo ninguna se atrevía a quitarla. La reflexión que propongo es que estamos muy enfocados en todas las evaluaciones que creemos que podemos hacer de los lectores en esas secciones de comentarios, pero no nos preguntamos cuál es la arquitectura de Internet que las invita a existir. Estamos convencidos de que la gente se insulta y se maltrata en Twitter, en Facebook, en las secciones de comentarios porque así es la gente. Pero no nos preguntamos si acaso esa arquitectura los invita a pronunciarse en esos términos.

¿Es casualidad que salga el libro ad portas de las elecciones presidenciales?

Por supuesto que no. Este es mi cuarto libro y es el que más trabajo me costó vender, porque era demasiado pop para el escenario académico y era demasiado académico para el escenario pop. De hecho, el manuscrito original lo terminé hace cuatro años. Cuando nos pusimos de acuerdo con la Editorial Planeta, consideramos que estos seis meses de la campaña presidencial, y este año en general, ya que tiene cinco elecciones en toda América Latina, es el momento oportuno. Yo diría que estamos tratando de entrar en la conversación y ofrecer esto como talismán protector para los votantes colombianos cuando el debate se caliente. Hace 15 días hubo un debate entre Gustavo Petro y Vargas Lleras y la noticia fue que no se habían insultado, pero apuesto mi pellejo a que lo van a hacer.

Ahora, a pesar de esa voluntad de reflexión, el libro no aborda el insulto de una manera moralista, ni se limita a tratarlo como algo malo. Incluso habla de él como una posibilidad creativa, muy relacionada con el humor...

Sí. Me esforcé por comprender y eso requiere un grado de distanciamiento. Tuve que limpiar todo lo que fuera una cierta inclinación mía por atacar esta forma del insulto porque ciertamente es un lugar peligroso. Quería comprender cómo opera, cómo ha estado en el ruido, en el silencio, en las muchedumbres, en los actos teatrales de provocación.

¿Hay cómo inmunizarse contra el insulto?

Sí. A mí me pasó una cosa, cuando estaba investigando para este libro. Un día en Nueva York tuve una pelea con un compañero del doctorado. Teníamos una discusión sobre la deuda de Puerto Rico, a mí me pareció curioso un compañero se aireara tanto y le solté un sarcasmo. Se calentó muchísimo conmigo, empezó a insultarme y a decirme que salieramos a la calle a darnos golpes. Yo lo que sentía es que estaba viendo en vivo y en directo alguien a quien le estaba pasando una cosa fisiológica muy curiosa y, de alguna forma, me sentía inmunizado. Lo que yo quería era ver qué le estaba pasando a él. No sé si eso es inmunizarse o no, pero ciertamente cuando uno comprende y observa algo con ánimo reflexivo adquiere cierto grado de distancia que le permite apartarse del insulto.

Es decir que el truco, según usted, es alejarse un poco para no dejarse ofender

Sí. Pero también es bueno experimentarlo a veces. Hay una idea bellísima sobre eso en el libro Giving offense de Coetzee: para todos los intelectuales liberales de todo Occidente, una parte de su orgullo radica en que pueden tener grandes conversaciones sin ofenderse. Es toda esta idea de que los caricaturistas de Charlie Hebdo pueden decir cualquier cosa y que los musulmanes no deberían ofenderse. Lo que Coetzee dice es que no le cuadra cómo desde la racionalidad se pide que no se ofendan, pero no entienden cómo otras culturas se ofenden. ¿Cómo realmente entendemos nosotros lo que significa para un musulmán cuando uno de nuestros valores retóricos es no dejarnos ofender? ¿Si no compartimos ese valor con ellos, por qué suponemos que entendemos lo que significa reclamarse ofendido?

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