Víctor Hugo, el gran poeta de Francia, elogió sentidamente a la catedral en su 'Nuestra Señora de París' Víctor Hugo, el gran poeta de Francia, elogió sentidamente a la catedral en su 'Nuestra Señora de París'

La importancia de Notre Dame para la humanidad, en un fragmento de Victor Hugo

“El hombre, el artista, el individuo desaparecen por completo ante esas grandes masas sin nombre de autor en las que la inteligencia humana toda queda resumida y simplificada”. Un detallado pasaje de ‘Nuestra Señora de París’ ilumina la relevancia que la catedral tiene para la memoria cultural de la humanidad.

2019/04/15

Por RevistaArcadia.com

Este lunes, las llamas consumieron una parte importante de la catedral de Notre Dame de París. El incendio, “potencialmente relacionado" a los trabajos de renovación de la edificación, según informaron fuentes de los bomberos de la ciudad, ha ocasionado ya daños gravísimos: derribó su torre más emblemática (“la aguja”, que colapsó hacia las ocho de la noche francesa) y parte del techo, del cual se despide una gran cantidad de humo, visible a kilómetros de distancia.

La catedral, además de ser uno de los lugares más concurridos del país, es monumento histórico de Francia y Patrimonio de la Humanidad desde 1991. Fue construida entre 1163 y 1245 en la Île de la Cité y su nombre traduce Nuestra Señora, por estar consagrada a la Virgen María. Aunque ha sido restaurada en varias ocasiones, solo a mediados del siglo XIX se sustituyeron los arbotantes, se insertó el rosetón sur y reformaron las capillas. Su estructura arquitectónica es una de las joyas del gótico europeo y por ella ha pasado gran parte de la historia política y cultural de Francia.

“París está decapitada”, le dijo un hombre a los reporteros de The New York Times, mientras caía la aguja central. Perder Notre Dame no sería únicamente una tragedia arquitectónica o artística. Tampoco solo una pérdida de arraigo espiritual para muchos. Notre Dame es un símbolo social, patrimonial y profundamente humano: trabajo de generaciones, resguardo de historia cultural. Como recuerda la periodista  sobrevivió a una primera caída de su aguja en 1786, después de que por siglos su estructura hubiera sido debilitada por siglos de erosión; sobrevivió a guerras y asedios de los hugonotes, a la Revolución Francesa; sobrevivió, incólume, a la Segunda Guerra Mundial.

Este grosor simbólico y de persistencia ha sido capturado de manera ejemplar por el gran poeta de Francia, Victor Hugo. En Nuestra Señora de París, que ha inspirado poemas, obras de teatro y películas (entre ellas, El jorobado de Notre Dame, el clásico animado de Disney), hay una de las más hermosas descripciones celebratorias de esa importancia pivotal de la catedral para Francia y la humanidad. En la apertura del Libro Tercero, después de que Victor Hugo nos presente a Esmeralda y al jorobado Quasimodo, le canta a Notre Dame:

Nuestra Señora de París

Libro Tercero

(...)

Nuestra Señora de París no es, por lo demás, lo que pudiera llamarse un monumento completo, definitivo, catalogado; tampoco es una iglesia románica ni mucho menos una iglesia gótica ni un edificio prototipo. Nuestra Señora de París no tiene, como la abadía de Tournus, esa fortaleza maciza y grave, ni la redonda y amplia bóveda, ni la desnudez fría, ni la sencillez majestuosa de los edificios que tienen su origen en el arco de medio punto. No es tampoco, como la catedral de Bourges, el resultado magnífico, ligero, multiforme, denso, erizado y eflorescente de la ojiva. Es imposible clasificarla entre esa antigua familia de iglesias sombrías, misteriosas, bajas, como aplastadas por el medio punto, casi egipcias, si no fuera por la techumbre; jeroglíficas, sacerdotales, simbólicas, más cargadas en sus adornos de rombos y de zigzags que de fiores, con más flores por adorno que animales y con mayor preferencia hacia los animales que hacia los hombres; es más la obra del arquitecto que la del obispo; representa la primera transformación del arte, cargado aún de disciplina teocrática y militar, que tiene su raíz en el bajo imperio y se detiene en Guillermo el Conquistador.

No es posible tampoco colocar a nuestra catedral entre la otra familia de iglesias altas, estilizadas, aéreas, ricas en vitrales y en esculturas, de formas agudas y atrevidas, comunales y burguesas cual símbolos políticos, o libres y caprichosas y desenfrenadas cual obras de arte. A este grupo pertenece la segunda transformación de la arquitectura; es decir: la que no participa ya de to jeroglífico ni de to inmutable ni sacerdotal sino de ese concepto artístico, progresista y popular, que se origina con la vuelta de las cruzadas y termina con Luis XI. Nuestra Señora de París no es de pura raza románica como las primeras ni de pura raza árabe como las segundas. Es un edificio de transición. Cuando el arquitecto sajón acababa de levantar los primeros pilares de la nave, la ojiva, que venía de las cruzadas, surge conquistadora y triunfante sobre los amplios capiteles románicos, que estaban preparados para soportar únicamente arcos de medio punto y dueña ya desde entonces, campeó por el resto de la iglesia. Poco experta y tímida en sus inicios, se ensancha, se contiene y no se atreve aún a manifestarse lanzándose y elevándose en flechas y en lancetas como to harán más adelante tantas y tan maravillosas catedrales. Se diría que no puede olvidar la existencia de sus pesados pilares románicos.

Por otra parte, los edificios de transición del románico al gótico no son menos preciosos para el estudio que los tipos puros, pues sin ellos se habría perdido el matiz del arte que ellos expresan y que es como el injerto de la ojiva en el medio punto. Nuestra Señora de París es particularmente una curiosa muestra de esa variedad. Cada cara, cada piedra del venerable monumento es no sólo una página de la historia de su país sino también una página de la historia de la ciencia del arte. Para no precisar aquí más que algunos detalles importantes diremos, como ejemplo, que la pequeña Puerta Roja llega casi a los límites de las delicadezas góticas del siglo XV, mientras que los pilares de la nave, por su volumen y su peso, se retrotraen hasta los tiempos de la abadía carolingia de Saint-Germain-des-Prés. Podría creerse que seis siglos separan la puerta de los pilares y hay, entre los herméticos, quienes creen encontrar en los símbolos del gran pórtico un compendio satisfactorio de su ciencia y que la iglesia de Saint Jacques-de-la-Boucherie era un jeroglífico completo; y así, la abadía románica, la iglesia filosofal, el arte gótico y el sajón, el macizo pilar redondo que recuerda a Gregorio VII, el simbolismo hermético mediante el cual Nicolás Flamel preludiaba ya a Lutero, la unidad papal, el cisma, Saint-Germain-des-Prés, Saint Jacques-de-la-Boucherie, todo ello estaría fundido, combinado y amalgamado en la catedral de Nuestra Señora, esta iglesia central y generadora entre las viejas iglesias de París de una especie de quimera, por hallarse compuesta con la cabeza de una, con los miembros de otra, con la grupa de otra más y con un porn de todas ellas al fin. Debemos repetir otra vez que estas construcciones híbridas son muy interesantes tanto para el artista como para el historiador o para el amante del arte. Hacen sentir hasta qué punto la arquitectura es algo primitivo, al demostrar, como también lo demuestran los vestigios ciclópeos, las pirámides de Egipto, las gigantescas pagodas hindúes, que las más grandes construcciones arquitectónicas no son tanto productos individuales como auténticas obras sociales; que son más bien la creación del pueblo con su trabajo que el genio de un solo hombre; el sedimento que deja un país, la acumulación que van formando los siglos, el pozo de las evaporaciones sucesivas de la sociedad humana; en una palabra: especies en formación. Cada oleada en el tiempo deposita su aluvión, cada raza superpone una capa en el monumento, cada individuo aporta su grano de arena. Así lo hacen los castores, así las abejas y así to hace el hombre. Babel, el gran símbolo de la arquitectura, es una gran colmena.

Los grandes edificios como las grandes montañas son obra de los siglos. Con frecuencia el arte se transforma cuando ellos están en plena construcción: Pendent opera interrupta, y continúan tranquilamente siguiendo las normas de la nueva moda. El nuevo arte toma el monumento como lo encuentra, se incrusta en él, lo asimila, lo desarrolla según su fantasía y lo termina si puede hacerlo; pero todo ello sin molestias, sin esfuerzos, sin reacciones, siguiendo una ley natural y tranquila; es como un injerto que se hace, una savia nueva que circula, una vegetación que renace. Es verdad que, en las sucesivas soldaduras de dos artes, en las diferentes plantas de un mismo edificio, existe materia suficiente para buen número de gruesos volúmenes a incluso para una historia natural de la humanidad. El hombre, el artista, el individuo desaparecen por completo ante esas grandes masas sin nombre de autor en las que la inteligencia humana toda queda resumida y simplificada; es como si el tiempo fuese el arquitecto y el pueblo el albañil.

Como aquí no consideramos más que la arquitectura europea cristiana, esta hermana menor de las grandes obras del Oriente, se nos aparece como una inmensa formación dividida en tres zonas bien delimitadas que se superponen: la zona románica, la zona gótica y la zona renacentista que podríamos definir como grecorromana.

La capa románica, la más antigua y profunda, está ocupada por el arco de medio punto, que reaparece traído por la columna griega hacia la capa moderna y más elevada que es el Renacimiento. La ojiva se encuentra entre las dos. Los edificios que pertenecen exclusivamente a una de estas tres capas son perfectamente diferentes; unos y completos en sí mismos. Es la abadía de Jumièges, es la catedral de Reims y es la Santa Cruz de Orléans. Pero las tres zonas se amalgaman y se mezclan por los bordes como los colores en el espectro solar. De ahí los monumentos complejos, los edificios de matices y de transición. El uno es románico por los pies, gótico en el cuerpo y grecorromano en la cabeza; es porque se ha tardado seiscientos años en construirlo. Esta variedad es poco frecuente. El torreón de Etampes es una buena muestra de ello. Los monumentos de dos estilos son más repetidos, como Nuestra Señora de París, edificio ojival que se entronca por sus primeros pilares en el período románico de donde proceden también el pórtico de Saint-Denis y la nave de Saint-Germain-des Prés. También lo son la encantadora sala capitular, semigótica, de Boscherville, en donde la capa románica le llega hasta la cintura y la catedral de Rouen que sería totalmente gótica si no bañara la extremidad de su flecha central en la zona del Renacimiento. En cualquier caso todos estos matices y diferencias sólo afectan al exterior de los edificios; es como si el arte cambiara de piel pues siempre queda respetada totalmente la constitución de la iglesia cristiana; se mantiene siempre la misma armazón interna, la misma disposición lógica de sus partes. Sea cual sea el envoltorio de esculturas y los trabajos de talla de una catedral, siempre se encuentra debajo de él, al menos en una fase de germen y de rudimento, la basílica romana que repite ya eternamente su planta, según un mismo sistema. Siempre indefectiblemente vemos dos naves que se cortan en cruz, y cuya extremidad superior redondeada en ábside, forma el coro. Siempre tienen dos naves laterales, para las procesiones por el interior y para las capillas, que sirven de ambulatorios laterales, a los dos lados de la nave central, con la que tienen comunicación por medio de los intercolumnios.

Partiendo de ahí, el número de capillas, de pórticos, de campanarios y de agujas se modifica hasta el infinito según la fantasía del siglo del pueblo mismo o del arte en sí, puesto que, una vez asegurada la prestación del culto, la arquitectura obra como mejor le place, combinando, según el logaritmo que le convenga, estatuas, vidrieras, rosetones, arabescos, encajes, capiteles o bajorrelieves; y de ahí la variedad tan prodigiosa de exteriores en estos edificios cuyo fondo está presidido por el orden y por la unidad. El tronco del árbol es inmutable aunque la vegetación sea caprichosa.

Para Victor Hugo, la catedral es una obra de arte hecha por la humanidad misma, no por ningún artista individual: sobrepasa lo que cualquier sujeto en solitario puede hacer y es el summum de lo que la humanidad puede modelar. Así, Nuestra Señora de París no es solo una celebración de la catedral, sino de las posibilidades de reconstruir lo que cae, del vigor de su tronco aunque se desplome su decoración (en tiempos de Hugo, Notre Dame estaba en un gravísimo estado de vandalismo y negligencia). El final de su prefacio contienen una funesta predicción: “la iglesia puede, quizá, desaparecer de la faz de la tierra”. Pero se salvó. En 1844, el rey ordenó una reestructuración y, por las palabras de Hugo, se volcaron las miradas sobre ella. Así como sucedió en ese entonces, de este nuevo y fatal incidente puede reemerger la catedral. Y, con ella, la historia cultural de París.

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*Con información de Vox Media.
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